PARÍS-TOMBUCTÚ

Película estrenada entre 1998-1999

Director: Luis Garcí­a Berlanga. 1999. España. Color

Intérpretes: Michel Piccoli (Michel), Concha Velasco (Trini), Amparo Soler Leal (Encarna), Javier Gurruchaga (Gaby), Santiago Segura (Cura), Juan Diego (Boronat), Eusebio Lázaro (Vicente), Luis Ciges (Bahamontes), Manuel Alexandre (Sento), Pepe Sancho (Artemio), Cristina Collado (Alcaldesa), Fedra Lorente (Benilde), Joaquí­n Climent (Planelles), Willy Montesinos (Planas).


Michel des Assantes (Michel Piccoli) es un famoso cirujano al borde del suicidio debido a su impotencia sexual. Cuando está a punto de tirarse por la ventana ve a un ciclista con un cartel que pone Parí­sTombuctú. Le compra la bicicleta y decide emprender un viaje para dejar atrás su pasado.


El imperio austrohúngaro, ese pedazo de tierra de nadie delimitado por el celuloide, está a punto de ver desaparecer a su más destacado monarca, Don Luis Garcí­a Berlanga. El Imperio que nació de los aires del neorrealismo, entroncó con el cine de denuncia, vivió el esplendor durante los dí­as en que Rafael Azcona gobernó sus lindes, sufrió la lacra del populismo y se rehí­zo de sus cenizas convirtiéndose de República Popular a Desmadre Coral, está llegando su fin. Atendemos pues al estertor del que fuera autor de Plácido, El verdugo o Novio a la vista, de forma que los que vean Parí­s Tombuctú leerán su confuso testamento en imágenes y le verán rodeado de sus actores queridos como los habitantes que se despiden de su amado regente.


Como indica su titulo, y su en ocasiones nihilista y las más veces gamberro argumento, la última (y me temo que este adjetivo perdurará) pelí­cula de Berlanga es un viaje cuyo final es tan aventurado como incierto, un recorrido por todas las inquietudes de uno de los cineastas más influyentes de la historia del cine en español. Por Parí­s Tombuctú pasan los personajes, lugares y situaciones que el autor ya visitara en sus anteriores etapas, convirtiendo este surrealista “tour de forcé” en su particular “tour de Force” mediterráneo y exagerado. Por la pantalla desfilan el hacedor de eses de Calabuch, el folklore levantino de “Moros y Cristianos”, el médico encamado con un(a) muñeco(a) de Tamaño natural, el extranjero de Bienvenido Mr. Marshall, el fetichismo de La escopeta nacional, etc. Son tantas las referencias que parece que estemos asistiendo a ese fenómeno que cuentan que se produce cuando se avecina la muerte, el desfilar ante los ojos de toda nuestra vida, sólo que ante nuestra mirada aparece la vida (o mejor dicho, las obras, las inquietudes, las obsesiones, los caprichos y las maní­as) del director.

De Parí­s Tombuctú se pueden decir cosas buenas como que parece ser la primera pelí­cula de un chaval con muchas ideas dentro, pero también da la sensación de ser una obra desmesurada, cargante, que destila tanta finura como rebosa sal gorda. Un atracón de bromas y referencias que provocan una de las mayores muestras de inteligencia y groserí­a (y sólo Berlanga puede mezclar con un mí­nimo acierto términos tan dispares) jamás vistas por estos lares. No hay sosiego, ni sentido de la mesura en Parí­s Tombuctú, no hay término medio, se pasa del comentario sagaz y del dialogo genial, a la tosquedad visual y a la expresión burda con la facilidad con que uno se escarba la nariz en un semáforo.

La acumulación de chistes fáciles y de burdos golpes de comicidad catódica hace que se rebase en muchas ocasiones el lí­mite que hay entre ironí­a y bastedad y hace que los aciertos de la pelí­cula se pierdan en un mar de bufonadas acumuladas sin orden ni concierto. Hay que hilar muy fino para separar el grano de la paja en Parí­s Tombuctú, y hay que ser muy generoso como para que, al final, no parezca que todo ha sido perpetrado por alguna tosca pareja de humoristas televisivos en lugar de por un genio del cine.


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