ANTES DEL AMANECER (Before Sunrise)

Director: Richard Linklater. EE.UU. 1995. Color

Intérpretes: Ethan Hawke, Julie Delphy





En Antes del Amanecer (1995) Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se conocen dentro de un tren en medio de Europa. Los veinteañeros deciden pasar una noche juntos vagando por Viena, se enfrascan en conversaciones acerca del sentido de la vida y –demás está decirlo– se enamoran. Deben separarse, él para volver a EE.UU. y ella para visitar a su abuela en París. No intercambian teléfonos ni direcciones, para no someterse a rutina fatal de los mensajes a distancia. Así, prometen encontrarse seis meses más tarde en Viena, a la misma hora y en el mismo lugar.

Sin embargo, los meses se transforman en años. Nueve, para ser exactos.

A pesar de las modestas pretensiones y de que sus protagonistas eran entonces prácticamente unos desconocidos, fue una de las películas más exitosas de 1995, llegando incluso a ganar el Oso de Plata al Mejor Director en el Festival de Berlín. Es una inteligentemente deliciosa película.


Antes del ATARDECER (Before Sunset)

Director: Richard Linklater. EE.UU Color
Intérpretes: Ethan Hawke, Julie Delphy

Estamos en 2004. Y la historia es la siguiente: en Antes del Amanecer Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se conocen arriba de un tren en medio de Europa. Los veinteañeros deciden pasar una noche juntos vagando por Viena, se enfrascan en conversaciones acerca del sentido de la vida y −demás está decirlo− se enamoran. Deben separarse, él para volver a Estados Unidos y ella para visitar a su abuela en París. No intercambian teléfonos ni direcciones, para no someterse a rutina fatal de los mensajes a distancia. Así, prometen encontrarse seis meses más tarde en Viena, a la misma hora y en el mismo lugar.

Sin embargo, los meses se transforman en años. Nueve, para ser exactos.

Antes del Atardecer (2004) retoma una historia simple, llena de matices y esquinas conmovedoras, que por ser reales transforman a esta cinta en una experiencia fuera de lo común, íntima y de una belleza intensa.

En esta secuela, los protagonistas formulan un encuentro tácito con motivo de la publicación de la primera novela de Jesse, basada en los recuerdos de la noche que pasó con Celine. Con poco más de 30 años, Jesse, convertido en escritor, promociona su libro en una pequeña tienda parisina. Celine, que trabaja para una organización de defensa del medio ambiente, llega sorpresivamente a visitarlo. A partir de ese momento tienen apenas una hora para reconocerse (el escritor debe tomar un vuelo a Nueva York). Casi en tiempo real, vemos a los protagonistas pasear por el París estival, sumergiéndose en conversaciones infinitas, llenas de melancolía, acosados por el tiempo que se escurre.

Una vez más, la pregunta dirigida al espectador se relaciona con los vaivenes del destino –¿o, mejor, el azar?–, aquellos momentos determinantes construidos en pequeñas e eternas decisiones que lo cambian todo. ¿Qué ha sucedido con sus vidas a lo largo de nueve años? ¿Será el nuevo encuentro una conversación trivial o un encuentro de espíritus que se atraen?

Esta cinta, dirigida por Richard Linklater, esta edificada sobre diálogos magníficos, que coescribió junto a los protagonistas Hawke y Delpy. Las escenas, largas y sin mayores ostentaciones de efectos de fotografía y montaje –excepto la ostentación que en sí mismo posee el paisaje de parisino– crean una atmósfera intima, donde es fácil identificarse con los pequeños detalles, los breves silencios y la pregunta siempre latente de cómo vas a convertirte en lo que serás por el resto de tu vida.

La última y emocionante media hora de Antes del atardecer puede provocar también algo de ansiedad en el espectador, que no quiere abandonar a Jesse y a Celine (Ethan Hawke y Julie Delpy), ver cómo se separan de nuevo y detienen su conversación más íntima, esta vez por las callejuelas, los cafés y las orillas del Sena en París. Después de todo, han tenido que transcurrir nueve largos años para volver a espiar de cerca la charla romántica y pseudointelectual de la pareja de Antes del amanecer, valedora de toda una generación de jóvenes confundidos, que deambulaba por Viena tras haberse conocido en un tren.

Y al final, una canción. Una tierna canción de vals, interpretada (casi susurrada) por Celine, nos entrega una respuesta. O por lo menos la respuesta que, en este caso particular, siempre quisimos escuchar.


ANTES DEL AMANECER y ANTES DEL ATARDECER:

Amor a contrarreloj

Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) y Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) forman un díptico indispensable como reflejo hiperrealista del amor en estado puro. Si en Antes del amanecer asistíamos a la historia de amor entre dos desconocidos, Jesse y Celine, que se dejaban llevar por una irrefrenable pasión mutua para después cerciorarse de la imposibilidad de seguir juntos, en la continuación, nueve años después, retomamos un romance quebrado por las circunstancias, por un destino traicionero.

La primera fue una película enormemente romántica, preciosa, donde ambos personajes vivían un emotivo idilio de un solo día. Se gustan, charlan, surge el amor entre ambos, meditan, se transmiten sus sentimientos, se sienten llenos cuando están juntos en una ciudad, Viena, que no conocen y donde nadie les conoce. Libres y desatados, se expresan con sinceridad y autenticidad. Porque, y ésto es lo más destacable, los diálogos y comportamientos de los personajes rezuman naturalidad, autenticidad, realismo. Humor, confesiones, reflexiones. Y dos intérpretes, Ethan Hawke y Julie Delpy (adorable hasta decir basta), no sólo totalmente convincentes en sus respectivos papeles sino también capaces de demostrar una química en pantalla pocas veces vista.

El final abierto fue la vía que hizo posible la segunda parte, Antes del atardecer, donde los personajes, que han madurado y vivido su propia (y no precisamente feliz) vida, se reencuentran en el marco, también romántico, de Paris. Y es aquí cuando Linklater y los actores/guionistas destapan el dolor de dos seres abocados a estar juntos a pesar de los obstáculos. Los personajes vuelven a desnudarse ante nosotros y a expresar sus sentimientos con honestidad. Se siguen queriendo, pero no todo está en sus manos. El amor pasa por dificultades; sin embargo, sabemos que, pase lo que pase, la llama siempre se mantendrá viva, candente.

Dos magníficas películas con dos protagonistas absolutos que monopolizan la atención. Su historia interesa, cautiva, permite la identificación de un espectador que cae rendido ante las grandes dosis de verdad contenidas.

Y el director, Richard Linklater, decide otorgar la voz cantante a sus actores y seguir a Hawke y Delpy en todo momento con cercanía y sutilidad, pretendiendo que se note lo mínimo posible su mediación. Ellos son nosotros. Les acompañamos, la cámara no les abandona, y paseamos junto a la pareja por los bellos escenarios, perfecta ambientación del componente emocional.

Estamos, a mi entender, ante las mejores películas románticas de los últimos años, un díptico que nos ocupa se sitúa en un lugar de privilegio.


Antes y Después: Secretos de Linklater

En Antes del Amanecer (1995, Before Sunrise), dos jóvenes recorrían las calles de Viena luego de un fortuito encuentro en un tren. Nueve años más tarde, se encuentran en París y nuevamente recorren sus calles, recordando y emulando lo que pudo haber sido y no fue. Richard Linklater (EEUU, 1960) toma los mismos personajes en Antes del Atardecer (Before Sunset, 2004), y de esta manera encuentran las formas de violar al espacio y al tiempo.

EL ANTES

Viena. En un tren se encuentran dos personajes, que por un situación fortuita, se conocen y comienzan a entablar una conversación, que deriva en la invitación por parte de Jesse (Ethan Hawke) hacia Celine (Julie Deply) a recorrer la ciudad durante todo un día. El final mostraba a los personajes pactando un encuentro el año venidero, que en Antes del Atardecer descubrimos, no se cumplió.



Antes del Amanecer (1995)

Antes del Amanecer tiene un comienzo basta elocuente: una vía de tren, no sólo porque allí ocurre toda la primera parte del filme, sino porque ésta simboliza un camino de vida, un trecho a recorrer, un comienzo. Esto está reforzado más adelante, con las tomas a los ríos, o con las escenas de calles vacías desde una posición elevada con personajes (estos detalles están intercalados entre diálogos y encuentros con terceros), donde el director pretende sugerir un sendero similar al ciclo vital. Ellos son adolescentes y están por vivir una historia que les marcará el resto de sus días.

Pero allí no radica toda la sutileza del filme. Linklater nos plantea que los espacios amplios de esa ciudad vacía, son sólo para ellos. Con planos generales, los vemos recostados sobre una fuente, donde se prometen cosas, se indagan para descubrir secretos que nunca sabrán (como lo hace el personaje de Despertando a la Vida, el filme de animación del mismo director), y al fin y al cabo, hablan. Hablan sobre lo que piensan y se dibujan sus personalidades: ella, la muchacha de París con formación en los círculos intelectuales de la ciudad, y él un americano un tanto liberal, pero que no pierde su condición de occidental. Comienza una historia entre dos personas, como cualquiera, dibujada a través de la sucesión de tomas a las parejas en el bar al que concurren.

La película se cierra de una manera que busca que los personajes recuerden, pero sobre todo, que el espectador se grabe en su memoria la historia de estos seres, volviendo a recorrer los lugares (todos los lugares) desde la misma posición de cámara. La plaza, los restaurants, las calles. Así pretende violar la flacidez de la memoria: pretende dejar el recuerdo estampado para siempre.

EL DESPUÉS

En Antes del Atardecer, la situación ya no es la misma. No es Viena, sino París (¡qué mejor que París!) y ya no son adolescentes. Son adultos que han crecido en civilizaciones distintas, en culturas dispares y que el filme se encarga de diferenciar de manera aguda, pero sin demagogia (la conversación en la cafetería es bastante elocuente en este sentido). De cualquier manera, Linklater no cae en el fatalismo de describir a estos personajes como adultos con sabiduría adquirida. Hace de sus conversaciones solamente una vía de flujo de tiempo (el tiempo entre película y película).

Hay una sabia reflexión sobre la memoria en esta segunda parte. Si el director paneaba con su cámara todos los lugares que los personajes habían recorrido en
Antes del Amanecer, ahora en la segunda parte de la secuela, hace lo inverso: muestra los lugares que visitarán, previamente. En el comienzo del filme, uno tras otro, se observan las calles, cafés y revieras por donde pasearán los protagonistas. Crea así memoria, construyendo una simetría. Pero el tema del recuerdo, no sólo está presente al comienzo, sino en todo el filme. Linklater se encarga de mostrar que muchas veces la experiencia juega un papel devastador a la hora de hablar del pasado: Celine y Jesse recuerdan los hechos de distinta manera y algunos son más difusos que otros. Pero en este experimento (todo el filme lo es), también juega el espectador, que es un personaje activo, ya que ha presenciado las acciones (Antes del Amanecer). El pasado revuelve y afecta de distinta manera: ella no concurrió al encuentro pactado al final de Antes del Amanecer y él sí; él, escribe una novela con los detalles de aquel día, ella no recuerda algunas cosas importantes. El hombre deforma los recuerdos para continuar viviendo.


Antes del Atardecer (2004)

El tiempo ha transcurrido y eso se nota. Celine es una activista que se indigna sobre la situación del globo, y él es un exitoso escritor de best-sellers que recorre Europa con su historia sobre aquella noche (hay una inteligente discusión en torno a dónde el mundo se ha vuelto peor, que describe esta apreciación de manera estupenda). El minutero corre más rápido por estos tiempos: en aquel encuentro en Viena, ellos eran jóvenes y tenían todo el tiempo (casi un día), ahora son sólo ochenta minutos (lo que dura la película). El hecho de que se haya filmado en tiempo real no es una casualidad: son tiempos de apuros, de compromisos.

El final proyecta la relación. Durante toda la duración del filme, la película amaga hacia el hecho inminente, pero retrocede. Él está por irse, pero extiende su estadía en París para pasar más tiempo con ella en varias ocasiones. Desea prolongar ese tiempo, y en el final del filme, lo hace, hacía tiempo infinito, con un cierre de antología.


EL ANTES Y EL DESPUÉS

Los títulos nos remiten claramente a la situación de los personajes: En Antes del Amanecer, son dos jóvenes y el nacimiento de un amor extraño, complejo e imposible, pero amor al fin, mientras que Antes del Atardecer, muestra el ocaso de estos seres, cada uno con un vida formada (él casado, ella en pareja) y con diferentes perspectivas de vida.

Es un cine que destruye espacios. El límite para los personajes en esta secuela son el espacio geográfico, la memoria y el tiempo -una gran síntesis de su obra-. El recuerdo latente, que todo lo deforma, y la distancia que hace de estos amores, amores.

Es verdaderamente cautivadora y mágica. Tiene eso que sólo lo tienen las grandes películas. Una historia sencilla pero a la vez apasionante y muy bien contada. Para ilustrar el gran trabajo de interpretación y de dirección solo diré que contiene varias escenas de más de diez minutos de duración en plano fijo con unos diálogos magníficos y una gran puesta en escena. A tener en cuenta la gran fotografía, tan cuidada y tan bella.

Una de las mejores películas romántica que he visto, es tan natural, tan sencilla, tan honesta, que te la crees al momento, el guión me parece maravilloso, los diálogos salen verdaderamente del corazón.

¿Cómo te gustaría enamorarte?, creo que esta película responde a esta cuestión… Es el sueño con el que toda persona por lo menos una vez a soñado, enamorarse a primera vista y pasar el mejor día de tu vida con esta persona sin preocuparte de lo que dices o haces, sólo disfrutando de su presencia. En mi opinión es una de esas películas necesarias, que pueden parecer un tostón cuando la estás viendo (quizás “la falta de argumento” la hace un poco larga), pero que cuando terminan, descubres que algo de ti ha cambiado, que has vivido una historia de amor que desearías para ti.

El brillo eterno del fabricante de recuerdos

Richard Linklater hace un cine que funciona a la manera de una cámara presurizadora. El efecto que tienen sobre el espectador sus películas surge del contraste y la interacción entre el interior y el exterior de la propia obra. Hablamos entonces de un cine de espacios acotados, de mundos regidos por normas particulares, temporales, espaciales o genéricas.

Analicemos el funcionamiento de las tres últimas películas del realizador, Waking Life, Escuela de rock y Antes del atardecer. En Waking Life, Linklater investigaba las posibilidades del cine de animación para recrear el mundo onírico de un personaje incapaz de despertar de su sueño. Aquí, el contraste entre interior y exterior resultaba claro, sueño y realidad. Los límites que acotaban el espacio de la película adquirían varias formas. Por una parte, el rotoscopiado, técnica de animación en la que el dibujo se realiza sobre un material filmado, el límite más obvio. Pero más allá, y aquí es donde se produce el roce entre exterior e interior, la conciencia del personaje protagonista de hallarse en el territorio de su propia inconsciencia. En Waking Life participamos de un sueño, la película no responde ante ninguna convención cinematográfica o racional, se limita a divagar por un espacio abstracto abierta a escuchar las discusiones filosóficas de los personajes que la habitan.

Escuela de rock parece seguir el modelo de la comedia juvenil–escolar, sin embargo es todo lo contrario. Aquí el límite de la película responde a las reglas de un género. Y la interacción entre interior y exterior de la obra consiste en la subversión de esos espacios. Lo que creíamos interior resulta exterior. Si tomamos como modelo del género de comedia juvenil Sister Act, con la que mucha gente relacionó el filme de Linklater, veremos que el canon nos remite a una película en la que un grupo de niños o chicos en un entorno conflictivo confían en un adulto para que los aleccione y reconduzca sus vidas hacia el éxito, la reinserción social. Escuela de rock es el reverso de dicho modelo. En ella, el gran Jack Black se apodera de una clase de escuela high class para redefinir los principios de sus pupilos. El proceso educativo consiste en desacreditar todos los pilares del exitismo social contemporáneo, desde la estricta disciplina, pasando por toda forma de corrección, hasta el capitalismo extremo. Escuela de rock es placentera como el sexo, las drogas o el rock and roll y sus títulos de crédito finales son una conclusión orgásmica, como salida del mundo perfecto e imposible de las películas de Adam Sandler.


Antes del atardecer tiene un límite temporal, indicado ya en su título. Viviremos junto a Jesse y Céline ochenta minutos de su reencuentro nueve años después del día perfecto que vivieron en Antes del amanecer. Aquí interior y exterior son fracciones del tiempo, ochenta minutos y toda una vida. De las tres películas analizadas, el de Antes del amanecer parece el caso en el que más claramente pueden diferenciarse los límites de la obra, ya que el propio espectador los experimenta en tiempo real. Sin embargo, la situación no es tan clara como podría parecer. Podremos ver como todo lo que sucede durante este tiempo privilegiado de reencuentro nos remite continuamente tanto al encuentro anterior, al tiempo vivido entre ambas películas (un tiempo real también para el espectador que vio en su día Antes del amanecer), y mediante un final que proyecta la historia hasta el infinito, al tiempo que vendrá. Como en los casos anteriores, volvemos a encontrarnos con una película que desdibuja continuamente sus propios límites. En esta ocasión, las variables que pone en movimiento el ilusionista Linklater son el tiempo y la memoria

Hay algo que planea ruidosamente sobre la experiencia como espectador de Antes del atardecer: la presencia devastadora del recuerdo. El recuerdo como figura cinematográfica esencial, el recuerdo como material sobre el que se reflejan, deforman y dialogan obra y espectador, cine y vida. Porque mientras habitamos Antes del atardecer compartimos un tiempo con unos personajes esclavizados por sus recuerdos del pasado, un pasado que es otra película (Antes del amanecer) y el misterioso intersticio entre ambas. Pero una vez la película haya terminado, serán esos ochenta minutos compartidos los que permanecerán para nosotros como recuerdo imborrable. Esclavos de un tiempo ilusorio, del cine.

El cine de Richard Linklater, construido sobre ejercicios intelectuales sofisticados, lleno de personajes con los que identificarse con facilidad, parece ser consciente de que su existencia bajo la mirada del espectador es limitada, efímera. Podría decirse que existe sólo para el recuerdo. Es un cine que olvida trabajar ciertos sentidos –el olfato, el tacto y el gusto– para fortalecer su existencia abstracta, conectada a una forma híbrida entre la memoria y el sueño.

Y encontramos al Richard Linklater amante de los sueños, prestidigitador e ilusionista. Un hombre que asumió la tarea de construir sueños perfectos. Y en el centro de sus tretas manipuladoras, la ilusión de continuidad. Una capacidad que comparte con el otro gran mago de la escena que encontramos en nuestras carteleras, Michel Gondry, apodado “El Continuista” por Juan Villegas en El Amante. Más en sus maravillosos videoclips para Bjork, Chemical Brothers o The White Stripes, que en sus experiencias cinematográficas, Gondry se regodea en su habilidad para componer largas secuencias que tras su apariencia de continuidad esconden todo tipo cortes de montaje inapreciables y efectos de post-producción. Más austero que su alter ego clipero, Linklater utiliza otro tipo de herramientas para montar sus trucos. La primera, el diálogo. Son constantes en su cine las largas discusiones o los brillantes monólogos. Sus personajes poseen el don de la palabra, y son capaces de alternar con pasmosa naturalidad las declaraciones más banales y los discursos más solemnes, a veces indiferenciables unas de otros. Hay en esa naturalidad algo de irreal, de tramposo, de imposible, que llena de encanto los diálogos made in Linklater. Más aún cuando la aparente espesura de esa verborrea no exige erudición alguna. Como apunta Nazareno Brega en las páginas de El Amante: Quien jamás se la enfrentó a la filosofía puede acercarse sin miedos a Waking Life y gozar, así como quien al pensar en T.Rex llena su mente sólo con un dinosaurio gigante también puede deleitarse con Escuela de rock. Sus películas (las de Linklater) no exigen un conocimiento previo, sino que hacen que el espectador salga del cine con deseos de sumergirse en el tema.

Podemos imaginar que Antes del amanecer actúa dentro de la carrera de Linklater como Femme Fatale en la de Brian de Palma. Puede ser Antes del amanecer una película acerca del cine de Richard Linklater. Esta crítica podría titularse entonces Linklater juega a ser Linklater disfrazado de Linklater. Ya que además de ajustarse perfectamente al mecanismo de funcionamiento de todo su cine, Antes del atardecer atesora varias referencias a sus otras películas. Para empezar, toda la película se construye a partir de lo sucedido en Antes del amanecer. Pero además, hay en las conversaciones y gestos de Jesse y Céline otras referencias al imaginario de Linklater, como el sueño que cuenta Jesse en el que despierta dentro de su propio sueño (Waking Life), o el gesto despectivo que fabrica Céline con su mano gracias al soplido de Jesse, marca de la casa de Jack Black (Escuela de rock). Como nos indicaba Brega anteriormente, no es necesario conocer el cine de Linklater para disfrutar de Antes del amanecer. Lo que sí es seguro es que se saldrá del cine con ganas de conocer en profundidad el universo de este joven (44 años) realizador norteamericano.

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