LA HABITACIÓN DEL HIJO (La stanza del figlio)

Película estrenada entre 2001

Director: Nani Moretti. 2001. Italia-Francia. Color

Intérpretes: Nanni Moretti (Giovanni Sermonti), Laura Morante (Paola), Jasmine Trinca (Irena), Giuseppe Safelice (Andrea), Sofia Vigliar (Arianna)

Un dolor indescriptible puede llegar en el momento en que menos se piensa. No un dolor físico, sino uno del alma. Justo cuando todo a nuestro alrededor es sinónimo de paz y estabilidad, basta un mínimo detalle para terminar siendo presa de la fatalidad. Lo peor: por lo regular solemos acostumbrarnos a los tiempos de bonanza, sin embargo, nunca tomamos en cuenta el otro extremo de la línea.

Preocupados por acercar al hogar los bienes necesarios para el confort de nuestra familia, la mayoría de las veces olvidamos los pequeños detalles que son mucho más placenteros. Decir te quiero debe ir acompañado con las muestras que lo confirmen. Si se deja pasar de largo la oportunidad de hacerlo, cuando se quiera demostrar, puede ser ya demasiado tarde.

Pero en ciertas ocasiones es el propio destino quien mueve nuestras decisiones y motiva que sea el azar el encargado de concluir la jugada. Giovanni Sermonti, psicoanalista de reconocida experiencia, atiende en un consultorio dentro de su misma casa a un grupo de pacientes, por demás diversos entre sí, pero cuyo común denominador es la necesidad de amor, carencia que en cada uno de ellos toma diversos síntomas, llevándolos a traumas potencialmente peligrosos.

Giovanni, ha sabido mantener en perfecta distancia su trabajo de su vida privada. Su relación con Paola forma un matrimonio del todo estable. Aunque, ¿Por qué no decirlo? A pesar de que ella también es una profesional exitosa, entre ambos media cierta rutina. Esta pareja tiene como principal eje rotor de sus vidas a sus hijos Andrea e Irena, dos adolescentes que complementan una familia perfectamente funcional en estos difíciles tiempos de inadaptación juvenil, donde por lo regular, los críos se ven envueltos en vorágines de droga y violencia.

Aquí los chicos son guiados por sus padres en el camino del estudio, el deporte, las buenas relaciones y el amor de familia. No son millonarios, pero gozan de una posición desahogada, que les permite vivir con tranquilidad. A pesar de todo, como es lo normal en cualquier caso -aun en las “mejores familias”- el chico se ve envuelto en un malentendido escolar que le acarrea problemas y por el que su padre tiene que responder ante las autoridades académicas. Unas cuantas investigaciones resuelven que su hijo fue víctima de una trampa. Sin mayores consecuencias las cosas parecen llegar a buen puerto. Pero Andrea continúa deprimido y, paradójicamente, su padre psicoanalista no sabe cómo hablar con él para ayudarlo en esos momentos de crisis personal.

Entre sus pacientes se encuentra uno con fuertes problemas de dependencia, maníaco depresivo y potencialmente suicida, que un fin de semana le pide urgentemente que lo atienda a domicilio, situación que contraría mucho a Giovanni, que justamente comprometió ese día con su hijo para pasear juntos y hablar.

Desgraciadamente esa charla jamás llegará, pues al regresar a casa de ver a su paciente -nervioso por una estupidez sin importancia-, descubre que su hijo sufrió un accidente. La muerte se adelantó a sus buenos deseos y ahora entre él y Andrea quedarán muchas cosas en el aire, sin la oportunidad de hablarse nunca. La estabilidad de la familia queda en entredicho, pues se descubren más vulnerables que nunca. El sólido núcleo que la conformaba ha quedado cojo. De los dos pilares que la sostenían uno ya no está, y al otro, Irena, parece que la han olvidado.

Giovanni deambula por las calles, por las tiendas, por los caminos comunes a su hijo, incluso descubre su habitación por vez primera. Finalmente se da cuenta de una cosa: no lo conocía. Vivió amándolo por años, pero no lo conocía, no sabía que es lo que pensaba, soñaba o deseaba para él y los suyos. No lo conocía y eso le atormenta aun más. Pero como el duelo no puede durar siempre, el trío vuelve a las actividades cotidianas. La hija al equipo de baloncesto escolar, la madre a los libros y él con sus pacientes.

Su dolor por la pérdida de Andrea le nubla la vista. De la misma forma en que desatiende a su ahora única hija, Giovanni pretende hacer de lado a sus pacientes, almas solitarias que ven en su psicoanalista la tabla de salvación que los mantiene a salvo de sus demonios interiores. Ahora que se atreve a decirles que no los atenderá más, se da cuenta de lo mucho que lo necesitan. En él depositaron su última esperanza, su confianza, sus deseos de vivir y ahora los abandona, pero ¿qué hacer si él esta tan a la deriva como ellos?

Sentarse a escuchar problemas que le son tan ajenos mientras su cicatriz aún está fresca es demasiado, sobre todo si tiene que escuchar los absurdos comentarios de aquél a quien atendió cancelando la cita con su hijo. Aquél a quien en el fondo condena de su suerte. Pero el descubrimiento de un amor en la vida de su hijo adolescente viene a dar un nuevo cariz a las cosas. Una carta revelará que su hijo se enamoró de una joven a quien rápidamente la madre trata de contactar, y aunque ella se niega en principio a visitar a la familia, finalmente accede a conocerlos.
Arianna, la chica en cuestión, tiene ahora otra pareja, que en cierta forma les recuerda a Andrea. La comunicación que se establece entre la madre y Arianna saca a la luz la otra cara de su hijo, la del joven en camino de convertirse en hombre. Del niño criado por sus padres poco quedaba, esa es la principal razón por la que su padre lo conocía tan poco.

La chica y su novio viajan mochila al hombro fuera del país. Giovanni y su familia deciden llevarlos por carretera, conduciéndolos hasta el mar para despedir también el recuerdo de Andrea, el hijo a quien tanto amaron, y que con este viaje de adiós simbólico se lo demuestran de nueva cuenta. Los resquebrajamientos de una anquilosada familia quedarán enterrados en la arena. La muerte del hijo se erige como vínculo entre tres seres urgidos de un afecto que solamente alcanzarán sin miran hacia el interior de sus propios sentimientos.


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