28 DÍAS DESPU√âS (28 Days Later)

Película estrenada entre 2002

Director: Danny Boyle. G.B. 2002. Color
Intérpretes: Cillian Murphy (Jim), Naomie Harris (Selena), Megan Burns (Hannah), Brendan Gleeson (Frank), Christopher Eccleston (coronel Henry West), Luke Mably, Stuart MacQuarrie, Ricci Harnett, Leo Bill, Junior Laniyan, Ray Panthaki

Londres es un cementerio. Las calles antes abarrotadas están ahora desiertas. Las tiendas, vacías. Y reina un silencio total. Hay una invasión de seres terroríficos e irracionales, como si fueran zombis, tras la propagación de un virus que acabó con la mayor parte de la población de Gran Bretaña. El virus fue liberado tras la incursión en un laboratorio de investigación con primates por parte de un grupo de activistas de los derechos de los animales. Transmitido a través de la sangre, y de efectos devastadores, el virus deja a los infectados en un estado permanente de rabia asesina. En 28 días el país entero está infectado y sólo un puñado de supervivientes trata de salvar su vida, dándose cuenta de que el virus mortal no es la única cosa que pende como amenaza contra ellos… Lo más terrorífico de 28 días después es la frase que el coronel -(Christopher Eccleston) le susurra al oido a Jim (Cillian Murphy) sobre la promesa a sus soldados y sus futuras intenciones… (“Hiela la sangre pensar que en medio de una situación de tal angustia se haga presente Hobbes “El hombre es un lobo para el hombre”). Aparte de esta brillante idea de guión, el filme se muestra bastante convencional, aunque satisface muchas de las curiosidades ante la avalancha de opciones y preguntas de su original idea de partida. La estética es acertada. Y miedo, lo que se dice miedo… no da mucho, por lo que algunos se sentirán defraudados. Otros agradecemos a Boyle que no tirara por el camino sanguinoliento, dado el interesante material que tenía entre manos… y eso es un punto a su favor. Podría haber sido mejor, pero para la media del género no está nada mal.

En 1954 el autor de relatos y novelas fantásticas Richard Matheson publica Soy leyenda (I Am Legend), en la que un hombre sobrevive a una epidemia y debe enfrentarse a un mundo plagado por una especie de zombies (en realidad, vampiros), en lo que se han transformado los hombres, y combatir la soledad y el miedo sin sucumbir al desánimo que podría significar el fin último de la humanidad. A partir de esta estupenda novela se filman dos adaptaciones para la gran pantalla, Last Man on Earth (1964) con Vincent Price, y El último hombre… vivo (1971) con Charlton Heston. Lo que tampoco puede negarse es la influencia del relato de Matheson en otras obras y filmes, como en todo el género de películas sobre zombies, donde se conjugan elementos folklóricos y de la tradición literaria y cinematográfica anterior, con el pesimismo y el fatalismo de la obra mathesoniana, cuyo mejor e insuperado ejemplo es La noche de los muertos vivientes de George A. Romero.

Sirva esta introducción para resaltar uno de los hechos más relevantes de 28 días después: el que Danny Boyle (Trainspotting) y su guionista Alex Garland (La playa), tomen un tema mil veces visto y consigan darle un aire de producto novedoso y que es parte de su éxito. Indudablemente, al realizar todo el filme con cámaras digitales, otorgando a la fotografía ese aire de reportaje televisivo, Boyle consigue que el espectador se identifique con la situación de un modo más efectivo. En esta época en que nos hemos acostumbrado a ver casi de todo por televisión -guerras, mutilaciones, accidentes, asesinatos-, las imágenes de Boyle nos resultan familiares pero al mismo tiempo más impresionantes que de haber sido filmadas con las técnicas tradicionales. Hay un factor añadido, voluntario o no, y es que para las primeras escenas en las que el protagonista, Jim, recorre un Londres vacío y fantasmagórico, se hizo imperativo recurrir a la técnica digital que permitía resolver las escenas en pocos minutos, sin necesidad de detener el tráfico y la actividad normal de la ciudad, cosa que hubiese sido inevitable con las cámaras de película convencional. El resultado, y es lo que cuenta, es que dota de mucha fuerza a las ya de por sí crudas imágenes y al mismo tiempo permite la transición de una escena a otra, a imágenes casi oníricas sin que ello afecte a la credibilidad de la narración (como es el caso de la huida de Londres a la campiña).

Como corresponde a la cinematografía británica actual y como otro aliciente más de la película, hay una notable crítica social, a la humanidad en general, dentro del filme. El auténtico monstruo aquí no es el infectado por el virus sino el hombre, cuyo deseo de prevalecer se acentúa en una situación crítica en la que deja rienda suelta sus más bajas pasiones e instintos, perdiendo del todo su humanidad, los valores que deberían de guiarle. Boyle entronca así con un cine de terror o anticipación más clásico, en el que la denuncia es tan importante como la faceta artística del filme: aquí el hombre se demuestra como el peor enemigo de sí mismo, incluso el causante de su propio exterminio. Eso me lleva a aludir a algo que seguramente será lo más criticado de 28 días después, y es un final a primera vista demasiado violento, de una violencia anormal para el personaje protagonista. Personalmente pienso que no es más que el final lógico, considerando la evolución de Jim y de las circunstancias en la que se ve inmerso: nuevamente, es el deseo de sobrevivir lo que nos hace convertirnos en bestias.
28 días después está inmejorablemente hecha y demuestra que cuando hay un buen director y una buena historia, el presupuesto cuenta menos que las buenas intenciones y la profesionalidad con la que actúan los participantes en la película. Es el caso de los actores, la mayoría novatos en el cine, quitando a Brendan Gleeson (Gangs de Nueva York) o Christopher Eccleston (el padre en Los otros), ejemplo de que las “islas” (Irlanda incluida) son una fuente de inmejorables actores.
Creo que vale la pena ir a ver este filme, que gracias a la crudeza de su temática y al realismo de sus imágenes consigue impactar nuestras retinas y perturbar nuestras mentes con algo tan factible, tan inminente, como podría ser el final de la vida humana sobre la Tierra.

curiosidades
- Danny Boyle asegura que empleó a chicas en top less para convencer a los automovilistas de no entrar en escena mientras se filmaban las tomas del Londres desierto.
- La casa en la que Hannah y su padre viven se filmó era un edificio en ruinas a punto de ser derruido; de hecho ya no existe.
- Para las escenas del principio del hospital, se alquiló un hospital real que no abre los fines de semana.
- Eccleston y el resto de actores que interpretan a soldados estuvieron viviendo durante tres días con soldados para poder dar una imagen más real a sus personajes.
- La última escena, a diferencia del resto de la película, está filmada en 35 mm.
- Para interpretar a los infectados, y siempre que se pudo, se recurrió a deportistas profesionales, para dar la impresión de una mayor fuerza y agresividad en sus movimientos.

Emocionante creación de un virus apocalíptico
Danny Boyle consigue a través de la cámara digital un ambiente hiperrealista y semidocumental que aporta a la cinta una intranquilizante sensación de inmediatez
Unos activistas en contra de la vivisección y a favor de los derechos animales irrumpen de forma fortuita en un laboratorio científico con la intención de liberar a unos monos que sufren un peligroso experimento. Con ello y sin quererlo, liberan un virus devastador que se contagia a los humanos por la sangre. 28 días después un joven despierta del coma en un hospital sin saber qué ha pasado. Gran Bretaña está desierta. Mientras camina por Piccadilly Circus y el puente de Westminster sin una vida humana visible, se da cuenta de que el Apocalipsis ha llegado a la isla. Así comienza 28 días después, un interesante filme dirigido por el siempre polifacético Danny Boyle. Acopiando la esencia del inevitable Richard Matheson y su obra maestra “Soy leyenda”, el director de Trainspotting prolonga los propósitos artísticos y conceptuales de la germinal La noche de los muertos vivientes de George A. Romero dejándose llevar por una ineludible inquietud por la cinefilia y cinefagia al evocar en sus planos la materia prima del “giallo” italiano y su malsana mezcla de “fumetti nero”, un granulado espeso y un peculiar pictoricismo que envuelve la ennegrecida atmósfera de esta novísima película de culto.

Lo que en principio parece una revisitación por todos y cada uno de los tópicos del cine de ciencia ficción postapocalíptica, se transforma en manos de Danny Boyle y su guionista Alex Garland en una interesante propuesta a medio camino entre el thriller y el género de terror, pero también en una reflexión analítica sobre la naturaleza humana, sobre la soledad, sobre la situación política y militar, la popularización de un subgénero y una voluntad que se encauza hacia las herencias literarias de los vasos comunicantes entre la ficción americana y la anglosajona. En este círculo de referencias llenas de un alterado moralismo encubierto bajo el terror de la trama, lo más interesante de esta película (mal llamada) innovadora es la utilización de la cámara digital, sustraída directamente del movimiento “Dogma” y utilizada en favor de un montaje diligente y con ritmo para obtener como resultado una sugestiva y astuta sensación de inmediatez, de carácter documental, donde las escenas de acción abarcan un tono ultrarrealista. De cadencia frenética y atmósfera puramente expresionista, la textura densa e irrespirable ofrece una particular visión de la irrealidad en los movimientos de los infectados, de la rabiosa locura que se sustrae en cada encuadre, determinado en un plano digitalizado en el que un campo representa una obra de Van Gogh. Como si Boyle reconociera una deuda artística con el pintor al presentar su historia en una gama oscura y sombría, poniendo así en evidencia el intenso deseo de expresar la miseria y los sufrimientos de la humanidad. Un signo de expresionismo con significado de adulterado estado de tormento que no duda en utilizar colores que se rompen, con convulsivas y perspectivas alucinatorias.
Con un argumento que rebasa los tópicos del género (como ejemplo el hecho de evitar que el contagio infeccioso sea duradero, lo que elimina la posibilidad de sospecha en los protagonistas) y los personajes bien dibujados en una afrobritánica que esconde bajo su fuerte personalidad las dudas sentimentales más existenciales del filme o el joven de buen corazón débil y asustadizo que se revela como un auténtico animal vengativo, junto al padre y la hija dispuestos a sobrevivir en un mundo incierto, el cineasta británico se atreve a explicar el comportamiento vampírico/infeccioso a través de disciplinas como la psicología, la fisiología y fundamentalmente, la atormentada vida en soledad de los protagonistas que, alcanzando el objetivo de salvación en manos del ejército, descubren la verdadera bestia en el propio ser humano, en la demencia desarrollada en aquellos seres adiestrados para matar. 28 días después es pues una película invulnerable, elegante en su factura, perspicaz, capaz de conducir sus personajes hacia situaciones donde todo depende de su (nuestra) comprensión de la naturaleza humana.
Con esta obra centrada en el comportamiento de personas cotidianas encuadradas en una situación límite e intimidados en todo momento por una violencia que les es ajena, Boyle ha querido distanciarse de la actitud en la que esa amenaza maléfica convierte al papel en egoísta y violento, pero manteniendo en todo momento su objetivo por demostrar que, en último término, tiene que llegar la total deshumanización, el lado más oscuro de la condición humana que acaba por evidenciar lo que para muchos sociólogos y filósofos eruditos es un hecho fehaciente: la sociedad descompuesta representa al hombre actual. Una película que, como bien se puede comprobar echándole un vistazo a la cartelera, es una panacea contra el aburrimiento y la ratificación del talento de Danny Boyle en el alicaído panorama cinematográfico europeo.


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