ARARAT

Película estrenada entre 2002

Director: Atom Egoyan. 2002. Canadá-Francia. Color

Intérpretes: Elias Koteas, Eric Bogosian, Charles Aznavour, Bruce Greenwood, Christopher Plummer

En un mundo lleno de falsedad, ¿cómo determinamos quién dice la verdad? Ararat es la película más controvertida que de Atom Egoyan ha realizado hasta el momento. Es una historia sobre la verdad y la falsedad, tanto en el plano íntimo como en los de mucho mayor escala. Los distanciados integrantes de una familia contemporánea de origen armenio que deben enfrentarse tanto a la negación de Turquía de reconocer su pasado catastrófico, como a su propio complejo presente: una madre quien sólo quiere la paz, una joven sedienta de venganza, y un muchacho cuyo viaje para descubrir sus raíces pone en peligro su futuro. Narrada en un estilo elíptico, que constituye el sello inconfundible de Egoyan, Ararat es, al mismo tiempo, una historia misteriosa y poderosa que habla de la determinación en buscar la verdad.


Ararat, la más reciente obra de Atom Egoyan ha encontrado éxito en festivales alrededor del mundo y, como un buen desempeño económico se traduce en amplia distribución, finalmente nos llega esta controversial obra, aunque sea con un par de años de retraso.

Atom Egoyan fue uno de los primeros directores que, mucho antes del advenimiento del digital, se preocupó por pensar cómo las cintas caseras y el VHS iban a ampliar las fronteras de lo visible e iban, sobre todo, a extender o a reformular el concepto de memoria.

Menos preocupado por las mutaciones corporales que la tecnología inflinge a los cuerpos, como su compatriota Cronenberg, el realizador canadiense insistía una y otra vez en tratar de pensar cómo a través de la proliferación de imágenes la tecnología, más que mutar al cuerpo en su nivel orgánico, lo transformaba desde el punto de vista cerebral. Con Atom Egoyan entramos en el terreno de la percepción.

Las primeras películas de Atom Egoyan como Next of Kin (1984), Family Viewing(1987) y Speaking Parts (1989) son tratados que se adelantaron a lo que años después se preguntarían Cavalier o Lars Von Trier -adhiriendo respectivamente en cada caso a la austeridad o espectacularidad- cuando tras el advenimiento del digital escenificaron la escisión del ojo humano con el ojo mecánico, de acuerdo con Patrice Blouin, en filmes como Vies (2000) o Bailar en la oscuridad (2000).

Por tal motivo, los protagonistas de los primeros largometrajes de Egoyan son seres que deambulan entre la ilusión y la verdad de la imagen, entre la psicosis y la neurosis, entre la obsesión y la perversión; entre el deseo, las pulsiones y la alineación.

Basta recordar a la censora -interpretada por su esposa: Arsinée Khanjian que actúa en casi todas sus películas- que filmaba las imágenes que prohibía para llevárselas a su hermana en El Liquidador (1991), la empleada de un hotel que miraba una y otra vez los videos de clase B donde aparecía el chico del cual estaba enamorada en Speaking Parts, el fotógrafo que sólo conservaba de su esposa (que lo había abandonado por un guía en su tierra natal) un video que habían filmado juntos y al que también recurre una y otra vez en Calendar (1992) o el hombre que se filmaba en pleno acto sexual sobre las imágenes filmadas de la infancia de sus hijos en Family Viewing. Eso, sin dejar de mencionar una de las ‘puestas en abismo’ más negras de la historia del cine que muestra a un padre, inculpado por el asesinato de su hija, mirando el video donde la niña practicaba piano mientras se alternan imágenes en 35 mm. -en principio difíciles de asignar a una instancia que se quiera mostrar dentro de la historia- de un campo de girasoles donde el cuerpo de la niña fue encontrado en Exótica (1994).

Con diferencias, todas las películas abordaban las transformaciones de la subjetividad a través de la irrupción de las cámaras portátiles (menos míticas que el 35 mm.) que trastocan la experiencia y las mentes, al punto de que algunos recuerdos dejaban de ser recuerdos vividos para ser recuerdos filmados, retazos de la memoria en un ordenador que se puede decodificar. Frecuentemente retumban en la memoria unas palabras que Egoyan le dijo a un reportero con respecto al estreno de Exótica (1994): “El valor de las filmaciones caseras es que son como pedazos de vida que están allí, más allá de que se recurra a ellas o no”.

De los largometrajes citados, se han estrenado comercialmente en Argentina Exótica, El dulce porvenir (1997), El viaje de Felicia (1999) y ahora Ararat (2002). Sin embargo, el filme con el cual este último tiene más relación es con Calendar: largometraje que ubicaba a una pareja y a un guía en distintos templos armenios para confeccionar un calendario.

De origen armenio, la familia de Atom Egoyan emigró a Canadá por la persecución que la dictadura de Nasser infringió a los armenios en Egipto. Ararat es la película que trata sobre el genocidio que el pueblo turco cometió contra el pueblo armenio, y en el que se inspiró el nazismo, durante y después de la Primera Guerra Mundial. Seguramente, muchos insistirán en que se trata de la primera película política de Egoyan, algo tan enardecedor como decir, para mal, que los filmes de Abbas Kiarost√≠¬§mi no lo son.

En su particularidad, Ararat cuenta un momento en la vida de una profesora de Historia del Arte: Ani, una viuda cuyo marido murió al intentar asesinar a un diplomático turco. Ella es la madre de Raffi que está de novio con la hija del pintor Arshile Gorky. Arshile se suicidó cuando la madre de Raffi -en ese momento su amante- le contó que tenía otro affaire. Gorky es el hilo conductor de la otra sección de la historia: Ani escribió un libro que da cuenta de su obra pictórica y la relación de ésta con el genocidio armenio, el que a su vez está siendo filmado por el director Edward Saroyan (Charles Aznavour). Por último, hay un policía del área de narcóticos a punto de jubilarse en el aeropuerto de Toronto y su hijo que trabaja en el museo donde se exhibe el más famoso de los cuadros de Gorky: “Madre e hijo”.

Como en los largometrajes inmediatamente anteriores: El dulce porvenir (1997) y El viaje de Felicia (1999), Egoyan abandona algo de la experimentación que había transitado en sus primeras películas para narrar esta historia de una manera un tanto más convencional. Así, y aunque la estructura de collage se mantenga, las fracturas temporales y las ‘imágenes cristal’ desaparecen en pos del “flashback” fechado, el espacio orgánico y el “raccord”.

Aquí, la experimentación funciona como una especie de distanciamiento brechtiano o “gesto embrague”, ya que operan comentando -intuimos, nos parece, interpretamos- sobre las elecciones o preocupaciones del mismo Egoyan al momento de filmar Ararat: la primera de sus películas que aborda el genocidio de manera explícita.

Y de los distintos gestos distanciados -reflexivos- que podemos encontrar en la película el más notorio es el del cine dentro del cine, seguramente banal para muchos, pero que aquí cobra una fuerza especial porque se relaciona con los cuadros de Gorky y la filmación en digital que Raffi hace por fuera del rodaje de la película de Saroyan.

Porque, justamente, la película de Saroyan es el tipo de cinta que el mainstream (convencionalismo) haría sobre el genocidio armenio y sirve para exorcizar ese fantasma, para permitir que Ararat se integre al mapa cinematográfico de manera complaciente: a lo Benigni, Egoyan incorpora ese fantasma dentro de su película. Seguramente, el momento culmine de este mentado exorcismo es cuando el director, el actor principal (un excelente Bruce Greenwood), el guionista y la asesora llegan en limusina al estreno internacional del filme.

De ahí que, a pesar de que el rodaje de Saroyan ocupe gran parte de la proyección, la película que Egoyan filma sobre el genocidio armenio guarda estrecha relación con el cuadro “Madre e hijo” de Gorky: Una película que finaliza pero que no se termina, una película que como las manos borroneadas de “Madre e hijo”, muestra las grietas, las fisuras, los vacíos. En otras palabras, el Ararat imaginado por Egoyan se parece menos al de Saroyan que al captado por Raffi en digital.

En esa ‘delgada línea roja’ es donde se instala el filme. En esa línea que más que responder se pregunta por el odio, por el amor, por el arte, por el cine, por la tierra y como siempre por la memoria. Todas las cintas de Egoyan hablan del genocidio: basta querer mirar.

En uno de los momentos más inolvidables de Calendar uno de los personajes principales está filmando a su amada. De repente, la cámara se mueve hacia el “fuera de campo” – que se hace campo- y se queda allí. Luego, la que entra del fuera de campo es ella. En lo que vemos de película de Raffi hay un momento similar, Raffi encuadra un templo y luego lo desencuadra hacia otro lugar. La verdad de Ararat hay que buscarla en estos encuadres y desencuadres, en la unión de sendos fuera de campo.

Anticipándose a su propia película, Egoyan intuyó en ese momento que escribiría una película que se iba a preguntar explícitamente sobre lo que le ocurrió al pueblo armenio. Toda la película de Raffi retoma aquel fuera de campo.

Visión del genocidio armenio


El singular cineasta armenio afincado en Canadá Atom Egoyan recupera con Ararat el genocidio armenio por parte de los turcos, acaudillados por Kemal Pachá, allá por 1915, visto aquí desde la perspectiva de varios personajes: un veterano cineasta que rueda una película sobre tales hechos, un empleado de aduanas, una profesora de arte, etcétera, procedentes de culturas diferentes, con sus amores, desamores y destinos fatales, donde lo cerebral y lo intelectual prima sobre el sentimiento y la emoción. Compleja y algo hermética reflexión, histórica e intimista al tiempo, cuyo título nos remite a una montaña que simboliza la resistencia popular armenia frente al invasor.

La complejidad de los hechos narrados conectan con la recuperación -a base de inteligencia y nobleza, sin odio y sin afanes revanchistas- de la memoria histórica y personal. Porque Egoyan sabe muy bien que aquéllos que no conocen la historia están condenados a repetirla. Ararat se convierte así en un filme ambicioso, difícil, a contracorriente, descompensado a la hora de engarzar los distintos personajes y situaciones, pero de indiscutible valía.

De ahí que estemos ante una de esas películas que tiene la grandeza de llevar al espectador con extraordinaria percepción donde le interesa a su autor: una vez a los acontecimientos documentales, otras al desgarro de la tragedia, preservando así su valor testimonial.

Ararat busca crear conciencia sobre el genocidio de ciudadanos armenios en Turquía que tuvo lugar en 1915. Pero aunque hubiera sido más fácil filmar una simple recreación de los hechos, Egoyan ha preferido transmitir su mensaje por medio de una trama más compleja y profunda: en la cinta conocemos a Edward Saroyan (Charles Aznavour), un famoso director de cine que quiere realizar una película sobre el exterminio de armenios en Turquía, y alrededor de este proyecto giran varios personajes cuyas opiniones sobre esos eventos se examinan a lo largo de la cinta. Los personajes incluyen a Ari (Arsinée Khanjian) una escritora experta en historia del pueblo armenio a quien se le pide asesoría para hacer la película; su hijo Raffi (David Alpay), quien, en busca de la verdad sobre el genocidio, hace un viaje semi-ilegal a Turquía, lo que lo pone en conflicto con el Guardia de Aduanas David (Christopher Plummer), cuyo hijo está viviendo en una relación homosexual con Ali (Elias Koteas), que resulta ser uno de los actores de la película sobre el genocidio, papel que tal vez ganó por ser mitad turco… y así, de modo directo o tangencial, la película y los hechos que representa afectan de distinta forma a los personajes, por medio de los cuáles nos enteramos de distintas versiones de la historia y, más importante aún, sobre el modo como los sigue afectando una tragedia que ocurrió hace casi noventa años.

La estructura de Ararat es muy interesante por el modo como integra varios niveles narrativos para retratar las atrocidades cometidas por los turcos sobre el pueblo armenio. Así tenemos la “película dentro de la película”, cuyas escenas muestran momentos clave del genocidio (desde un punto de vista norteamericano, curiosamente); la larga conversación entre el Oficial de Aduanas y el posible contrabandista; la tensa relación entre la escritora viuda de un terrorista y su hijastra; la ambigua relación entre el actor turco y el director armenio… en fin, cada conversación, cada relación en esta película está influenciada no sólo por el genocidio, sino por el hecho de que el gobierno turco niega que haya ocurrido. Y aunque la ideología de la cinta está claramente definida, es de aplaudir que Egoyan deje hablar también a los revisionistas que toman esa actitud.

Pero, como frecuentemente ocurre con películas históricas, el flujo de la historia es algo torpe. La integración sutil de hechos históricos a una trama dramática ya es difícil en una cinta convencional, y los múltiples personajes de Ararat, así como su continuo cambio de épocas y puntos de vista no lo hacen más fácil. Sin embargo, el audaz estilo de la película compensa esta mínima falla, y el resultado es una apasionante película que cumple perfectamente bien su propósito didáctico, al mismo tiempo que humaniza la tragedia y examina sus consecuencias por medio del brillante elenco.

Hay un dicho que reza: “la mitad del trabajo del director está en seleccionar a su elenco”, y creo que es totalmente cierto, como se puede confirmar en Ararat. El veterano actor francés Charles Aznavour expresa perfectamente el dolor de tragedias pasadas y su pasión por crear conciencia en nuevas generaciones; la interacción entre Arsinée Khanjian (también esposa del director) y David Alpay como madre e hijo es eléctrica, pues aunque coinciden en sus ideas, difieren mucho en el modo de expresarlas. También destacan Elias Koteas (favorito de Egoyan, aparentemente) como el actor turco que cuestiona la posición de sus ancestros, y la guapa Marie-Josée Croze (que recientemente me sorprendió en Las Invasiones Bárbaras) como una joven activista dispuesta a todo con tal de expresar su opinión. El único que me parece desperdiciado es Eric Bogosian, en el papel de guionista. Cuando vi su nombre en los créditos, me esperaba una de sus tradicionales actuaciones intensas e hipnóticas, pero desafortunadamente su participación es corta y prescindible. En fin, no siempre se gana.

Ararat es una película importante y trascendente, cuyo mensaje hubiera bastado para hacerla memorable… pero Egoyan no pierde oportunidad para innovar en el arte fílmico, y aunque este experimento no sea del todo exitoso, es mucho mejor que la mayor parte de las trilladas cintas que normalmente vemos. Pero lo más importante es aprender la lección que imparte la película, para que tragedias como los genocidios de Turquía, Guatemala, Bosnia, Rwanda y quién sabe cuántas otras que hemos olvidado, no se repitan. Poco probable, desgraciadamente, pero nunca hay que dejar de hacer el esfuerzo.

En su quinta comparecencia en Cannes -este festival es fiel con quienes le son fieles, y aún más si la película tiene coproducción francesa-, Atom Egoyan, cineasta canadiense nacido en 1960 en El Cairo e hijo de refugiados armenios, aborda el genocidio de sus compatriotas a manos de los turcos. Primero en 1894; luego entre 1915 y 1922, cuando cerca de un millón de armenios murieron y otros tres millones fueron desplazados de sus tierras milenarias.

En Ararat, presentada en la sección oficial pero fuera de concurso, el “alter ego” de Egoyan es Charles Aznavour, quien reaparece como actor encarnando a un cineasta armenio que filma, en Canadá, la masacre

sacada a colación por Hitler ante sus colaboradores- precisamente contra su pueblo.

La idea surgió de un encuentro en 1996 entre el cantante francés (que habla las dos lenguas de Armenia) y Egoyan. Casi seis años ha tardado en cristalizar este proyecto, una película cuya mayor originalidad reside en su capacidad de abordar el genocidio armenio a través de un prisma actual. Un prisma diferente, propio de Egoyan.

El relato de Ararat parte del supuesto rodaje de una película sobre el genocidio armenio que dirige el cineasta interpretado por Aznavour. Y también del poder de evocación de un cuadro, realizado por un pintor armenio en la que, de niño, ese mismo pintor se dibuja a sí mismo acompañado de su madre.

En Ararat, Egoyan es fiel a una peculiar manera de narrar, de la misma manera que sigue fiel a sus actores habituales: con la novedad de un soberbio Aznavour y un insólito Christopher Plummer, en el papel de veterano oficial de policía con arraigadas convicciones religiosas. En su comparecencia ante la prensa, Aznavour aludió a la animadversión gubernamental de Ankara hacia el filme. “Aún no han visto Ararat, película que puede servir para la reconciliación, si bien hasta el momento los turcos siguen negando el genocidio”.

Un joven llamado Raffi (David Alpay) vuelve a Canadá con latas de película de 35 mm, algunas videocasetes digitales y un secreto. Durante el control aduanero, el funcionario, David (Christopher Plummer), siente curiosidad por descubrir lo que esconde Raffi, el cual declara que sólo lleva material extra para una película que se está rodando en Toronto. Pero David sospecha que miente y el interrogatorio se convierte en un auténtico examen psicológico que revela fragmentos de sus respectivas historias personales.

Como el reflejo despiadado y neutral que nos devuelve el espejo, el siglo XX nos ha ofrecido la posibilidad de acceder a los recuerdos a través de la imagen, ya sea en su versión fotográfica o fílmica. En una lucha constante entre lo que ésta ofrece y su memoria evocadora se encuentra Ararat, el último título del director canadiense de origen armenio Atom Egoyan (El dulce porvenir, El viaje de Felicia), nacido en Egipto en 1960. Basada en el libro testimonial del médico norteamericano Clarence Ussher que vivió las masacres de armenios a manos de los turcos entre 1915 y 1918, la imagen que nos muestra en esta ocasión Egoyan alude más bien al reflejo de un espejo hecho añicos, una pintura fragmentada en mil pedazos por el paso del tiempo, los golpes y el olvido. En esta amalgama caótica se fusiona el pasado, el presente y el futuro conformando un todo indestructible que marca el ritmo de la acción.

Como el realizador de talento extraordinario que es, Egoyan nos deleita una vez más con su “savoir faire” en una entente con el espectador que cabalga entre el distanciamiento y la identificación emotiva, entre la implicación y la distancia, entre la subjetividad y la objetividad. Para alcanzar esta mixtura, el director opta por una estructuración de la historia a modo de “collage” en el que se mezclan los tiempos narrativos, con espacio para la ficción, la reconstrucción histórica y el drama familiar, con un
“affaire” incestuoso y una relación homosexual que resultan un poco cogidos por los pelos.

Ararat rescata de un olvido cruel el genocidio armenio a través de un laberinto de historias e imágenes intrincadas. Dividido en tres grandes núcleos argumentales, el filme narra las difíciles relaciones de una familia de ascendencia armenia que intenta recuperar sus raíces y exorcizar sus fantasmas; a la vez, reconstruye y teoriza sobre la vida del pintor armenio Gorky, fusionando ambas historias en un juego cinematográfico protagonizado por un poderosísimo Charles Aznavour (París, 1924) que actúa como alter ego de Egoyan. Como dioses particulares de la historia, Edward Saroyan (el reputado director que rueda un filme titulado Ararat sobre la vida del pintor Gorky) y un policía de aduanas en el día previo a su jubilación (un soberbio Christopher Plummer, canadiense de 75 años) serán los puntos de confluencias de las diferentes tramas y preguntas que plantea el metraje, en el que brilla la esposa del realizador, la libanesa Arsinée Khanjian.

Impresionante densidad

Con estas argucias y una música sublime, Egoyan logra que Ararat se desarrolle ante los ojos absortos del espectador como una historia de conflictos, de impresionante densidad y prodigiosa estructura. Para los seminarios y los master quedarán algunas secuencias magistrales como la que monta las imágenes brutales del exterminio en paralelo con la “première” de la película. Nos encontramos ante un relato inacabado en el que se denuncia que la pérdida más dolorosa es la que te imposibilita recordar lo que ha sucedido o tus raíces, más que la muerte o el robo de la tierra de un pueblo. De ahí las manos inacabadas del cuadro de Gorky o la lucha interna del joven Raffi en su intento de comprender los acontecimientos como vía de salvaciónporque los recuerdos son el pasado, determinan el presente y ayudan a construir el futuro.

Ararat
y la película de Raffi

Atom Egoyan fue uno de los primeros directores que, mucho antes del advenimiento del soporte digital, se preocupó por pensar cómo las cintas caseras, el VHS por ejemplo, iban a ampliar las fronteras de lo visible e iban, sobre todo, a extender o a reformular el concepto de memoria.

Menos preocupado por las mutaciones corporales que la tecnología inflige a los cuerpos, como su compatriota Cronenberg, Egoyan insistía una y otra vez en tratar de pensar cómo la tecnología, sobre todo a través de la proliferación de imágenes, más que transformar al cuerpo en su nivel orgánico lo hacía desde un punto de vista cerebral. Con Atom Egoyan entramos en el terreno de la percepción.

Las primeras películas de Egoyan como Speaking Parts (1989), Family Viewing(1987), Next of Kin (1989) son tratados que se adelantaron a lo que años después se preguntarían Cavallier o Lars Von Trier, adhiriendo respectivamente en cada caso a la austeridad o espectacularidad, cuando tras el advenimiento del digital escenificaron la escisión del ojo humano y el ojo mecánico, tal como ocurriría, de acuerdo con Patrice Blouin, en filmes como Vies (2000) o Bailar en la oscuridad (2000).

Por tal motivo, los protagonistas de los primeros largometrajes de Egoyan son seres que deambulan entre la ilusión y la verdad de la imagen, entre la psicosis y la neurosis, entre la obsesión y la perversión, entre el deseo, las pulsiones y la alienación.

Basta recordar a la censora -interpretada por su esposa, la actriz Arsinée Khanjian, que trabaja en todas sus películas, y en Irma Vep de Olivier Assayas- que filma las imágenes que censura para llevárselas a su hermana en El liquidador (1991), o la empleada de hotel que mira una y otra vez los videos clase B en que aparece el chico del que está enamorada en Speaking Parts, o el fotógrafo que sólo conserva de su esposa (que lo ha abandonado por un guía en su tierra natal) un video que han filmado juntos y al que también recurre una y otra vez en Calendar (1992), o el hombre que se filma en pleno acto sexual sobre las imágenes filmadas de la infancia de sus hijos en Family Viewing. Sin dejar de mencionar la puesta en abismo de Exótica (1994), una de las más negras de la historia del cine, cuando un padre, acusado del asesinato de su hija, mira el video donde la niña se ejercita en el piano, mientras se alternan imágenes en 35 mm. de un campo de girasoles donde fue encontrado su cuerpo.

Con diferencias, todas las películas abordan las transformaciones de la subjetividad a través de la irrupción de las cámaras portátiles, menos auráticas que el 35 mm., que trastocan la experiencia y las mentes, al punto de que algunos recuerdos dejan de ser recuerdos vividos para ser recuerdos filmados, retazos de la memoria en un ordenador. Frecuentemente retumban en la memoria unas palabras que Egoyan le dijo a un periodista con respecto al estreno de Exótica (1994): “El valor de las filmaciones caseras es que son como pedazos de vida que están allí, más allá de que se recurra a ellas o no.”

De origen armenio, la familia de Atom Egoyan emigró a Canadá por la persecución que la dictadura de Nasser desató sobre los armenios en Egipto. La película que trata sobre el genocidio turco contra el pueblo armenio. Ararat cuenta un momento en la vida de una profesora de historia del arte, Ani, que es viuda: su marido murió cuando intentó asesinar a un diplomático turco. El hijo de Ani, Raffi, está de novio con una joven, cuyo padre se ha suicidado hace años, cuando Ani, que en ese momento era su amante, le contara que tenía otro hombre. Entretanto, un director de cine armenio, Edouard Saroyan (Charles Aznavour, en homenaje a Truffaut), filma su película sobre el genocidio en la ciudad de Van. El hilo conductor entre todos los personajes es la figura del pintor: Ani escribió un libro que da cuenta de su obra y de la relación de ésta con el genocidio, lo que la lleva a ser asesora de la película en cuestión. También, hay un policía del área de narcóticos a punto de jubilarse en el aeropuerto de Toronto y un hijo que trabaja en el museo donde se exhibe el más famoso de los cuadros de Gorky: Madre e hijo.

Como en los largometrajes inmediatamente anteriores, Egoyan abandona algo de la experimentación que había transitado en sus primeras películas para narrar esta historia de una manera un tanto más convencional. Así, y aunque la estructura de “collage” persiste, las fracturas temporales y las “imágenes cristal” desaparecen en pos del “flash-back” fechado, el espacio orgánico y el “raccord”.

De los distintos gestos distanciados -reflexivos- que podemos encontrar en la película el más notorio es el del cine dentro del cine, seguramente banal para muchos, pero que aquí cobra una fuerza especial porque se relaciona con los cuadros de Gorky y la filmación en formato digital que Raffi hace por fuera del rodaje de la película de Saroyan, personaje a su vez de un filme de Truffaut.

Porque, justamente, la película de Saroyan es la película que el “mainstream” (método convencional) haría sobre el genocidio armenio, y para exorcizar ese fantasma, el fantasma de que Ararat se integre al mapa cinematográfico de manera complaciente -a lo Benigni-, Egoyan incorpora ese fantasma dentro de su película. Seguramente, el momento culminante de este mentado exorcismo es cuando el director, el actor principal (Bruce Grenwood, excelente), el guionista y la asesora llegan en limusina al estreno internacional del filme.

Justamente, y a pesar de que el rodaje de Saroyan ocupe gran parte de la proyección, la película que Egoyan filmó sobre el genocidio armenio es igual a la del cuadro Madre e hijo de Gorky: Una película que finaliza pero que no se termina, una película que como las manos borroneadas de Madre e hijo, muestra las grietas, las fisuras, los vacíos. En otras palabras, la película de Raffi.

En esta “delgada línea roja” se instala Ararat de Egoyan. En una línea que más que proveer una respuesta se pregunta por el odio, por el amor, por el arte, por el cine, por la tierra y como siempre, por la memoria. Es así que todos los filmes de Egoyan hablan del genocidio: basta con querer mirar.

Ararat (2002) – Charles Aznavour, Arsinée Khanjian


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