SEXY BEAST

Película estrenada entre 2001

Director: Jonathan Glazer. 2001. G.B. Color

Intérpretes:
Ben Kingsley (Don Logan), Ian McShane (Teddy Bass), Ray Winstone (Gary “Gal” Dove), Amanda Redman (Deedee), Cavan Kendall (Aitch), Julianne White (Jackie), Álvaro Monje (Enrique), James Fox (Harry), Robert Atiko (Andy)


Tras haber pasado una temporada entre rejas, Gal Dove vive ahora felizmente retirado en un chalet de la Costa del Sol española, junto a su mujer, a quien adora. Sin embargo, su felicidad se empaña con la llegada de Don Logan, un antiguo compinche que intenta convencerle de que vuelva a Londres para un último gran golpe.


Ben Kingsley (Ghandi) interpreta a un endurecido gánster de Londres, con un cerrado acento cockney que será difí­cil traducirlo al español y que impregna a todos los personajes. Su interpretación, al igual que los demás, está bastante bien.

Tiene un grado de intensidad, es entretenida e impredecible hasta cierto punto. Está principalmente rodada en el norte de Almerí­a, por lo que no se esperen la Costa del Sol de Marbella. Afortunadamente no recurre a los tí­picos estereotipos y se limita al mundo endogámico de unos adinerados jubilados: su villa, restaurantes, la playa y sobre todo mucho sol, que es lo que les vuelve locos.

Nos zambulle en el mundo de los gánsteres Londinenses, un mundo irreal en mi opinión ya que no tienen fama. Pero con el éxito de Snatch, Lock Stock y Two Smocking Barrels y otras está de moda trasponer los estereotipos americanos en Inglaterra, consiguiendo cierta frescura y originalidad.

No es tan buena como para querer verla una segunda vez, pero a quien agrade Ben Kingsley -gran actor- o el mundo del crimen, vale la pena. Al final acaba uno pensando lo afortunado que es de no ser un gánster.


El ex presidiario Gary “Gal” Dove (Ray Winstone) ha purgado sus fechorí­as entre rejas y está felizmente retirado en una paradisí­aca finca española con su mujer a la que adora. El idilio se rompe en pedazos con la llegada de su Némesis: Don Logan (Ben Kingsley), que intenta convencer a Gal para que vuelva a Londres a dar un último gran golpe. Capaz de cualquier cosa con tal de no sacrificar su plácida existencia, Dove se ve inmerso en una terrible y explosiva batalla de voluntades con Logan, una batalla que redefine su concepto del amor, el honor y el compromiso.

Si uno pasa por alto los reparos iniciales que podrí­a despertar el desafortunado tí­tulo de esta cinta -más propio de una comedia protagonizada por universitarios o solterones sedientos de sexo-, se encuentra con una pelí­cula, atí­pica en su tipicidad, que comienza como una comedia veraniega, ligera y de escasa trascendencia, continúa por los imprevistos derroteros del drama, y acaba recreando un “robo perfecto”, siempre, en todo caso, a caballo del cine de gánsteres en su sentido más amplio.

Gal Dove (Ray Winstone) es un ex delincuente que, tras cumplir condena en la cárcel y saldar su deuda con la sociedad, vive un plácido retiro en la costa española, junto a su esposa y un matrimonio amigo. Dí­as de ocio que pasa en su villa, tomando el sol en la piscina, y saboreando pequeños placeres como una jarra de cerveza o un plato de calamares. Su tranquilidad se ve truncada por la inesperada aparición de Don Logan (Ben Kingsley), dispuesto a convencerle, a toda costa, de que acepte un último encargo, para el cual deberá regresar a Inglaterra por un breve periodo de tiempo y reencontrarse con su antiguo equipo. La presencia de Logan crea momentos de tensión en el pací­fico grupo, y obliga a Gal a enfrentarse con una realidad que ya creí­a cosa del pasado. Es entonces cuando el relato toma un nuevo giro, y se asienta en los cauces del cine negro, y más concretamente, en la lí­nea de filmes que, como la reciente Ocean’s eleven, llevan a sus personajes a cometer uno de esos golpes milimétricamente programados. Aunque, cabe decir que Sexy beast nos ahorra todo ese metraje que, habitualmente, se dedica a mostrar los entresijos y planificaciones del atraco, y que discurren paralelos al descubrimiento de la psicologí­a de sus participantes y al establecimiento de relaciones de compañerismo o rivalidad entre ellos. La pelí­cula de Glazer va directa al grano, y tan sólo señalarí­a que, entre el numeroso -y a veces trillado- abanico de posibilidades a las que se enfrentaba el autor para perpetrar el robo, se decanta por una opción curiosa, sin salirse de lo común.


Se trata, en lí­neas generales, de un trabajo más que desequilibrado, turbio, con cambios de tono que exigen un continuo reajuste, pero que a pesar de la mí­nima originalidad de la historia que plantea, no serí­a necesariamente desestimable por completo en su cómputo final, por un parte por su sutil capacidad hipnótica, pero sobre todo por la solvente labor de los actores protagonistas, muy efectivos a la hora de sostener el ritmo y el interés, y de dar relieve a la trama. La presencia exclusiva de Ben Kingsley en el cartel promocional de la pelí­cula, y su nominación al Oscar© como mejor actor de reparto, podrí­an inducirnos a pensar que el filme ha sido edificado para su pleno lucimiento en perjuicio del resto del reparto. Ciertamente el actor teje una composición firme y calculada, en las antí­podas de la imagen que ofrecí­a en aquella memorable Gandhi, puesto que, en Sexy beast, Kingsley interpreta a un gánster violento y despiadado que se gana a pulso las antipatí­as del público. Sin embargo, y puestos a elegir, me quedo con el soberbio desempeño que nos regala Ray Winstone -también alejado del cí­nico e incestuoso padre de La zona oscura-, en la piel de otro gánster, éste vulnerable y sensible. Ambos tienen la suerte de contar con el notable respaldo de un elenco que, como ellos mismos, mantiene el pulso dramático derramando altas dosis de credibilidad.

El director, Jonathan Glazer, hasta el momento responsable de algunos ví­deos musicales y otros trabajos para televisión, no abusa excesivamente de los elementos propios de estos otros medios, aunque sí­ se percibe un cierto formalismo esteticista en las imágenes.

Sexy beast
es, en su rareza, en ocasiones oportuna, en ocasiones desconcertante. En cualquier caso, no se constituye en un filme de visionado imprescindible, ni siquiera enriquecedor. No obstante, vale la pena disfrutar del humano retrato que conforma Ray Winstone, y como pieza inusual en el repertorio de Kingsley.


El mundo de la mafia es algo que ha sido bastante manido en el cine. La trilogí­a de El Padrino sentó las bases y rompió las barreras de la censura (no se le permitió usar la palabra “Mafia” en un solo diálogo). Pero a raí­z de eso se lo ha ido utilizando bajo una serie de tópicos que han restado interés a las pelí­culas de esta temática.

Sexy Beast, si bien no se centra en concreto en una mafia, sí­ lo hace en un grupo terrorista que recoge uno de los grandes tópicos de las Cinco Familias: la imposibilidad de rehabilitarse. Así­, nos cuenta la historia de un terrorista retirado que ahora está viviendo de las rentas en Almerí­a, pero que tendrá que desenterrar sus antiguas habilidades para retomar por obligación un nuevo golpe a la caja de seguridad de un banco.

Comienza claramente como una comedia ligera y socarrona, pero cambia radicalmente de registro hacia el drama oscuro y agobiante en cuanto se destapa la caja de Pandora: cuando llega el dictatorial director de la operación. La tensión emocional, la violencia implí­cita y explí­cita y la tristeza se apoderan de los personajes y de toda la pelí­cula. Este cambio de rumbo tan brusco resiente notablemente la pelí­cula, dejándola desequilibrada ya para el resto de su duración. Pese a todo, está muy bien rodada, y el mundo de la corrupción de alto nivel queda bien retratado.

Como la historia no aporta nada nuevo, realmente el espectador se convierte en un elemento pasivo, que sólo se sobresalta de vez en cuando con la música, cargante hasta la extenuación y ante una espléndida e inquietante interpretación de Ben Kingsley, absolutamente alejado de su papel más recordado, el de Gandhi. Su personaje es el más jugoso de la pelí­cula, y realmente llega a ser odiado por el espectador: una creación a base de trabajadas miradas, contundentes diálogos y petrificantes expresiones faciales. Expresa el sadismo como pocas veces he visto en la gran pantalla.


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