Director: Costa-Gavras. 2002. Francia. Color
Intérpretes: Ulrich Tukur (Kurt Gerstein), Mathieu Kassovitz (Riccardo
Fontana), Ulrich Mühe (Mengele), Ion Caramitru (Conde Fontana), Friedrich von Thun (padre de Gerstein), Antje Schmidt (Frau Gerstein), Hanns Zischler (Grawitz), Sebatian Koch (Höss)

Costa-Gavras, director que siempre ha utilizado el cine como un método de denuncia, con una narrativa valiente y eficaz, abarcando temas de polémica y permanente actualidad, se ha sumergido en esta ocasión, cuando su carrera pasa por un momento de verdadera regresión, en los recovecos más oscuros de la Iglesia Católica con Amén, una sugestiva cinta que gira alrededor del papel que jugó el clero en el genocidio judío de la II Guerra Mundial.

El director nacido en Grecia vuelve a la Berlinale después de haber ganado el Oso de Oro en 1990 con La caja de música y, la verdad, ha quedado algo anclado desde aquella época. Su estilo sigue siendo el característico de la década de los ochenta, su narrativa sigue empleando los mismos esquemas, y eso deja un poso de normalidad en Amén que resta emoción a toda la interesante historia. Pero al margen de eso, es perfectamente agradecible retomar a un incansable luchador de la defensa de la transparencia en la información. En la historia de un comandante de las SS que empieza a darse cuenta de la barbarie que se está cometiendo y requiere a la Iglesia que interceda, Costa-Gravras muchas veces queda demasiado distante del relato por miedo a implicarse a fondo y ofrecer una postura maniquea y efectista. Se desequilibra en su valentía narrativa, y desangela un relato que podría haber dado lugar a un documento explosivo, de apabullante poder temático y, finalmente, magistral. Amén es una película a la que le falta un perfil más marcado, pero que aún así resulta un filme de indudable corrección e interés.

La película nos presenta a una institución que sigue cerrada en sus principios medievales, que no rectifica en sus acciones y que carece de la humildad que predica para reconocer sus errores, tal como se ha comprobado hoy en la rueda de prensa posterior, en la que un corresponsal del Vaticano ha mostrado su indignación. Nos muestra con inteligencia el mecanismo de dos ideologías que comparten el que se comportan como dos entidades financieras, como dos industrias: el nazismo y la Iglesia. El primero en la manera que mecaniza toda la exportación de judíos a los campos de concentración y cómo explora nuevas técnicas para agilizar las ejecuciones. La segunda, en la manera que mide sus intereses y cómo piensa en beneficios cuando se trata de salvar vidas humanas, de poner en la práctica el mensaje que utiliza como bandera y como yugo. ¿Cómo explicar si no que la Iglesia se aliara con Hitler sino como un terror a la pérdida de su poder en manos de la extensión comunista? Las verdades no gustan puestas en la pantalla, y tal como el Festival de Berlín demuestra año tras año una meritoria labor de redención por su fase nacionalsocialista con películas relacionadas, la Iglesia debería aceptar sus acciones pasadas y no seguir tratando de ocultar toda la corrupción que, desde siempre y todavía, afecta a las cúpulas del poder eclesiástico. Así, Amén indaga en la fe, en lo insostenible que es en ocasiones creer en un Dios que hace justicia y, sobre todo, en cuán separado ha quedado el verdadero mensaje cristiano de las labores retrógradas e intolerantes de la Iglesia moderna.
Se aprecia en Gavras un gran esfuerzo por conseguir llevar a cabo una película que resultaba cara, pero que tenía un mensaje tan importante para él que ha querido realizar aun sin la financiación suficiente.
Por ello, se puede ver con lástima algún efecto especial precario. Sin embargo, el director enlaza todas las tomas con laboriosos planos, con ingeniosas composiciones y contando con una banda sonora excelente de Armand Amar, aunque no consigue encontrar un reparto adecuado, con el único nombre conocido de Mathieu Kassovitz en el papel de un cura que luchará por la liberación judía, que estrellará sus ilusiones contra un coloso corrupto y que optará finalmente por emprender su acción cristiana en solitario. En él se encierra el principal espíritu de la película, controvertido y polémico. Tan potente que hace de Amén una película sumamente interesante pese a su insipidez cinematográfica.



Ver una película de Costa-Gavras, es adentrarse en la mirada crítica ante el poder establecido.
Todos recordamos a Sissy Spacek y Jack Lemon en la triste y cruda Desaparecido acerca de la conexión de la CIA en el golpe de estado de Pinochet en Chile, o la siempre correcta interpretación de Jessica Lange en La Caja de Música, película que guarda cierta relación con la que hoy nos ocupa desde la dimensión histórica del nazismo en Europa, y que trataba el siempre amargo descubrimiento de que tú padre fue un asesino de cientos de personas.
Ahora nos llega, con más de un año de retraso, Amén. Una película sobre la conciencia. La conciencia que toman los dos protagonistas de este filme sobre el silencio o falta de conciencia de los ciudadanos alemanes durante los años del nazismo, y el silencio o falta de conciencia del Vaticano al no condenar el régimen y los crímenes nazis.
Costa-Gavras dibuja las figura del coronel nazi Gerstein y el sacerdote jesuita Riccardo Fontana de un modo que quizás se pueda tachar de estereotipante ante una Europa que cerraba los ojos.
Gerstein, cristiano, descubre de repente que su ejército, el nazi está exterminando judíos con un producto que el proporciona como médico militar. Su conciencia le lleva a intentar denunciar lo que ellos mismos están haciendo.
Como cristiano trata de que el Vaticano se involucre, pero sólo un jesuita (brillante interpretación de Mathieu Kassovitz) le cree.
Ambos tratarán de que el Papa Pio XII condene el exterminio pero la iglesia sólo habla de paciencia y diplomacia, virtudes que parecen teologales. Gerstein también intenta que sus más allegados se enteren de lo que su propio ejército está haciendo pero sólo oye voces de mentira, imposibilidad y un cerrar de ojos ante lo que todos veían: los judíos estaban siendo asesinados.
En esta historia hay un vencedor que es el Doctor Nazi alemán que pide asilo en Argentina ante el Vaticano y que al final se le concede.
El vencedor es pues un hombre sin conciencia, sin conciencia cristiana, por supuesto, porque ese el tema de la película: sirve de algo tener conciencia (entendida al modo cristiano) sino se llega hasta el fondo de la denuncia.
La característica más importante de la conciencia cristiana es su matiz interior, su matiz personal, y ese es el gran error de la conciencia cristiana y de los personajes que la representan en Amén.
Sólo desde una conciencia política y de una lucha política se pudo haber combatido el vergonzoso silencio de los alemanes y del Vaticano, porque desde las posiciones cristianas individuales sólo se consiguen respuestas de silencio, respuestas que son desgraciadamente la última palabra, el último amén, después de amén no hay nada.


Del Amén de Costa-Gavras a la leyenda negra
El famoso director de origen griego Constantin Costa-Gavras, autor de numerosas películas políticas como Z, Sección especial, Desaparecido o La caja de música, levantó una gran polémica en el pasado Festival de Berlín por el cartel de su última película, Amén. En él aparecía la cruz de los cristianos formando una sola figura con la esvástica nazi. Pero el cartel era lo de menos: la verdadera cuestión residía en la película misma, que acusaba a la Iglesia de haber sido indiferente al exterminio de los judíos durante la II Guerra Mundial. Indiferencia que la haría cómplice silenciosa del holocausto. Aunque el filme dirigía sus invectivas tanto a la Iglesia romana como a la evangélica, el hecho es que las tintas se cargaban absolutamente sobre la primera.
Después de Berlín, Amén pasó por el Festival de Valladolid, y en enero ha llegado a nuestras pantallas. Está basada en una obra de teatro titulada “El Vicario” (“Der Stellvertreter”), que fue escrita en los años 60 por Rolf Hochhuth, y que, aunque desestimada por los historiadores y desmentida por los hechos, supuso el origen de una leyenda negra sobre Pío XII y su relación con el nazismo.
Amén cuenta la historia del químico Kurtz Gerstein, oficial alemán de las SS encargado de fabricar el gas Ziklon B para los campos de concentración. En un principio Kurtz piensa que el gas se utiliza para desinfectar barracones, hasta que un día ve con sus propios ojos el uso que se le da. Horrorizado, y animado por su honda conciencia cristiana evangelista, comunica su descubrimiento a sus más íntimos amigos de su comunidad religiosa. Algunos le sugieren que dimita, pero él decide seguir y así poder ofrecer pruebas documentales del exterminio. Cuando fracasa en su intento de que los dirigentes protestantes denuncien públicamente la situación, lo intenta con la Iglesia católica a través del padre Fontana, un joven sacerdote diplomático de la nunciatura de Berlín. Pero sólo recibirá negativas, cuando no burlas, del nuncio, del Secretario de Estado Vaticano, y del propio Pío XII; tampoco sus conversaciones con miembros de las cancillerías aliadas da ningún resultado. Entre tanto, la guerra va llegando a su fin y unos seis millones de judíos han sido exterminados.
La película de Costa-Gavras contiene dentro de sí tres columnas vertebrales o categorías tan diversas e incluso contradictorias, que son la causa de su radical desequilibrio. Por un lado, existe una categoría que podríamos denominar verídica o auténtica, y que encarna a la perfección el personaje de Gerstein, interpretado impecablemente por Ulrich Tukur. En un personaje consistente, de carne y hueso, rico en matices, conmovedor, y cuyo proceso interno sobrecoge al espectador de cabo a rabo. Un hombre cristiano, que ama a su familia, que ama la música, y cuya vida se resquebraja cuando entra en su alma la imagen de las cámaras de gas en funcionamiento. Sufrirá un daño moral irreparable cuyas consecuencias seguimos minuciosamente durante toda la película. Nunca saldrá de él odio o rencor a la Iglesia. Gerstein es el centro y grandiosa aportación del filme.
Una segunda veta es la ideológica, que ya no parte de personajes creíbles y auténticos, sino que los convierte en esquemas puramente ideológicos, sin vida propia, diseñados de antemano en el laboratorio del prejuicio. En esa categoría Gavras sitúa al Nuncio en Berlín, al Cardenal Secretario de Estado y a Pío XII. Patético el primero, histérico e intolerante el segundo, y angélicamente bobalicón el tercero. No hay en ellos asomo de matices, ni de verosimilitud, y sobre todo, se pone de manifiesto un grave desconocimiento de cómo son y cómo actúan los altos representantes de la Iglesia. El guión está lleno de perlitas en ese sentido. Por ejemplo, el nuncio negocia pequeños impuestos con los nazis mientras les sirve galletitas de chocolate, el Papa no recibe al protagonista porque está reunido con los alemanes, el Secretario de Estado come marisco con fruición mientras le informan de lo avanzado del genocidio. Ya el arranque de la película, en el que vemos a unas monjas colaborando en el envío de deficientes a cremaciones masivas para depurar la raza, se deja clara cuál va a ser la intención ideológica de Amén.

La razón de esta ridícula simplificación está en el rechazo por parte del cineasta de la figura de Pío XII, un Papa que luchó tremendamente contra el comunismo, religión intelectual de Costa-Gavras. Ahí está la clave para comprender la forma tan nerviosa y precipitada con que dibuja los personajes citados, en una motivación puramente ideológica. Una excepción a todo esto es la intervención de Van Galen, un obispo protestante que, al comienzo del filme, denuncia públicamente la eliminación de las personas “improductivas”. Esta figura tiene una precisa función en el desarrollo del film: hacer parecer más insostenible la supuesta actitud de los prelados católicos, y sobre todo del obispo de Roma.
Por último, existe una tercera línea demagógica, que toma vida en el personaje del Padre Fontana, interpretado por el actor y cineasta Mathieu Kassovitz. Este sacerdote encarnaría la propuesta demagógica del propio Gavras y que a su juicio representa lo que, a juicio del cineasta, la Iglesia católica y el Papa deberían haber hecho: ofrecerse a sí mismos como víctimas voluntarias del holocausto nazi. Las decisiones de Fontana son impensables en un hombre formado en la Escuela Diplomática de la Iglesia, es decir, educado en el realismo más absoluto. Por el contrario, sus acciones manifiestan un utopismo demagógico de lo más absurdo.
Hay otro asunto muy mal enfocado, también por razones ideológicas, y es que de una forma muy fugaz, sí aparecen en la película franciscanos refugiando judíos, lo cual es cierto, pero en el contexto del filme parece plantearse en términos de “una iglesia de base solidaria”, frente a la “Iglesia de los poderosos”, preocupada de no poner en peligro sus propios privilegios.

Queda por afrontar la gran cuestión: ¿Cuál es la verdad de los sucesos que Costa-Gavras denuncia? ¿Cómo se concilian esas acusaciones con el hecho de que el Congreso Mundial Judío donase a Pío XII unos 40 millones de dólares al cambio actual “para demostrar la gratitud del pueblo judío por todo lo que había hecho en su favor”? ¿Cómo se explica que el Rabino de Nueva York, David Dalin, declare que “durante el siglo XX el pueblo judío no tuvo un amigo más grande que Pío XII”?