GLADIADOR (Gladiator)

Película estrenada entre 2000

Director: Ridley Scott. 2000. G.B.-EE.UU. Color

Intérpretes: Russell Crowe (Maximus Decimus Meridius), Joaquin Phoenix (Commodus), Richard Harris (Marcus Aurelius), Djimon Hounsou (Juba), Derek Jacobi (Gracchus), Oliver Reed (Proximo), Connie Nielsen (Lucilla), David Schofield (Falco), John Shrapnel (Gaius), Tomas Arana (Quintus), Ralph Moeller (Hagen), Spencer Treat Clark (Lucius), David Hemmings (Cassius), Tommy Flanagan (Cicero)


En el año 185, el Imperio Romano domina el mundo conocido. Tras la victoria sobre los bárbaros, el emperador Marco Aurelio decide transferir el poder a Máximo, bravo general de sus ejércitos y fiel militar leal al imperio, pero su hijo Cómodo no lo acepta y trata de asesinarlo.


El talento y fuerza visual de Ridley Scott vuelve a sus más altas cotas en esta entretenidí­sima pelí­cula de aventuras que adolece de un guión excesivamente plano (curiosamente, casi todos sus diálogos por separado son excelentes, pero la historia como conjunto es maniquea y bastante exagerada). Lo cierto es que a sus productores -y a los miembros de la academia de Hollywood- poco pareció importarles, pues los primeros ya anunciaban su tono épico en la leyenda de promoción: “El general que se convirtió en esclavo, el esclavo que se convirtió en gladiador, el gladiador que desafió a un imperio” y los segundos se rindieron a frases tan contundentes como: “Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de las tropas del norte, general de las legiones Félix, leal servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio. Padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada, y alcanzaré mi venganza, en esta vida o en la otra”. (En cualquier caso, su impresionante comienzo y los realistas combates de los gladiadores hacen de este “taquillazo” un espectáculo -atención a su maravillosa y potente banda sonora- con el que se puede disfrutar (sin ser muy exigentes, todo sea dicho).


El renacimiento del “peplum”

A Gladiador le cabe el honor de haber hecho resurgir un género del que se habí­a firmado su acta de defunción a mediados de los años 60, tras el uso y abuso indiscriminado de sus códigos, por parte de casi todas las cinematografí­as del mundo, en especial, la italiana.

Ridley Scott renace de su fracasado 1492, La Conquista del Paraí­so, para encontrar con Gladiador el punto de equilibrio justo, entre una espectacular recreación histórica de la Roma Imperial, un filme de aventuras épicas trufado de gestas heroicas y de batallas descritas con verosimilitud y crudeza y una historia intimista de ambición, intriga polí­tica, predestinación y venganza, donde brillan con luz propia la apostura de Russell Crowe, el histrionismo de Joaquin Phoenix y la exquisita contención de Connie Nielsen, arropados por las impagables presencias de Oliver Reed, Richard Harris y Derek Jacobi, al son de una memorable partitura de Hans Zimmer.

Tras décadas de ominosa ausencia, Gladiador se permite mirar de frente y sin vergüenza a las obras cumbres del género: el Espartaco de Kubrick, la Cleopatra de Mankiewicz y el Ben-Hur de Wyler, y anuncia a su vez, el giro de la industria hacia ese género, abandonado durante décadas.

El éxito de Gladiador ha propiciado la realización de superproducciones tan destacables como: Troya de Wolfgang Petersen o Alejandro Magno de Oliver Stone, sin olvidar la pléyade de mini-series televisivas ambientadas en el mundo antiguo entre las que destaca la producción angloamericana “Roma”.


Se suele usar en algunas pelí­culas eso de “qué se puede decir sobre ella que no se haya dicho ya”. Gladiador es posiblemente la pelí­cula más popular en lo que llevamos de año y todos la han visto anunciada en televisión como la recuperación del género de romanos. Pues bien, en este caso todo lo que se ha dicho sobre ella ha sido, por lo menos, simplista. Gladiador es más que una pelí­cula de género, ya que las escenas que vemos en las campañas publicitarias llegan tras hora y media de pelí­cula y quedan totalmente desvirtuadas en su significado sacadas de contexto. Lo que verdaderamente nos ofrece es una apasionante historia que más se podrí­a acercar a los mejores momentos de Braveheart o al mensaje más profundo de El rey león, con la que además comparte una impresionante partitura escrita por Hans Zimmer.

Así­ el mayor valor de esta pelí­cula es que entre tanto circo (literalmente) narra una historia que no sólo no desmerece, sino que supera a la técnica y engancha verdaderamente al espectador. Los primeros cinco minutos determinan su espí­ritu: la recapitulación que el moribundo emperador realiza de toda su supuestamente gloriosa vida: cómo ha caminado por el camino equivocado, luchando por unos ideales materialistas y efí­meros que no le han reportado satisfacciones morales, cómo ha creado un vasto imperio dominado por la corrupción y la superficialidad, y ha fracasado con un vástago cegado por la ambición. La vejez le ha otorgado una visión mucho más ní­tida de los verdaderos valores de la vida y, cuando su fí­sico ya es incapaz de enderezar Roma, deja su testigo a Máximo, su más fiel guerrero, con la esperanza de que consiga lo que él no ha hecho. A partir de entonces, Máximo se convertirá en una ví­ctima de las maquinaciones del perverso Cómodo, heredero natural de los laureles del César, y se verá obligado a sacrificar sus pretensiones anteriores de reposo y humildad. Entonces asistiremos a un verdadero “tour de force” del personaje, que deberá empezar desde cero para, como gladiador, arrebatarle a Cómodo el lugar que le corresponde. Ahora bien, si Máximo es el que nos emociona, el personaje más jugoso y complejo psicológicamente es Cómodo, que se desmarca del tópico del malo de la función. Paradójicamente, es el más débil de toda la pelí­cula: un hombre atormentado y acomplejado por su falta de carisma, ví­ctima de un amor imposible y escandaloso, y corroí­do por la envidia hacia Máximo, porque en realidad fue él el que le arrebató el papel de hijo del César.

Como se puede ver, Ridley Scott (director que no parece tener un término medio entre obras maestras como Alien, Blade Runner y obras flojas como La teniente O’Neill) consigue una pelí­cula mucho más compleja de lo normal, y las magní­ficas interpretaciones ayudan a ello: Russell Crowe borda su papel en una asombrosa transformación fí­sica, Joaquin Phoenix, inquietante como antagonista, Richard Harris hace de sus cinco minutos de aparición algo inolvidable y Connie Nielsen, Derek Jacobi y el fallecido Oliver Reed cumplen con sus papeles. Si a ello le sumamos una magní­fica e innovadora fotografí­a, unos deslumbrantes (aunque a veces notorios) efectos especiales y una ambientación espléndida, nos encontramos ante una verdadera obra maestra, en todos los sentidos impecable. Lista para los próximos Oscar.


La pelí­cula ya lleva unos cuantos minutos de proyección. Las brutales escenas de la batalla entre las legiones de Roma y las hordas germanas llenan la pantalla, silban las flechas incendiarias, ruge el fuego griego que las catapultas lanzan constantemente, se oyen los huesos crujir y la carne rasgarse, la sangre comienza a teñir el helado suelo, las caras tiznadas por el veneno del miedo y la droga de la gloria relampaguean en pantalla, la cámara se mueve entre mandobles de hacha y fintas de espadas, los altavoces de la sala escupen los gritos de los combatientes y el fragor de la batalla. De repente, del bosque surge la figura del general romano Maximus, cabalgando furioso con su arma en la mano, galopando como sólo los héroes o los locos hacen antes de la batalla. De su boca sale un grito. Un salvaje “Roma Victor” abandona su garganta para alentar a sus hombres y dar valor a sus propios actos. “Roma Victor” resume a la perfección la pelí­cula de Ridley Scott: el director inglés vence y convence con la vuelta del género “de romanos” al cine, Roma es la protagonista absoluta del relato (no tanto la ciudad, que también lo es, sino todo lo que la urbe representaba en la época) y, por último, “Roma Victor” no es sino “Hollywood Victor”. La victoria del espectáculo clásico y el triunfo de la superproducción.

Gladiador es una historia llena de reminiscencias clásicas, desde una trama cercana a la tragedia griega donde las grandes pulsiones humanas se dan cita (ambición, fidelidad, traición, pasión, pesadumbre, gloria y deshonor pasean entre columnas jónicas y túnicas) hasta la planificación argumental del filme, una historia lineal que cuenta el devenir de un héroe ficticio en medio de elementos históricos un tanto alterados, un relato algo banal pero efectivo
de triunfo, inmolación y venganza. También entronca Gladiador con la tradición del genero que tendrí­a su mejor valedor en Espartaco o incluso en el “Yo, Claudio” televisivo. Pero, de todas formas, no se desdeñan guiños a la modernidad como, por ejemplo, ese comienzo de pelí­cula muy cercano a la escena del desembarco en Normandí­a de Salvar al soldado Ryan.

La pelí­cula de Scott es un buen ejemplo de cine entendido como espectáculo pero, además, contiene una serie de elementos que la elevan sobre los pobres ejemplos de los últimos años. En primer lugar, pese a no ser una historia demasiado original, sí­ que hay algunos aspectos poco usuales en esta clase de pelí­culas: determinados asuntos quedan sin explicar, a merced del juicio y la imaginación del espectador (como es el caso de la relación entre Maximus y Lucilla, así­ como la inclinación del joven emperador hacia su hermana). Por otro lado, el director prefiere retratar el momento, poner a los personajes en su sitio, hacerles vivir sólo el aquí­ y el ahora y que sean sus acciones presentes las que presagien su futuro o arrojen luz sobre su pasado. Por último, aparte de la lógica épica que las escenas de acción destilan, éstas han sido rodadas con nervio pero sin exceso de efectismo (aparte de una preocupante predilección por la hemoglobina) y los autores no olvidan que el grueso de la historia lo conforman los personajes y es aquí­ donde Gladiador se impone a la vacuidad y pretensiones de Salvar al soldado Ryan. Se agradece que los protagonistas no tengan tiempo para bromas estúpidas ni para discursitos oportunistas.

Sin duda alguna un pilar elemental de la pelí­cula es su reparto y en Gladiador nos encontramos ante un puñado de actores realmente brillante. Desde el siempre magnifico y contenido Russell Crowe a la sorprendentemente refinada y cruel actuación que nos ofrece Joaquin Phoenix o al excelente papel de la poco conocida Connie Nielsen. A su alrededor, actores experimentados que dan la talla con creces como es el caso de un Oliver Reed (fallecido poco antes de finalizar el rodaje), un Richard Harris o un Derek Jacobi.

La única pega gorda sea quizás la recreación de la Roma clásica. El uso y abuso de los ordenadores hacen que sea prácticamente imposible creerse la ciudad que fundaran Rómulo y Remo y es que la reconstrucción de la misma a golpe de pí­xel da mucho el cantazo. Ridley Scott, que últimamente llevaba una carrera en franca decadencia, consigue remontar aquí­ el vuelo quizás si no con una obra maestra -no exgeremos- sí­ con un gran espectáculo y una muy meritoria pelí­cula que propone, si bien no una revisión del genero, sí­ un sentido homenaje a lo mejor del mismo.


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