Director: Abel Ferrara. 1993. EE.UU. Color
Intérpretes: Gabrielle Anwar, Terry Kinney, Billy Wirth, Christine Elise, Meg Tilly, Forest Whitaker

En una base militar, una familia observa cómo sus vecinos y amigos se comportan de una manera extraña. Poco a poco, se verán inmersos en una terrible pesadilla de la que no podrán escapar. La familia está sumiéndose en un mundo de pesadillas, donde sus vidas se han quedado a merced de los secuestradores de cuerpos, que se han convertido en alienígenas sin alma y sin emociones.

El segundo remake del clásico sobre extraterrestres sustituyentes de cuerpos y almas La invasión de los ladrones de cuerpos (1956, Don Siegel), o, si se prefiere, la tercera adaptación de la novela “The body snatchers” de Jack Finney. Si la primera versión nos sitúa en un claustrofóbico pueblo y se encarga de romper la utopía del sueño americano desde sus mismas raíces, y La invasión de los ultracuerpos (1978, Philip Kaufman) nos desplazaba a la gran ciudad, alertándonos sobre la soledad del individuo, en esta ocasión nos volvemos a encontrar en un entorno claustrofóbico y opresivo, una base militar americana por donde se mueven unos soldados disciplinados e insensibles, indistinguibles de los disciplinados e insensibles dobles alienígenas de sus originales humanos, un lugar en que los propios invasores controlan todos los dispositivos militares de armamento, transporte y comunicación.

Lejos de conformarse con una simple parábola antimilitarista, la fábula paranoica nos lleva a los miedos infantiles al mundo adulto, al horror de todo adolescente a transformarse en esos seres ajenos y familiares, y para ello el personal Abel Ferrara logra transmitir como nunca la malignidad de los dobles alienígenas, en un tono tenebrista, sombrío y rojizo, infernalmente crepuscular, acentuado por las terribles escenas y el ambiguo y desesperanzado final, reactualizando además y con apocalípticas luces la vieja parábola social de los años 50.