LÉOLO

Película estrenada entre 1990-1992

Director: Jean-Claude Lauzon. 1992. Francia-Canadá. Color

Intérpretes: Gilbert Sicotte (narrador), Maxime Collin (Léolo), Ginette Reno (madre)


Léolo es un niño que vive en un humilde barrio de Montréal, atrapado en una cruda existencia. Cada noche intenta escapar de ella entregándose a sus desordenados recuerdos, sueños y desbordante imaginación. Vive obsesionado por una vecina italiana y la realidad se interpone a menudo en su mundo oní­rico, principalmente debido a su estrambótica familia. Su padre está obsesionado por la salud de todos en la casa, su hermano es un culturista que vive presa del miedo, además tiene dos hermanas que padecen trastornos mentales, un abuelo a quien nadie presta demasiada atención y una madre enorme que domina el microcosmos familiar.




 


En 1995, la avioneta que Jean-Claude Lauzon pilotaba se estrelló contra una montaña. Decir que sólo murieron él y su novia, después de pasar un dí­a de pesca, es algo no del todo exacto.

En ese accidente murió Lauzon y, en cierto modo, también parte del mundo que los que hemos visto Léolo compartí­amos con él. Murió un director que, con algo más de tiempo, habrí­a conseguido desarrollar una forma de contar historias que habrí­a servido, sin duda, para hacer frente a esta época de simpleza y estupidez en el cine.

En esa carrera truncada habrí­an sobrepasado a gente tan admirada como Lars Von Trier, por poner un ejemplo de alguien capaz de haber creado un estilo propio -con todas las limitaciones y campañas de marketing que el “Dogma” lleva consigo-. Jean-Claude Lauzon rodó Léolo y el Azar debió pensar lo que Leonardo da Vinci le dijo a Miguel Ángel después de ver su “Rafael”:

-Después de esto, sólo te espera el declive.


Y el Azar no tuvo ningún reparo en servirse de esa avioneta para cortar la carrera de Lauzon y dejarnos a todos los que consideramos Léolo una obra maestra esperando una continuación que jamás llegará.

Este año se cumplen diez años del estreno de Léolo y cinco de la muerte de Lauzon. Acostumbrado a hacer crí­ticas de los últimos estrenos, se me hace un tanto extraño enfrentarme a Léolo. En estos diez años, y tras verla en tres ocasiones, la impresión que me sigue dejando es la imposibilidad de abarcarla con unas frases. Hay pelí­culas que quedan retratadas con una mera frase, que las fija en la Historia como la aguja a la mariposa a su caja, y otras que se resisten.


Léolo no deja de resistirse. Podrí­a empezarse diciendo que es una pelí­cula intensa, en la que no hay tiempos muertos. Hay en su estructura una tensión continua que parece reflejar cierta urgencia por parte de Jean-Claude Lauzon. Frente a la gran cantidad de directores que hacen una pelí­cula pensando que si no sale bien, vendrá una segunda oportunidad, Jean Claude parecí­a dirigir como si todos los recursos que se le ofrecí­an no fueran a volver a estar a su disposición nunca más. El ahora o nunca.

¿Y quién no acudirí­a con interés a ver una pelí­cula rodada bajo esa premisa? ¿Se permitirí­a alguien con esa predisposición elegir una historia cualquiera? ¿Crearí­a unos personajes simples, sin peso? ¿Escribirí­a para ellos diálogos estúpidos? ¿Rodarí­a en escenarios que fueran planos? ¿Elegirí­a una música ambiental para acompañar a su historia?


Todo en Léolo está impregnado de una densidad que no permite que el espectador se despiste en ningún momento. Una densidad que nace del núcleo de la historia, tan simple de explicar como inexacto: la lucha de un niño por sobreponerse a su realidad a través de la escritura. Pocas pelí­culas llegarán a expresar mejor lo que significa escribir que Léolo. Jean-Claude Lauzon no se coloca en el bando de los teóricos, de los que se preguntan si escribir tiene mucho sentido después de gente como Conrad. Jean-Claude Lauzon está en el otro lado , en el de los que presentan la escritura como única salida. Toda la pelí­cula es una explicación del hecho de escribir , desde la inspiración y sus dudas hasta el vací­o y la falta de lectores, que va a superar todo lo que se pueda decir sobre ella. Precisamente porque el interés de Lauzon no era disertar, sino mostrar.

El pequeño Léolo es un protagonista que se nos descubre, desde el principio, a través de una voz en off que va narrando parte de lo que vemos. Nada en Léolo es superfluo y, menos aún, esa voz en “off” que marca una distancia con lo que se nos presenta. Darle significado a esa voz en “off” es uno de los grandes juegos que Lauzon le plantea al espectador. Dependiendo de la respuesta que se le dé, la pelí­cula tendrá valor o no. Se quedará como anécdota o como gran metáfora. ¿Quién nos habla? ¿Por qué nos cuenta esta historia justo en este momento? ¿Qué le está pasando al narrador para volver a esa historia que arranca en Montreal con ese niño disparándole a todo con un rifle de juguete?

El juego de Lauzon no se limita a esa voz en “off”. La estructura lineal se mantiene lo justo para que el espectador pueda seguir la historia, pero lo interesante es seguir al director cuando se pega a un personaje y lo sigue. Entonces puede romperse la relación entre ellos, aumentar los años que les separan, cambiarles el cuerpo o deformar su entorno.

No hay tiempo que perder y en la historia todo lo que aparece tiene un significado, esa intensidad de la que se ha hablado que en un momento mantiene la música -Tom Waits con “Cold, cold ground” y “Temptations” o “Lorena McKennitt” con “The Lady of Shalott”-, en otro el paisaje, en otro la voz en “off”, en otro el abrazo que la madre le da al hijo retrasado.

“Mi madre, que navegaba como un gran barco en el mar de la locura.”

Todo el ejercicio de Lauzon se dirige directamente al estómago. Se salta el ordenado mundo de las interpretaciones para llegar con más fuerza a donde quiere. Se ha dicho que no está en el bando de los filósofos o los teóricos. Sabe que las impresiones tienen su duración y no es, precisamente, el humorista que pretende llenar las dos horas de su actuación con cinco chistes largos. Lauzon tiene los deberes bien hechos. Ha trabajado mucho y bien y sabe cómo suceder las escenas para que ese continuo ataque al hí­gado no baje de intensidad.

Se mezcla el humor con lo escatológico, la desesperación con los sueños. No hay una lí­nea clara que permita clasificar a la pelí­cula dentro de un género. El que quiera reí­rse tendrá sus momentos para reí­rse. El que vaya a llorar tendrá -Lauzon lo garantiza- su momento para llorar como pocas veces lo hará en el cine -”llorarlo todo, pero llorarlo bien”, como decí­a el protagonista de El lado oscuro del corazón (2001, Eliseo Subiela)-.

¿Y por qué esa intensidad? ¿Por qué ese cierto desorden en lo que se nos cuenta? El ejercicio de Lauzon es muy simple: acercarnos lo más posible al punto de vista de Léolo. Convertirnos, hasta donde sea posible, en Léolo. Lauzon utiliza toda su capacidad, todo lo que tiene a mano, para romper la distancia que hay entre la butaca y la pantalla y meternos en la historia. No como meros observadores, sino como protagonistas.

Y su gran talento lo consigue. El mundo se presenta de tal forma que sólo cabe reaccionar ante él. Nada de teorí­as. Desde el arranque comienza la pelí­cula a golpear para derribar todas las posibles barreras que el espectador pueda crear. Nada de momentos de tregua, de guiños fáciles, de caminos trillados. Lauzon quita todas las señales e impide cualquier forma de orientación. Todo está creado para que no veas a Léolo, sino para que seas parte de él.

Y cuando por fin se produce esa unión, se es capaz de entender la necesidad que tiene Léolo de escribir. Se comprende esa pasión por Italia, se corre con él por esos campos verdes, se respira el mismo aire que Léolo respira cuando gracias a su esfuerzo es capaz de verse en el teatro de Taormina, se comparte su amor por Bianca.

“Italia es demasiado bonita como para dejársela a los italianos.”

Entendemos el amor por su madre, la necesidad de encontrar esa luz tras la puerta del armario, la relación con su hermano, el miedo a la locura que rodea a su familia…

La pelí­cula avanza hasta presentar uno de los finales más demoledores del cine. ¿Iba Lauzon a permitir que su historia terminara de una forma plana? Como todos los buenos finales, este es definitivo para la historia pero abierto para la interpretación. ¿Qué significa ese Léolo en la bañera, cubierto de cubos de hielo? Ahí­ es donde el espectador tiene que empezar a trabajar su propia interpretación.

Hace diez años de Léolo, hace cinco de la muerte de Lauzon. Haber visto Léolo supone conocer hasta dónde puede llegar una pelí­cula en intensidad. Después es difí­cil aceptar como fresco mucho del pescado muerto que no deja de presentarse en el cine. Meros ejercicios de principiantes o trabajos correctos, pero frí­os. Anécdotas ocurrentes o historias trilladas. Parece que se ha bajado el nivel y que el espectador medio lo acepta pensando que tampoco se puede ir mucho más lejos.

Cuando esa sensación esté a punto de imponerse, cuando vayamos a aceptar una pelí­cula no porque sea buena, sino porque sus fallos no son demasiado evidentes, hay que regresar a pelí­culas como Léolo.

Esta pelí­cula es extraordinaria. Sin duda. Una referencia a la que acudir una y otra vez. Una pelí­cula que siempre dejará corto cualquier análisis. Una pelí­cula que hay que ver, una y otra vez.


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