Director: Luis García Berlanga. 1999. España. Color
Intérpretes: Michel Piccoli (Michel), Concha Velasco (Trini), Amparo Soler Leal (Encarna), Javier Gurruchaga (Gaby), Santiago Segura (Cura), Juan Diego (Boronat), Eusebio Lázaro (Vicente), Luis Ciges (Bahamontes), Manuel Alexandre (Sento), Pepe Sancho (Artemio), Cristina Collado (Alcaldesa), Fedra Lorente (Benilde), Joaquín Climent (Planelles), Willy Montesinos (Planas).

Michel des Assantes (Michel Piccoli) es un famoso cirujano al borde del suicidio debido a su impotencia sexual. Cuando está a punto de tirarse por la ventana ve a un ciclista con un cartel que pone París – Tombuctú. Le compra la bicicleta y decide emprender un viaje para dejar atrás su pasado.

El imperio austrohúngaro, ese pedazo de tierra de nadie delimitado por el celuloide, está a punto de ver desaparecer a su más destacado monarca, Don Luis García Berlanga. El Imperio que nació de los aires del neorrealismo, entroncó con el cine de denuncia, vivió el esplendor durante los días en que Rafael Azcona gobernó sus lindes, sufrió la lacra del populismo y se rehízo de sus cenizas convirtiéndose de República Popular a Desmadre Coral, está llegando su fin. Atendemos pues al estertor del que fuera autor de Plácido, El verdugo o Novio a la vista, de forma que los que vean París Tombuctú leerán su confuso testamento en imágenes y le verán rodeado de sus actores queridos como los habitantes que se despiden de su amado regente.

Como indica su titulo, y su en ocasiones nihilista y las más veces gamberro argumento, la última (y me temo que este adjetivo perdurará) película de Berlanga es un viaje cuyo final es tan aventurado como incierto, un recorrido por todas las inquietudes de uno de los cineastas más influyentes de la historia del cine en español. Por París Tombuctú pasan los personajes, lugares y situaciones que el autor ya visitara en sus anteriores etapas, convirtiendo este surrealista “tour de forcé” en su particular “tour de Force” mediterráneo y exagerado. Por la pantalla desfilan el hacedor de eses de Calabuch, el folklore levantino de “Moros y Cristianos”, el médico encamado con un(a) muñeco(a) de Tamaño natural, el extranjero de Bienvenido Mr. Marshall, el fetichismo de La escopeta nacional, etc. Son tantas las referencias que parece que estemos asistiendo a ese fenómeno que cuentan que se produce cuando se avecina la muerte, el desfilar ante los ojos de toda nuestra vida, sólo que ante nuestra mirada aparece la vida (o mejor dicho, las obras, las inquietudes, las obsesiones, los caprichos y las manías) del director.
De París Tombuctú se pueden decir cosas buenas como que parece ser la primera película de un chaval con muchas ideas dentro, pero también da la sensación de ser una obra desmesurada, cargante, que destila tanta finura como rebosa sal gorda. Un atracón de bromas y referencias que provocan una de las mayores muestras de inteligencia y grosería (y sólo Berlanga puede mezclar con un mínimo acierto términos tan dispares) jamás vistas por estos lares. No hay sosiego, ni sentido de la mesura en París Tombuctú, no hay término medio, se pasa del comentario sagaz y del dialogo genial, a la tosquedad visual y a la expresión burda con la facilidad con que uno se escarba la nariz en un semáforo.
La acumulación de chistes fáciles y de burdos golpes de comicidad catódica hace que se rebase en muchas ocasiones el límite que hay entre ironía y bastedad y hace que los aciertos de la película se pierdan en un mar de bufonadas acumuladas sin orden ni concierto. Hay que hilar muy fino para separar el grano de la paja en París Tombuctú, y hay que ser muy generoso como para que, al final, no parezca que todo ha sido perpetrado por alguna tosca pareja de humoristas televisivos en lugar de por un genio del cine.