DRÁCULA, DE BRAM STOKER (Bram Stoker’s Dracula)

Director: Francis Ford Coppola. 1992. EE.UU. Color

Intérpretes: Gary Oldman (Drácula), Winona Ryder (Mina Murray/Elisabeta), Anthony Hopkins (Profesor Abraham Van Helsing), Keanu Reeves (Jonathan Harker), Richard E. Grant (Dr. Jack Seward), Cary Elwes (Lord Arthur Holmwood), Bill Campbell (Quincey P. Morris), Sadie Frost (Lucy), Tom Waits (R.M. Rendfield)


Antes de convertirse en vampiro, el conde Drácula era el príncipe Vlad, quien tras conocer la muerte de su prometida, vendió su alma al diablo. Cuatro siglos después, en Londres, encuentra a Mina, reencarnación de su amor perdido…



Han transcurrido ya unos cuantos años desde que el estreno en 1992 de
Drácula, de Bram Stoker dirigida por F.F. Coppola Coppola dividiera prácticamente a la mitad tanto al público como a la crítica entre apasionados defensores y ultrajados detractores; pasado este tiempo, hoy es difícil obviar los fallos de una película demasiado barroca, arrítmica y un tanto incoherente, pero también resulta más que obvia la influencia que ha tenido en el cine americano de los años 90 y sobre todo el poderío visual y narrativo de una obra que es uno de los más afortunados ejemplos de toda la historia de Hollywood en cuanto a introducción de fórmulas visuales innovadoras en un filme destinado a grandes públicos.


A principios de los 90 Coppola estaba buscando ideas comerciales para intentar hacer resurgir de sus cenizas a su productora Zoetrope, hundida años atrás por el batacazo de Corazonada
(1984). Tras continuar la historia de El padrino con la tercera entrega, su primer éxito comercial en muchos años, se interesó mucho cuando la actriz Winona Ryder le prestó Drácula, la novela original de Bram Stoker, y le propuso hacer una nueva versión; como era una historia muy conocida ya por el público, Coppola pensó que la mejor forma de abordarla sería con un planteamiento formal vanguardista: en declaraciones a la prensa dijo que su idea inicial era hacer el filme sin ningún decorado, detrás de los actores solamente habría una cortina sobre la que se verían sombras (es probable que esto fuera una “fantasmada” de Coppola para lucirse ante los críticos, pero es cierto que el filme escapa todo lo que puede de las típicas escenas de extras y de lucimiento de decorados y, en efecto, hay varias secuencias resueltas a través de sombras). Está claro que Drácula de Bram Stoker (1992, F. Ford Coppola) es una película donde la forma predomina sobre el contenido, donde la estética es voluntariamente artificial y donde el director intenta que la atención del espectador se centre más en cómo está hecha la película que en lo que cuenta; es, por lo tanto, una película de autor a la europea al mismo tiempo que una superproducción de Hollywood.




En cuanto al tema esencial de esta página, es decir, la posición que ocupa Drácula de Bram Stoker (1992, F. Ford Coppola) en la historia del cine de terror y en el subgénero del vampirismo, la película significó la resurrección de un tema que se consideraba ya muerto y superado; fue una enorme influencia en tres direcciones: primero, supuso una oleada de películas de vampiros: Sangre fresca
(1992, John Landis), Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), Un vampiro suelto en Brooklyn (1995, Wes Craven), The Addiction
(1995, Abel Ferrara), etc.; segundo, produjo un aluvión de remakes de clásicos del terror: Frankenstein, de Mary Shelley (1994, Kenneth Branagh), Lobo (1994, Mike Nichols), Mary Reilly (1996, Stephen Frears); y tercero, la fórmula publicitaria de presumir del origen literario de las películas fue imitada hasta la saciedad (”Frankenstein” de Mary Shelley, “Mujercitas” de Louise May Alcott, etc.).

Aparte de sus efectos en la industria del cine, ¿qué aporta esta última versión de la obra maestra de Bram Stoker respecto a las anteriores? Además de un arriesgado e imaginativo trabajo de vestuario y maquillaje que rompe con la iconografía tradicional del vampiro con frac arrastrada desde la versión de 1931 de Tod Browning, precisamente en su supuesta fidelidad a la novela radican los mayores elementos de interés de la película, así como los más polémicos y los más criticados. Aunque hay muchos personajes de la extensa novela de Stoker que habían sido eliminados o sintetizados en las versiones anteriores (la mayor parte no inspiradas directamente en la novela, sino en la obra de teatro escrita a partir de ésta) y que la de Coppola es la única versión en la que aparecen todos los protagonistas de la obra original, la película, aunque es bastante fiel en lo que es la trama, tiene una intención y un significado que la convierten seguramente en la versión más infiel y mas opuesta a la idea original de la novela.

El filme empieza con un prólogo situado en Rumania en el siglo XV: el príncipe Vlad, tras frenar a los ejércitos musulmanes que amenazan a la cristiandad, se siente traicionado por Dios cuando su amada se suicida; reniega de él y se convierte en Drácula. Esta introducción, que no existe en absoluto en la novela, cambia totalmente el sentido de la historia y del personaje de Drácula. En el libro el vampiro es simplemente la encarnación del Mal que viene a perturbar el orden en la tranquila sociedad victoriana; Francis Ford Coppola lo convierte en un héroe romántico que busca el amor de la única manera que puede después de que el Dios por el que luchó le haya fallado, acercándolo así a Frankenstein, otro personaje abandonado por su creador. La relación entre Drácula y Mina, que en la novela es simplemente seducida y esclavizada por el vampiro, se convierte en el reencuentro del amor perdido, puesto que ella es la reencarnación de la novia suicida del príncipe.

Con este giro la película busca la identificación del espectador con la pareja romántica que forman Drácula y Mina, mucho más que con el profesor Van Helsing y sus secuaces, los representantes del orden moral cristiano, que eran ensalzados en la novela pero que aquí aparecen más bien como una pandilla de fanáticos. Sobre todo es en una de las mejores escenas del filme donde más claramente se aprecian las visiones tan diferentes de la sociedad victoriana que tienen Coppola y Stoker: cuando Drácula entra en la alcoba de Mina para revelarle su identidad y convertirla en vampira, Mina, a pesar de las dudas de Drácula, que no quiere convertirla en otro ser maldito como él, acepta diciéndole: “take me away from this death” (sácame de esta muerte); ser una esposa reprimida en el Londres victoriano es la auténtica muerte.

Evidentemente, esta visión de un Drácula liberador que intenta salvar a su amada de la opresora sociedad en la que vive es bastante contradictorio con una trama argumental que por lo demás sigue casi paso a paso la novela de
Stoker; ¿por qué, si Drácula busca en particular a Mina, le chupa la sangre antes a su amiga Lucy? Está claro que la película mezcla ideas y referencias muchas veces contradictorias y que es mucho menos coherente que la novela. Los detractores de la película tienen razón al decir que Coppola engañó al público al prometer una versión fiel a la novela; por otra parte los defensores también aciertan en que los personajes principales, Mina y Drácula, así como la visión de la sociedad en la que vive Mina son mucho más interesantes y menos planos que los del libro y los de las versiones anteriores de la historia.













 

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