Director: Roman Polansky. Francia. 1992.
Intérpretes: Peter Coyote, Hugh Grant, Emmanuelle Seigner

Nigel y Fiona (Hugh Grant y Kristin Scott-Thomas) disfrutan de su séptimo aniversario de boda con un crucero por el mar. A bordo ambos se encuentran con Mimi (Emmanuelle Seigner) que parece encontrarse indispuesta, y la llevan a su camarote, donde conoceran a su marido, Oscar (Peter Coyote) que está impedido en una silla de ruedas. A partir de ese día Nigel se obsesiona con Mimi. Oscar se da cuenta y propone a Nigel que intente seducirla. Para ello le relata sus experiencias sexuales con Mimi antes de sufrir el accidente que le dejo paralítico.

Oscura y gamberra visión del proceso destructivo de la pareja
Tenía que ser Polanski. No podía ser otro quien mezclara esa oscurísima historia con esas gamberradas tan elocuentes (la tostadora, la leche, las eróticas descripciones de los juegos sexuales, los bailes…).
El cuadrángulo amoroso es inmejorable. Sólo podría proponer un objeto del deseo que me pusiera más cachondo que esta Emmanuelle Seigner, y ese sería la Emmanuelle Seigner de caderas más jóvenes que se contoneaba en Frenético, también de Polanski (!qué morbo tendría que darle dirigir así a su propia mujer!). En la elección de esa muñeca de porcelana llamada Kristin Scott Thomas también parecieron leerme el pensamiento. Peter Coyote compone un siniestro como Dios manda, y ya sabemos todos que Hugh Grant ha nacido para interpretar a este tipo de pringados integrales.


Para lo larga que es la película, se ve muy bien. La alternancia entre historias es magistral, y hay jugadas muy astutas para mantener siempre el interés: casi hasta el final estás esperando que cuente cómo le dejó inválido -la explicación es tan “inesperada” como impactante-; a lo largo de la historia los personajes evolucionan hasta llegar a adquirir matices opuestos a los que tenían al principio; etc.
Lunas de miel, lunas de hiel
Basada en una novela de Pascal Bruckner titulada “Lunes de Fiel” y dirigida, producida y escrita por Roman Polanski, Lunas de hiel es una historia de amor, sexo, destrucción y naufragios, contada desde un punto de vista muy oscuro, tétrico, con una acorde música de Vangelis y con mucha, mucha amargura. Lo mejor de las películas de Roman Polanski radica en su originalidad, y aquí demuestra una vez más sus dotes en Lunas de hiel. A través de su “alter ego”, el parapléjico Peter Coyote -en una actuación memorable-, nos cuenta esa gran novela que nunca ha podido escribir, pero que por lo menos ha vivido. El escritor fracasado coge al incauto Hugh Grant (que por enésima vez hace de atontado con una pericia sospechosa) en el mejor escenario posible, un crucero, para relatarle la historia de su naufragio.

“Eres el oyente que estaba esperando”. Con esta frase y a través de un acertado uso del “flashback”, nos enteramos de la historia de Oscar y su mujer. Todo empezó en París, siempre París. Mimi era una bailarina que trabajaba como camarera y Oscar un vividor con aspiraciones de escritor. Mientras que su historia se forja de un modo convencional (similar al inglesito matrimonio de Nigel y Fiona), los sucesivos rituales eróticos se van convirtiendo en insuficientes, hasta que la implicación en el dolor y la decadencia es tan profunda, que la destrucción ya ha llegado a su punto máximo.
A partir de entonces las relaciones entre Oscar y Nigel se van volviendo cada vez más peligrosas: Oscar y Mimi se debaten entre el amor y odio, Nigel alberga un sentimiento entre el rechazo y la fascinación y pese a que se muestra escandalizado vuelve una y otra vez al camarote para seguir escuchando la historia. Cada vez se involucra más con la pareja, acabando por introducir también a su mujer, y haciendo peligrar su matrimonio. Fiona, que sospecha la atracción de su Nigel por Mimi, amenaza a su marido con un contundente: “Ten cuidado. Puedo superarte en todo”. Los protagonistas han llegado a un punto en el que ya no hay vuelta atrás. El veneno les ha sido inoculado.
Bienvenidos al oscuro universo Polanski. La historia de un contagio, amarga, agresiva, llena de emociones, rebosante de odio y resentimiento mezclados y llevados hasta sus últimas consecuencias.
La destrucción sigue su curso hasta un final entre sórdido y moralizante, lleno de amargura. Unos no han superado el naufragio, y los que sí lo han hecho, ya no volverán a ser los mismos.