JACKIE BROWN

Película estrenada entre 1995-1997

Director: Quentin Tarantino. 1997. EE.UU. Color

Intérpretes: Pam Grier (Jackie Brown), Samuel L. Jackson (Ordell Robbie), Robert Forster (Max Cherry), Bridget Fonda (Melanie), Michael Keaton (Ray Nicolette), Robert De Niro (Louis Gara), Michael Bowen (Mark Dargus), Chris Tucker (Beaumont Livingston), Lisa Gay Hamilton (Sheronda


Jackie Brown, una atractiva azafata, se saca un sobresueldo entrando de contrabando en Estados Unidos las ganancias de un traficante de armas… hasta que la detienen los federales. Su única posibilidad para librarse de la cárcel es urdir un plan para traer medio millón de dólares y atrapar al traficante. Rodeada de personajes peligrosos, a Jackie lo que deberí­a preocuparle es cómo salvar el pellejo, sin embargo, lo que realmente le interesa es cómo hacerse con el dinero.


En un rapto de honestidad del que ojalá nunca se arrepienta, Pam Grier declaró ignorar qué es lo que Quentin Tarantino le vio antes de levantar el teléfono para convocarla. A ella, a la que, según ella, se le cayeron las tetas. A ella a la que, según se ve, le calzarí­a casi cualquier personaje antes que esta invulnerable, seductora, infatigable conspiradora que el guion de Quentin Tarantino -apoyado en Elmore Leonard- puso en el centro de Jackie Brown. No es que Jackie le quede grande a Grier, sino que no le sienta. Veterana de pelí­culas “de chica dura” de los años 70, a esta altura del partido Pam no da ni de carambola con el fí­sico del papel del personaje principal. Se dirí­a que ella misma lo intuyó: en unas cuantas tomas trasluce la vergüenza por ciertas actitudes, ropas, gestos que debió sobrellevar. Ese rictus de vergüenza es el rasgo más patético de Jackie Brown, pero no el único. A las innumerables expresiones de audacia amenazante que le encomendó Tarantino, ese rostro bueno como un pan no tuvo más remedio que impostarlas torciendo una y mil veces la boca, como quien pasa la seña del siete de espadas. ¿Cómo es posible que se haya equiparado semejante traspié de casting con la genial rentrée de John Travolta en Pulp Fiction?

El resto de los personajes, en su mayor parte ví­ctimas de Jackie, fueron torpemente diseñados para darle base a las improbables hazañas de la heroí­na. Estas desfilan por el relato apretujadamente: Jackie, azafata de la “peor” lí­nea aérea norteamericana, se alza con 500 mil dólares de Ordell, un hampón para el que contrabandea drogas y dinero. Ordell está compuesto por Samuel L. Jackson con menos de lo mismo -en primer lugar, de humor- que mostró en Pulp Fiction. La policí­a, encabezada por Michael Keaton en el rol de un detective extremadamente idiota, está al tanto de la operación y chantajea a Jackie: o les entrega a Ordell en bandeja o es ella la que irá a prisión. Jackie finge aceptar el trato, aunque planea traicionar a todo el mundo y quedarse con la plata. La conspiración se lleva el grueso del metraje y discurre en buena medida de espaldas al espectador, es decir manteniéndolo tanto o más engañado respecto de las maquinaciones de Jackie que a sus propias ví­ctimas. No son estas buenas artes para fabricar suspense: remiten a unos pocos tí­tulos de celebridad fugaz (¡Los sospechosos de siempre!) y están en las antí­podas de la formidable transparencia de Pulp Fiction.

Pero el trámite fracasa por un motivo más pedestre: la palmaria imbecilidad que ostentan todos los traicionados con el fin de disimular la objetiva fragilidad de Jackie, cuyas dotes conspirativas fueron tanto o más infladas que las fí­sicas. Un enjambre de asesinos, hampones, uniformados “de pelí­cula”, cuya existencia nunca podrí­a concebirse fuera del estrecho marco del entertainment finisecular. El policí­a de Michael Keaton preside la lista: no hace otra cosa que ensayar una caricatura de los “inspectores” hollywoodianos limitándose a remarcar su estupidez en cada palabra, en cada gesto. Y tiene tantos gestos y palabras que lo de Keaton no le toma tanto el pelo a Hollywood como a la inteligencia del público. Robert de Niro, a cargo de un ex convicto tontolón, luce extrañamente desganado. Bridget Fonda sale un poco mejor parada, tal vez porque su rol -chica white trash, permanentemente embotada por el efecto de las drogas- es el que mejor comulga con el “espí­ritu” de Jackie Brown. La inverosimilitud de los numerosos eventos que jalonan la trama, en tanto, parece reclamar la complicidad ciega del espectador, cuyo tarantinismo incondicional es un dato que el realizador aparentemente dio por descontado.

Es cierto que Tarantino tiende a romper el molde con cada nuevo filme en lugar de recostarse sobre las fórmulas que le dieron gloria. Pero no es menos cierto que los memorables hallazgos de Pulp Fiction van más allá de las recetas y, por eso, podrí­an haber pervivido como saludables marcas de estilo. Quentin no lo quiso así­. A cambio, y curiosamente, lo peor de unos cuantos directores ilustres asoma en Jackie Brown. El todaví­a histérico Almodóvar de Mujeres al borde de un ataque de nervios, el superficial Chabrol de la segunda mitad de No va más (que empezaba muy bien) y lo que es más triste: el cúmulo de advenedizos que, luego de Pulp Fiction, intentaron en vano “filmar a lo Tarantino”. Jackie Brown parece hecha para homenajearlos.


Adiós a las armas

Tarantino en su primera pelí­cula, Reservoir Dogs, no desplegaba tanta pirotecnia. La banda de atracadores estaba formada por un conjunto de actores muy convincentes, la narración se construí­a mediante “flash backs” concebidos como minirretratos de los personajes -estructura deudora de Atraco perfecto, de Stanley Kubrick-, Tarantino salí­a airoso de las escenas más difí­ciles. Reservoir Dogs, en definitiva, era mucho mejor que la pelí­cula que vino a continuación.

Desde luego, no se pueden negar las cualidades de Pulp Fiction: dominio de los recursos cinematográficos, variedad de estilo y de ritmo según la historia, acrobacias narrativas. Tampoco se pueden negar los defectos: actores desiguales -unos excelentes (Bruce Willis), otros no tanto-, diálogos pesados (en particular la cháchara de Jules), salidas fáciles, abuso de los fuegos artificiales. En Pulp Fiction, Tarantino es un cineasta dotado de cualidades que él mismo se encarga de echar a perder. Ahora, sin embargo, ha decidido pasar página y con Jackie Brown nos ofrece una pelí­cula lograda de cabo a rabo.

La metamorfosis de Tarantino coincide con la de la actriz principal, Pam Grier, estrella de “blaxploitation” en los años 70. En la primera escena, Pam Grier, acompañada por la música de las pelí­culas de acción, se desplaza por el aeropuerto sobre una cinta automática, a continuación echa a correr… y acaba fichando en el trabajo y cogiendo los billetes de los pasajeros. En ese comienzo, tanto Tarantino como Pam Grier dicen adiós a las armas, pasan del género del pim-pam-pum al cine con personajes de carne y hueso.


Por otra parte, el adaptar una novela de Elmore Leonard (“Rum Punch”) con dos protagonistas que ya han llegado a la cuarentena le ha ayudado a Tarantino a distanciarse de su cine anterior. Sin abandonar el género negro, Tarantino ha sabido mantener el equilibrio entre el anclaje en la realidad y el dispositivo de la intriga. Logra una dosificación perfecta.

La primera parte la dedica, más que nada, a presentar a los personajes. Sin prisa. El prólogo con Ordell (Samuel L. Jackson) puede parecer largo (casi 15 minutos); en realidad, es imprescindible para entender su manera de actuar y lo que ocurrirá más adelante.

De la galerí­a de personajes, la aportación más innovadora es, sin lugar a dudas, Jackie Brown (Pam Grier), una azafata negra de 45 años que sobrevive en una situación laboral miserable. Por si fuera poco, se ve asediada por la presión paralela de la delincuencia y la policí­a. (Pensándolo bien, ¿qué diferencia existe? Al fin y al cabo, quieren instrumentalizarla por igual.) Y entonces conoce a otro superviviente, Max Cherry (Robert Forster), el agente de fianzas. En el momento más oportuno. Se ayudarán mutuamente en la difí­cil partida que juegan contra unos y otros. Entre los dos -los auténticos protagonistas de Jackie Brown- surgen las emociones más intensas.



Trama compleja con ingredientes sencillos

Al mismo tiempo que caracteriza a los personajes, Tarantino va construyendo poco a poco la intriga, que ocupará el lugar central en la segunda parte de la pelí­cula. La trama se basa en el despliegue de tres maquinaciones -concebidas, respectivamente, por los delincuentes, la policí­a y el tándem Jackie-Max- y en su encaje o colisión. Como siempre, un incidente imprevisto -el acólito de Ordell mata a Melanie (Bridget Fonda)- trastoca los planes mejor ideados. Y, paradójicamente, facilita los objetivos de Jackie y Max.

Las tres estratagemas, desplegadas a la vez, tejen una maraña compleja, a pesar de no tener nada de espectacular, como demuestra el momento culminante, la segunda entrega de dinero. Le ha bastado a Tarantino una combinación sencillí­sima: el intercambio de bolsas en unos probadores de ropa. Todo estriba en la manera de filmar: los hechos se relatan con un cronometraje minucioso y desde tres puntos de vista.

Dicho episodio, en las antí­podas de los fuegos artificiales de la etapa anterior, es el mejor exponente del nuevo estilo de Tarantino: mesurado pero intenso. Los diálogos, ¡por suerte!, son escuetos, y a menudo chisporrotea en ellos un humor negro de lo más sutil. Hay, por supuesto, violencia y sangre, elementos imprescindibles en el género negro. Pero reducidos al mí­nimo. Cuando el compinche de Ordell le dispara, ni siquiera vemos cómo Melanie recibe las balas.

Oliver Stone con Giro al infierno y Tarantino con Jackie Brown han dado un giro sorprendente con resultados opuestos. A un director que me gusta (Oliver Stone), el experimento no le ha salido del todo bien. Y a un director me gustaba mucho (Quentin Tarantino), le ha salido redondo. Era de justicia constatarlo. No hay que ser dogmáticos.


Triple traición

En un rapto de honestidad del que ojalá nunca se arrepienta, Pam Grier declaró ignorar qué es lo que Quentin Tarantino le vio antes de levantar el teléfono para convocarla. A ella, a la que, según ella, se le cayeron las tetas. A ella a la que, según se ve, le calzarí­a casi cualquier personaje antes que esta invulnerable, seductora, infatigable conspiradora que el guión de Quentin Tarantino -apoyado en Elmore Leonard- puso en el centro de Jackie Brown. No es que Jackie le quede grande a Grier, sino que no le sienta. Veterana de pelí­culas “de chica dura” de los años 70, a esta altura del partido Pam no da ni de carambola con el “physique du rí´le” del personaje principal. Se dirí­a que ella misma lo intuyó: en unas cuantas tomas trasluce la vergüenza por ciertas actitudes, ropas, gestos que debió sobrellevar. Ese rictus de vergüenza es el rasgo más patético de Jackie Brown, pero no el único. A las innumerables expresiones de audacia amenazante que le encomendó Tarantino, ese rostro bueno como un pan no tuvo más remedio que impostarlas torciendo una y mil veces la boca, como quien pasa la seña del siete de espadas. ¿Cómo es posible que se haya equiparado semejante traspiés de casting con la genial “rentrée”
de John Travolta en Pulp Fiction?

El resto de los personajes, en su mayor parte ví­ctimas de Jackie, fueron torpemente diseñados para darle base a las improbables hazañas de la heroí­na. Estas desfilan por el relato apretujadamente: Jackie, azafata de la “peor” lí­nea aérea norteamericana, se alza con 500.000 dólares de Ordell, un hampón para el que contrabandea drogas y dinero. Ordell está compuesto por Samuel L. Jackson con menos de lo mismo -en primer lugar, de humor- que mostró en Pulp Fiction

La policí­a, encabezada por Michael Keaton en el papel de un detective extremadamente idiota, está al tanto de la operación y chantajea a Jackie: o les entrega a Ordell en bandeja o es ella la que irá a prisión. Jackie finge aceptar el trato, aunque planea traicionar a todo el mundo y quedarse con el dinero. La conspiración se lleva el grueso del metraje y discurre en buena medida de espaldas al espectador, es decir manteniéndolo tanto o más engañado respecto de las maquinaciones de Jackie que a sus propias ví­ctimas. No son estas buenas artes para fabricar suspense: remiten a unos pocos tí­tulos de celebridad fugaz -¡los sospechosos de siempre!- y están en las antí­podas de la formidable transparencia de Pulp Fiction.

Pero el trámite fracasa por un motivo más pedestre: la palmaria imbecilidad que ostentan todos los “traicionados” con el fin de disimular la objetiva fragilidad de Jackie, cuyas dotes conspirativas fueron tanto o más infladas que las fí­sicas. Un enjambre de asesinos, hampones, uniformados “de pelí­cula”, cuya existencia nunca podrí­a concebirse fuera del estrecho marco del “entretenimiento habitual. El policí­a de Michael Keaton preside la lista: no hace otra cosa que ensayar una caricatura de los “inspectores” hollywoodianos limitándose a remarcar su estupidez en cada palabra, en cada gesto.

Y tiene tantos gestos y palabras que lo de Keaton no le toma tanto el pelo a Hollywood como a la inteligencia del público. Robert de Niro, a cargo de un ex-convicto tontorrón, luce extrañamente desganado. Bridget Fonda sale un poco mejor parada, tal vez porque su papel -chica “white trash”, permanentemente embotada por el efecto de las drogas- es el que mejor comulga con el “espí­ritu” de la triple traición
de Jackie Brown. La inverosimilitud de los numerosos eventos que jalonan la trama, en tanto, parece reclamar la complicidad ciega del espectador, cuyo “tarantinismo” incondicional es un dato que el realizador aparentemente dio por descontado.

Es cierto que Tarantino tiende a romper el molde con cada nuevo filme en lugar de recostarse sobre las fórmulas que le dieron gloria. Pero no es menos cierto que los memorables hallazgos de Pulp Fiction van más allá de las recetas y, por eso, podrí­an haber pervivido como saludables marcas de estilo. Quentin no lo quiso así­. A cambio, y curiosamente, lo peor de unos cuantos directores ilustres asoma en Jackie Brown. El algo histérico Almodóvar de Mujeres al borde de un ataque de nervios, el superficial Chabrol de la segunda mitad de No va más (que empezaba muy bien) y lo que es más triste: el cúmulo de advenedizos que, luego de Pulp Fiction, intentaron en vano “filmar a lo Tarantino”. Jackie Brown parece hecha para homenajearlos.


 

Después de los éxitos progresivos e inesperados de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, y de sus posteriores colaboraciones, más bien decepcionantes, con Robert Rodrí­guez, Allison Anders, Alexander Rockwell y compañí­a, Quentin Tarantino se doctora como director de cine con Jackie Brown. Se trata de una singular tragicomedia de cine negro, basada en la novela Rum Punch, de Elmore Leonard. Con muchos elementos del peculiar estilo de Tarantino -reiterada y torpemente copiado en los últimos años-, ofrece también alguna que otra novedad más o menos interesante.

En términos generales, Tarantino se ha contenido un poco -sólo un poco- en este filme. Por decirlo así­, ha intentado ser más fiction y menos pulp. De hecho, los personajes pulp son los menos interesantes. A esta categorí­a de personajes muy por debajo del lí­mite de la normalidad pertenecen: Ordell (Samuel L. Jackson), un rastrero, violento y desconfiado traficante de armas; Melanie (Bridget Fonda), la tontita e incitadora rubia de playa de Ordell; y Louis (Robert De Niro), el último compinche del traficante, un pasmado e inepto criminal recién salido de la cárcel. También son algo pulp, pero menos, los dos policí­as (Michael Keaton y Michael Bowen) que siguen los pasos de ese trí­o de perdedores. Y no son nada pulp los dos mejores personajes del film: Jackie (Pam Grier), la inteligente y audaz azafata que lleva a y trae de México el dinero negro de Ordell; y Max (Robert Forster), un veterano y desencantado agente de fianzas, contratado por Ordell, que se enamora perdidamente de Jackie. El enredo se desencadena cuando Ordell decide traerse de México todo su dinero negro justo en el momento en que la policí­a detiene a Jackie y llega a un acuerdo con ella. Lista como un lince, Jackie organizará, en connivencia con Max, un complejo entramado de engaños a varias bandas, con la intención de salir ilesa, absuelta y enriquecida de la peligrosa operación. Pero Ordell no es tonto y se mantiene permanentemente al acecho…

A lo largo de dos horas y media, Tarantino articula todo este complejo rompecabezas narrativo con su proverbial sentido del ritmo, singular empleo subsidiario de los diálogos y despliegue de cinefilia, y sin tantas idas y venidas como en Pulp Fiction. Sólo se permite de vez en cuando, y sobre todo en el inquietante desenlace, algunos “flash back” y cambios de puntos de vista bastante arriesgados pero bien resueltos. Este mayor rigor narrativo, sólo roto en algún pasaje aislado más irregular, facilita el seguimiento del relato, aunque también le quita un punto de frescura y originalidad. Afortunadamente, ese punto no intenta recuperarlo Tarantino con recursos efectistas a la violencia o al sexo, y en ambos aspectos se muestra más contenido que en sus anteriores pelí­culas y a menudo recurre con habilidad a peculiares elipsis.

De todos modos, la pelí­cula es enormemente violenta y amoral, incluye una escena sexual explí­cita y otras de gran sensualidad, y está plagada de diálogos groseros. Tarantino rebaja un poco la carga desagradable de todo esto recurriendo una vez más a un eficaz tono paródico y caricaturesco, que le permite poderosos golpes de humor, alguno de ellos con aceradas crí­ticas sociales, por ejemplo, a la venta indiscriminada de armas. Además, se esfuerza en humanizar a todos los personajes y en asignar el leve referente ético de la historia a los dos personajes más presentables, Jackie y Max, cuya clásica historia de amor imposible, llena de magní­ficos juegos de miradas y de sutiles matices escondidos, es sin duda lo mejor del filme.

En este sentido destaca el espléndido trabajo de Pam Grier y Robert Forster, dos veteranos actores rescatados del olvido por el mitómano Tarantino. Desde luego, sus interpretaciones son mucho más valiosas que las del resto del reparto, integrado por un alucinante plantel de actores de primera categorí­a que dotan de verosimilitud a sus inverosí­miles personajes. Gracias a ellos y a la indudable personalidad narrativa y visual de Tarantino, sale a flote esta pelí­cula singular y arriesgada, que gustará sobre todo a los cinéfilos y confirma que, a pesar de sus excesos morbosos, Tarantino es un cineasta maduro, que podrí­a decir muchas cosas interesantes si apuntara más lejos y más adentro.

Los fans mas mitómanos de Tarantino debieron sentirse decepcionados cuando contemplaron por primera vez la esperadí­sima tercera pelí­cula del más influyente director de los 90, después de haberse ganado a pulso la consideración de director de culto gracias a tí­tulos tan redondos y llenos de simbologí­a cinematográfica como Reservoir Dogs y Pulp Fiction. La decepción comentada quizás vino provocada porque esperaban encontrarse con más de lo mismo, y lo que tení­an delante era exactamente un producto tí­picamente tarantiniano, pero lo suficientemente retocado como para resultarles extraño y aburrido.


Ante la primera sensación de quedarse frí­os al ver una historia donde priman los diálogos más reflexivos, no hay escenas de acción, y el argumento llega a ser algo lioso, puede dar a pensar que estamos ante una obra menor. Nada más lejos de la realidad, pues en Jackie Brown contemplamos al Quentin Tarantino guionista en plenitud de forma. Su composición de los personajes es sencillamente admirable, pues aunque mucho se haya dicho que esta pelí­cula es un homenaje al “Blaxplotation” setentero, aquí­ prima mas la nostalgia por el paso del tiempo que la reivindicación de una moda. Los personajes de Pam Grier y Robert Forster podrí­an estar sacados de cualquier pelí­cula setentera de acción, pero dos décadas después se encuentran cansados de sus vidas y sin un rumbo fijo, vivieron peligrosamente y no han conseguido nada especial, justo el paralelismo que hay en los actores que los interpretan.

Casi por sorpresa la pelí­cula nos sorprende con una madura y sincera historia de amor platónico salpicada con diálogos de primerí­simo nivel, pero en el que carecen las frases de colección tan del gusto de los foros cinéfilos. Samuel L. Jackson está sencillamente genial en su composición de macarra chuloputas, consiguiendo la que es posiblemente la mejor interpretación en un filme de Tarantino, lo que nos obliga a ver Jackie Brown en V.O. para disfrutar al 100% del acento y la entonación de Ordell Robbie.

La metamorfosis de Tarantino coincide con la de la actriz principal, Pam Grier, estrella de blaxploitation en los años setenta. En la primera escena, Pam Grier, acompañada por la música de las pelí­culas de acción, se desplaza por el aeropuerto sobre una cinta automática, a continuación echa a correr… y acaba fichando en el trabajo y cogiendo los billetes de los pasajeros. En ese comienzo, tanto Tarantino como Pam Grier dicen adiós a las armas, pasan del género del pim-pam-pum al cine con personajes de carne y hueso.

Por otra parte, el adaptar una novela de Elmore Leonard (Rum Punch) con dos protagonistas que ya han llegado a la cuarentena le ha ayudado a Tarantino a distanciarse de su cine anterior. Sin abandonar el género negro, Tarantino ha sabido mantener el equilibrio entre el anclaje en la realidad y el dispositivo de la intriga. Logra una dosificación perfecta.

La primera parte la dedica, más que nada, a presentar a los personajes. Sin prisa. El prólogo con Ordell (Samuel L. Jackson) puede parecer largo (casi quince minutos); en realidad, es imprescindible para entender su manera de actuar y lo que ocurrirá más adelante.

De la galerí­a de personajes, la aportación más innovadora es, sin lugar a dudas, Jackie Brown (Pam Grier), una azafata negra de cuarenta y cinco años que sobrevive en una situación laboral miserable. Por si fuera poco, se ve asediada por la presión paralela de la delincuencia y la policí­a. (Pensándolo bien, ¿qué diferencia existe? Al fin y al cabo, quieren instrumentalizarla por igual.) Y entonces conoce a otro superviviente, Max Cherry (Robert Forster), el agente de fianzas. En el momento más oportuno. Se ayudarán mutuamente en la difí­cil partida que juegan contra unos y otros. Entre los dos -los auténticos protagonistas de Jackie Brown- surgen las emociones más intensas.

Trama compleja con ingredientes sencillos. Al mismo tiempo que caracteriza a los personajes, Tarantino va construyendo poco a poco la intriga, que ocupará el lugar central en la segunda parte de la pelí­cula. La trama se basa en el despliegue de tres maquinaciones -concebidas, respectivamente, por los delincuentes, la policí­a y el tándem Jackie-Max- y en su encaje o colisión. Como siempre, un incidente imprevisto -el acólito de Ordell mata a Melanie (Bridget Fonda)- trastoca los planes mejor ideados. Y, paradójicamente, facilita los objetivos de Jackie y Max.

Las tres estratagemas, desplegadas a la vez, tejen una maraña compleja, a pesar de no tener nada de espectacular, como demuestra el momento culminante, la segunda entrega de dinero. Le ha bastado a Tarantino una combinación sencillí­sima: el intercambio de bolsas en unos probadores de ropa. Todo estriba en la manera de filmar: los hechos se relatan con un cronometraje minucioso y desde tres puntos de vista.

Dicho episodio, en las antí­podas de los fuegos artificiales de la etapa anterior, es el mejor exponente del nuevo estilo de Tarantino: mesurado pero intenso. Los diálogos, ¡por suerte!, son escuetos, y a menudo chisporrotea en ellos un humor negro de lo más sutil. Hay, por supuesto, violencia y sangre, elementos imprescindibles en el género negro. Pero reducidos al mí­nimo. Cuando el compinche de Ordell le dispara, ni siquiera vemos cómo Melanie recibe las balas.

Es cierto que Tarantino tiende a romper el molde con cada nuevo filme en lugar de recostarse sobre las fórmulas que le dieron gloria. Pero no es menos cierto que los memorables hallazgos de Pulp Fiction van más allá de las recetas y, por eso, podrí­an haber pervivido como saludables marcas de estilo. Quentin no lo quiso así­. A cambio, y curiosamente, lo peor de unos cuantos directores ilustres asoma en Jackie Brown. El cúmulo de advenedizos que, luego de Pulp Fiction, intentaron en vano “filmar a lo Tarantino”. Jackie Brown parece hecha para homenajearlos.


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