GHOST DOG: EL CAMINO DEL SAMURÁI (Host Dog: The Way of the Samurai)

Película estrenada entre 1998-1999

Director: Jim Jarmusch. 1999. Francia-Alemania-EE.UU.-Japón
Intérpretes: Forest Whitaker (Ghost Dog), Cliff Gorman (Sonny Valerio), Dennis Liu (Dueño del Restaurante Chino), Frank Minucci (Big Angie), Henry Silva (Ray
Vargo), Isaach De Bankolé (Raymond), John Tormey (Louie), Camille Winbush (Pearline), Tricia Vessey (Louise Vargo)


Un niño negro y marginal es ayudado en una ocasión por un blanco mafioso. Ya adulto, Ghost Dog (Forest Whitaker), es un solitario que vive en una sencilla cabaña, lejos del mundo, situada en el tejado de un edificio abandonado. Como única compañía tiene a sus palomas mensajeras que, además, son su principal medio de comunicación con el mundo exterior. Guiado por las sabias palabras del Hagakure, un antiguo texto samurái, Ghost Dog vive como un asesino profesional. Cuando su código personal es traicionado por la familia mafiosa con la que suele trabajar, reacciona siguiendo estrictamente el Manual del Samurái.


Ghost Dog es la sublimación del estilo de Jarmusch, su mayor obra, difícilmente superable, aunque nunca se sabe. A la vez es, también, lo mejor que ha hecho nunca Forest Whitaker, al que normalmente podemos ver desperdiciando su talento en producciones horribles y prescindibles.
Este filme es el ejemplo definitivo de la maestría cinematográfica de Jarmusch por la triunfante fusión de elementos que airosamente ha realizado. En primer lugar se ha introducido a la perfección en la mentalidad oriental y ha interiorizado con absoluto acierto el “Hagakure”, el libro secreto de los samuráis, histórica obra de la literatura japonesa que revela las enseñanzas del maestro Yamamoto, paradigma ideal e indiscutible del guerrero nipón, y lo ha aplicado a un personaje entrañable por su íntegra psique, ingente sabiduría y luminosa habilidad y, especialmente, por sobrevivir ocultamente y con éxito en un mundo opuesto a él.
Tras esta importantísima figura, ha de reconocerse el insólito y logrado retrato de la mafia, inusual pero infinitamente más fiel a la realidad que lo que normalmente Hollywood y el cine en general nos muestra. La infancia del director en Little Italy, sin duda, han contribuido a ello. En Ghost Dog nos encontramos con mafiosos patéticos y fofos, no atractivos y glamurosos.
Por último, el escenario se completa con todo un repertorio de urbanidad americana contemporánea y una serie de personajes trabajados y genuinos que juntamente con Ghost Dog parecen encarnar distintas caras de una misma moneda: un vendedor africano de helados, una niña precoz amante de la literatura, la introvertida hija del capo, un perro misterioso y un indio cayuga de fugaz aparición, encarnado por Gary Farmer, a quien pudimos ver en Dead Man (1995) bajo el nombre de “Nobody”, que, si nos fijamos en los créditos, también mantiene en Ghost Dog.
La película posee unos diálogos llenos de ingenio y poderío expresivo, además de los textos del Hagakure, casi todos ellos muy bien escogidos e insertados en el momento idóneo. Sin embargo, hay también un montón de escenas silenciosas que no tienen desperdicio. Todo ello aderezado con inusuales escenas de acción, ironía e incluso humor negro y una música (me refiero a la instrumental) que favorece la ambientación extraña, sugerente, incomparable, de la narración.

Jim Jarmusch ya nos había regalado anteriormente otra obra maestra: Dead Man (1995); con otro buen actor: Jonnhy Deep. Aquel fue un western atípico como Ghost Dog: El Camino del Samurái lo es a su manera.
Mafiosos sesentones que suben las escaleras armados y jadeando por el esfuerzo… un vendedor de helados que sólo habla francés… un asesino a sueldo yankee, negro y samurai… un tipo que construye un barco en el jardín de su casa… los mismos impactos de bala sobre el cuerpo, al igual que en Dead Man… una atmósfera inquietantemente tranquila… y una representación de la Mafia mucho más acorde con la realidad que la que Hollywood suele encargar a Scorsesse. Todo ello entrelazado con pulso firme, fina ironía y un modo de ver la vida completamente desfasado.
Mención especial para Forest Whitaker, el actor de color más minusvalorado por Hollywood. Ya interpretó magistralmente a Charlie Parker diez años antes en Bird y aún así, siguieron ofreciéndole papeles pequeños en filmes mediocres. A mí modo de ver, es el mejor actor de color por delante de vacas sagradas como Denzel Whasington o Morgan Freeman. Mas en ocasiones hay justicia: consiguió el Oscar por su papel del genocida Idi Amin en El último rey de Escocia (2006, Kevin Macdonald).

Las películas de Jim Jarmusch suelen ser difíciles de olvidar. El jefe de jefes del cine independiente estadounidense escribe y dirige Ghost Dog: El Camino del Samurái, narrada de acuerdo con los capítulos de un manual para la correcta formación de un guerrero.
Ghost Dog no es un escaparate para patadas y golpes voladores. Es una reelaboración visceral de las películas de mafiosos. “Un thriller existencial” (por ponerle alguna etiqueta) inundado de gánsteres viejos, apáticos y temerosos; una película violenta en extremo que, sin embargo, tiene poca acción, dueña de una trama de venganza.
El guerrero en este caso, de Nueva York, es un asesino a sueldo afro-americano que se hace llamar Ghost Dog (Forest Whitaker), que sigue la filosofía del maestro samurai Tsunetomo Yamamoto en su libro Hagakure: El camino del Samurái (publicado en 1716).
Vive en una azotea, y la única forma que tiene la mafia de contactarlo es mediante las palomas mensajeras que el mercenario cría. Este matón procura meditar sobre la disciplina y encierro que necesita un guerrero antes de emprender cualquier trabajo. Su único amigo es un vendedor de helados francés, Raymond, que no sabe hablar inglés. La lectura ferviente es otra de sus armas. Gracias a los libros, este guerrero urbano entabla una amistad con una niña, a quien termina por obsequiar el manual del samurai.
Ghost Dog es un solitario que viste como vagabundo. El hombre sirve con pasión y completa alineación a un mafiosillo de poca monta, Louie (John Tormey) que alguna vez le salvó la vida. El último encargo de Ghost Dog es atestiguado por Louie (Tricia Vessey), la hija del “mafioso mayor” Ray Vargo (Henry Silva), y la mafia decide cazarlo, a lo que el letal asesino se les adelanta, más en el afán por salvar a su amo que por salvar su vida. En medio de este frenético ajuste de cuentas, narrado con mesura y maestría zen, respaldado por un trabajo brillante del operador alemán Robby M√ºller -habitual de Wim Wenders-, el cineasta involucra al espectador en la conmovedora locura de Ghost Dog. El resultado rematado con un final ritualista capaz de dividir opiniones resulta profundamente inquietante.
Vertiginosa, violenta, original, metafísica, esta película acaso sea la mejor de Jim Jarmush. Una vez más Nueva York es la ciudad violenta que no ofrece espacios para el reposo ni la esperanza. Pareciera que el samurai aconseja que no existe lugar más idóneo que dicha ciudad para esperar la muerte.

El asesino filosófico

Una gran película, que se aparta con rotunda personalidad y soberbia categoría del cine de gánsteres, thriller o como queramos llamarlo de los últimos veinte años, gracias al punzante y magistral estilo del irrompible y talentoso independiente Jim Jarmusch, quien nos cuenta aquí la historia de un fornido y orondo hombre de color (Whitaker), que trabaja como asesino a sueldo siguiendo una particular forma de hacerlo: a través del código del samurái, un código que es una genuina mezcolanza de filosofía, ética, poesía y profesionalidad. El camino del samurái es el camino del respeto, es el código del honor, el ritual a la hora de actuar y reflexionar, la concentración profesional, la admiración hacia el maestro que un día te salva la vida y que acabas dejando que te acribille a balazos en plena calle (ver spoiler). Es el asesino filosófico, que cría palomas en la azotea de su casa y con las que se comunica con su maestro. Es el asesino amante de los libros, de los animales en general, del rap y de los coches de lujo.
Ghost Dog: El Camino del Samurái es, por su título, confundible con cualquier nadería convencional, pero entrar en sus entrañas es entrar en las fauces del mejor cine de autor, dónde el cine se muestra como un arte combinativo de talento, reflexión y sentido.
Hay en la película una gran banda sonora que se solapa fenomenalmente a la estructura de la misma compuesta por el grupo RZA (¿?) y una espléndida interpretación de Forest Whitaker, que redondean un filme con muy pocos picos en su admirable conjunto y que debe gran parte de su existencia, creo yo, a la maravillosa El silencio de un hombre -Le samoura√≠¬Ø- (1967, Jean Pierre Melville).


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