Director: Darren Aronofski. 2000. EE.UU. Color
Intérpretes: Ellen Burstyn (Sara Goldfarb), Jared Leto (Harry Goldfarb), Jennifer Connelly (Marion Silver), Marlon Wayans (Tyrone C. Love), Christopher McDonald (Tappy Tibbons), Louise Lasser (Ada), Keith David (Gran Tim), Sean Gullette (Arnold, el psiquiatra)

Harry (Jared Leto) vive con su atormentada madre Sara (Ellen Burstyn), y mientras él sueña con una vida mejor, ella está permanentemente a dieta para el día que pueda cumplir su mayor ilusión; aparecer en su concurso televisivo preferido. La ambición de Harry y su novia Marion (Jennifer Connelly) es hacerse ricos vendiendo droga con su amigo Tyrone (Marlon Wayans), y utilizar las ganancias para abrir un negocio propio, pero nunca llega el dinero suficiente para iniciar su plan. A pesas de todo, Harry y Marion no se resignan a vivir una existencia que consideran despreciable, por lo que harán lo impensable para conseguir la vida que anhelan.

Haciendo una imaginativa evocación del paisaje interno de los seres humanos que se mueren por unirse, por amar, y sentirse amados, la cinta es una parábola de la felicidad hallada en un momento glorioso y perdida en otro trágico.
Contrastando con las playas solitarias y los desgastados apartamentos de ladrillo de Coney Island, Réquiem por un sueño narra sendas historias paralelas que acaban vinculadas por la relación entre la solitaria viuda Sara Goldfarb (Ellen Burstyn) y su tierno pero desorientado hijo Harry (Jared Leto). La gruesa Sara, estimulada con la posibilidad de aparecer en un concurso televisivo, ha iniciado una peligrosa dieta de adelgazamiento para aparecer más bella en público. Mientras tanto, Harry y su reciente novia, Marion Silver (Jennifer Connelly), han empezado lentamente a sincerarse mutuamente, recurriendo al otro para redimir años de aislamiento y dolor. Su amor baste un refugio artificial que les permite aislarse del mundo real mientras se tumban en el suelo de Marion y construyen en el aire increíbles sueños de dicha futura. Después que Harry y su mejor amigo Tyrone C. Love (Marlon Wayans) se lancen con éxito como vendedores de droga, los tres jóvenes comienzan a creerse invencibles.
Confiados por sus primeras victorias, Sara, Harry, Marion y Tyrone se convencen de que ciertos obstáculos imprevistos son meramente circunstanciales. Demacrada y cada vez más desorientada, Sara se atrinchera dentro de su apartamento, donde se ve asediada por alucinaciones. Tenazmente aferrados a vanas esperanzas, Harry y Marion se separan traicionando su amor. Cuatro seres humanos, perdidos e irrecuperables, se sumen en fantasías mientras desesperan hasta que, finalmente, sus sueños se tornan pesadillas.

Darren Aronofsky sorprendió con su ópera prima Pi, una interesante e inquietante película en la que mezclaba la locura, las matemáticas y la evolución de la bolsa. Ahora da un paso más y reflexiona sobre las drogas en sus diferentes variantes. Réquiem por un sueño, basada en la obra homónima de Hubert Selby Jr. -también coguionista de la película- gira en torno a dos historias: una mujer viuda, sola, a quien no queda más ilusión que la felicidad de su hijo, y cuya existencia da un vuelco cuando recibe una llamada de la televisión anunciándole que pronto aparecerá en uno de los programas estrella, a partir de ese instante su vida estará dedicada a la preparación de ese gran momento, que cualquiera de sus adorables vecinas querría tener. Su joven hijo es un chaval de la calle que se las ingenia de diversas maneras para conseguir la pasta que necesita para su dosis diaria de varias drogas, tarea que comparte con su desesperada novia, cuyos diseños de ropa son la base de un negocio que quieren montar; cuentan para ello con la ayuda de un fiel y sensato amigo con el que comparten tardes y noches de puestazo y un peligroso pero rentable negocio.
Ambas historias se complementan perfectamente en una narración portentosa, angustiosa, llena de ritmo y diferente de lo habitual, que equipara sin pretensiones las drogas institucionalizadas con las ilegales, muestra la capacidad de adicción de todas ellas, el juego al que te someten, todo lo que eres capaz de hacer por un rato más de felicidad artificial, la indiferencia del camello ante la desesperación del cliente, la búsqueda de algo mejor que te aleje de la despreciable y mediocre existencia y la hipocresía de una sana sociedad cada día más enferma. Aronofsky consigue que la angustia de los personajes se traslade al espectador, que la historia emocione y enganche, que los actores borden sus interpretaciones y remata, sin concesiones de ningún tipo, con un duro, realista y creíble final que completa esta humana, desgarradora y complicada película.

Impresionante experimento visual que sumerge al espectador en el descenso a los infiernos más aterrador jamás proyectado. Es la “Divina Comedia” contada al revés. El guión es sencillamente demencial y la puesta en escena deja en pañales lo arriesgado que había sido ya su trabajo en Pi. Los actores dan miedo de lo bien que están (incluyendo el onírico “showman” Tappy Tibbons) y, en especial, una inconmensurable Ellen Burstyn que se quedó sin Oscar por agraciar a Julia Roberts. A lo largo de este recorrido acompaña al espectador la perturbadora y desasogante banda sonora del Kronos Quartet que, una vez acabada la película, no dejará de perseguirle allá donde vaya y de ponerle los pelos de punta cada vez que escuche el asombroso tema principal, “Lux Aeterna”. La película avanza como un tren fuera de control para acabar todo con unos 20 minutos finales que dejan al espectador por completo destrozado mientras es incapaz de apartar la mirada de la pantalla. Una película que deja cicatrices.

Descorazonadora y brutal película que nos muestra con toda crudeza el poder que ejercen las adicciones sobre las personas. Es angustioso el ver como los personajes, (todos excelentes en sus interpretaciones), van pasando, al principio con desbordado optimismo, de la inicial vitalidad e ilusión por sacar sus sueños adelante, a lo que finalmente acabarán consiguiendo a causa de sus respectivas adicciones.
Me gusta como está montada la película, y me parece muy acertada la idea de mostrar la adicción de cada personaje de la misma manera una y otra vez ya que una adicción se trata de eso: de mecánica, de hacer lo mismo siempre y de la misma manera hasta que ya no sabes ni porque lo haces, simplemente, lo haces.
El final es antológico, sin un atisbo de esperanza y es cuando el título de la película adquiere total relevancia, puesto que todos los sueños del principio, todas las ilusiones, se han desvanecido. Para siempre. No agradará a quien desee ver dramas con final o moraleja de esperanza. Aquí no la hay.

Réquiem por un sueño sacudió la pasada edición de la Seminci como sólo lo hacen las obras arriesgadas, personales y meditadas hasta sus últimas consecuencias. El certamen vallisoletano, siempre de parte del autor y del cine de compromiso (concepto que no siempre tiene que ir unido al adjetivo social), premió esta obra para sorpresa de un público que contempló atónito El responsable de este cóctel de sentimientos extremos es el joven Darren Aronofsky, último descubrimiento de la “factoría Sundance”, que cumple con el siempre difícil trámite de consagrar las expectativas depositadas en las nuevas promesas del celuloide, tras un alentador debut. Pi, opera prima de este estadounidense y obra de culto en los circuitos de versión original de nuestro país, descubrió a un director con inquietud por forjar un universo propio, gran narrador visual, pero que se mostraba incapaz para dominar (o reconducir) todos los vericuetos existenciales, filosóficos y religiosos a los que el matemático al borde la locura -eje fundamental del filme- se enfrentaba, sin mucha explicación. Lo que en Pi era desorden, en Réquiem por un sueño se torna en premeditadas intenciones, que conforman un discurso ordenado con un objetivo definido.
Una de las principales diferencias entre ambas obras, que guardan similitudes en cuanto a su estilo formal, es que Aronofsky toma en esta ocasión como punto de partida material ajeno, la novela homónima de Hubert Selby Jr., del que ya se pudo ver adaptada en el cine íšltima salida a Brooklyn. La solidez literaria de la historia permite a Aronofsky sumergirse hasta las entrañas en la adicción, el verdadero hilo conductor de la película. Réquiem por un sueño desgrana los motivos de este tortuoso asunto a través de una madre y un hijo, que ven cómo las plácidas playas y los solitarios paseos de Coney Island se convierten para ellos en un infierno. Sara (la excepcional y recuperada Ellen Burstyn) vive obsesionada con los concursos de la televisión hasta tal punto de someterse a un estricto régimen que la convierte en adicta a los fármacos para adelgazar. Su hijo, Harry (Jared Leto) busca la felicidad a través del “trapicheo” fácil de todo tipo de sustancias ilegales; pero él, su novia (Jennifer Connelly, que demuestra ser algo más que un bello rostro) y su mejor amigo (Marlon Wayans) acaban sometidos a la dictadura de las drogas, víctimas de una devoradora adicción.
Darren Aronofsky deposita todo el peso de la narración en un vibrante montaje paralelo y en recursos
fílmicos arriesgados
(división de la pantalla, alteraciones del ritmo dentro de un mismo plano…) que funcionan a la perfección para ilustrar el descenso a los infiernos, sin posibilidad de escape, de un grupo de personajes sin voluntad y paradigmáticos de los tiempos que corren. El director culmina su obra con un golpe contundente, un gancho directo al mentón del espectador, que se convierte en diez minutos agobiantes, inteligentemente suavizados por la música de cuerda de Kronos Quartet, que ejerce de perfecto contrapunto para el trabajo tecnológico de Clint Mansell (Pi) para el resto de la película. Sin concesiones, Aronofsky plantea el mensaje de “no hay salida” hasta sus últimas consecuencias y consigue una obra sórdida y de difícil, aunque muy recomendable, digestión. A la vista de estas credenciales se pueda esperar con avidez su próximo trabajo.

Sobre la producción
Darren Aronofsky encontró no sólo su segunda película, Réquiem por un sueño, sino su auténtica carrera como director de cine cuando, hallándose en la biblioteca de Harvard, se topó con la obra del famoso escritor Hubert Selby, Jr. “Yo era un chico de escuela pública de Brooklyn a punto de enfrentarme con los exámenes del primer curso de carrera, y estaba aterrorizado” -recuerda Aronofsky-. “Me sumergí en la biblioteca y traté de aprender. Por el rabillo del ojo vi la palabra “Brooklyn”. Y el caso es que cuando uno es del Brooklyn y se topa con cualquier cosa relacionada con el Brooklyn, el interés por eso se hace inmediato.”
Aronofsky retiró un ejemplar muy manoseado de “Last Exit to Brooklyn”, el clásico que Selby publicara en 1964 sobre la crueldad y la desesperación reinante en los muelles de Brooklyn. “Todo ello fue antes de la película, y no tenía ni idea de lo que estaba a punto de abrir. Desde la primera frase me sentí subyugado, y así fueron mis exámenes finales. Me los salté y me puse a leer. Aquello era narrar. Aquello era saber comprender. Aquello era analizar en profundidad y de modo sencillo acerca de lo que nos hace humanos. Finalmente vi claro a qué quería dedicarme. Quería narrar historias.” Aquella determinación le llevó al American Filme Institute de Los Ángeles (donde su primer proyecto fue la adaptación de una historia breve de Selby, Fortune Cookie), y finalmente a su debut en el largometraje con Pi
(1998).
El productor Eric Watson se convirtió en un gran admirador de Selby cuando leyó, en el transcurso de unas vacaciones, tras finalizar el rodaje de Pi, el ejemplar de Aronofsky de Réquiem por un sueño. Perfilando el ascenso y caída de sus personajes, la novela se adentra profundamente en sus psiques mostrando un desgarrador retrato del anhelo humano. “Se trata de un cuento aleccionador acerca de las trampas que albergan los sueños y deseos y las mentiras que nos inventamos para crearnos la ilusión de felicidad“ -comenta Watson-. “El libro hizo realmente mella en mí: no podía abandonarlo; dejé a un lado las pistas de esquí.”
Selby se apercibió de que sus personajes creen que un cambio en sus circunstancias externas les reportará la plenitud. “Todo el mundo busca algo en el exterior que les haga sentirse mejor.”
En suma, la decisión de proseguir con la adaptación de Réquiem por un sueño tras Pi, se presentaba lógica, según Watson. “Se trataba de una evolución natural en lo referente al tamaño del presupuesto y al alcance de cuanto estábamos haciendo. Para nosotros, también era una película personal.” Se pusieron en contacto con Selby y rápidamente se aseguraron los derechos.
Por entonces, Pi tuvo su premií¨re en el Festival de Sundance de 1998, donde se convirtió inmediatamente en una sensación, ganando Aronofsky el premio al Mejor director. Realizado por 60.000 dólares, era un filme atrevidamente original en lo referente al tema y al estilo empleado: una cinta en blanco y negro en torno a un genio de las matemáticas obsesionado por descodificar las pautas secretas del mercado de valores, narrada desde el punto de vista subjetivo del héroe. Artisan Entertainment se movió velozmente para conseguir los derechos, forjando así una relación con Aronofsky que continúa en Réquiem por un sueño. Estrenada en julio de 1998, la abiertamente intelectual y experimental Pi se abrió paso y se convirtió en un éxito tanto de taquilla como de la crítica.
Aronofsky reconoce que Pi le reportó una gran celebridad tanto a él como a Watson, pero finalmente decidieron realizar Réquiem por un sueño. “Después que Pi funcionara en taquilla excelentemente, teníamos la oportunidad de realizar muchos filmes de niveles distintos. Pese a nuestro anhelo por hacer películas de mayor envergadura, sabíamos que de momento debíamos darles la espalda y hacer Réquiem por un sueño” -dice Aronofsky.
“Realizar esta película era muy arriesgado” -continúa-. “Era distinta de la mayoría de las que se ven, y el argumento era complicado. Sin embargo, sentí que había una gran historia visual en aquel material chorreante de honestidad emocional. Así que cerramos nuestros ojos y nos metimos de lleno.”
Réquiem por un sueño narra dos historias, una sobre una viuda llamada Sara Goldfarb que está sola, y la otra en torno a Harry, el hijo de Sara, su novia Marion y su mejor amigo, Tyrone. Harry es el único hijo de Sara y la única persona que deja en este mundo. Temerosa de perderle, opta por ignorar su desagradable actitud, autoconvenciéndose de que todo acabará arreglándose.
Entretanto, Harry y Marion depositan sus respectivas esperanzas el uno en el otro, abrazando el ideal romántico de un amor que se eleva por encima de cualquier otra cosa de la vida. Compartiendo confidencias entre susurros, Harry, un oportunista que vive la calle, y Marion, sofisticada y serena, descubren que son seres humanos vulnerables que han pasado la mayor parte de sus existencias sintiéndose solos e inseguros. Ahora es como si finalmente estuvieran viviendo en plenitud, y experimentan la sensación de haber hallado a esa persona en el mundo que les hace sentirse completos. Con tal de tenerse mutuamente, creen que el mundo real poco importa.
Pero cuando el mundo real muestra su fealdad, la romántica utopía de Harry y Marion empieza a desmoronarse; con gran celeridad, se sumen en las disputas, la traición y la desesperación. Las heridas que se infligen mutuamente tergiversan cruelmente sus momentos más íntimos. Harry, que en una ocasión hizo que Marion se sintiera “como una persona”, le pide que se prostituya cuando insiste en que Arnold el Psiquiatra le preste dinero. Marion, de quien Harry creía que estaba dispuesta a “hacer lo que fuera” por él, le reprueba ferozmente y le culpa de todos sus problemas. Enojados, heridos y asustados, Harry y Marion se alejan el uno del otro. Las posibilidades de detener la espiral que les hunde se les escurren entre los dedos avivándose en su lugar sus mutuas tendencias autodestructivas.
Las relaciones de estos personajes constituyen el corazón del filme. Aronofsky apunta: “Réquiem por un sueño versa sobre muchas cosas. En su mayor parte, trata sobre el amor. Y más específicamente, acerca de lo que ocurre cuando el amor se estropea.”

La tragedia de Réquiem por un sueño está en que Harry y Marion nunca dejan de amarse, de hecho, incluso cuando se están destruyendo; su amor no se ha extinguido, se ha desperdiciado. En realidad, el amor no ha sido suficiente para salvar a cada uno de esos personajes. Harry suplica mil veces a Sara que abandone sus píldoras dietéticas, pero lo deja correr cuando se da cuenta de la profunda soledad de su madre. Incapaz de aliviar el dolor de Sara, Harry busca el modo de detener la suya.
Todos los personajes de la película tratan de mitigar sus sufrimientos internos, ya sea por medio del amor, el café, el chocolate, las drogas o la televisión. “La causa principal es lo importante, no los métodos” -declara Aronofsky. “Lo bueno del trabajo de Selby es que éste muestra que todas esas distintas adicciones son, de hecho, muy parecidas: todas tienen como misión rellenar un agujero que tenemos en nuestro interior.”
Aronofsky quería que la atmósfera de la película subrayara la universalidad de los temas de Selby. Una de las maneras por las que procuró conseguirlo fue fusionando el lenguaje propio de la década de los 70 de la novela con la tecnología de consumo contemporánea como los teléfonos inalámbricos y las pantallas gigantes de televisión, situándolo todo en el paisaje eterno de su Coney Island nativo.
“Percibíamos que la historia de Réquiem por un sueño no tenía época” -explica Aronofsky-. “Uno de los elementos más contundentes de la novela es el uso que hace Selby de las jergas. No quise cambiar la poesía de Selby, así que decidí preservarla. Presentía que su argot funcionaría porque las palabras se ponen de moda y dejan de usarse del mismo modo que los cortes de pelo y las prendas de vestir. Mezclando este lenguaje con la tecnología moderna y la nostalgia por la vecindad de Coney Island, albergaba la esperanza de recrear el emplazamiento atemporal de una fábula.”
Se trata del “vivieron felices y comieron perdices” tras el que van Sara, Harry, Marion, y Tyrone, cada uno a su manera. Tienen muchos sueños distintos, todos bien comunes: esperanzas de riqueza, éxito, reconocimiento, fama, seguridad, amor…Como toda madre, Sara Goldfarb quiere ver a su hijo casado y con hijos, y sigue diciéndose que así será algún día. Cuando una llamada telefónica le promete una oportunidad en un concurso televisivo, es como un balón de oxígeno que le empuja a seguir adelante. Ellen Burstyn, ganadora del Oscar, nos dice de Sara, a quien encarna: “Nunca pensó que iría a la televisión. Se trata de algo verdaderamente estimulante en su vida. La revitaliza.”
Súbitamente, Sara deviene la estrella del corro local de vecinas chismosas, quienes le otorgan un lugar de honor en la acera donde toman el sol mientras espían a todo el mundo. Burstyn subraya: “Hay mucha comicidad al inicio de la película. Sara es un personaje divertido. Posee sentido del humor acerca de ella misma y de su situación.”
Bajo su jocosidad, Sara es lúcida como para ser consciente de su soledad. Dándole tanta importancia al hecho de ir a la televisión evidencia sentir que su existencia no posee objetivo alguno. Selby observa: “Sara es el resultado de otro tiempo, cuando de una mujer se esperaba que limpiara la casa, hiciera la comida, y cuidara del hombre. Solo que ahora, no tiene ningún hombre a quien cuidar.”
La fe de Sara en que su aparición por televisión cambiará su vida para mejor está muy extendida en una cultura propia de programas sobre la realidad tipo “¿Quién quiere casarse con un millonario?” y “El Gran Hermano.” El programa favorito de Sara, “The Tappy Tibbons Show”, no promete otra cosa que una transformación total en un tiempo récord. Como Eric Watson puntualiza: “Vivimos en una cultura del arreglo inmediato. A medida que se incrementa el ritmo y volumen de las comunicaciones, así procede nuestro anhelo de ser complacidos al instante. Creo que los sueños de la gente son los mismos de siempre, sin embargo, los mecanismos para satisfacerlos se han hecho mucho más sofisticados en los últimos cien años, de modo especial a partir de la aparición del teléfono, la radio, la televisión e Internet.”
Sara recurre a la televisión, al chocolate, y a sus brillantes esperanzas para poner algo de estabilidad en su vida. Su hijo Harry también busca; factor que empujó al actor Jared Leto a perder casi 12 kg. para reflejar el hambre voraz que mora en el interior de su personaje. “Es un caparazón vacío, y procura rellenarlo. Harry busca amor, y felicidad para sentirse realizado.”
En la persona de Marion, Harry ha hallado a alguien cuya hambre emocional coincide con la suya. Tal y como Jennifer Connelly la encarna, Marion es una joven brillante cuya glacial fachada oculta una angustia profundamente arraigada. “Creo que está increíblemente sola, y se siente marginada con casi todo el mundo” -comenta la actriz-. “Pienso que nunca se ha enamorado verdaderamente ni se ha sentido amada.”
Harry y Marion son gente incomunicada tratando de permanecer juntos, que da la impresión de tener la ocasión de conseguirlo. Connelly sintetiza la visión de la pareja de una vida compartida: “Van a vivir juntos intentando llenarse sus respectivos vacíos. Lo que no obtuvieron de sus padres, lo que se están perdiendo de la vida en general, van a saciárselo mutuamente de alguna manera.”
Marion se aferra a este sueño a costa de un tremendo coste personal. “Necesita como nadie creer que la unión entre ella y Harry puede ir bien para ambos” -destaca Connelly-. “Creo que al principio del filme Marion ya ha sufrido unas cuantas heridas y se halla poco menos que bloqueada. Cuando encuentra a Harry, le parece como si el mundo se le estuviera abriendo nuevamente.”
Marlon Wayans también contempla a su personaje, Tyrone, como alguien que busca unirse. “Perdió a su madre cuando contaba ocho años; su sueño es que un día alguien le ame otra vez y que le embargue el sentimiento de seguridad que tuvo cuando era niño.”
Connelly comenta: “Está esa increíble ansia en cada uno de los personajes y la necesidad de amainarla. La película explora la cuestión de cómo lo intentan, a falta de un buen sendero. ¿Adónde van? En la película, todos anhelan unirse y la tragedia reside en que ello nunca ocurre. No acaban de encontrarse.”
Desde el principio, era obvio que Réquiem por un sueño no sería un proyecto sencillo de consolidar. Watson, tras leer el guión de Aronofsky, recuerda: “era evidente que Darren iba a aplicar un
tratamiento visual altamente innovador
que elevaría la cinta a partir de una historia certera convirtiéndola en una que explorara los temas a través del lenguaje de las imágenes. Un “tratamiento visual altamente innovador” se traduce en la necesidad de disponer de mayor tiempo para todo el proceso de filmación y, en consecuencia, en la necesidad de más dinero y recursos para llevar a término la película. Tanto Darren como yo tomamos una decisión desde el principio: si no podíamos tirar adelante con ese estilo visual, no podríamos captar la esencia del libro.” Watson confió en su socio de producción, Palmer West, su compañía Thousand Words, y Artisan Entertainment para la consecución del dinero que precisaban para la realización del filme sin que tuvieran que comprometer su visión.
A la hora de hacer el reparto, Watson dijo que lo prioritario era hallar los actores adecuados que encarnaran a Sara y Harry Goldfarb. “Sabíamos que queríamos formar el reparto en torno a la relación de la madre y el hijo, entre los personajes de Sara Goldfarb y Harry Goldfarb; y nuestra primera decisión para el “casting” iba a ser coincidente. Cuando supimos que Ellen Burstyn se había mostrado interesada por el guión, Darren y yo nos excitamos muchísimo ante la posibilidad de trabajar con una de las actrices más grandes de América. Jared Leto había hecho con nosotros una lectura que evidenció elementos de sinceridad y honestidad que queríamos para Harry, y supimos que se trataba del actor que encajaría con Ellen.”
Aronofsky describe el trabajo con Ellen Burstyn como un privilegio excepcional. “Poca gente consigue jugar con Michael Jordan cada día. Así es como nos sentíamos todos. Ellen ha sido una profesional increíble, una inspiración. Abría su corazón cada día e inundaba nuestras lentes con amor.” Aronofsky precisa que el papel de Sara es de los que tanto física como emocionalmente pide mucho. Además de llevar encima una cámara en ciertas secuencias, Burstyn invertía cuatro horas cada mañana para que se le aplicaran prótesis. “En el filme, muestra cuatro cuellos distintos (propios de alguien graso y demacrado), dos vestidos para obesos (cuyos pesos eran de 18 y 9 kg. respectivamente), y nueve pelucas distintas. Una pesadilla técnica que ella aceptaba con los brazos abiertos. Verdaderamente estimulante. Y luego, venía su interpretación. Recuerdo que en una ocasión Matty Libatique estaba manejando la cámara y le costaba enormes esfuerzos mantener a Ellen encuadrada porque las lágrimas le empañaban el visor.”
Libatique no fue el único en romper a llorar. Hubert Selby, Jr. recuerda una visita al plató: “Llevaba observando a Ellen Burstyn durante unos diez segundos y ya me tenía en lágrima viva. Dios mío, es enorme.”
Por su parte, Burstyn disfrutó de la experiencia. “Uno de los motivos por los que quise hacer el papel es que hacía mucho tiempo que no tenía un reto parecido, si es que lo he tenido nunca. Darren desarrolla la técnica de cámara y de instrumental más compleja que haya conocido jamás.”
Nunca se quejó de ninguna incomodidad física. “Estoy muy impresionada por Darren Aronofsky. Creo que se trata del director joven más excitante con quien trabajar desde hace mucho. Cuando vi Pi, reconocí que se trataba de un gran talento, y quise contribuir en cualquier cosa que estuviera haciendo.”
Sus compañeros de reparto participan de parecidos sentimientos. “Posee una gran capacidad de visión y determinación y ese estilo que es absolutamente distinto. Es arrebatador” -expresa Jared Leto. Y añade al respecto de haberse sumergido en un papel tan oscuro y absorbente-: “Sólo tenía que ponerme en manos de Darren y tener fe en lo que estaba haciendo; dejarle que me condujera por el camino.”
Aronofsky celebra la entrega de Leto y de sus otras jóvenes estrellas, Jennifer Connelly y Marlon Wayans. “Jared, Jennifer y Marlon llegaron al límite. Jared perdió casi 12 kg.; Marlon se demostró a sí mismo ser un actor dramático, y Jennifer afrontó su papel con absoluto coraje y seguridad. Se involucraron a fondo; dieron a la producción un mes de su tiempo para ensayos. Todos aceptaron trabajar por una paga mínima; se metieron en el proyecto porque creían en el mensaje de Selby.”
Al director le encantó encontrar para el mismo Hubert Selby, Jr. un adecuado papel de malvado. “Fue idea de nuestra productora de línea hacer de él el guarda de la prisión que ríe. Cuando lo sugirió, yo estuve inmediatamente de acuerdo. El resultado final es que Selby se ríe de sus propios personajes en el clímax de la película. Es el condimento perfecto para el filme.”
Selby sabía que su novela estaba en buenas manos con Aronofsky. “El chico es un gran realizador. Pi, lo pensé y lo sigo creyendo, resulta una de las historias más originales que jamás haya visto en las pantallas; absolutamente excepcional, una historia extraordinaria. Se hace evidente que el hombre también es un buen guionista, y estoy convencido de que vive cinematográficamente. Yo lo veo todo como una historia; estoy seguro de que él lo ve todo como una película. Procede de un camino distinto, pero creo que ambos vamos a parar al mismo lugar, con la misma conciencia de lo que motiva al público.”
Réquiem por un sueño amplía el enfoque subjetivo que Aronofsky y el Director de fotografía Matthew Libatique ya exploraron por primera vez en Pi. “Una de las primeras razones por las que me sentí atraído por Réquiem por un sueño es que me permitiría seguir con algunos elementos de gramática cinematográfica que ya exploré en Pi aunque su narrativa se presentaba completamente distinta” -remarca Aronofsky-. “En Réquiem por un sueño tenía una nueva ocasión de desarrollar un filme totalmente subjetivo, sin embargo, con cuatro personajes principales en lugar de uno solo. Esta complejidad me estimulaba porque me obligaba a preguntarme cómo me las apañaría con subjetividades distintas en un mismo lugar y tiempo.”
Una respuesta estaba en la división de la pantalla, lo que podría aplicarse para representar diversos puntos de vista en la misma escena. También volvieron a emplear aparejos de cámara especiales
que ya usaron en Pi, entre las que se hallaban la Heat-Cam, la Vibrator-Cam, y la preferida de Aronofsky, la Snorri-Cam, que liga la cámara al cuerpo del actor. “Es lo último en cámara subjetiva. Procuré que cada uno de los principales actores tuviera un momento con la Snorri-Cam.”
El Director también aplicó una técnica que ha bautizado como “montaje de rap” (hip-hop montage), inspirado por la cultura rap de los años 80 en la que creció, y en su estética de muestreo, recombinación y collage. Aplicó esta técnica para mostrar el proceso de drogarse, lo que se concreta en una sucesión rápida de imágenes que acompaña la hipnótica banda sonora de tecno-rap de Clint Mansell. “Quería mostrar al público de la manera más rápida posible cómo es alguien antes de tomar drogas, y cómo es tras tomarlas; ese contraste era lo que me parecía interesante” -explica el realizador-. “Además, la naturaleza repetitiva del “montaje de rap” capta probablemente la naturaleza obsesiva de la adicción.”
Para aportar la intensidad visual de un nivel incluso más subjetivo, Aronofsky incrementó las técnicas de cámara con más de 100 efectos digitales. Todos esos planos tienen un substrato verosímil, en la línea de la famosa secuencia de la pluma con que se abre Forrest Gump (1994). Para poder llevar a término esas secuencias sin salirse del presupuesto, Aronofsky sabía que se hacía preciso un enfoque propio de guerrillero. Renunciando a búsquedas y desarrollos costosos para conseguir proezas creativas, reclutó los servicios de los artistas digitales Jeremy Dawson y Dan Schrecker; con ellos formó Amoeba Proteus, el brazo digital de Protozoa. Dawson y Schrecker diseñaron todos los planos en ordenadores de sobremesa, usando efectos sencillos en nuevos y sorprendentes procedimientos.
La banda sonora original de Clint Mansell para Réquiem por un sueño combina de modo extraordinario música electrónica con arreglos clásicos para cuerda interpretados por el famoso Kronos Quartet. Mansell descubrió que la combinación de sonidos nuevos con otros clásicos hacía posible elaborar una banda sonora que reflejara la atmósfera atemporal de la película. Compuso fragmentos de cuerda concretos para la banda sonora, y usó ejemplos que desarrolló. “Una vez que tuvimos todo en su lugar, creímos que estaría bien poner todas esas partes en juego interpretándolas a cuerda, porque ésta concede un tipo distinto de vida y vibración a la música.”
Aronofsky se puso en contacto con Kronos Quartet tras haberles visto actuar en Nueva York. Éstos se mostraron interesados por la idea que subyacía tras la composición. Después de escuchar la música y ver la película, Kronos firmó su participación. Para Mansell, ello significaba una experiencia enormemente satisfactoria a distintos niveles. “Era estupendo trabajar con ellos. Era fantástico que un grupo de músicos de su reputación y gusto quisieran involucrarse con lo que estábamos haciendo.”
Réquiem por un sueño es la primera película en color de Aronofsky. El realizador estaba especialmente atento a usar ese recurso del modo más efectivo posible, estudiando pormenorizadamente esta cuestión y examinando el color de las imágenes. “Tratábamos de precisar el límite de la paleta de colores de la película con objeto de controlarla, albergando la esperanza de que de ese modo hiciéramos una relación con nuestras preferencias. Nuestra primera decisión fue eliminar prácticamente de la película el color rojo. El único lugar en que permitimos el rojo es el cabello de Sara y su vestido. Optamos por ello porque el color rojo está muy presente en los sueños de Sara. Queríamos que aquí el color saltara de la pantalla.”
Coney Island, con su bello desamparo, dotada de sus evocativas reliquias del pasado, puede considerarse un personaje de la película. Aronofsky se sentía emocionado de estar haciendo una película en su ciudad natal. “Era el sueño de toda mi vida: regresar al vecindario de mi infancia y rodar un filme. La increíble estética de Coney Island me ha influido desde que era niño. Crecí en el Cyclone (la famosa montaña rusa de madera de Coney Island), y siempre he querido mostrar mis calles al mundo.”
De otro lado, el director estaba encantado de tener a familiares y amigos tan cerca. Incluyó a su madre Charlotte como una de las amigas de comadreo de Sara, mientras que su padre Abraham encarna a un hombre que lee el diario en el metropolitano. Aronofsky nos dice que su padre se lo pasó bastante bien con su papel. “De hecho, preguntó si podía decirle a la cara a Sara Goldfarb que era una “chiflada”. Le respondí que no había problema; y así es como mi padre consiguió pronunciar su primera frase en un largometraje.”