BAJO LA ARENA (Sous le sable)

Película estrenada entre 2000

Director: François Ozon. 2000. Francia. Color
Intérpretes: Charlotte Rampling, Bruno Cremer, Jacques Nolot, Alexandra Stewart, Pierre Vernier, Andrée Tainsy

Durante años, Marie y Jean han pasado sus felices vacaciones en la región de Landes, al oeste de Francia. Pero este verano, durante una siesta de Marie en la playa, su marido desaparece sin dejar rastro…

Nuevamente el sensacional director François Ozon con su subyugante y cautivador estilo sorprende con una obra que habla sobre los sentimientos ante una pérdida.
Cuando Jean desaparece en el mar sin dejar rastro, la existencia de Marie se distorsiona, su vida toma un sentido opuesto y el sentido de la realidad se pierde.
Sin dudas el misterio que encierra la desaparición de Jean es atrapante, como lo es el filme en muchos pasajes, algunos convincentes y otros no.
Con un ritmo pausado, el logra mostrar los días de Marie que pretende simular que su esposo aún está con ella. Pero al conocer a otro hombre, todo se transformará.
Con la extraordinaria labor de Charlotte Rampling, que le presta su misterio y sofisticación a su Marie. El filme es eficiente y pulcro, con sus imperfecciones y sus faltas de datos que podrían haberlo hecho más llevadero. Otra muestra más del impresionante poder de sugestión de Ozon.
François Ozon vuelve a cautivar con su cine intenso, plagado de silencios, dudas, etc., que lo hacen único. Quizás a muchos espectadores les parezca algo aburrido este tipo de cine pero en realidad es exquisito, te transporta hacia lugares inesperados. Me gusta como mueve la cámara ante los planos más cortos y sobre todo cuando plasma los rasgos de Charlotte Rampling que luce fantástica, como siempre.
(El resto de la crítica puede contar partes de la película)
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Todo se desencadena con la desaparición de Jean, el marido de Marie en una playa donde fueron de vacaciones. Ante ésta situación, la esposa se sumerge en su mundo, pretendiendo que nunca pasó nada. Sigue como siempre en su rutina habitual, hasta que conoce a un hombre y hasta que encuentran el cadáver de Jean quién parece que se suicidó. Filme típico de Ozon que hace reflexionar y que es necesario ver de vez en cuando.

Conviene mirar atentamente Bajo la arena desde las primeras imágenes: Marie (Rampling) y Jean (Bruno Crémer) parten de vacaciones en coche, se alternan para conducir. A ella se la ve serena, contenta; en él se advierte un fondo de melancolía. Se detienen en una estación de servicio, ella se retoca los labios en el baño, él estudia con desconfianza la máquina expendedora de café. Llegan a la casa cerca del mar, él da una vuelta por el jardín, levanta una piedra grande y descubre una cantidad de bichos que se agitan (como acaso sus propios demonios tras la aparente calma). Ella hace spaghetti, él come pensativo. Más tarde, Jean lee lo que encontró a mano mientras que Marie se observa las ojeras en el espejo… A la mañana siguiente van a la playa, él le pone bronceador a ella con masajito tierno, pero sigue tristón; ella no parece advertir ese malestar. El la invita -por última vez, pero, ¿cómo iba a saberlo ella?- a que la acompañe al mar. “Más tarde”, le responde y se queda tomando sol. Será nunca, porque pasa el tiempo y Jean no vuelve. Marie lo busca angustiada, pregunta a los escasos bañistas, nadie lo ha visto.
La mujer regresa a París, a sus amigos, a sus clases. En vez de llorar a moco tendido, elige la negación reconfortante: actuar en sociedad como si su marido estuviese de viaje, encontrarse con él -con su fantasma- y conversar, ser abrazada. Conoce a un tipo que la atrae y se excita con la fantasía de un ménage √≠ trois (nada que ver con Doña Flor y sus dos maridos). Marie se resiste a las evidencias, habla con Jean, que es como discurrir consigo misma, y cuando se acuesta con Vincent -el candidato apetecible- se tienta de risa porque “le falta peso” (Jean tenía el físico rotundo de Bruno Crémer).
Empero, la negación de Marie es relativa: no por azar, a sus alumnos les lee fragmentos de “Las olas”, de Virginia Woolf, una escritora para quien el agua fue una obsesión permanente que culminó con su suicidio, los bolsillos cargados de piedras, en el río Ouse. Virginia, que escribió en su Diario: “Me he sumergido en el gran lago de la melancolía. (…) Sólo puedo mantenerme a flor de agua trabajando. Cuando dejo de hacerlo, me deslizo a lo más profundo”. Mientras que la Rhoda de “Las olas” decía: “Remo sobre mareas agitadas y cuando zozobre, nadie estará ahí para salvarme”. En algún lugar de su corazón, Marie intuye la posibilidad del suicidio de Jean; después de clase, se reúne con Vincent y le recita de memoria una de las cartas de despedida de Woolf antes de dejarse ahogar.
Marie va al supermercado y se escuchar cantar a Barbara su “Septiembre”: “Nunca el final del verano pareció tan bello (…) Pero debemos dejarnos aunque nos hayamos amado (…) Por el humo del cigarrillo mi amor se va, mi corazón cesa de latir”. Marie ha comenzado a despedirse, a simbolizar su duelo, pero aún le falta la conmocionarte visita a la madre de Jean (extraordinaria Andrée Tainsy, con ese aire a otra gran vieja, Marguerite Duras) y el reconocimiento del cadáver de su marido, tardíamente hallado. Hará un último intento de rebelarse antes de soltar, por fin, el llanto liberador. Pero ella necesita ver ese cuerpo maltrecho para despedirse de su fantasma.
Lo fascinante de Bajo la arena es que, aun conociendo previamente detalles argumentales y prestándole una atención alerta, el misterio, la ambig√ºedad permanecen. Gracias a François Ozon, director y guionista (con quien colaboraron tres mujeres: Emmanuelle Bernheim, Marina Devan y Marcia Romano). Y desde luego a Charlotte Rampling, a su belleza y elegancia aliadas a un talento decantado hasta la médula.


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