Director: Atom Egoyan. Canadá. 1997. Color
Intérpretes: Ian Holm, Caerthan Banks, Sarah Polley, Tom McCamus, Gabrielle Rose


El dulce porvenir de Atom Egoyan (naturalizado canadiense aunque nació en Egipto), una de las cintas más premiadas durante el año 1997 en la mayoría de los festivales de importancia en el mundo.
Quienes conocen la obra de este director saben que de entrada sus cintas no son fáciles ni accesibles para la mayoría de los espectadores, pero esta vez el tema tratado se da de una forma comprensible y “normal” (aunque obviamente existen simbolismos y temáticas características de Egoyan que siguen siendo complejos).
A grandes rasgos, la historia trata sobre las emociones y actitudes de un pequeño poblado canadiense a partir de una tragedia, sucedida en un autobús escolar que lleva a los niños del pueblo, y los sucesos que se dan con la llegada de un abogado de la ciudad que quiere defender a la comunidad y que al mismo tiempo vive una lucha interna debida a su hija drogadicta. La obra está inspirada en un hecho real que sucedió en Texas pero el guión lo traslada a la Columbia Británica y sus paisajes de nieve y bosques, con el elemento de pureza en la nieve contrastando con aspectos oscuros como el incesto o la infidelidad.
La cinta es sencillamente una obra de arte, completamente disfrutable, aunque aquí creo conveniente aclarar que para disfrutarla al máximo se necesitan algunas nociones de apreciación de cine (para poder encontrar muchas de las ideas y aspectos importantes que no se muestran obvios durante la historia). De cualquier forma, la cinta es digna de análisis y en términos de lenguaje y elementos de cine se puede aprender mucho de ella. Uno de los aspectos principales que puede destacarse en la película (y tal vez el que permite que por fin se le haya reconocido como el gran director que es, debido a la accesibilidad relativa de la cinta, que no existe en cintas como El ajustador) es el manejo del tiempo y las emociones (Egoyan siempre ha estado obsesionado con el manejo del universo temporal de las historias, un ejemplo se puede ver en sus Partes habladas o en Exotica), en un ambiente que mezcla al pasado y al futuro en el presente, con una fotografía con cámara fluida (pero moviéndose despacio) y contrastes entre la luz y la oscuridad de los espacios. La secuencia del accidente es memorable e impresionante, devastadora, y en cuanto al manejo de emociones, las situaciones se apoyan en grandes actuaciones completamente convincentes (el personaje de Sarah, la sobreviviente del accidente es complejo y contradictorio, del tipo que Egoyan disfruta).
Para quienes buscan análisis puedo mencionar elementos como la mujer redentora y culpable al mismo tiempo (un elemento de cabellos rubios recurrente en la cinta), la toma inicial que cobra significado hacia el final, junto con el diálogo entre el abogado y la amiga en el avión, el color blanco como elemento de inocencia), etc.

Fotografías del pasado y el futuro
El poder de la imagen cinematográfica es inmenso. Los límites que la rigen no dejan de desdibujarse con el tiempo. Es fácil ser pesimista hoy en día, una mirada demasiado global o lejana al panorama cinematográfico actual decepcionaría al más eufórico de los amantes de la modernidad y hundiría en el poso de la depresión al melancólico amante del clasicismo. Como consejo para la salud del buen cinéfilo es indispensable la siguiente recomendación: no decaer y hacer del esfuerzo la primera norma de su conducta. Pareciera que aquellos que sentimos curiosidad por un cine generalmente mal llamado “diferente”, aquellos que pensamos que el cine puede ser algo más que una forma de ocio debemos emprender una labor casi arqueológica en busca de tesoros escondidos en recónditas cinematografías o en los cavernosos subterráneos de las grandes industrias, aquellos lugares en los que la idea de independencia creativa todavía resiste al ataque de la dependencia económica. Nos hemos convertido en vulgares imitadores de aventureros de película, románticos perseguidores de un sueño plano, incorpóreo e intangible. La diferencia yace en una pequeña diferencia de envergadura heroica. Nuestra aventura más común consiste simplemente en dejar pasar el tiempo y rezar porque una alma caritativa (léase distribuidor chiflado con espíritu suicida) nos permita gozar de una de esas joyas escondidas. Un poco más de mérito tiene el pegarse enfermizos atracones de materia fílmica en aquellos extraños oasis llamados festivales, en los que por unos días se nos permite bailar con zapatos de princesa antes de que las doce campanadas de la clausura nos despierten del sueño. Pero a ver, dejémonos de cursilerías, la realidad es que por cada una de esas extrañas maravillas de festival, te tienes que tragar más de uno de esos asquerosos bodrios de festival (sí, todos los que os hayáis zampado una muestra de cine deberéis confesar que allí habréis visto probablemente las peores películas de vuestro historial cinéfilo). Total, que me desvío demasiado del rumbo a seguir. Decía lo cada vez más difícil que es encontrar películas alejadas de la (nula) sensibilidad que promueve el mainstream -sistema habitual-.
Sin embargo, como anunciaban las dos primeras afirmaciones del presente artículo, soy una persona optimista que aún confía en el futuro del cine. Ese optimismo se basa, sin duda alguna, en la existencia de personajes, acertadamente llamados francotiradores, como Atom Egoyan. Exploradores que, a base de escrutar terrenos y paisajes periféricos, nos desvelan verdades capitales. Dentro del enorme campo de posibilidades, Egoyan escoge casi siempre caminos alambicados, como si el acceso a esas verdades que pretende desvelar requiriese de cierto número de obstáculos previos. Más que eso, Egoyan parte de la asunción de que solo es posible observar el espíritu escondido en los objetos, las personas y los paisajes a través de un prisma que genere imágenes caleidoscópicas que deformen la realidad enfrentándola a sí misma. Las imágenes del canadiense de origen armenio buscan desesperadamente una explicación a su existencia, gusta de usar la yuxtaposición de situaciones narrativamente encontradas, y sin embargo lejanas en el tiempo o el espacio, también historias paralelas que evolucionan al compás o desfasadas, pero siempre en una relación simbiótica a través de la cual ir deshaciendo los nudos que obturan la comprensión de las narraciones y que allanan el camino para la aparición de una verdad superior.
El dulce porvenir es el análisis del impacto de la tragedia sobre la vida del ser humano. Y en un nivel metacinematográfico el estudio de las formas de representación de las emociones a través de la imagen. Ambos objetivos se van complementando y alimentando mutuamente formando un todo uniforme. Esa es una de las grandes virtudes del cine de Egoyan, esa lucidez para dotar de una impecable homogeneidad sus despedazadas narraciones. En este caso, esa característica es primordial para sofisticar el discurso que dará respuesta a la primera de las preocupaciones expuestas. En este caso la tragedia principal es la muerte, en el accidente de un bus escolar, de la mayoría de niños de un pueblo. Este hecho marcará inexorablemente la existencia de los habitantes del montañoso poblado y desvelará la debilidad de la aparente felicidad, bienestar y buena convivencia de la comunidad. También encontramos la tragedia en la vida de Mitchell Stevens, el abogado que intentará unir a algunos padres de niños muertos o lesionados por el accidente para denunciar el hecho ante los tribunales. Mitchell ha perdido a su hija en manos de las drogas y su frustración lo convierte en un ser desvalido de la capacidad de amar. Ante este planteamiento, Egoyan va escrutando con paciencia y manos de cirujano la intimidad de sus personajes. Liberado de la pesada carga de la linealidad narrativa, el director emprende un análisis profundo de la fragilidad de los pilares sobre los que se soportan sensaciones como la felicidad, el dolor, la tristeza, la alegría o la desesperación. Ante nuestros ojos encontramos emparentadas imágenes anteriores y posteriores al accidente, formando una nebulosa grisácea que tiñe de una hirviente y candorosa paz las imágenes de la tristeza de los padres de las víctimas del accidente. Es éste sin duda el motivo del título de la película y del monólogo final de Nicole (maravillosamente interpretada Sarah Polley). La película se empapa de un tono difuminado que remite a la nostalgia por un pasado que siempre fue mejor, una melancolía filmada con exquisita belleza sobre un paisaje siempre nevado que favorece la temporalidad confusa del relato. El resultado sobre la sicología del espectador es curioso y plenamente buscado por el director. Finalmente, compartimos junto a los habitantes de la película ese dulce porvenir que les toca afrontar, sumidos en una tristeza blanca y melódica que parece inevitable. La huella del tiempo y la amenaza de la muerte son armas incontestables. En la alegría de vivir late también el dolor de la pérdida y la muerte y esa es la gran verdad que yace en las imágenes de la película.
En la película se producen continuas apariciones de los padres de las víctimas del siniestro, así como de Dolores (la conductora del autobús escolar), junto a fotos en las que se pueden ver bellos retratos de sus hijos muertos, convertidos tras la tragedia en presencias fantasmagóricas. Egoyan se apoya en esa manera tan propia y precisa de desgranar sus historias fragmentadamente para convertir sus imágenes en metáforas cargadas de significado. En un solo plano, aquel en el que recorremos el autobús en el que viajan los niños del pueblo mientras estos juegan y gritan, podemos percibir toda la carga dramática y la tesis estética que nos propone el conjunto de la película. Los niños que vemos no están vivos ni tampoco muertos, flotan alegremente en un tiempo flotante que les permite sobrevivir en un sinuoso y brillante letargo. El carácter fantasmagórico y tétrico a la vez que bello y dulce no solo podemos captarlo gracias a la información que se nos ha otorgado previamente, sino que existe en las imágenes un contenido dramático intrínseco, que proviene tanto de la planificación de la escena (el travelling frontal insinúa una mirada ajena, pero acogedora, casi como si algo divino acogiese a los niños en sus brazos) como de la fotografía (intensamente brillante) y la banda sonora (una melodía en la que las notas se sostienen prolongadamente intensificando la naturaleza onírica de la imagen). Pues como esta, tantísimas otras. Podría pensarse en El dulce porvenir como en una pared llena de fotografías, como un collage en el que se mezcla el pasado y el futuro, una colección de imágenes en las que las imágenes del futuro buscan consuelo y salvación en las fotografías de la felicidad pasada, pero en la que también se invierten los papeles y el pasado convive con unas fotografías en movimiento futuras que le advierten de la fragilidad de sus normas.
Para ir acabando, y como exposición del talento narrativo de Egoyan, gran guionista además de director (aunque la originalidad del guión de El dulce porvenir la comparta con una novela de Russel Banks), me gustaría analizar brevemente el trato que se le da en la película a la fábula del flautista de Hamelín. Partiendo de la base de que todos los lectores conocerán el relato, vayamos descifrando las múltiples relaciones que se establecen entre este y el guión de Egoyan. Sin ningún orden concreto, empezaría refiriéndome a un paralelismo en el que los niños del pueblo de la película se identificarían con los niños de la fábula, ambos alejados de los brazos de sus padres, llevados a un lugar imposible (el fondo de un lago congelado o el interior de una montaña mágica) de la mano del flautista de Hamelin. Lo que resulta menos obvio es quien juega el papel del flautista en la película, podría ser Dolores como conductora del bus o una fuerza impulsora del destina fatal de los niños. Otra referencia la podemos encontrar en el personaje de Mitchel Stevens (un correcto Ian Holm) que como el flautista hace con los niños de la fábula, intenta embaucar a los habitantes de la película para que le sigan en su ansia de dinero utilizando despiadadamente la fragilidad que el dolor de la tragedia ha llevado a sus vidas. Escarbando y rebuscando en los diálogos de la película podría encontrarse otra posible conexión, según la cual la gente del pueblo se vería emparentada con el personaje del flautista cuando éstos, furiosos y desorientados, clamasen venganza por la muerte de sus hijos, igual como el flautista se siente injustamente tratado cuando no se le paga por la desratización del pueblo. Por último encontramos la relación entre filme y fábula que acapara la mayor parte de la atención durante el último fragmento de película, aquella según la cual podemos observar a Sam embrujando a su hija (Nicole), abusando sexualmente de ella mientras le hace promesas apasionadas, convirtiendo su historia en un cuento de hadas, un cuento de pajares iluminados con velas. Como el flautista, Sam conduce a su hija a la perdición sin el conocimiento de esta, solo la tragedia, de la que es la única niña superviviente, permitirá que Nicole, al igual que el niño cojo que se queda solo fuera de la montaña que engulle a los demás niños de la fábula, adquiera conciencia de una realidad triste y decepcionante. Cabe apuntar que Egoyan se mantiene cuidadosamente distante del conflicto moral que suscita un tema como el incesto, y así Nicole no se vuelve en contra de su padre como un castigo por sus abusos, sino por no cumplir las promesas que un día le hizo, por no seguir amándola como la amaba. Esta es una interpretación particular, pienso que también es posible una interpretación más moralista de esta parte de la película.
Imágenes sin tiempo ni lugar, Atom Egoyan se siente cómodo bordeando los límites que rigen la materia cinematográfica.
Éste es el resumen esencial que el propio Atom Egoyan hace de su obra: “Ante la tragedia, nuestra fortaleza y nuestra fe se ven sometidas a prueba. Ésta es la historia de una joven (Nicole) que posee un gran valor. Se ve enfrentada a un hombre (el abogado Stephens) que tiene todas las respuestas, pero que carece de las suficientes preguntas. Es una historia sobre cómo curar las profundas heridas del alma y las decisiones que deben tomarse para sanarlas”.
En Sam Dent, un pueblecito canadiense, el autobús escolar se sale de la carretera y se precipita en un lago helado: mueren todos los niños menos la joven monitora Nicole Burnell y la conductora. Los afligidos padres se iban resignando a la terrible pérdida, cuando llega de la gran ciudad un abogado -Mitchell Stephens-, que les convence de que debe buscarse un responsable y culpable del accidente, y entablar un pleito…


Pero Atom Egoyan no lo cuenta así, y su narración fílmica -de la que forma parte de manera importante el montaje- es uno de los grandes logros artísticos actuales, junto con la hondura del mensaje.
Parece como si el fatal recorrido del autobús escolar recorriera también la película a pequeños tramos, hasta el comienzo del desenlace. El guión va hacia adelante y hacia atrás en el tiempo del encuentro entre las familias y el abogado Stephens, que también arrastra su propia tragedia familiar.
Establece la centralidad en el abogado Stephens, que, en las visitas a las familias de la pequeña comunidad, da a conocer indirectamente su salud moral; mejor dicho, sus enfermedades y miserias. Otra centralidad más profunda pertenece a Nicole, y al cuento del flautista de Hamelin, que acaba de contar a unos niños; cuento que se convierte en parábola de los recientes y trágicos hechos reales.
Las dos centralidades quedarán enfrentadas: la del abogado Stephens, con su supuesta y dudosa justicia legal, y la justicia moral y aun sobrenatural que Nicole quiere para su comunidad, que, habiendo sufrido la pérdida de sus niños, como en Hamelin, sigue ciega para el Bien, sigue siendo -por sus miserias morales- incapaz de entrar en el “Dulce porvenir” -The Sweet Hereafter-, el Mañana Feliz a donde se llevó el Flautista los niños de Hamelin.
La estructura del guión y del montaje son de una eficacia y fuerza de sugerencia que sobrepasa la linealidad de esta obligada explicación. Eficacia y fuerza de sugerencia es también la de la fotografía, con su lenguaje de luces y sombras contrastadas, su voz de coloración trágica, anaranjada y oscura, y la réplica brillante, de espacios abiertos, luminosa y blanca, azul: son las imágenes visuales de las palabras, de los hechos que se viven.
Y todo ello encarnado por un perfecto elenco de actores, que si unos asumen papeles de principal duración, no les van a la zaga en perfección los que asumen papeles más breves.
Una gran obra, en cuyo mérito entra de modo sobresaliente la novela de Russell Banks, base del guión, de los personajes, y del argumento y su sentido.
Las películas de Atom Egoyan son complejas y excéntricas, desgarradoras y llenas de ansias, como lo es la propia gente. Aunque con El dulce porvenir adaptó por primera vez material ajeno, concretamente una novela de Russell Banks, nunca ha hecho una película más brillante o profunda que ésta.
