SANGRE CANÍBAL (Trouble Every Day)

Película estrenada entre 2001

Director: Claire Denis. 2001. Francia. Color

Intérpretes: Vincent Gallo (Shane), Tricia Vessey (June), Béatrice Dalle (Coré), Alex Descas (Léo), Florence Loiret-Caille (Christelle)


Shane y June son una pareja de recién casados que pasan su luna de miel en Francia. Hace unos años Shane fue sometido a unos experimentos relacionados con la libido humana que le provocaron una tendencia caní­bal en el campo sexual. Por su parte Coré ha escapado de esos mismos laboratorios y ha sido encerrada por un amigo en una casa para impedir que haga daño a alguien. Shane y Coré están destinados a luchar contra su ansia de sexo y de carne humana.


Las constantes del cine francés contemporáneo se han movido en los últimos años dentro de los márgenes del desencanto, el nihilismo y la frustración de las relaciones de pareja. Pareciera ser que la vivencia del amor como acto de pareja ha perdido credibilidad y parece estar condenada, “per se”, al fracaso

.

Trouble Every Day (2001) -editada en DVD con el explí­cito tí­tulo Sangre Caní­bal-, es una pelí­cula de la que podrí­amos decir que exuda “francesidad” por todos lados, pero agregando un elemento de género fantástico prácticamente jamás explotado por cinematografí­a gala: el “gore”. Más allá de las obsesiones erótico vampí­ricas de Jean Rollin durante los setenta y ochenta y ese raro ejemplo de terror “gore” francés llamado Baby Blood, firmado por Alain Robak en 1989, el filme que ahora nos compete, es dirigido por la cineasta Claire Denis dentro de las constantes del cine francés de los últimos años: la problemática de la pareja moderna, el amor maldito por las circunstancias y la soledad del individuo.

El problema diario al que se refiere el tí­tulo original, es el que sufren Shane y Coré, infectados de un virus que les provoca una insaciable hambre de sangre humana. Dicho en un renglón pareciera una simple pelí­cula de zombis o caní­bales al más puro estilo de “exploitation movie”, pero no es así­.

Shane es un cientí­fico de éxito que trabaja para una poderosa firma de laboratorios en los EE.UU., pero años atrás trabajó con el doctor Leo Semeneau en un proyecto sobre la libido humana. Ambiciosamente traiciona a su amigo y roba la fórmula, experimentándola en sí­ mismo y en Coré, amiga suya esposa de Leo y también cientí­fica. En ambos el resultado es desastroso, pues eleva su excitación a grados brutales que exigen a la par del orgasmo, el irrefrenable deseo de sangre humana, por lo que en pleno acto sexual matan con sus propias manos y dientes a su pareja en turno para comer de ellos.

Ahora Shane vuelve a Parí­s para disfrutar de su luna de miel, viaje que sirve de pretexto para que busque desesperadamente a su viejo amigo, expulsado de la comunidad cientí­fica por sus teorí­as, quien ahora vive un infierno cotidiano al cuidar de su esposa, quien a cada momento escapa para dar rienda suelta a sus instintos. Mientras, Shane es incapaz siquiera de tocar a June, su esposa, sabiendo que por muy grande que sea su amor la condena a la muerte con tan solo tocarla, viviendo una frustración sexual tan grande como su sed de sangre.

Ese es el problema de todos los dí­as de los cuatro protagonistas: la impotencia de poder consumar su amor. La directora pone en escena una pelí­cula de amor maldito de manera delicada, con lentos movimientos de cámara y planos largos donde el uso del tiempo muerto transmite la pesadez de los personajes hastiados de soportar una maldición más allá de sus lí­mites, baste observar la expresión frustrada y frustrante de Shane al tener ocasionales roces con mujeres en el metro o las escaleras, sediento de poseerlas, pero incapaz de alcanzarlas, más aun cuando al tener escarceos con su esposa debe encerrarse en el baño para masturbarse y evitar hacerle daño. Él logra, a su pesar, controlar su instinto, mientras que Coré da rienda suelta a él, aun en su propia casa, cuando asesina a un amante ocasional que se ha introducido a su mansión.

Pero lo que más puede helar la sangre del espectador es la forma impersonal de la directora de mostrar los hechos sin tomar partido por ninguna situación, ni siquiera permitiendo que el espectador sienta algún tipo de identificación con los personajes. Lo anterior se logra gracias a que introduce en medio de las ya de por sí­ sobrias secuencias, escenas de carácter documental de distintas pruebas efectuadas en los laboratorios, que sumadas a la utilización de la cámara en mano, refuerzan la sensación de inquietud. Se apoya básicamente en el uso de esas imágenes neutras, para dar continuidad y un ritmo semi-lento a la pelí­cula, cuyos diálogos se han reducido al mí­nimo necesario, dando paso a sonidos ambientales y una opaca pieza de piano.

Aun las brutales secuencias “gore” son filmadas con una crudeza que, paradójicamente, las exenta de cualquier tremendismo, pues lo que vemos en pantalla más que una acción premeditada de un vulgar asesino, es el sí­ntoma de una enfermedad patológica que deviene en trauma psicológico e inestabilidad social -la auto-segregación de Shane, la reclusión de Coré- donde sólo existen dos opciones a seguir: la tomada por ella es la muerte voluntaria.

Él, por su parte, acepta su mal cuando al no poder reprimirlo más, seduzca, viole y mate a la atractiva camarera del hotel donde se hospeda. Escena que va “in crescendo”, desde los besos y gemidos de placer de ella, hasta los más aterradores gritos de desesperación y muerte, cuando el beba la sangre directo de su vagina, en un perversa y mortal muestra de sexo oral. El horror en estado puro. Mismo horror que experimenta June, en el último plano de la cinta, claramente revelador, con ella mirando hacia fuera del espacio de la pantalla mientras abraza comprensivamente a su desdichado marido -que pide tristemente volver a casa-, desnudo en la regadera acabando de limpiar las huellas de sangre de su cuerpo y del baño, que ambos observan. Sabe que su amor será inconsumado y que lo peor aún está por venir, y sin embargo, lo acepta.

Claire Denis ha utilizado el “gore” para hacer una pelí­cula aparentemente ceñida al género de horror. Pero si leemos con más atención, se trata de una amarga reelaboración sobre la soledad, pero sobre todo de la pérdida de la afectividad humana -y sobre el riesgo del sexo sin control, si se quiere caer en un reduccionismo moralista. Trouble Every Day, se trata, pues, de una de las últimas vueltas de tuerca en el escaso “gore” francés como vehí­culo de expresión filosófica, utilizando la carne y la sangre como medios para la deconstrucción del individuo perdido social y emocionalmente.


Pocas pelí­culas tan perturbadoras en los últimos años como esta de la francesa Claire Denis. Otorga aquí­ acogida a las manifestaciones más desbocadas del deseo, del erotismo entremezclado con la morbidez o más bien lo lleva a superar la frontera de los más temidos tabúes.

Esta historia de amor y sexo hasta el crimen no llegarí­a mas allá de lo puramente sensacionalista de no ser por esa atmósfera tan extraña que la directora sabe imprimir a su filme, por un lado le da una apariencia de cotidianeidad que roza lo social (y en cierta manera lo es), por otro le da apariencia bizarra como preparándonos para una pelí­cula fantástica (y también tiene de esto) y en otros la dota de una sensualidad propia del “softcore” (y lo es). Lo que nos propone es una visión de la satisfacción de los deseos a un punto en que sean indistinguibles, inteligentemente evita dar explicaciones (se sugiere solamente una de orden cientí­fico) y mantiene todo en la más absoluta ambigüedad como en la polémica secuencia del encuentro sexual de la lasciva Vea trice Dalle con su inocente ví­ctima, mezcla desconcertante de observación casi clí­nica con unos sensuales acordes musicales nos manifiestan un acto monstruoso y tierno a la vez.

Visión casi antropológica sobre las manifestaciones del inconsciente dentro de la sociedad moderna Trouble Every Day
(Sangre Caní­bal en el DVD) es una interesantí­sima cinta que nos revela la coherencia de una cineasta con preocupaciones e intereses propios. Queda para el recuerdo a ese Vincent Gallo
con talante vampí­rico y sus vagabundeos hambrientos. Una pelicula ciertamente no apta para todos los gustos.



Fue Sófocles, si no me equivoco, quién interpelado por algún efebo griego al que seguro le poní­a el culo fino afirmó que haber llegado a la vejez le hací­a sentir libre pues habí­a conseguido liberarse del amor, que según él le perseguí­a “como un animal furioso y fiero”. Creo que poseo un puntito pataleta romántica, en el sentido más mundano del término, sin duda causada por una especie de sí­ndrome de Peter Pan que me convierte en un bobalicón con la cabeza en las nubes para el que las pelí­culas que ha visto, los discos que ha escuchado y los libros que ha leí­do le sirven de guí­a para una vida en la que parece condenado a la hostia continua por resistirse a aceptar que, por cojones, hay una cosa llamada ficción y otra realidad.


La referencia a Sófocles es la mejor manera de introducir lo que Trouble Every Day significa y como es una pesadilla de la que todo romántico se alimenta. Si el cine ha hecho del amor y la muerte los temas centrales de su poco más de siglo de vida es porque como vómito vital de nosotros se convierte en terreno para soñar la ficción de nuestra realidad, quizás en un empeño basado en paliar, aunque sea a fuerza de mentira, aquello que en nuestra realidad real (y no puedo evitar reí­rme un poco al escribir esto) ya es irremediable, sea porque no pudo ser o porque nunca ha existido. Una persona cualquiera (y no miro a nadie) puede sentir la tragedia romántica de, por ejemplo, Wong Kar Wai como si fuese la suya propia, sin pararse a preguntar lo sincero de tal creación, sólo porque en algún momento se ha visto allí­ reconocido y porque esa ficción, en caso de ser efectivamente ficción, es su ficción. He mencionado a Wong Kar Wai por ser, quizás muy a su pesar, la punta del iceberg de lo que el romanticismo cinematográfico significa hoy en dí­a, y pese al injusto encumbramiento que tal autor ha sufrido por parte de la crí­tica cinematográfica más anquilosada y de la correspondiente e fauna de filmotequeros, me parece adecuado mentarlo como hermano bueno del aquí­ hermano malo, que es Trouble Every Day.


Si lo que en el hongkonés es poesí­a corporal y susurro angustiosos sobre el anhelo, en la pelí­cula de Claire Denis es grito histérico a pleno pulmón sin dejar de lado esa poética de miradas, roces y encuentros furtivos. Porque no nos engañemos: tanto hablan de cómo el deseo y el amor se matan el uno al otro en “2046″ como en Trouble Every Day.

La pelí­cula de Claire Denis es sincera desde el mismo punto de vista temático: “eros y thanatos” son nuestras vidas, y todo lo que hay en medio de ellos está muy cerca situado. No considero que sea para nada malo. Al fin y al cabo, una pelí­cula que habla sobre el amor ha de tener su punto importante de estética, y su efectismo entronca con la intención misma de ese argumento que se me presenta como excusa muy bien camuflada, porque lo que se quiere contar está muy claro, y a nivel literal: el deseo nos devora, y por él nos comemos vivos los unos a otros. Como ese animal furioso y fiero.

Es el anhelo lo que convierte el amor en deseo, y es su desproporcionada fuerza la que luego nos hiere pidiendo más al no complacernos nunca. Tanto Beatrice Dalle como Vincent Gallo buscan algo en ese deseo que confunde con amor y viceversa, sin que su hambre cese nunca. La decepción nos hace seguir insistiendo porque debe de haber algo más, “tenemos que llegar a sentir algo especial”.

Si Trouble Every Day es tan violenta y sangrienta es porque es la metáfora en estado bruto, es la personificación de el dolor fí­sico que el amor produce. Ya no sólo sufre alguien a quien le rompen el corazón, sino también aquel que lo rompe.

Igual me estoy equivocando y estoy soltando mi discursito sobre una pelí­cula hecha con quién sabe qué finalidad por cuatro culturetas gilipollas y que no tiene nada que ver con lo que yo digo. ¿Confundiendo realidad y ficción?, es que no escarmiento. Puede ser, pero yo lo veo así­, y ahora mismo no sé si he escrito sobre Trouble Every
Day o sobre mí­ mismo, pero me da igual, porque la mirada final de Vincent Gallo tras toda esa sangrienta búsqueda que no sacia, me sigue pareciendo que dice lo mismo: no hay consuelo. Estamos solos. Para siempre.


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