EL RÍO DE LA VIDA (A River Runs Through It)

Película estrenada entre 1990-1992

Director: Robert Redford. 1992. EE.UU. Color

Intérpretes: Craig Sheffer (Norman Maclean), Brad Pitt (Paul Maclean), Tom Skerritt (Reverendo Maclean), Brenda Blethyn (Esposa del Reverendo Maclean), Emily Lloyd (Jessie Burns), Edie McClurg (Esposa de Jessie Burns), Stephen Shellen (Neal Burns)


Norman y Paul Mclean han sido educados por su padre, un pastos protestante, bajo una dura disciplina que los ha marcado profundamente. Han pasado los años y Norman es ahora profesor, y está enamorado, mientras Paul se ha quedado en casa y se está autodestruyendo. Sin embargo, hay algo que siempre los mantendrá unidos: el rí­o donde aprendieron a pescar. Basada en una novela ganadora del premio Pulitzer.


Me fascinó esta pelí­cula donde la realidad es la principal protagonista. Desde el principio hay un ritmo lento, lo que hace que las acciones sean todaví­a más emotivas de lo que ya son.

Lo que me gustó más del filme es lo real de ésta, porque la historia de la familia Mclean podrí­a haber ocurrido en una vida de perfectamente en otras vidas. Yo no creo que el argumento sea facilón, hay y habrán pelí­culas más faciles de hacer que se han llevado muy buenas crí­ticas.

No es que sea un seguidor de Robert Redford ni mucho menos, habré visto 3 o 4 pelí­culas como actor y esta es la única que he visto de director y la verdad es que ha conseguido una pelí­cula conmovedora, bonita, lejos de los efectos especiales y de cosas por el estilo.

Me gusta la filosofí­a que tiene Robert Redfortd de hacer pelí­culas sin efectos especiales y buscando siempre la realidad; espero que siga dirigiendo pelí­culas, porque creo que es tan buen director como actor.

La idea de poner un rí­o por medio me parece muy buena, así­ como los paisajes y la puesta en escena.



El rí­o de la vida es quizás una de las pelí­culas más personales en la carrera del director Robert Redford -que a pesar de no ser muy amplia, seis pelí­culas-, alguna de ellas es realmente brillante, como sucede con Quiz Show (1994) o Gente corriente (1980).


El rí­o de la vida narra la historia de una familia compuesta por un ministro de la iglesia presbiteriana, su mujer, y sus dos hijos. A través del transcurso de la pelí­cula vamos viendo como el comportamiento de ambos hermanos es radicalmente diferente, uno de ellos es el más educado y responsable mientras que el otro es el espí­ritu del inconformismo y la inquietud constante. A través de la educación que les da su padre, la misma a los dos, el comportamiento de ambos es muy diferente, pero en cambio hay algo en lo que ambos siguen al pie de la letra las enseñanzas de su padre, la pesca.

Mediante el amor que siente el reverendo por la pesca, en concreto la pesca con mosca, a la que trata como si de un arte se tratara, podemos ver cómo a través de ese arte su hijo más independiente y rebelde es capaz de sentir momentos de verdadera tranquilidad y quietud en su vida.

la pelí­cula se narra a través de la voz en “off” de uno de los dos hermanos, en concreto Craig Sheffer, el hermano más tranquilo, de modo que tenemos una narración más dinámica que es muy importante en la pelí­cula porque permite utilizar más tiempo en el desarrollo de los personajes, de modo que al final de la pelí­cula tenemos una visión muy clara de cómo es cada uno de los personajes porque el director le dedica mucho tiempo y muchas escenas a poder construir a cada uno de los personajes dejando muy claro el carácter de cada uno, cuales son sus sentimientos y su comportamiento. Partiendo de este punto Redford consigue lo más importante para su pelí­cula, una visión interior de los personajes. Ya que se trata de una pelí­cula sobre las relaciones entre las personas, lo más importante es mostrarlas sin ambigüedades y con la mayor claridad posible, y Robert Redford lo consigue sin ningún problema, y de verdad que es muy difí­cil.

Voy a comentar un par de frases de la pelí­cula que tienen una gran influencia en la misma, yo dirí­a que son la clave para entenderla bien. Las frases las oí­mos mediante la voz en “off”.

-Como presbiteriano, mi padre creí­a que el hombre era un perdido, y que sólo podí­amos recobrar la dignidad escuchando a Dios. Todo lo bueno, las truchas y la salvación eterna dependí­an de la gracia. Y la gracia se obtení­a del arte. Y el arte no era fácil.



- Tirar el hilo es un arte que se hace al compás de 4, entre las 10 y las 2 (del reloj). (De ahí­ que Redford se recree tanto en los lanzamientos a cámara lenta, no es para nada gratuito).

La voz en “off” que narra la pelí­cula y que en teorí­a es la de Arnold Richardson, que interpreta de viejo el personaje que interpreta en la juventud Craig Sheffer, no le corresponde a él, sino que es el propio Robert Redford el que se encarga deponer la voz en “off”.

Aunque la pelí­cula está narrada a través del hijo mayor, es evidente que el personaje más importante es el que interpreta Brad Pitt, es de todos el papel más trabajado en el guión y que aunque no se desarrolla con mayor profundidad que el de su hermano, sí­ que es con diferencia el más poderoso y el que cuenta con los mejores momentos durante la pelí­cula.

Una de las cosas que más me gusta en el cine es el contraste, es decir, si se quiere destacar una secuencia rápida de acción, es muy importante precederla y seguirla de un momento de tranquilidad, porque de esa forma el impacto que comporta ese cambio de ritmo es mucho mayor; algo así­ como las secuencias musicales en las pelí­culas de los hermanos Marx. Opino esto porque el personaje de Brad Pitt se ha construido en base a ese contraste que menciono. Por una parte tenemos la parte de su vida en la que nada parece encajar y en la que su lucha interior se hace casi insoportable, y por el contrario durante todas las secuencias en las que practica la pesca tenemos a una persona totalmente diferente, una persona que se encuentra en su ambiente, en el que todo por fin encaja y donde por una vez llega la paz interior. Este es un punto muy importante que ha sabido tratar el director porque es imprescindible para que entendamos la importancia que se otorga durante toda la pelí­cula a ese arte que es el pescar, lógicamente visto como un arte y no como una competición.

Es importante esta forma de tratar a los personajes porque quien en un principio podrí­amos pensar que iba a sentir más la pasión de su padre por la pesca es el hijo más parecido a este, pero está realmente bien estudiado porque de esta manera podemos comprobar cómo ese arte de la pesca con mosca es tan imprevisible como cualquier otro arte, sin entender de reglas fijas, sólo así­ se entiende que alguien tan opuesto a esa tranquilidad que se necesita para pescar pueda llegar a convertirse no sólo en un gran pescador sino en un artista, algo en lo que su padre siempre insistió al inculcarles esa pasión.

Después de todo lo que he comentado sobre la pelí­cula no cabe ninguna duda de que la labor de dirección de Robert Redford y del guionista Richard Friedenberg es impecable. En lo que se refiere al director, no sólo consigue involucrarnos en ese mundo-arte de la pesca mediante el recurso más habitual, utilizando los diálogos, que por supuesto emplea también en los discursos iniciales del padre o en el monólogo final de Craig Sheffer viejo, sino que además consigue que entendamos la pasión que sienten por ese arte mediante las imágenes, utilizando muy hábilmente la cámara lenta y mostrándonos paisajes verdaderamente espectaculares. ¿Quién no se emociona al ver la escena final de Brad Pitt en la pelí­cula al pescar esa trucha tan enorme?, no sólo por la captura en sí­, sino por cómo se produce esa captura, mostrándonoslo de manera emotiva, algo en lo que la pelí­cula se insiste constantemente de una manera muy acertada, porque al fin y al cabo el arte es emotivo, y sólo de esa manera podemos admirar la belleza que ello implica, cuando lo tratamos como un arte. Se que utilizo mucho la palabra arte para hablar de la pesca con mosca, pero es imprescindible hacer hincapié en ello hablando de esta pelí­cula.


Llama la atención la extraordinaria fotografí­a de Philippe Rousselot, que es una parte vital para que podamos comprender la pelí­cula. Por ejemplo, en el hecho de que la fotografí­a de la pelí­cula es en todo momento muy natural y no utiliza colores llamativos, pero en un par de escenas la pelí­cula sí­ que usa de esos colores vibrantes, una vez más ese contraste del que hablaba antes vuelve a ser importante porque la fuerza de esas escenas en las que el color se destapa de manera más abrupta se obtiene manteniendo el resto de la pelí­cula una fotografí­a mucho menos colorista.

Como en tantas pelí­culas, es extraordinaria la banda sonora compuesta por Elmer Bernstein.

Creo que se trata de una pelí­cula imprescindible para todo el que disfrute con el cine que nos cuenta algo, y sobre todo para los aficionados al cine que va directo al corazón y a los sentimientos, y no a la espectacularidad. No creo que se pueda utilizar un calificativo mejor para describir esta pelí­cula que el de obra de arte. Para mí­, es ya todo un clásico.


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