OASIS

Película estrenada entre 2000

Director: Chang-dong Lee. 2000. Corea del Sur. Color

Intérpretes: Kyng-gu Sol (Jong-du Hong), So-ri Moon (Gong-ju Han), Nae-sang Ahn (Jong-ll Hong), Seung-wan Ryoo (Jong-Sae Hong), Kwi-Jung Chu (la mujer de Jong- Sae), Jin-gu Kim (la señora Hong), Byung-ho Son (Sang-Shik Han), Ga-hyun Yun (mujer de Sang-Shik), Myeong-shin Park (mujer de Neighbor), Kyung-geun Park (mujer de Neighbor’s)


Paraí­so roto

Oasis: Sitio con vegetación y con agua, aislado en medio de un desierto. Lugar o ambiente de reposo y de bienestar en medio de otro que no lo es. Situación momentánea que constituye un alivio en medio de las penalidades o trabajos de la vida.




Recientemente se habla en exceso del cine asiático actual y, más concretamente, del surcoreano, pues aunque otras cinematografí­as como la tailandesa, la japonesa o la taiwanesa se hallen en un momento especialmente dulce, es en el paí­s donde nacieron Kim Kiduk, Im Kowntaek, Park Chanwook, Bong Joonho, Park Chanok y Hong Sangsoo, donde mejor se conjuga una reforma agresiva de los códigos genéricos, a la vez que se abren más puertas a nuevos caminos narrativos sin renunciar nunca a la espectacularidad o a la belleza comulgativa con el espectador. Está claro que si buscamos radicalidad -término abstracto e insuficiente a la hora de definir cualquier cosa- podremos encontrar ví­as extremas tanto de la mano de Apichatpong Weerasethakul como de Lee Kangsheng, todas ellas, sin duda, de gran interés, pero en Corea del sur, es quizás donde se combina mejor cierta agresividad plástica con unas historias de carácter más accesible. En fin, no voy a extenderme en lo ya dicho, así­ que voy a centrarme en magní­fica pelí­cula de Chang-dong Lee Oasis, un filme de culto con tan sólo tres años de vida (aunque en nuestro paí­s siga siendo un filme invisible, únicamente proyectado en el BAFF 2003).

El melodrama me apasiona. Siempre me ha parecido una versión más creí­ble del cine de terror. Hable con ella (2002, Pedro Almodóvar), Bailar en la oscuridad (2000, Lars von Trier), Las dos huerfanitas (1922, David W. Griffith), Carta de una mujer desconocida (1948, Max Ophuls), Avaricia (1924, Erich von Stroheim), La Strada (1954, Federico Fellini), Million Dollar Baby (2004, Clint Eastwood)… son pelí­culas donde el imaginario colectivo se focaliza en la tragedia de lo minúsculo, de lo aparentemente banal, vaya, el melodrama habla sobre las miserias de la vida y eso sólo puede desembocar en desgracia, en pánico, en tragedia. La exageración melodramática, el llevar los mecanismos dramáticos a su lí­mite y conseguir salir airoso, para que se me entienda: que no se convierta en un sí­mil de culebrón venezolano, donde la manipulación no se realice para forzar al espectador a caer un mar de lágrimas, sino que se esfuerza en recalcar la dureza de lo mostrado, es donde este intergénero se muestra últimamente fecundo en grandes obras. Lo que distingue a Lars von Trier de Ken Loach, podrí­a ser lo mismo que separa a Pedro Almodóvar de Alejandro Amenábar. A mí­ me fascina el exceso del melodrama. Hacer pasar por creí­ble una historia en la que un niño rico estudie neurocirugí­a para poder devolver la vista a una mujer de la que es responsable, no sólo de su ceguera, sino de la muerte indirecta de su marido. Hacer creí­ble como acto de amor puro la violación de una tetrapléjica por parte de su enfermero, o que la cura para un enfermo apunto de parálisis pase por que su mujer veje su cuerpo y alma hasta la destrucción. Situaciones ridí­culas sino se llevan con buen tino, pero que en las manos de Sirk, Almodóvar o Von Trier, se convierten en esencia de belleza.

Oasis de Chang-dong Lee entrarí­a perfectamente dentro de este último grupo. El filme narra la historia de amor entre Jong-du Hong (Kyung-gu Sol), un joven algo retrasado, un inadaptado social, que hasta su propia familia repudia, cuya inocencia a ojos de los demás es agresividad, perversión y enajenación, y Gong-ju Han (So-ri Moon), una joven con parálisis cerebral, incapaz de controlar sus propios músculos, con una dificultad extrema para moverse e incluso para comunicarse, que queda abandonada en un piso mugriento bajo cuidados de una mezquina vecina por parte de su hermano (¡que incluso vive en un piso de lujo gracias al dinero que los servicios sociales le dan a Gong-ju!). Evidentemente la relación amorosa que viven estos dos sujetos marginales es algo inaceptable para el resto de la sociedad. Pero la situación es aún peor: Gong Ju es la hija de un hombre que, en apariencia, fue asesinado por Jongdu mientras conducí­a ebrio, y por lo que ha pasado dos años y medio en prisión.


El filme arranca así­: vemos a Jong-ju paseándose por Seúl después de haber salido de prisión. Atolondrado, sorbiéndose los mocos cada dos por tres, come tofu crudo en cantidades desorbitadas, se divierte escupiendo desde las azoteas y, falto de dinero, y con su familia mudada a vete a saber donde, empieza a meterse en lí­os. No se tarda en descubrir que la familia no guarda ningún tipo de afecto por él, incluso la cuñada le espeta sin ningún tipo de rubor “que sin él estaban mucho mejor”, opinión que comparten tanto sus hermanos como su propia madre. Jongdu sin embargo no se altera con el desprecio familiar, de hecho, ni siquiera parece importarle las palizas que le da el hermano con una barra de acero. Lo temible del enigma del odio, es que a ojos de cualquiera, la actitud de Jongdu no sólo es sospechosa, sino directamente punible. Jongdu no reacciona como las personas normales, no importa cuáles sean sus intenciones, por lo general, buenas, inocentes, incoherentes. Sin ir más lejos, su relación con GongJu empezará cuando él acaba violándola, para luego salir huyendo de la casa.

El filme evoluciona merced a la dureza de las imágenes expuestas. Tras la violación vemos a Gong-ju intentando arreglarse para su “novio”, el hombre que la ha violado entendiendo esa violación como la primera vez que alguien parece sentir algo por ella-, incluso intentando pintarse los labios entre convulsiones musculares, mientras en la habitación contigua su vecina está fornicando con su novio, burlándose de la impedida. GongJu y Jongdu viven un infierno continuo y el encontrarse, el enamorarse, aislado del mundo real, es el único instante -breve, sesgado, inacabado- realmente bello de sus vidas. Ellos construyen un oasis para aislarse y vivir su amor libremente. De hecho, Gong-ju, al igual que Selma en Bailar en la oscuridad, posee un mecanismo para evadirse de su atrofiado cuerpo y poder actuar como una persona normal, su aspiración a la felicidad pasa por jugar con su novio con una botella de plástico. Uno de los momentos más bellos del filme es aquél en el que Jongdo pasa a formar parte de este oasis, se introduce en el mundo imaginario de Gong-ju, poniendo en escena que su conexión va más allá de lo metafí­sico, más allá de cualquier base lógica estable. Como cantan en el karaoke “La razón por la que existo eres tú”.

La tragedia, como todo buen melodrama, se hace presenta al término de la cinta. ¿Cuánto tiempo han tenido de felicidad la Princesa y el General? ¿Dí­as? ¿Semanas? El oasis se viene abajo. La realidad arrasa sus vidas sin dejar rastro. Mucho mejor para todos. Las familias de ambos descansarán tranquilas. La Princesa y el General no están tan lejos de los freaks de Tod Browning o del John Merryck de David Lynch. Chang-dong Lee narra sin cortapisas. Evade el sentimentalismo fácil, su dirección es cálida, envolvente, cariñosa con sus personajes, pero a la vez se toma su distancia con la tragedia, decide que el espectador sienta el absurdo y el odio creado, sin ningún “travelling” de Kapo del que sentir abyección.


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