Director: Chuck Parello. 2000. EE.UU. Color
Intérpretes: Steve Railsback (Ed Gein), Carrie Snodgress (Augusta), Ryan Thomas Brockington (Ed a los 16), Austin James Peck (Ed a los 10), Bill Cross (George Gein), Brian Evers (Henry Gein), Rick Simpson (Henry a los 20), Luke Rowland (Henry a los 14), Colette Marshall, Sally Champlin, Brian Hillman, Travis McKenna

En 1957 fue arrestado Edward Gein, un psicópata que asesino, mutiló y se vistió con la piel de innúmeras personas. El filme trata de plasmar su vida


Era de extrañar que un personaje tan conocido como Ed Gein no tuviese una biografía cinematográfica oficial. Hasta el propio Henry Lee Lucas ostentaba ese orgullo de manos de John Mcnaughton. Casualidades de la vida, resulta que Chuck Parello, director de este Ed Gein, fue quien filmó la secuela de la obra de McNaughton. Sin duda todos los aficionados esperábamos un retrato fiel sobre los acontecimientos que ocurrieron en aquella granja de Wisconsin.
Pero pudiendo ofrecer un sinfín de posibilidades, la cinta de Parello se queda meramente en las intenciones, sin decidirse a la hora de tomar un camino y mostrar un enfoque determinado. Parece apostar más por el tratamiento humano y deja a un lado la morbosidad inherente a la historia, sin atreverse a mostrar los elementos realmente escabrosos de los sucesos acaecidos por aquel entonces, sensibilizándose con la figura del personaje encarnado por Steve Railsback, un hombre atormentado por la familia en la que vivía y, sobre todo, por el dominio que ejercía su madre sobre él. Habilidosamente este aspecto debería abarcar un tercio de la película como mucho, pero a medida que va avanzando el metraje el filme no trasciende de esta postura, anquilosándose durante la hora y media de duración.
A pesar de ser la versión oficial sobre la figura de Ed Gein, son más creíbles las otras adaptaciones que sobre el personaje se han realizado, como Psicosis
(1960, Alfred Hitchcock), o La matanza de Texas (1974, Tobe Hooper), adaptando libérrimamente el original, pero con una enorme fuerza visual; la primera con un majestuoso blanco y negro, la segunda con un tono seudo-documentalista que acentuaba el carácter dramático de lo narrado. Y no es creíble esta nueva visión porque todo el contexto que la rodea es muy falso, y en ocasiones las situaciones son forzadas, ofreciendo desde el principio un perfil del personaje muy enfermizo y bastante sospechoso.
Ed Gein en sí es torpe (la película, no el personaje). Primero se ofrecen imágenes de archivo del momento en que detuvieron a Ed, para que después el filme tergiverse los acontecimientos y ofrecer una reconstrucción del hecho totalmente distinta, ante lo cual es justo dudar de la fidelidad del producto. Más adelante, Chuck Parello se obceca en mostrar determinados aspectos; si en una secuencia ya se muestra el fanatismo religioso del que hacía gala la madre de Ed, no tiene que reiterar en ello el resto de la película, relegando a un segundo plano puntos de inflexión mucho más interesantes. Precisamente estos, los elementos atroces de la historia, tienen una relevancia meramente anecdótica (ejemplo de ello es la secuencia en la que Steve Railsback danza de noche con un disfraz confeccionado con piel humana, situado en un contexto argumental irrelevante), insertos en el metraje de una manera superflua, sin pretender crear un clímax o ambientación destacable.