GOYA EN BURDEOS

Director: Carlos Saura. 1998-1999. España. Color

Intérpretes: Francisco Rabal, José Coronado, Maribel Verdú, Eulalia Ramón


A los 82 años, exiliado en Burdeos junto a Leocadia Zorrilla de Weiss, la última de sus amantes, Francisco de Goya, reconstruye para su hija Rosario, los acontecimientos que marcaron su vida. Una vida en la que se suceden convulsiones políticas, pasiones emponzoñadas y el éxtasis de la fama. Recordará al Goya joven y ambicioso que lucha por subir los resbaladizos peldaños de la corte de Carlos IV, donde vivirá el reconocimiento y la fortuna, las intrigas de palacio y el juego de la seducción y la mentira. También rememorará a su único amor, la Duquesa de Alba, una mujer que redibujó su vida y la historia de su tiempo, y cuya existencia quedará truncada por el veneno de las conspiraciones.


Nueva demostración del talento artístico de Carlos Saura, indiscutible cineasta al que todavía algunos siguen minusvalorando. Goya en Burdeos es un proyecto largamente acariciado por Saura, la biografía del genial Goya a partir de los últimos días de vida de éste, en Burdeos y en compañía de su esposa e hija. Goya es un pintor admirable y una figura apasionante para Saura (quién dedica la película a su hermano, el pintor Antonio Saura) y se acerca a su figura de un modo personalísimo y artístico, nada habitual y muy alejado del típico “biopic” hagiográfico y meramente narrativo.

Saura hace una película hermosa, eminentemente estética, llena de brillantes decorados y magnífica fotografía (Goyas respectivos para Jean Pierre Thevenet y el maestro Storaro), en la que sincroniza y superpone la figura del Goya viejo y enfermo (última gran interpretación de Paco Rabal) y la del Goya en plenitud artística, aquejado ya de sordera y amante de la duquesa de Alba (muy aceptable José Coronado).


Goya en Burdeos es una versión, con suprema lógica, de la vida del pintor desde el onirismo, el simbolismo, las pesadillas interiores que lo asediaban, sus dioses y demonios, lo surrealista, lo escenográfico y lo visionario, con lo que se identifica brillantemente la propia personalidad del pintor con la propia personalidad de esta excelente obra. Por extensión también se produce una identificación entre el estilo de la película (alternativo y arriesgado) con las distintas etapas de la obra del pintor, que configuran un estilo pictórico visionario, desasosegante, surrealista, genialmente desordenado, plenamente simbólico (para Saura, Goya y Buñuel son dos de sus incólumes referentes y al segundo, el cual también admiraba a Goya, dedicó su siguiente película:

Buñuel y la mesa del rey Salomón). Esto es, la identificación de las etapas creativas con las vitales.


Hermosa pero nada hueca ni inane, resulta un acercamiento fantasioso, imaginativo y fascinante al mundo del genio ya crepuscular y decadente, pero mucho más fascinante y lúcido en sus intermitentes lagunas. Hay una gran aportación de la Fura dels Baus, reconstruyendo los míticos fusilamientos del 2 de mayo, así como un uso espléndido del color y los decorados, de la intercolación de cuadros y vida, aparte de unas magníficas interpretaciones de la niña Dafne Fernández y de Eulalia Ramón (hija y esposa del artista respectivamente).


En definitiva, es una de las mejores películas y más sorprendentes de de Carlos Saura, que entronca con su mejor cine -el de los 60 y 70-, un director que obra tras obra va logrando una libertad creativa cada vez más absoluta e intransferible, un terreno vallado para sí solo, una altura de cineasta ancho y grande que solo unos pocos privilegiados hombres y mujeres de talento tienen hoy en día, pues no solo bastan películas, experiencia, suerte o dinero, sino, sobre todo, talento e ideas absolutamente claras.

 

 


 

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