EL PROYECTO DE LA BRUJA DE BLAIR (The Blair Witch Project)

Película estrenada entre 1998-1999

Director: Daniel Myrick y Eduardo Sánchez. 1999. EE.UU. Color


“En octubre de 1994, tres estudiantes de cine desaparecieron en los bosques de Maryland durante un reportaje sobre la leyenda de la Bruja de Blair. Un año más tarde se encontró la película”.

Película polémica, que se ha mitificado por la gran cantidad de información que ha aparecido en la red de internet, incluso una información que no aparece en la propia película. Y aquí están mis impresiones.



Aunque parezca mentiraEl proyecto de la bruja de Blair consigue algo que hacía mucho tiempo que no ocurría, la película del tándem Sánchez-Myrick al parecer produce cierto miedoy angustia -no es mi caso-. Jugando con elementos muy limitados -rodada francamente mal ¿adrede?- cinematográficamente hablando (tres únicos personajes, apenas un sólo escenario, un presupuesto irrisorio) esta pareja consigue lo que dos décadas de cine de terror no habían logrado desde El exorcista: crear en el espectador la sensación física del horror y del pánico, angustiando con su turbador filme las mentes más racionales. Y vuelvo a repetir, no es mi caso.

El proyecto de la bruja de Blair es cine de bajísimo presupuesto, y -en mi opinión de cualidades inexistentes, desde la interpretación angustiosa de los protagonistas, hasta la resolución de un guión tan simple como efectivo pasando por un montaje que yuxtapone distintos formatos de cine y vídeo que dan “cierta verosimilitud” al invento y, además, permiten mantener el ajustado presupuesto. Los autores renuevan el género con una propuesta tan arriesgada como no se había visto desde La noche de los muertos vivientes de Romero, La matanza de Texas de Hopper o La noche de Hallasen de Carpentier y, de esta manera, crean un falso documental -aunque a muy lejos de los títulos mencionados- mediante una campaña mediática tan genial como arriesgada que al parecer hizo que “agradase” a muchos. Otros, como yo, se sintieron prácticamente estafados, pues la baja calidad del producto se hace insoportable. Resulta totalmente inverosímil que unos estudiantes de cine, puedan rodar tan mal.

La enfermiza contemplación de las granulosas imágenes, los constantes desenfoques, los planos aberrantes, el movimiento frenético de la cámara producen auténticas sensaciones de pánico físico en la platea y cuando se ha conseguido este malestar corporal la película avanza sin remedio hacia un final que se sabe trágico de antemano, de forma que uno se ve irrevocablemente atraído hacia un malestar mental. .

El proyecto de la bruja de Blair embruja a mucha gente porque parte de la capacidad de creencia, la afirmación de que “esto es real”. Tres estudiantes de cine parten a filmar un documental sobre una bruja. Entran a un bosque en el que se extravían. Sucesos extraños, como ruidos en la noche, o señales de prácticas vudú, los circundan. Todo concluye cuando uno de los aspirantes a cineastas desaparece, y al dar con una casa abandonada, los otros dos también son atormentados, no sabemos si muertos porque la película termina ahí. Un engaño.

El escándalo, es la cantidad de espectadores que “han picado”, y que la consideran “buena”.

Un artefacto de olvido

El proyecto de la bruja de Blair es, ante todo, un artefacto de olvido. De mirada dubitativa y escéptica sobre la posibilidad de abordar el mundo desconocido: la cultura tradicional, familiar, el bosque y hasta las brujas. Una película sin poesía, que exalta, usando el disfraz de la artesanía, y de manera remolona, el funcionalismo tecnológico del cine.

El formalismo de la cinta ampara, como en parecidas ocasiones, el vacío de la mirada. Vudú, brujas, habitantes, casas, estudiantes de cine. Todos parecen haber sido embrujados de previo por la necesidad de armar el artefacto. Todos son incapaces de romper con su estructura fatalista. No tenemos cámaras embobadas ni extasiadas con los árboles ni con las marcas del vudú, ni con los cuerpos. Son cámaras “aterrorizadas” de previo. El idealista de Dziga Vertov dijo una vez que la cámara no tenía prejuicios burgueses. Lo que no significa que uno no pueda advertir cuándo una cámara ha sido sobre alimentada por los prejuicios.

Con tres personajes en escena se podría esperar que las tensiones superaran los lógicos pleitos en contra de la protagonista principal, como responsable del extravío y de aferrarse a un proyecto tan peligroso. Pero no. No hay tensión racial, ni cultural, genérica o sexual. Es extraño, dado que los grupos humanos, aún los más pequeños, sometidos a semejantes aventuras, engendran los más disímiles apetitos y sentimientos.

Pero el particular diseño del filme precondiciona una ausencia de complicaciones individuales, más allá del “terror” que atenaza las circunstancias. Las brujas en todo caso son bromistas y conocedoras de ritos culturales distintos. Pero el dogmático “realismo” cinematográfico de El proyecto de la bruja de Blair no deja entrever ni siquiera qué proponen ellas.

Queda, eso sí, la sospecha de que la verdadera bruja de la película es la propia Heather Donahue. Casi al final lo confiesa frente a su camarita de video: yo soy la responsable de todo, perdón, perdónPerdón por haber insistido en un proyecto que revelara lo brujo que es todo, o lo bruja que soy.

Una película tiene que conmover, emocionar, hacer reír, hacer llorar. En definitiva, hacer aflorar unos sentimientos en el espectador que no le dejen inmune ante el filme. Y si nos atenemos a estas pautas, El proyecto de la bruja de Blair es una película. Pero muy descuidada. Demasiado. De hecho, de eso se trata, supongo. De emular unas cintas aparecidas, pertenecientes a unos estudiantes de cine que rodaban un documental. Y son esas supuestas cintas las que componen el largometraje. Una mezcla de imágenes de vídeo (Hi8) y cine 16 mm (en blanco y negro), van a ir configurando una especie de “reality show” en el que vamos viendo con los personajes lo que va sucediendo. Y su investigación sobre un tema escabroso como puede ser la leyenda de una bruja, les llevará a las entrañas de un bosque del que, tal y como se nos describe en la publicidad de la película y en los propios títulos de crédito del principio.

En El proyecto de la bruja de Blair se suceden una serie de sustos, imprevistos, pero que tan solo duran el momento en el que se producen y, a diferencia del suspense, no crean un interés continuo. Muy cutre. Pero quizá aquí resida ese “misterio”, “aura” que se esconde detrás de El proyecto de la bruja de Blair. puesto que siempre queda la duda de si las imágenes proceden de verdad de esos auténticos estudiantes -malos estudiantes- de cine.

No nos dejemos engañar. Al acabar la película, en unos conocidos cines de Barcelona, la gente salía diciendo eso: “qué fuerte….”; “menuda historia: además es que es verdad”… En fin, conviene saber que es una película, mal rodada a propósito (incluso grabada en vídeo), para dar mayor verosimilitud. Y esa verosimilitud es la que ha creado una especie de sectarismo alrededor del largometraje, premiado, por cierto -increíblemente- en el Festival de Cannes con el “Premio a la Juventud”, y en el Festival de Sitges, con la “Mención Especial del Jurado” -de nuevo, increíble-. Con un revuelo de taquilla excepcional en los EE.UU. -no es extraño-, aquí se comportó muy bien también y dio mucho dinerito a exhibidores, distribuidoras, productoras, y autores (!ah!, y también a Hacienda; se me olvidaba). Se podría haber planteado “realizarla un poco bien”, sin dejar por ello de ser original, aunque, claro, se hubiera sacrificado ese misticismo que lleva detrás El proyecto de la bruja de Blair.

En la película se llega a emplear en 133 veces la palabra “joder”.

Se ha realizado una segunda parte: -mejor rodada- ha sido un fracaso.


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