Director: Akira Kurosawa. 1993. Japón. Color
Intérpretes: Tatsuo Matsumura, Kyoko Kagawa, Hisashi Igawa, Joji Tokoro, Masayuki Yui, Akira Terao

Tokio, 1943, el profesor Hyakken Uchida abandona la cátedra para dedicarse por completo a su carrera como escritor. Los desastres de la II Guerra Mundial hacen que pierda su casa y viva con su mujer en una barraca. Pero sus ex alumnos deciden construirle un nuevo hogar, al que finalmente se trasladará junto con su esposa. Los que fueron sus pupilos también se comprometen a celebrar cada cumpleaños del venerado maestro. Durante estas fiestas, juegan como niños y le preguntan al profesor: “Mahda-kai” (“¿Estás listo para irte al otro mundo?”), a lo que él responde: “Madadayo” (“No, todavía no”).

El Cumpleaños (1993) fue el testamento fílmico de Akira Kurosawa aunque, hay que aclarar, el “sensei” nipón no eligió a esta historia como su despedida formal, pues poco antes de morir estaba preparando su regreso a los sets cinematográficos.
El maestro Hyakken Uehida (Tatsuo Matsumura estupendo) se retira después de varios años de impartir clases. Admirado y venerado por todos, Uehida empezará a ser celebrado en cada cumpleaños con una rumbosa fiesta/ceremonia organizada año tras año, desde mediados de los 40 hasta inicios de los 60. Sus exalumnos se reúnen con él para gritarle, a través del humo del cigarro, el sake y la cerveza: “¿Mahda-kai?” (¿está listo?), sólo para que el socarrón anciano responda, desgañitándose: “!Madadayo!” (!aún no!).
El Cumpleaños
es, acaso, la cinta más serena de todas las que realizó Kurosawa en su larguísima carrera como director. Esto se debe, en parte, a que esta es una película dirigida por un anciano. Sin embargo, no solo es la obra de un viejo cualquiera; es el filme de un cineasta, sí, anciano pero, sobre todo, sabio. A Kurosawa le basta, por ejemplo, mostrar neutralmente, sin mayor intención ni comentario, el último “madadayo” dedicado a Uehida, para dejar muy en claro la profundidad de los cambios sucedidos en el Japón de principios de los 60.
La estructura narrativa de la película -sencilla, episódica- y su propio tono dramático (ingenuo, sentimental, deliciosamente cursi) muestran a un Kurosawa sereno como nunca, seguro de lo que quiere decir y cómo decirlo. Un creador que para llegar a hacer un filme tan sencillo y bello como éste tuvo que ganarse a pulso, película tras película y durante 50 años, esta desarmante libertad creativa. Una libertad tan absoluta que lo mismo lo hizo abrevar de la literatura y el cine occidentales, los géneros hollywoodenses o las vanguardias fílmicas europeas, sin renunciar nunca -como en El Cumpleaños- a un estilo naturalista y contemplativo deudor del otro gran maestro nipón Yasujiro Ozu quien bien pudo haber filmado/firmado esta película -siempre y cuando le extirpáramos el bellísimo sueño con el que finaliza la cinta, sello lírico si lo hubo- del último Kurosawa.
Anti-espectacular, cotidiana, con una cámara que funciona como mero testigo de los sencillos o grandes problemas que enfrentan sus personajes -la pérdida de su casa, la derrota en la II Guerra Mundial, el extravío de un gato-, El Cumpleaños es uno de los más conmovedores filmes hechos sobre un maestro. Será porque quien lo hizo fue, antes que nada y después de todo, un auténtico maestro. ¿Estamos listos para olvidarte “sensei” Kurosawa?¡Madadayo! ¡Madadayo! ¡Madadayo!

Con Madadayo (El Cumpleaños), su último largometraje, basado en los libros del propio Hyakken
Uchida, Akira Kurosawa alcanza la cima de uno de sus temas más constantes y queridos: la relación entre mentor y pupilos. Sin embargo, este trabajo resulta bastante inconsistente en partes y cae en el sentimentalismo. Como con Dodesukaden, Madadayo se compone de una colección de anécdotas y de ahí procede esta inconsistencia. Pero quizá su mayor problema sea su falta de sutileza y ambig√ºedad.
El personaje de Uchida es, sin duda alguna para los estudiantes, un hombre extraordinario. Así lo demuestra Kurosawa, obviamente identificado con este personaje, quien no escatima ningún momento en donde el profesor es elogiado por sus alumnos, quienes repetidamente recuerdan a su profesor la gran persona que es hasta tal punto que da incluso verg√ºenza seguir escuchando tal lluvia de halagos. Esta situación alcanza su momento más absurdo en la historia de la pérdida de Nora, la gata del profesor. En un principio, los dos alumnos más cercanos a Uchida se encuentran un poco confundidos por las muestras de cariño tan efusas del profesor por el felino. Pero más adelante se ponen de acuerdo en que tal es intensidad y profundidad de los sentimientos del profesor que no llegan a comprenderlo del todo. Dicho ésto y con todas las cualidades que el profesor posee, Kurosawa no ha sido capaz de mostrar de una forma convincente el por qué de la devoción sin límites de los alumnos por su profesor. Sin una buena exposición de los orígenes de esta devoción, ésta aparece forzada. De la misma manera, aunque el largometraje posee ciertos momentos cómicos originales, otros están lejos de provocar una sonrisa. De hecho, da la impresión de que los únicos que parecen disfrutar de las bromas y los trucos del profesor son los mismos personajes de la historia, sobre todo en la escena en la que el profesor tiene una ingeniosa idea para mantener a ladrones alejados de su vivienda.
A pesar de todos estos comentarios negativos, Kurosawa construye varias escenas de una forma extraordinaria. La primera de ellas ocurre durante la primera fiesta en honor de Uchida. Kurosawa saca a relucir su habilidad en el montaje logrando mantener el interés y humor en esta escena, la cual dura casi media hora. El final de la misma es asombroso. En una especie de duelo, los alumnos le gritan al profesor “¿Mahda-kai?” (¿todavía no?, lo que en este caso quiere decir literalmente: ¿todavía no estás listo para morir?) a lo que el profesor responde “!Madadayo!” (No, todavía no). Esta muestra de energía contrasta claramente con la última de las celebraciones donde el profesor, ya viejo, todavía trata de desafiar a la muerte.

Otro momento absolutamente maravilloso ocurre durante la secuencia en donde el profesor y su mujer (la magnífica Kyoko Kawada, protagonista en innumerables películas de Kurosawa), contemplan desde su casita, el paso de las estaciones del año. Ya que la producción de Madadayo duró más de un año, la secuencia se rodó en exteriores mostrando el auténtico cambio de estaciones. Muchas de las bromas y juegos de palabras pertenecen a la comedia Rakugo (comedia tradicional japonesa donde el narrador viste un kimono y se sienta en un zabuton o cojín japonés). Por supuesto, las bromas serán mucho mejor apreciadas si uno entiende japonés. Por ejemplo, al lado de su tercera casa, el profesor ha construido una especie de templo. A la entrada del temple ha colgado un letrero donde dice Kinkakuji (templo dorado), como el famoso templo de Kioto, pero en realidad los caracteres escritos quieren decir “prohibido, invitados inoportunos”. Una excepción a la falta de sutileza de la que hablaba al principio, ocurre durante la fiesta de inauguración de su primera casa. Mientras el profesor y sus alumnos se encuentran cantando, la escena se traslada fuera de la casa. Luego oímos el sonido de sirenas antiaéreas y vemos las luces de la calle apagarse, mientras tanto, el canto continúa dentro de la casa. En este corte tan simple descubrimos la intensa amistad entre estos hombres, tan fuerte que les hace olvidar por completo la guerra que se estaba librando en esos momentos.
Lo más conmovedor y patético al mismo tiempo de Madadayo, es que refleja el deseo del propio Kurosawa para ser reverenciado por sus seguidores, de la misma manera que Uchida lo es por sus alumnos. Madadayo no se encuentra entre lo mejor del maestro japonés pero esto tampoco importa mucho. La trayectoria profesional, la variedad y calidad de sus trabajos no tienen comparación en el mundo del cine. Para muchos, Kurosawa sigue y seguirá siendo el “Tenno” o emperador del cine.