TIGRE Y DRAGÓN (Wo hu cang long) (Crouching Tiger, Hidden Dragon)

Película estrenada entre 2000

Director: Ang Lee. 2000. Taiwan-Hong Kong-EE.UU.-China. Color

Intérpretes: Yun Fat Chow, Michelle Yeoh, Ziyi Zhang, Cheng Chang


China, principios del siglo XIX. El famoso guerrero Li Mu Bai decide abandonar su entrenamiento y retirarse. Aunque aún conserva la esperanza de vengar la muerte de su maestro, envenenado por la malvada Zorra de Jade, entrega su espada, el Destino verde, a su compañera de artes marciales y amor secreto Yu Shu Lien. A pedido de Li Mu Bai, Yu entrega la espada al respetado Sir Te en Beijing. Pero esa misma noche, un ladrón enmascarado roba el Destino verde. Yu persigue y se enfrenta al ladrón que, para sorpresa suya, domina técnicas avanzadas de lucha. La investigación conduce a Jen, una joven aristócrata por la que Yu siente simpatí­a. Cuando Li Mu Bai llega a Beijing descubre que la joven, además de ser la ladrona, fue entrenada por la Zorra de Jade. A pesar de ello, ve en Jen gran talento como luchadora y le ofrece ser su maestro.


El segundo resurgir del Wuxia Pien

(La palabra wuxia se compone de dos caracteres. Wu se utiliza para nombrar lo bélico o lo relacionado a las artes marciales, Xia define al tipo de héroe propio del wuxia. La palabra Pien refiere, por su parte, a un filme o un drama serial)


No hay como la distancia para comprender la verdadera magnitud de una pelí­cula. Hoy, cinco años después de su estreno, se puede afirmar sin miedo al error que Tigre y Dragón marca el salto definitivo a la mundialización del “wuxia”, género -o subgénero si se quiere- hasta entonces nada o casi nada conocido por occidente, y reducido por lo general a los mercados internos de sus paí­ses de origen, a saber, China y Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur.

Dentro del cine oriental de artes marciales existen básicamente dos grandes vertientes: el cine de “kung fu” y el “wuxia” o ficción marcial de caballerí­a. La diferencia básica entre ambas categorí­as es el elemento mí­stico, ausente en la primera, que por lo general se adhiere a un plano más terrenal y respeta las leyes de la gravedad; y con un papel protagonista en la segunda, donde los personajes suelen lograr piruetas inverosí­miles al punto de levitar, y las espadas y la magia son moneda corriente.


Los héroes en el “wuxia” han alcanzado tal grado de destreza en el uso de las artes marciales que desarrollan poderes sobrenaturales, siendo capaces, por ejemplo, de ser duros como el hierro y repeler cualquier ataque, de aparecer y desaparecer a voluntad, de dominar los elementos naturales o los fenómenos climáticos. Son usualmente caballeros errantes, fieles sólo a sus principios, capaces de obrar en contra del orden establecido y de batallar solos contra un ejército entero si hay una causa que lo amerite. Defender su honor y su palabra los puede llevar a la muerte, y esto es un desenlace trágico recurrente para las historias que narra el “wuxia”.


Y lo que a ojos occidentales puede parecer una moda menor y sin ninguna importancia para la historia del cine ya se conforma como género literario en forma de narraciones orales y escritas en el siglo IX y aparece plasmado en la pantalla grande por primera vez en el Shanghai de comienzos de los años veinte. Los entendidos aseguran que Burning of the Red Lotus Monastery (1928, Zhang Shichuan) es uno de los más grandes “wuxias” jamás filmados. El género ha sufrido grandes altibajos en producción y calidad a lo largo del siglo, siendo el estudio Shaw Brothers el responsable de su primer gran renacimiento en la década del sesenta. Directores como King Hu, Chor Yuen o el maestro Chang Cheh gozaron de presupuestos importantes para la realización de sus filmes y supieron volcarlos coherentemente, otorgándole un plus de nervio y espectacularidad al género.

Desde la década de los años 70 el género perdió protagonismo dado el buen recibimiento internacional del cine de “kung fu”. Desde entonces mantuvo un bajo perfil, aunque se puede rescatar al menos una veintena de tí­tulos wuxia de interés en el perí­odo 1970-1999, y directores hoy consagrados y aclamados como Tsui Hark, John Woo, Johnnie To y Wong Karwai han sabido dar sus aportes al género. Pero será recién en el 2000 que Ang Lee creará un éxito “wuxia sin precedentes”, la pelí­cula que se comenta.


Varios crí­ticos de occidente han hablado de Tigre y Dragón como el resultado de un inteligente cruce de géneros, de una pelí­cula donde se aúna la tradición del cine oriental de artes marciales con el drama y el cine romántico occidental. Estas afirmaciones sólo pueden ser resultado de la falta de conocimientos o de la poca voluntad para investigar por parte de estos sectores de la crí­tica, supuestamente especializada. Tigre y Dragón es, a todas luces, wuxia. Las historias de amor y tragedia y los personajes ambiguos alejados de la dicotomí­a bien / mal ya estaban presentes en el “wuxia” clásico. Los únicos aspectos por los que Tigre y Dragón se podrí­a distanciar un poco de otras pelí­culas del género son su cuidado estético y técnico y las grandes actuaciones que Ang Lee supo recibir de su elenco. Este último punto es remarcable porque en cualquier pelí­cula de artes marciales los actores gastan demasiadas energí­as en el rodaje de las secuencias de acción, y normalmente a la hora de ensimismarse en un papel no alcanzan la concentración necesaria. Por otra parte, no se le puede exigir a un acróbata experto en “kung fu” que además sea buen actor. El multifacetismo no es caracterí­stica muy común en los actores de cine “wuxia”.


El buen recibimiento por la crí­tica de occidente se puede comprender, en parte, a que Tigre y Dragón ofreció en su momento escenas nunca antes vistas ni imaginadas por estos especialistas, quienes atónitos y carentes de un marco de referencia en donde encasillarlas, las consideraron algo sumamente original y novedoso. Es lo que suele ocurrir cuando sólo una parte parcial de la cinematografí­a de un paí­s se cuela por primera vez en occidente. Amplios sectores de la crí­tica se entusiasman y terminan por calificar como obras maestras estos materiales dada su aparente singularidad. Esto puede hablar muy bien de la apertura mental de los crí­ticos, pero muy mal de su incontinencia a la hora de derrochar adjetivos edificantes.

Todo fueron elogios también cuando se dio a conocer la iraní­ El sabor de las cerezas (1977, Abbas Kiarostami). Luego de un par de años para fruición de cierto público comenzaron a circular otras pelí­culas de Kiarostami con gran parecido estético y argumental: Y la vida continúa (1991), A través de los olivos (1994), El viento nos llevará (1999). El crí­tico que se habí­a deshecho en halagos por El sabor de las cerezas comenzó a dudar. ¿Cuál de todas estas pelí­culas era la obra maestra de Kiarostami? ¿Lo eran todas? ¿O ninguna?

Hoy en dí­a esta tendencia de la crí­tica se puede ver reflejada en un excesivo sobredimensionamiento del cine oriental, certeramente comentado por Jorge Mauro de Pedro: ” de eso a considerar sobresaliente, magistral o directamente insuperable dos de cada tres pelí­culas que nos llega de Thailandia, Taiwán, Hong Kong, Vietnam, Japón o China, dista un mundo. Da la sensación de que ciertos “autores” de estas latitudes han sido consagrados de manera precipitada, fundamentándose las alabanzas en apenas un par de pelí­culas notables. Cuando seguimos viendo obras de estos mismos directores, descubrimos pasmados que repiten una y otra vez el esquema argumental de aquella pelí­cula que les ayudó a consagrarse en Occidente… cuando no resulta que sí­, que tienen otros 50 filmes a sus espaldas… a cual más insulso y desafortunado.”

Pero dejando de lado los vicios de la crí­tica o los comentarios que la pelí­cula suscitó en su momento, cabe preguntarse: ¿realmente Tigre y Dragón fue tan genial como para merecer una unanimidad crí­tica favorable? Detengámonos (ahora sí­) en la pelí­cula correspondiente al artí­culo.

Uno de los platos fuertes en el filme fue, y sigue siendo, las secuencias de lucha. Y hablar de ellas es hablar del maestro coreógrafo y director Yuen Woo Ping. Este sujeto, conocido para el público occidental por sus trabajos en la trilogí­a The Matrix (Wachowski, 1999, 2003, 2003), Kill Bill
Vol. 1 (2003, Quentin Tarantino) o Kung Fu Hustle (2004, Stephen Chow), lleva más de treinta años ideando secuencias de “kung fu” y tiene entre otros méritos el de haber cimentado las carreras artí­sticas de estrellas como Jackie Chan o Jet Li, además de filmar un centenar de escenas inevitables para cualquier antologí­a seria del cine de artes marciales. Al igual que otros maestros coreógrafos y también directores como Ching Siu Tung (hijo del anteriormente nombrado Chang Cheh) o Corey Yuen, Yuen Woo Ping sobresale por su portentosa imaginación para crear atmósferas mediante el vértigo de las peleas y por tener un estilo propio reconocible.



Y es que a uno se le quitan las ganas de parpadear cuando se cruza con las coreografí­as de Yuen Woo Ping; su estilo prescinde por lo general de un montaje acelerado, mostrando una secuencia completa de golpes en una toma simple y en planos medios o generales, de forma de poder ver a los contrincantes de cuerpo completo y en todos sus movimientos. Asimismo su preferencia por golpes tomados de las verdaderas artes marciales aporta realismo y la utilización de todo tipo de elementos de la vida cotidiana como armas improvisadas, ya sean palitos chinos, paraguas, escobas, cubos de basura y hasta animales vivos como serpientes y escorpiones, agrega un toque satí­rico y bizarro a las peleas.

Ang Lee pensó originalmente en filmar las escenas de acción a su manera, y presentó a Yuen algún boceto con sus ideas, casi todas impracticables. Cuando Lee por fin asumió que no se iba a poder llevar a cabo lo que proponí­a se dirigió a Yuen en estos términos: “Maestro, estoy equivocado, hagámoslo a su manera”. La admiración de Lee por el coreógrafo también se hace evidente en esta cita: “Woo Ping ha dirigido más pelí­culas que yo, y mejores”.


Las escenas de pelea de Tigre y Dragón son una buena muestra de la maestrí­a de Yuen, aunque no sean de lo mejor que ha hecho. En particular los dos encuentros entre Michelle Yeoh y Zhang Ziyi son de una belleza apabullante, dignos de ser vistos una y otra vez. Los enfrentamientos dicen mucho del estado de ánimo de los protagonistas, y en la mayorí­a de ellos una de las partes no pretende hacer daño a la otra, sino sólo dejar en evidencia su superioridad en la técnica.

Pero tal vez las verdaderas escenas de antologí­a en El Tigre y el dragón sean la incomparable persecución volátil por los tejados y la lucha entre Chow YunFat y Ziyi sobre una arboleda de bambúes, ambas escenas en homenaje al clásico wuxia Hsia nu (1969, King Hu), pelí­cula integrada recientemente a la lista de las cien mejores de todos los tiempos según la revista “Time”.


Si bien las escenas de lucha son irreprochables, hay fallas en la pelí­cula y es básicamente un problema de ritmo lo que obstaculiza su visión. Al igual que en Hulk (2003), Ang Lee no supo dosificar bien las tensiones intrí­nsecas del relato; y a pesar de que la no consumada relación amorosa entre los personajes de Yun Fat Chow y Michelle Yeoh aporta una fuerte carga dramática, la de Ziyi y Chang Che, es menos atractiva, y las escenas de su amorí­o en el desierto se tornan demasiado extensas.

El director ha dicho, no sin razón, que Tigre y Dragón es algo así­ como Sentido y sensibilidad (1995), pero con artes marciales, ya que ambas pelí­culas se detienen en el choque causado por las obligaciones sociales en su conflicto con los sentimientos latentes de las protagonistas femeninas, y esta afirmación puede sugerir cierta sospecha de fórmula repetida, de artificio. A diferencia de Sentido y sensibilidad, las partes dramáticas carecen del nervio suficiente como para conmover o transmitir emociones fuertes, y esto tal vez se deba a cierto énfasis del director en querer homenajear y a su vez reivindicar el género, pero de forma en que éste pueda ser aceptado masivamente, es decir, cuidando los aspectos técnicos y estéticos rigurosamente y utilizando fórmulas dramáticas que, como ya ha dicho la experiencia, funcionan.

El resultado es una pelí­cula irregular, con algunos tramos sentidos y brillantemente logrados y otros insulsos y casi carentes de interés, como si el empuje y el amor por el cine de Ang Lee hubiesen sido fragmentados y estuviesen presentes sólo en treinta o cuarenta minutos dispersos del metraje.


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