EL CLUB DE LOS CORAZONES SOLITARIOS (The Broken Hearts Club: A Romantic Comedy)

Película estrenada entre 2000

Director: Greg Berlanti. 2000. EE.UU. Color

Intérpretes: Timothy Olyphant, Zach Braff, Dean Cain, Andrew Keegan, Nia Long, John Mahoney, Mary McCormack, Matt McGrath, Billy Porter, Justin Theroux


Comedia acerca de la amistad, el amor y las cosas importantes de la vida, planteada a través de la perspectiva de Dennis (Timothy Olyphant), un joven homosexual. Para Dennis, un prometedor fotógrafo de Hollywood Oeste, sus amigos, aunque a veces exasperantes, son los únicos que le hace soportable su vida gay de soltero. Les quiere, aunque le vuelven loco. Les odia, pero no puede imaginar la vida sin ellos. No encuentra un momento de paz cuando están a su alrededor, pero siempre están allí­ cuando les necesita. Cuando se prepara a celebrar su 28 cumpleaños, Dennis piensa: “no sé si mis amigos son lo mejor o lo peor que me ha pasado en la vida”.

 



Aunque no todas las pelí­culas que englobarí­a en esta vertiente tienen el mismo nivel de calidad e inspiración, creo que es en el terreno de las tragicomedias corales donde el cine norteamericano ha encontrado un peculiar subgénero que en los últimos años ha brindado -entre otros- tí­tulos tan interesantes como 200 cigarrillos (1999, Risa Bramon Garcí­a), Happy Endings (2005, Don Roos), Solteros 1992, Cameron Crowe) o Beautiful Girls (1996, Ted Demme). Tí­tulos todos ellos en los que se intentaba profundizar en el comportamiento de determinados colectivos en la sociedad americana, bien fuera en un pasado reciente -la década de los años 80, recreada en 200 cigarrillos -o en el momento de la realización de estas propias pelí­culas. Del mismo modo, en el cine de finales de los noventa era ya práctica habitual, no solo introducir personajes homosexuales en las pelí­culas, sino poco a poco incidir en una producción destinada plenamente dentro de dichos parámetros, donde convivieran personajes y situaciones más o menos representativas del mundo gay. En ese terreno, pocos de sus tí­tulos han logrado elevarse por encima del esquematismo de sus propuestas, mientras que en su momento apareció una obra maestra en esta vertiente -muy poco reconocida probablemente por sus aparentes servilismos comerciales-, pero que considero la más hermosa plasmación en la pantalla de la infelicidad de una relación amorosa no correspondida. Me estoy refiriendo a Mucho más que amigos (1998, Nicholas Hytner).


Pero volviendo a El club de los corazones solitarios, que sirve de la mano del experto profesional televisivo Greg Berlanti -creador de la serie de TV “Dawson’s Creek”-, la descripción de un grupo de jóvenes amigos homosexuales -ambos se encuentran rondando la treintena-. Entre ellos los hay que viven en pareja, los que han sido abandonados por esta o quienes tienen el conflicto interior de sentir que su aspecto poco agraciado no les va a permitir llegar jamás a tener un compañero -lo que no analiza la pelí­cula es ese afán de cierto entorno del mundo gay por el servilismo a la aparente belleza fí­sica-. Finalmente, también se encontrará entre ellos el atractivo amigo -Cole, interpretado por el Superman televisivo, Dean Cain-, que sabe que tiene las conquistas que desee en todo momento, aunque en realidad esta posibilidad no le impida ser él mismo utilizado por una estrella televisiva que esconde su homosexualidad de manera pública.

Este es el planteamiento que ofrece Berlanti, situando sus pequeñas historias en la zona gay de Los Angeles -definida en un entorno de clase media acomodada-, donde nuestros protagonistas siempre recalarán en sus ratos de ocio en el club que comanda el viejo Jack (John Mahoney), que incluso llega a formar con sus amigos y clientes un equipo de rugby -en donde por cierto Cole en uno de dichos partidos descubrirá intuitivamente que el viril portero del equipo contrario, es también gay-. El conjunto de El club de los corazones solitarios se disuelve en la moralidad de las pequeñas historias y frustraciones entrelazadas que protagonizan los distintos amigos, y en ellos se destacarán muchos momentos en los que hablar de sexo será moneda corriente, aplicando además a estas tertulias un toque de mordacidad -ver como todos ellos se confiesan ante la peluquera de turno-. Berlanti despliega sus mejores cualidades como realizador al destacar en el estupendo uso del formato panorámico, o una notable destreza al intercalar en los primeros minutos las circunstancias que concurren en todos los personajes que se desplegarán por su metraje. Para ello recurrirá al uso -en este caso impecable- de la pantalla dividida e igualmente fragmentada en diversos fundidos en negro, tras los cuales se irán describiendo algunos términos conocidos de la comunidad gay.


Pero en medio de la ironí­a y la generalizada sinceridad del grupo, algunos de sus componentes vivirán momentos duros y delicados, ante los que el conjunto de amigos deberán responder. Esa es, en lí­neas generales, la principal caracterí­stica de una pelí­cula que transmite autenticidad y cotidianeidad en sus fotogramas y que, más allá de desarrollarse entre un conjunto de hombres homosexuales, de lo que habla es del derecho que todo ser humano tiene a ser feliz. Afortunadamente, el entorno donde están ubicados permite ya dejar de lado el terrible eco del sida o el rechazo familiar. En este sentido, la batalla está ganada, no así­ la guerra. Ahora deben afrontar la de la vida. Ese será el sentimiento que permanecerá en la mente de Dennis (Timothy Olyphant), que se siente solo en ese mundo de amigos y aparente comodidad, y se plantea la posibilidad de viajar y establecerse en Europa. Por su parte, Benji (Zach Braff) se liará con un “galletón” de gimnasio que le llevará al peligroso mundo de las drogas sintéticas; Patrick está totalmente atormentado por su vulgar aspecto fí­sico En definitiva, una galerí­a de prototipos que con posterioridad han sido sobradamente explotados en múltiples pelí­culas y “sitcoms” televisivas, con la ventaja en este caso de que en la pelí­cula alcanzan unas notables dosis de credibilidad cinematográfica. Esta propia condición gay de todos ellos es la que crea el rasgo más inquietante que se deduce de su andadura vital; el miedo a la soledad o al amor no correspondido, que se expresa con un notable sentido de la melancolí­a. Este rasgo tendrá su plena expresión a partir de la secuencia del funeral de Jack -al que acudirán todos sus amigos vistiendo las estridentes camisetas playeras que a él le gustaba lucir-, y en donde la cámara del realizador -acompañada por el evocador sonido musical de “The Carpenters”-, nos llevará a recorrer el estado emocional de todos los muchachos que deberí­an acudir a la celebración del “Hombre Púrpura” -la discreta y fiel pareja de Jack-, imitando los modos del Paul Thomas Anderson de Magnolia (1999). En ese recorrido visual veremos como una estrella televisiva ha plantado a Cole y Benji se muestra muy cercano a los excesos de las drogas. Sin embargo, las imágenes finalizarán con un Dennis verdaderamente roto al contemplar la foto espontánea que poco tiempo atrás hizo a Jack y su pareja, hasta que este sentimiento de irreversible ausencia estalle en lágrimas.

El epí­logo del filme transcurre unos meses después, cuando Dennis decida marcharse para probar fortuna como fotógrafo de prensa. En el club y lugar de reunión de siempre sus amigos han improvisado una exposición de las imágenes que con el paso de los años el homenajeado ha venido elaborando a ellos mismos. El ambiente es alegre -aparentemente-, pero un hálito de tristeza lo envuelve, mientras la cámara se centra en las fotografí­as, tomando el punto de vista del joven Kevin. Con sus breves y emotivas palabras describirá lo que sus amigos han supuesto para su desarrollo como persona, dando paso -nuevamente con la música de “The Carpenters” a un plano fijo de la imagen en la que todos ellos se reunieron en una ocasión. Un recuerdo que ya es parte del pasado y que quizá jamás vuelva a repetirse. Puede que con ello llegue su madurez existencial, pero la melancolí­a que desprenden sus imágenes hablan de esa pérdida de una determinada felicidad, y es mérito de su director y su espléndido “casting”, que ese sentimiento trascienda el mero estereotipo -que en ocasiones llega a bordear-, y transmita una sensación de verdad en el espectador. A mi juicio, y pese a sus pequeñas limitaciones, El club de los corazones solitarios lo consigue ampliamente.


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