AFLICCIÓN (Afliction)

Película estrenada entre 1995-1997

Director: Paul Schrader. 1997. EE.UU. Color

Intérpretes: Nick Nolte (Wade Whitehouse), Bridgid Tierney (Jill Whuitehouse), James Coburn Glen Whitehouse), Sissy Spacek (Margie Fogg), Willem Dafoe (Rolfe Whitehouse), Jim True-Frost (Jack Hewitt)


Wade Whitehouse es un sheriff de vida gris cuyo entorno piensa que no ha hecho nada importante en su vida. Todo cambia cuando se produce la muerte de un sindicalista en una partida de caza. Aunque la mayorí­a cree que se trata de un accidente, él piensa que fue un asesinato. Resolver la investigación será la oportunidad que esperaba para demostrar su valí­a a su propio padre -un hombre dominante, agresivo y alcohólico- y a sus vecinos.




A través de la investigación de un asesinato llevada a cabo por un policí­a (Nolte) el gran guionista y poco frecuente director Paul Schrader nos muestra un “thriller” atí­pico y dónde lo inquietante e interesante no radica en descubrir al asesino sino en los conflictos morales, interiores y personales de los personajes.

Aflicción es una pelí­cula a contracorriente, un relato intimista y dramático dónde Schrader recorre sus temas y obsesiones de siempre: la religión, la culpa, el dolor moral, el pecado, la moralidad. Schrader narra con estilo este drama de un hombre asediado por fantasmas del pasado y con un insoportable dolor de muelas, que pierde todo lo que tiene en pocos dí­as y acaba cometiendo el peor de los crí­menes: el asesinato del Creador -del Padre-. Muy buenas interpretaciones para una pelí­cula que muy poco tiene que ver con lo que habitualmente nos ofrece el cine americano.

La pelí­cula reflexiona de manera pesimista, acerca de la violencia hogareña y del determinismo con la que ésta se transmite de padres a hijos, sin que éstos puedan finalmente escapar de ella y hacer otra cosa que no sea dejársela como herencia a sus propios descendientes. Esa es la aflicción que da tí­tulo a la pelí­cula y de la que no pueden escapar ninguno de los personajes, ni mucho menos Wade, tan aficionado a la bebida como su padre y, finalmente, mucho más violento que su progenitor.

Como un héroe de tragedia griega, Wade acabará rebelándose contra su destino en un acto de autoafirmación personal que supone también una explosión de violencia contra todos y contra todos y también contra sí­ mismo. Con este gesto Wade se convierte, por primera vez, en el dueño de sus actos, aunque, probablemente, no alcance a comprender que ese desenlace estaba escrito desde el infierno de su infancia.

Seca y ascética, lúcida y demoledora, Aflicción utiliza el misterio de un asesinato como mero pretexto narrativo y una oscura trama de intereses competitivos como telón de fondo para hablar una vez más, de manera metafórica y en la mejor herencia del género, de los males que corroen a la sociedad de su tiempo en un intento de descubrir los orí­genes de la violencia individual y colectiva.


Hay pocas pelí­culas dejan la sensación incomoda y real que nos deja el penúltimo filme del imprescindible Schrader, pocas son las experiencias que dejan una huella indeleble durante tanto tiempo con tanta intensidad. Pocas son las veces con la que nos identificamos con un personaje y luego pretendemos negar ese sentimiento con tanta celeridad como miedo. Aún menos las que nos hace plantearnos la verdad, la mentira, la débil frontera que las separa y la frágil inconsistencia del ojo que las mira y del cerebro que las juzga. Aflicción como dice el diccionario viene de afligir que es causar molestia o es causar angustia moral o es preocupar o es sentir pesadumbre moral. Creo que una pelí­cula llamada Felicidad no serí­a nunca (a pesar de nuestro optimismo de corta y pega) tan contagiosa para el espí­ritu del que observa como lo es ésta.

Schrader como calvinista atormentado sabe que “no hay ninguna diferencia entra la luz y las tinieblas. Son una misma cosa” y es por eso que su conocimiento del alma humana (a pesar de que nunca suelo utilizar palabras tan etéreas como espí­ritu o alma es imposible negarlas al hablar de este director) le facilita la jugada de experimentar con las percepciones de la de los demás. Pero jugar no significa manipular, falsear o engañar (lo que me recuerda que en esta misma edición publico un artí­culo sobre Von Trier), significa poner unas reglas o romperlas para que los demás tomen parte libremente y con tentativas de pasar un rato agradable o de poner sobre la mesa una cantidad considerable de algo muy importante para cada cual.

Wade Whitehouse es un pobre hombre al que todo parece salirle mal. El primer signo de identificación ya está presente. La autocompasión, el “ay, pobrecito de mí­, que mal estoy y que poquito me quejo”, el echarle la culpa a los demás de nuestras carencias, decepciones o deserciones, el nunca tener la culpa y parecer que siempre se tiene la respuesta (la excusa) para todo. Recordemos que la autocompasión es uno de los pilares del fascismo al nunca aludirse en su sempiterno y repetitivo discurso a una raza superior simplemente sino a una raza superior humillada / amenazada por las inferiores (de los arios al 11 de septiembre, de Franco a la ocupación de Palestina). Apuntemos también que es un rasgo afí­n a todos los humanos y que todos podemos comprender (y disculpar) en mayor o menor medida. Pero con Wade no lo sabemos, y tampoco se puede decir que se nos oculte.

Schrader pretende jugar con las reglas no escritas del cine, con los axiomas indiscutibles del lenguaje fí­lmico, con lo asimilado y lo dado por cierto e indudable. Hitchcock ya hizo algo parecido en Pánico en la escena (1950) y le salió una de sus pelí­culas más discutibles. Schrader no sólo sale indemne del entuerto sino que se nos muestra como uno de los renovadores del abecedario cinematográfico más lúcidos y preclaros que podamos encontrar, uno de los saboteadores más inteligentes y discretos (¿les he dicho que escribo sobre Von Trier en este número?) que habitan en este parnaso de narcisos y mediocres. Sin duda uno de los más interesantes.

Esta pica en Flandes consiste sobre todo en dinamitar las convenciones del receptor ante el mensaje que se emite. Si en la vida real ponemos en duda lo que los demás nos cuentan o nos proponen, ya sean amigos, familiares, amantes, compañeros o conocidos, es raro que no lo hagamos cuando se nos plantea desde el cine o, sobre todo y con mayores consecuencias estupidizantes, desde la prensa. Ahí­ es donde Aflicción se erige en una de las piezas fundamentales del cine de los años noventa, ahí­ es donde Schrader demuestra porque escribió un libro sobre Ozu, Bresson y Dreyer y que si en el fondo era ya bastante lo que le acercaban a esta tripleta de históricos, en el riesgo por las formas cada vez se parece más a lo que admira.

Wade Whitehouse dista mucho de ser un buen hombre pero lo parece. No entendemos porque los demás se rí­en de él, porque cuentan historias sobre su desgraciada niñez incluso cuando él está delante, porque su hija parece pasar un infierno cada vez que, por ley, tiene que pasar unas horas con él, porque su mujer parece una arpí­a que ha elegido a un nuevo marido porque es un pánfilo y tiene un buen coche, porque su jefe le encarga las peores tareas cuando parece estar capacitados para mayores logros, porque nadie le cree cuando descubre una trama mafiosa con asesinato incluido, porque su novia acaba dejándolo, porque le duele tanto una muela. Aflicción se convierte en la más sobria y sórdida incursión en la mente de un psicópata haciéndolo desde dentro, diferenciándose así­ de otras que ya habí­an tocado con detenimiento el tema como The sniper (1952, Edward Dmytryk), Taxi driver (1976, Martin Scorsese), Henry, retrato de un asesino (1988, John McNaughton) u Ocurrió cerca de su casa (1992, Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoit Poelvoorde) desde muy cerca pero siempre desde el acomodaticio, para el espectador, exterior.

Schrader conjuga y condesa en esta pelí­cula todas las constantes de su obra tanto como guionista de éxito (Scorsese, Pollack, Weir, De Palma) como de director de renombre. En ella está lo autobiográfico (el severo personaje de Coburn está cerca de su padre), la soledad, el sentido cristiano de la culpabilidad, el sexo como castración, la lucha por la recuperación de la fe perdida, la redención del individuo, en definitiva, todo su imaginario religioso y personal que marca su vida y su obra. Más cercana a Mishima (1985) que a Touch (1997) en el tono, más próxima a Hardcore (1979) en su pesimismo que a Posibilidad de escape (1991), pero en el fondo prima hermana de todas.

A esa densidad intrí­nseca a Schrader colabora sobremanera la materia prima de la que parte, la excelente novela de Russell Banks, cuya obra restante desconozco, pero que por la implicación intelectual contestataria contra la idiotizante y conformista sociedad norteamericana y por la otra pelí­cula basada en él (El dulce porvenir, 1997, Atom Egoyan) parece que es una laguna a cubrir con prontitud.

Si además el elenco interpretativo está a un nivel análogo a su categorí­a (Nolte, Spacek, Coburn, Dafoe) poco más queda que decir sobre una de las propuestas más complejas y atractivas de uno de los directores más complejos y atractivos en activo en los años noventa, que además, en esto sí­ que casi es único, vive una trayectoria ascendente en cuanto a la calidad y a la cantidad de sus trabajos. Cosa que se puede decir de muy pocos en una década no tan mala como podí­amos pensar pero que sí­ ha servido para descubrir que los años no pasan en balde para mucho de los niños mimados de otras décadas.


Es una magní­fica pelí­cula de Paul Schrader en plena forma, y contándonos la vida gris y rutinaria de un sheriff que no ha hecho nada importante en su vida, pero de repente esa rutinaria vida da un enorme vuelco, por la muerte de un  dirigente sindicalista de Boston, una muerte acaecida durante una cacerí­a dirigida por el mejor amigo del citado sheriff… Para mí­, una de las mejores pelí­culas de Schrader (por no decir la mejor), y es que el director norteamericano saca de un guión (por el mismo construido junto a Russel Banks) más bien simple, una trama fenomenal y demoledora, porque ya desde el comienzo uno sabe que tarde o temprano la cosa va a explotar, pero ¡ojo!, que aquí­ no es como en otros thrillers de corte parecido, ni mucho menos, aquí­ Schrader te lo va metiendo poco a poco y creando al mismo tiempo un clí­max verdaderamente asfixiante. Aunque hay que reconocer que el mérito de esta pelí­cula no es solamente del genial director, sino también del extraordinario equipo con el que contó. Empezando por unos pedazos de actores como la copa de un pino, sobre todo en ese duelo interpretativo que sostienen Nick Nolte, metido hasta los topes en el cuerpo de Wade Whitehouse, ese hombre al que todo el mundo le da órdenes y encima con un “jodido” dolor de muelas que le está volviendo loco, y James Coburn, dando vida a Glen Whitehouse, padre de Wade, un hombre dominante, alcohólico y sumamente agresivo (que diálogos entre los dos, de los que saltan chispas). Y sin olvidarme de la maravillosa y magní­fica Sissy Spaceck. Fenomenal la fotografí­a de Paul Sarossy, un hombre con infinidad de premios en su haber, como adecuada es también la banda sonora del compositor Michael Brook. En definitiva, una buena pelí­cula y que a pesar de su demoledora historia y de ser una de esas pocas donde nos muestra la cara humana de la desesperación y de la aflicción, no por eso hace de dejarte al finalizar un buen sabor de boca, porque de verdad esta pelí­cula para mí­, es una pequeña obra maestra.


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