Director: Joel Schumacher. 1999. EE.UU. Color
Intérpretes: Nicolas Cage, Joaquin Phoenix, James Gandolfini, Peter Stormare, Anthony Heald, Chris Bauer, Catherine Keener

Tal vez es un infravalorado thriller con momentos tensos donde consigue transmitir la atmósfera malsana que se propone, aunque bien es cierto que podría haber sido más fuerte sabiendo el tema que trata. Es un viaje que nos muestra como una persona puede cambiar debido al entorno en que está sumergido. Lo más parecido en nuestro país a la temática del film es Tesis de Alejandro Amenábar. La música recurre a instrumentos exóticos para realizar la banda sonora.

Joel Schumacher es el típico director que parece que puede hacer algo memorable, pero siempre acaba dando la de arena. Por eso, uno suele acabar de ver sus películas con una sensación de frustración, cuando no de cabreo. Tiene el dudoso honor de haber dirigido lo más insoportable que he aguantado en una sala de cine, la última versión de “El fantasma de la ópera”.
De todas sus películas que he visto, una media docena, ésta ha sido la de un comienzo más prometedor. Incluso me sobrepuse al hecho de que Nicolas Cage, protagonizara el invento. El punto de partida no aporta nada original, ni falta que le hace, pero se muestra abierto a interesantes posibilidades: un detective privado recibe el encargo de una viuda millonaria para investigar la relación de su difunto marido con una “snuff movie” A medida que el investigador se introduce en el submundo del porno más marginal, la cosa empieza a ponerse realmente intrigante. Pero tras sesenta o setenta minutos que no parecen ni de Schumacher ni de Cage, ambos comienzan a torcerse hasta acabar convertido en una variación del justiciero de la noche. Es ausentarse el personaje de Joaquin Phoenix y la película se viene abajo. La resolución de las escenas de acción son flojas al igual que la peripecia del protagonista en la segunda mitad de la película.

Se ha dicho de esta película que es como un cruce entre Tesis, de Amenábar, y Hardcore, un mundo oculto, de Schrader; no les faltaba razón, aunque ciertamente en ninguna de las dos había un detective de por medio, ni tampoco se producía una crisis familiar tan profunda como ocurre en esta por lo demás interesante “Asesinato en 8 mm”.
Jugando con ese tipo de cine tan mentado por todos (el “snuff cinema” o películas en las que los asesinatos son auténticos, no simulados), pero del que sin embargo nadie tiene (afortunadamente) constancia de que exista, el guionista de “Seven” y el director de los dos últimos episodios de la serie Batman afrontan un irregular relato policíaco, un descenso a los infiernos provocado por el hallazgo de una cinta de 8 mm (formato que dejó de existir hace décadas, por lo que debe tratarse de Super 8 mm, que aún persiste) entre los más preciados tesoros de un prohombre (?) de la patria. La búsqueda de la infeliz que en la misma parece haber sido asesinada embarcará a nuestro protagonista en una espiral de violencia, en un viaje al submundo del porno clandestino (y remarco lo de clandestino porque, al lado de éste, el porno legal es hasta virtuoso…), lleno de sordidez, al filo mismo del abismo.
Ese viaje afectará personalmente al detective protagonista, hasta el punto de estar en un tris de dinamitar su propia familia, de implicarse totalmente en una historia de abyección y venganza. Película irregular, cuyos mejores momentos están precisamente en la recreación de la atmósfera de terror telúrico y nauseabundo de un universo de pesadilla y a la vez tan real, sin embargo, como ya ocurría en “Seven”, pierde pie en cosas tan esenciales como la verosimilitud de la línea narrativa o en las reacciones de los personajes, sobre todo en las del protagonista, no siempre adecuadamente fundadas. Con todo, es un filme apreciable, cuyo (falso) final feliz intenta poner un punto de equilibrio, de razón, en su desasogante trama.