Director: Zhang Yimou. 1999. China. Color.
Intérpretes: Zyi Zhang, Honglei Sun, Hao Zheng Yulian Zhao, Bib Li


Luo Yusheng es un hombre de negocios que regresa a su pueblo natal en el norte de China para asistir al funeral de su padre, el profesor del lugar. Se encuentra con la insistencia de su anciana madre sobre que los ritos deben ser observados escrupulosamente, sin darse cuenta de que los tiempos han cambiado. Pero pronto comprende que el respeto es un valor fundamental para su madre y los habitantes del pueblo. Un drama sobre la tensión generacional, el respeto a los mayores y la superación de las viejas costumbres que conquistó a la crítica allá donde se estrenó.


Cualquier ser humano que no guarde parecido con un iceberg, cualquier persona que haya tenido la inmensa suerte de amar y ser amada, soltará más de una inevitable lágrima, esa emoción que nace en el corazón (…) al ver y sentir la conmovedora historia de amor que narra Zhang Yimou en Camino a casa. Lo hace sin énfasis, ni cursilería, ni efectismo, ni trampas. Con la grandiosa naturalidad, sencillez, poder de comunicación e intensidad que caracteriza al lirismo auténtico, al retrato del amor y la pasión sin disfraces ni coartadas.

Atravesaba un momento de mi vida muy especial cuando la vi por primera vez y se convirtió en la película que me llevaría a una isla desierta. Hoy no hay persona a la que no le haya recomendado esta película y tampoco hay quien me haya dicho que no le ha gustado.
No entiendo algunos “contras” que he leído. ¿Lenta? Pocas películas tendrán un ritmo y una duración tan perfectamente adecuados (si escenas incluso que en manos de otros no vendrían mucho a cuento, como la reparación del tazón, resultan sublimes). Otros han escrito que Yimou se aparta de reflejar la realidad política y sólo la usa como excusa. Recapitulemos, ¿lo necesita?,¡Vivir! (no confundir con otra obra maestra del maestro Kurosawa) sí pero El camino a casa no. Aquí el trasfondo político sirve simplemente de eso, de fondo porque la esencia de la película es otra (ni siquiera es la defensa de las tradiciones que ven algunos): simplemente el amor. ¿Hay algo más universal?
¿Oso de Plata? Quizá así será recordada, sólo como una “obra maestra menor”. Aquí no encontramos una complicadísima narrativa, temas jamás antes vistos en una película, increíbles atrevimientos formales, personajes más complicados que un puzzle de 10.000 piezas, retrato político-social-económico-filosófico de la sociedad del momento…, nada de lo que tanto quieren los historiadores del cine para considerar cuales son las mejores películas de la historia. Aquí prima la sencillez y la universalidad y consiguen que, aunque les pese a muchos, le dé mil vueltas a cientos de obras maestras que, por otro lado, no gustan tanto a los cinéfilos (y ni qué decir tiene al público general).
Una película maravillosa recomendable para absolutamente todo el mundo, muy en especial para cinéfilos hartos de que a su novia le encanten los “mojapañuelos” americanos. Invitadla a ver esta película (que seguro que le gustará más). Aviso: si te has forjado una reputación de “tipo duro” y no quieres que vea una lágrima tuya será mejor que no la veas con ella. Hazlo solo, pero hazlo.
La inmensidad del amor en los detalles más pequeños
Si la palabra poesía se define en el diccionario como la manifestación del sentimiento estético, y como la idealidad, lirismo y cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, deberemos entonces concluir que esto es exactamente para el cine Zhang Yimou. Y muestra de ello es este magistral trabajo en el que, a través de las cosas cotidianas y más sencillas en la vida de una muchacha en una pequeña aldea, es capaz de darnos la muestra más sublime de amor.
Partiendo del blanco y negro, se nos cuenta una historia retrospectiva donde en contraste nos deslumbrará la magia del color, igual que deslumbrarán los sentimientos de esa historia al personaje del hijo mientras nos la da a conocer… Porque, aunque con la más que estimable colaboración -como ya ocurriera en la también excelente Ni uno menos- de la fotografía de Yong Hou, en manos de Yimou el color es eso: mágico.
La escena de la entrañable muchacha genialmente interpretada por Zhang Ziyi, esperando mientras mira al camino nevado, es uno de los pocos momentos de toda la historia del cine donde la imagen por sí misma nos comunica el sentimiento con fuerza inusitada. Esa espera, plasmada así en la pantalla, se convierte en todo lo que da sentido a una vida y en lo que justifica la existencia de los personajes. Si a alguien aquí se le escapa alguna lagrimilla o se le remueve el alma será simplemente señal de que alguna vez amó o quiso ser amado así, como lo hace la protagonista.
En cosas tan simples como una comida preparada con exquisito cariño e ilusión, se nos hace ver lo fundamentales que son todos esos pequeños momentos que se nos ofrecen o que ofrecemos y que muchas veces no son valorados como realmente merecieran. Por eso, después de ver esta película, uno graba en lo más hondo de su ser todos aquellos detalles que debieran ser importantes y se promete a sí mismo que cuando crea que ha podido olvidarlos siempre le quedará volver a ver El camino a casa, porque realmente esto es la película: nuestro camino a casa, la “casa” que es todo aquello que verdaderamente importa.

La sutileza de un gran maestro
Hay ocasiones, sobre todo en los Oscar, en las que se otorga el premio al mejor director como comparsa del de mejor película. Sin embargo, he aquí una ferviente muestra de lo que es un premio, el Oso de Plata, bien merecido para un director que apabulla a lo largo de toda su película con su extraordinario talento en sus labores tras la cámara.
Zhang Yimou es el alma de esta película. Partiendo de un guión interesante pero algo convencional, el director aporta toda su sabiduría para dotar a cada escena de una belleza, de un lirismo, de una sutileza, de un sentimiento implícito, que convierte esa historia de amor en una frágil estatua de cristal que se puede romper a la mínima brusquedad. Es increíble cómo hay escenas que, gracias al tacto del director oriental, se hacen magníficamente expresivas cuando podrían haber caído en el más absoluto folletín, en el ridículo, en la cursilería y la exageración de los mismísimos culebrones venezolanos.
Es una historia de amor juvenil, llena de matices, de buenas intenciones. Cómo hacer un arte de la ilusión, cómo hacer de un detalle un mundo entero de fantasía, el motivo para mantener la felicidad de varias horas. Todo ese flirteo casi infantil queda reflejado con una ternura extrema en Camino a Casa, una preciosa película de ritmo lento, pero firme y sensual. Una obra de arte que nos demuestra cuán elocuentes pueden llegar a ser los silencios en el cine.
Yimou utiliza el “flashback” de manera muy original. En lugar de utilizar el color para el presente y el blanco y negro para el pasado, invierte la situación. El presente, dominado por la cercanía de la muerte, es lo átono, lo deprimente. Pero todos esos recuerdos llenos de pasión, de felicidad, están cargados de luz y de color. ¡Y vaya empleo de estos dos elementos! Esto es cine como arte: la perfecta combinación de la fotografía, la plena significación de los colores vivos, la iluminación del Sol a lo largo de todas las estaciones y cómo el amor y el estado anímico influyen en todo lo anterior. Una verdadera maravilla visual que cuenta además con unos espléndidos exteriores, que no están para nada desligados de la historia. Es por eso que la parte en color es la que realmente encandila al espectador, y, en la última parte, el retorno al presente, se pierde un poco esa extraordinaria calidad, aunque sigue siendo una buena muestra de cine.
Las interpretaciones son también muy buenas. Sin ellas, posiblemente tampoco se habría podido expresar esa relación basada en las miradas, en las sonrisas y en la trémula presencia. Porque la timidez es el símbolo de la inocencia en el amor, y aquí es explotada como el colmo del romanticismo.
En definitiva, es ésta una preciosidad de película, que, aunque quizá es demasiado pronto para decirlo, permanecerá en la memoria del espectador como uno de esos filmes encantadores, uno de esos recuerdos dulcísimos que justifican el cine como parte inapelablemente ligada a nuestra propia vida.
Los largos tentáculos del capitalismo
En el cine de Yimou es una constante la referencia a la realidad política y social de su país. No siempre esa referencia nos sitúa en la China actual, sino que en ocasiones, sobre todo en sus primeras películas, la acción se desarrolla en una época pasada, marcada por las rígidas normas de la cultura tradicional; más tarde vendrán sus películas urbanas, con Keep cool o Una mujer china como máximos exponentes. Y en sus últimas entregas, sin abandonar las coordenadas temporales actuales, asistimos a un intento de contraposición y difícil síntesis entre la modernidad y la tradición. Este localismo, sin embargo, no le sustrae el universalismo que hace de sus películas obras de arte, y que permite que las admiremos desde parámetros culturales tan lejanos como los nuestros.
Desde este punto de vista, una de las constantes temáticas de su obra es el análisis y crítica del nuevo capitalismo chino, análisis que traspasa las fronteras de su país y alcanza una reflexión global sobre el modo de vivir y valorar de la sociedad capitalista en su conjunto. En ocasiones este tema ha estado revestido de un tratamiento metafórico, sobre todo en películas primerizas como Semilla de crisantemo o La linterna roja, y a medida que su fama de cineasta ha ido creciendo, se ha permitido hablar más a las claras sobre él.
El tratamiento que podemos descubrir es doble: En sus primeras aproximaciones adopta una óptica descriptiva, quedando la valoración en un segundo plano, si bien la no neutralidad de la descripción implica, sin duda, una valoración muy precisa de lo descrito. Keep cool sería el paradigma de este enfoque. Con un estilo abrupto y desasosegante consigue transmitir la mezcla de caos, violencia, tensión y arbitrariedad que constituye la estructura de la nueva sociedad china. El resultado de la película puede ser discutible, pero la sensación final que produce está, en este campo, más que lograda.
Es en sus dos últimas películas, Ni uno de menos y El camino a casa (estrenadas entre nosotros en orden inverso), donde la descripción va acompañada de la crítica que se desprende de su contraposición a la tradición, o al menos a la esperanza de lo que pudo ser y no fue. En El camino a casa la sociedad occidental ha penetrado no solo en los últimos reductos del mundo rural (carteles de Titanic y Ronaldo), sino también en la mentalidad de sus moradores: el homenaje al maestro se mercantiliza, y con ello parece esfumarse el último resquicio de solidaridad y reconocimiento por su trabajo. La resolución de la película es ambigua, puesto que, si bien los antiguos alumnos vuelven a rendirle el tributo a su profesor, no es menos cierto que son los últimos, y con ellos ese modo de ver y valorar desaparecerá.
Pero es en Ni uno de menos donde esta oposición se plasma con su mayor crudeza. Bajo la tapadera de la educación, todo en esta película es dinero. La joven maestra acepta el cargo por dinero, y lo negocia duramente, se preocupa por las tizas por dinero, y protege a sus alumnos por dinero. No importa ir a trabajar con críos de pocos años si con ello se consigue el dinero que permita recuperar al alumno extraviado y conseguir de esa manera el sueldo prometido (no es otra la intención que la mueve; la atleta no le preocupa porque no afectará a sus ingresos), y si algo sobra se invierte en Coca cola.
No sólo la joven protagonista se rige por el interés estrictamente monetario. Los personajes que pueblan la ciudad (muy cercana a la vorágine ya descrita en películas anteriores) poseen los mismos patrones de conducta: los propietarios del bar donde es acogido el muchacho (por supuesto a cambio de su trabajo) o la papelería no muestran atisbo alguno de solidaridad, y la televisión es una mezcla del desprecio inicial y el aprovechamiento interesado con el que se resuelve la historia. Todo ello puede quedar resumido en la breve e impactante escena en la que la joven maestra es expulsada del autobús por no tener suficiente dinero para el viaje.
El final de la película está cargado de ironía. El triunfo de la vaciedad televisiva conlleva la recuperación del muchacho y con él del salario prometido, al tiempo que sugiere una ficticia recuperación de la escuela rural, ejemplificado en las tizas de colores. Pero implica la segura muerte de todas las demás escuelas, aquellas que no tuvieron la suerte de que las cámaras se fijaran en ellas. En El camino a casa tenemos cumplida información del destino final de esas escuelas.
Crítica feroz a un capitalismo alejado de todo lo que signifique solidaridad o reconocimiento a valores no mediatizados por el egoísmo consumista. Crítica también a un modo de vida que, lejos de construir un hombre nuevo, ha ahondado en las bases de la degradación moral de toda una sociedad. Y crítica, en fin, a una sociedad occidental que fomenta y utiliza los nuevos mercados que le ofrecen en bandeja las confusas y degradadas nuevas generaciones orientales.