EL ODIO (La Haine)

Película estrenada entre 1995-1997

Director: Mathieu Kassovitz. 1995. Francia. B/N

Intérpretes: Vincent Cassel, Hubert Koundé, Sa√≠¬Ød Taghmaoui, Abdel Ahmed Ghili, Joseph Momo, Heloise Rauth, Rywka Wajsbrot, Oiga Abrego

Esta es la historia de una sociedad que se hunde. Y mientras se va hundiendo no para de decirse: hasta ahora todo va bien. Pero lo importante no es la caída sino el aterrizaje”. El epílogo de esta película es una advertencia que en estos dias se esta haciendo realidad en las calles de Francia. El hundimiento. Tres jóvenes, un moro, un judío y un negro, son amigos. Así dicho, parece mentira. Simplemente les une pertenecer al mismo barrio de París. Y vivir rodeados de violencia, de droga, de mierda. Y pasar los días sin hacer nada, sin estudiar, sin trabajar. “No job, no money, then… fuck off.” Sin futuro. Así que, ¿por qué no destrozar el escaparate de la tienda que tiene ese objeto que constantemente te están incitando a comprar? ¿Por qué no quemar el coche que te hace falta para llegar a tu lejana casa después de que cierre el metro? ¿Por qué no coger un arma y dispararle al policía que te odia porque le das miedo? El miedo a lo desconocido. Al otro. Pero sobre todo, al que no tiene nada que perder.


“Un tipo cae desde el piso cincuenta de un rascacielos. Mientras cae, se dice a sí mismo al pasar por cada piso: “Bien de momento. Bien de momento. Bien de momento. Bien de momento. Bien de momento”. La moraleja de la historia es: lo importante no es cómo caigas, sino cuando llegues al suelo”. (Broma con la que se abre y cierra la película).

La cinta nos cuenta un día en la vida de tres amigos adolescentes que viven en un barrio marginal de la periferia parisina, durante los importantes disturbios sociales que se dieron a comienzos de los 90. Said es de origen marroquí, Vincent, judío y Hubert, africano ; los tres son franceses, pero ciudadanos de segunda que intentan sobrevivir, cada uno a su manera, en el infierno cotidiano del suburbio parisino.

Said pasa de todo, se dedica a sus trapicheos, Vincent está lleno de odio: quiere vengar la muerte de un magrebí del barrio asesinado por la policía y Hubert está harto de todo esto, quiere huir de ahí, de la violencia y del odio cotidiano en los que ha crecido. Los tres son muy diferentes, pero inseparables, y esta tarde deciden darse un garbeo por el centro de París.

Película de culto dentro del cine social europeo, El odio no sólo está magistralmente rodada, con una estética rompedora y una potente banda sonora, es sobre todo un auténtico ensayo sobre la situación social de los jóvenes en los guetos de los suburbios.

Pero no es un documental, ni “cine de arte y ensayo”, sino una película muy emotiva dotada de un ritmo trepidante. Resulta imprescindible verla para comprender un poco el origen de los regulares estallidos de violencia que suceden en las ciudades francesas. Esas imágenes de violencia, aparentemente gratuita, tienen, como todo, una explicación. Con antidisturbios, mano dura y toques de queda no se soluciona el odio, se alimenta el odio.

Interesantísimo retrato social de los suburbios marginales franceses, gran parte de él extensible a cualquier país desarrollado, desde el punto de vista de tres amigos (aunque a veces parezca lo contrario) adolescentes: Hubert, negro; Said, árabe; y Vinz, judío.

La historia arranca en una “cité” de la periferia parisina la mañana siguiente a una violenta noche de enfrentamientos entre policía y residentes desencadenados por la dura paliza que recibió un joven durante un interrogatorio y que le hace debatirse entre la vida y la muerte. A las manos de Vinz ha llegado el revólver que esa noche perdió un agente, y con él se propone, en el caso de que muriese su amigo en coma, matar a un policía para vengarle.

Salvo por el final, facilón y previsible donde los haya, no se puede decir que la historia sea irreal. Los hechos acontecidos recientemente en Francia (el fenómeno “swarming”) lo demuestran. Si acaso podríamos calificarla de premonitoria.

¿Por qué tanto odio? ¿Cuál de los bandos empezó la guerra? Que si todos contra el sistema, que si todos contra la policía, que si todos contra los negros, que si los moros son escoria… La desinformación y la incultura, presentes en todos los estratos sociales, conducen al miedo, y éste al odio cegador tan bien reflejado en el personaje de Vinz.


Lo que ocurre en esta película es la consecuencia de años de dejadez, de marginación, de ausencia de educación, de falsas promesas y de pérdida de oportunidades. Aquí es el uno por uno y el ojo por ojo y Vinz matará a ese policía si su amigo muere. O eso es lo que dice, porque puede que Vinz no sea más que un chico asustado, fanfarrón y sin futuro que jamás podría pegar un tiro a alguien. Vinz se dedica, mientras espera a que su amigo muera, a vagar por barrios marginales de París y por la propia París, conociendo a personajes tan variopintos como Asterix y hablando de vanalidades.

Vinz tiene dos amigos. No les cae muy bien y están todo el trato discutiendo pero siempre pasa algo que soluciona sus problemas, aunque sea un viejo loco que les cuenta una historia con moraleja en un baño. Said es el típico chaval que se deja arrastrar por las masas y Hubert es un boxeador negro que quiere salir de esa mierda de barrio. Entre los tres forman un equipo, muy cutre pero un equipo, y su fuerza radica en detestar todo lo que venga de fuera de su barrio, ya sean pijos, negros, skins, seguidores de Le Pen, el alcalde, la policía (sobre todo la policía…) Se quejan del mundo asqueroso en el que viven, pero no dejan que nadie entre en él y menos que les ayuden (sólo hay que ver cómo se porta Vinz con el policía que trata de ayudarles).

Caminan y caminan sin rumbo un día y otro sin esperar nada, irónicamente, Vinz parece que desea que su amigo en coma muera para poder matar a un policía, para “restablecer el equilibrio”, sin saber que él solo ni puede hacer ni deshacer, sin saber que “el mundo NO es suyo”.

En medio de esta historia están las revueltas, las drogas, la policía, el compañerismo, la tragedia, la comedia, el drama, la amistad y todo lo que se podría encontrar en un barrio marginal. Y sobre todo está Vincent Cassel, que es capaz de poner la auténtica cara de…. no sé, cara de Vinz.

Pues así avanza el día sin rumbo hasta que el amigo (Ahmed) muere. Entonces Vinz se dispondrá a restablecer el equilibrio, pero más que nos pese, el equilibrio existente es actual y no se puede hacer nada.

Qué equivocados estuvieron siempre en el caso del trato a aquellos que “vienen de fuera” los franceses, y el tiempo ha dado la razón. No se pueden crear guetos, después eso engendra odio, es crear diferencias entre los ciudadanos del mundo. Esta película es de 1994 el problema no ha ido más que creciendo en los últimos años, y a nadie parece importarle, sólo cuando se quema algún coche en el centro. Esta película muestra una Francia de hace 13 años que en este caso prácticamente igual que la actual.

Hacer viviendas protegidas a kilómetros del centro de las grandes ciudades y subvencionar los trabajos en las afueras, apacigua el problema en un espacio corto de tiempo, pero no sana el problema.

Esta película narra muy bien la vida en uno de estos barrios, los problemas de todo adolescente o niño de un lugar como éste. Y sobre todo cuando van al centro de París te das cuenta de lo apartados de la sociedad que se encuentran… En el trato que le dan a estas personas los cuerpos de seguridad por la sencilla razón de ser de piel diferente, más y más odio…

Lo que hacen es convertir esos lugares en una olla a presión, y ésta estallará tarde o temprano. El tiempo nos ha dado la razón, y con gente como Sarkozy todo irá a peor…

Como primera aproximación podría decirse que El odio es algo así como Pizza, birra, faso filmada por Esteban Sapir. Gira en torno de tres adolescentes, Vincent, Said, Hubert, que sobreviven en los márgenes de la metrópolis como los de Pizza… Y está filmada en blanco y negro, con una exquisitez de encuadres como la que ostentó Sapir en Picado fino, filme que, por otra parte, comparte unos cuantos rasgos con la llamada vanguardia francesa contemporánea. El proceso de “forzado fotográfico” le permitió a Kassovitz rodar imágenes con muy poca luz y convertirlas en imágenes de alto contraste, muy apropiadas para el feroz contrapunto que preside el drama. La secuencia de apertura, un soberbio clip con imágenes documentales de razzias y manifestaciones reprimidas, ya sienta el tono desde el vamos. El resto será ficción. Pero siempre estará presente el conflicto entre los marginales y la policía operando como “leit-motiv.”

La estructura de El odio es transparente, intensa. Cuenta una historia que arranca a las 10.38 en La Cité (una especie de “Fuerte Apache”) para culminar 24 horas más tarde. Cada salto en el tiempo está subrayado por un cartel. El resultado es un puñado de fragmentos en tiempo real que concentran lo más espeso que aconteció ese día. La muerte de un joven árabe a manos de la policía es el motor. Y la violencia una constante (contenida o manifiesta). Said también es árabe. Vincent, judío, encontró una Magnum reglamentaria y se le ha metido en la cabeza la idea de utilizarla para vengar al muerto. Hubert, que es negro, se perfila como el más equilibrado del grupo. Hay que apuntar que sus prácticas solitarias de box -que le sirven para descargar tensiones sobre una bolsa- obran como una justificación pueril de ese equilibrio. Y la cerrazón de Vincent, que anhela la venganza como un niño (y por eso se la pasa ostentando la Magnum), también acusa cierta manipulación, aquí con vistas a forzar la tensión con los uniformados. A estos no les faltan sus representantes “buenos” -cierto vecino del barrio, un agente muy amable de París y un tercero que resiste la tentación de unirse a sus pares en un interrogatorio salvaje-, con lo que todo apunta, por momentos, a sacar el tema de la órbita social para situarlo sobre el plano de un conflicto entre personalidades.

Aspecto visual al margen, esta veta aproxima El odio a algunos productos renombrados del cine yanqui “de negros” (como la famosa Los dueños de la calle, de John Singleton). Claro que lo mejor de Kassovitz está en otra parte: ciertos giros oportunos, como la detención de Said y Hubert en el centro de París, que confirma que la capital no ha sido hecha para ellos. La trifulca con los “skin heads”, que pone sobre el tapete la cuestión xenofóbica sin otro recurso que la pura imagen. La estupenda presencia de una tarde gris, serena, que convoca al trío junto a muchos otros para comer panchos y escuchar música sobre la terraza de un monoblock. Parecen dueños de la vida -no de la muerte- y hasta la perspectiva los presenta allí, bien alto. Cuando la policía irrumpe para clausurar la fiesta, la sensación de incompatibilidad entre la libertad de aquellos jóvenes y el estado de las cosas se impone con belleza y fuerza. Algo parecido sucede cuando traman y conversan al pie de un tobogán, y aparece un móvil de la TV amarilla para asediarlos con preguntas típicas. Cuando la juventud se expande, parece decir El odio en estos tramos, los largos brazos de la Société -armados con pistolas o teleobjetivos- están prestos para ponerla en caja.


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