CHICAGO

Director: Rob Marshall. 2002. EE.UU.−Canadá. Color

Intérpretes: Catherine Zeta-Jones (Velma Kelly), Renée Zellweger (Roxie Hart), Richard Gere (Billy Flynn), John C. Reilly (Amos Hart), Queen Latifah (Matron “Mama” Morton), Christine Baranski (Mary Sunshine), Dominic West (Fred Casely), Lucy Liu (Kitty), Deirdre Goodwin (June), Denise Faye (Annie)


La promesa de la Ciudad del viento de ofrecer aventuras y oportunidades deslumbra a Roxie Hart (Renée Zellweger), una actriz aparentemente inocente que sueña con que el baile y la canción le permitan abandonar su humilde vida. El mayor deseo de Roxie es seguir los dorados pasos de la artista de vodevil Velma Kelly (Catherine Zeta-Jones). Roxie consigue su sueño cuando algunos actos equivocados acaban con la artista y la debutante en la cárcel, ambas acusadas de sendos asesinatos. Bajo el maligno cuidado de la guardiana Morton, Roxie consigue reunirse con el legendario abogado Billy Flynn (Richard Gere), que acepta el caso de Roxie a cambio de unos cuan-tiosos honorarios. La carrera de Roxie despega, con el disgusto de su mentor. Pero la astuta Señorita Kelly nos reserva algunas sorpresas para el segundo acto…



Chicago, años 20. La mayor ilusión de Roxie Hart (Renée Zellweger) es convertirse en una gran estrella del espectáculo emulando a su gran ídolo, Velma Kelly (Catherine Zeta-Jones).

Para conseguir su propósito, Roxie es infiel a su anodino marido Amos (John C. Reilly) con el vendedor de muebles Fred Casley (Dominic West), con la intención de que los contactos de éste puedan ayudarle en su empeño de conseguir el estrellato.
Roxie matará a Casley cuando se dé cuenta que sólo le ofrece promesas para conseguir sus favores sexuales. Ya en prisión, coincidirá con Velma y gracias al abogado Billy Flint (Richard Gere) intentará librarse de la pena de muerte.

Magnífica traslación cinematográfica del musical de Bob Fosse (Cabaret) la realizada por el debutante Rob Marshall, quien bebe de diversas fuentes, especialmente del esencial Busby Berkeley, con un innovador sentido del espectáculo visual y de la mecanización exquisita e ilusoria de las producciones Metro de Arthur Freed, sin olvidar claro está la simiente de Fosse, un director y coreógrafo de gran estilo con querencia jazzística.

Espléndido su intercalado sin respiro y con talento de las canciones y el baile como engranaje narrativo, exaltando la trama y personajes de manera magistral, gracias a la habilidad de Marshall, el guionista Bill Condon y el editor Martin Walsh, quienes crean un maravilloso artificio no como mero artificio en sí mismo, sino como medio de fusión entre realidad anhelada y fantasía real que consigue sus propósitos de distracción y festejo musical.

Esta historia, ambientada en la feliz y vehemente década de entre guerras, los años 20, se alimenta de los tópicos que significan la ciudad de Chicago: la música jazz, los clubes o la violencia gansteril están astutamente exagerados para crear una especie de alegoría sobre el mundo del espectáculo y la farándula en los confines de la prisión, sus prisioneras y los contactos que establecen las mismas, en especial su protagonista principal.

Aspirantes a estrellas (las reas), representantes (abogado) que abandonan a unas y se preocupan de otras en función de una popularidad nutrida del escándalo, más que del talento, simplemente con el objetivo de su beneficio económico y con maquinaciones en donde sólo vale el engaño y la mentira que conmueva a un influenciable público de fácil manejo emocional, instruido por un periodismo sin criterio, despersonalizado y manipulado por intereses creados.

Es un contexto similar al nuestro y de clara atemporalidad, vislumbrado de manera cínica.

También subyace en este relato de deseos y ambiciones, de ascensos y caídas en el estatus estelar, de estupendas canciones y loables números musicales, una liberación femenina de la cotidianeidad aburrida y monótona en su vida marital y personal, con un propósito que no permite afectos y sí la competencia profesional y la dejadez sentimental.

Si la trayectoria artística de la galesa Catherine Zeta-Jones, una avezada actriz del teatro musical en sus comienzos como intérprete, ya podría hacernos sospechar sus loables mañas como cantante y bailarina, sorprende el trabajo de Renée Zellweger y Richard Gere, cada uno con sus limitaciones pero cumpliendo a la perfección su difícil papel, con un Richard Gere incluso ejecutando un sudoroso número de claqué.


No sabría decir cuál es el motivo, pero los musicales siempre han acaparado multitud de premios a lo largo de la Historia del Cine. Aunque personalmente me resulta sorprendente que filmes como Gigi hayan conseguido en su día nueve Oscars, está claro que los miembros de la Academia no lo ven así, por lo que, desde este punto de vista, no cabe encontrar mayor coherencia a las trece nominaciones que a dicho galardón ha obtenido Chicago.

El entusiasmo que ha suscitado el debut cinematográfico de Rob Marshall es de tal magnitud (supera incluso los laureles que el año pasado recibió Moulin Rouge), que pocos dudan de que nos hallemos ante el éxito sorpresa de la temporada. Sinceramente, ¿hay para tanto? Si bien desde una perspectiva estrictamente formal la película es un disfrute para los ojos, no veo que semejantes agasajos se puedan decir de su argumento, embellecido únicamente gracias a que se ve rodeado de florituras musicales y artificios visuales.

Y es que Chicago sorprende al espectador con su ágil puesta en escena; y ello a pesar de que no hay movimientos de cámara que nos dejen atónitos o despampanantes utilizaciones de las masas, aunque en cambio sí existe un fantástico empleo del montaje, intercalándose acertadamente la realidad de la historia con los pensamientos, deseos y sentimientos de algunos de los protagonistas. Surgen en estos pasajes verdaderas maravillas, fugaces fragmentos de brillantez, tal y como se puede comprobar cuando vemos lo que en realidad persigue Flynn con sus añagazas (así, la aparición de personas disfrazadas de marionetas resulta muy afortunada).

Por otro lado, y volviendo al tema del argumento de la película, éste no es otro que el del “todo vale con tal de triunfar”. Los avatares de Velma y Roxie, demasiado folletinescos, no destilan el carisma que podemos encontrar en los clásicos musicales de Hollywood, siendo lo más interesante del guión sus (escasos) diálogos incisivos (se echa en falta una mayor presencia de este tipo de humor negro), sus instantes más dramáticos (igualmente insuficientes, por lo que al espectador ni siquiera se le permite echar una lagrimita) y, sobre todo, el cínico retrato de una sociedad frívola y superficial que vive asentada en un monumental circo. Y es que, por mucho que nos disguste, habitamos en un mundo de manipulaciones, llegándonos éstas desde cualquier frente. Por supuesto, el mayor tramposo de todos, el caradura más insistente, es el único vencedor posible (pretendientes para ocupar semejante podio no faltan nunca).

Aunque Renée Zellweger tiene momentos en los que está fabulosa (atención a su intencionadamente exagerada actuación cuando declara en el juicio), e incluso a Richard Gere se le ve más correcto que de costumbre, es Catherine Zeta-Jones quien más destaca de todo el reparto. Su espectacular entrada en escena, ocultándosenos su rostro justo antes de que comience a cantar “All That Jazz”, es digna de todo tipo de halagos, sorprendiéndonos luego, no ya con sus electrizantes bailes y cantares, sino con el aura de desvergüenza que sabe darle a su personaje.

Finalmente, la banda sonora, formada por canciones de John Kander y Fred Ebb (que han compuesto una expresamente para la película: I Move On), se ve acompañada por la breve y jazzística partitura de Danny Elfman, incorporándose ésta con perfección a la obra original.


Tras la revolucionaria y original visión-homenaje que Moulin Rouge llevó a cabo el año anterior, el género musical insiste en volver a gozar de esa popularidad que le dieron Gene Kelly y Fred Astaire en su época dorada y que evolucionó con Cabaret o Hair hasta la madurez. En una nueva y comentadísima baza, Chicago se ha colocado como una de las grandes favoritas a alzarse en los Oscar como el gran título del año y, sin embargo, tras su visión en la Berlinale, las expectativas no se han visto del todo cubiertas.

Aunque es evidente que lo rescata con eficacia, con brío y con seriedad, Chicago arriesga menos en su aportación al musical y recurre, precisamente, al mayor genio del género, Bob Fosse, para adaptar un espectáculo creado para Brodway en 1975 que trataba, tamizado con humor y fortalecido por el poderío visual y coreográfico de su creador, temas tan complejos como la manipulación mediática, el poder de la ambición o los fenómenos de masas. Como Fosse, Rob Marshall, el debutante director de esta película, está curtido en las tablas de un teatro y demuestra conocimiento de causa en cuanto a coreografías. Sin embargo, tras esa estricta y loable profesionalidad, se esconde una ausencia casi total de personalidad cinematográfica que, a pesar de ensamblar con mano casi maestra todas sus influencias e inspiraciones en un producto dinámico y formalmente irreprochable, no puede evitar que adolezca de una chirriante intrascendencia y lo convierta en un filme deudor y sincrético de la historia de tan denostado género.

La fuerza, la pasión y la vibrante personalidad que hacían de musicales como Cabaret piezas de gran potencia dramática, son diluidas, sin saber muy bien si se trata de un problema de planteamiento o de resolución, en beneficio de una falta total de innovación, de una concesión demasiado indisimulada al entretenimiento asegurado, en un tratamiento no se sabe si ligero o insuficiente de la potencia dramática de la historia de Roxie Hart, una asesina que utilizará su crimen y varias mentiras más con tal de llegar al estrellato. Pasando de puntillas, epidérmico y superficial, el guión de Chicago renuncia torpemente al retrato más profundo de un mundo regido por el “show business” y encuentra su gran error en que no consigue implicar al espectador en lo emocional como lo enamora en lo visual.

Porque, en este último aspecto, la película es irreprochable, y su perfección formal lleva, incluso, al momentáneo entusiasmo: a través de una agilidad narrativa loable, de una labor de montaje demoledora y de una ambientación del Chicago de la época de lo más correcta, las dos horas de película transcurren con fluidez, con curiosidad, con deslumbramiento ocasional para el espectador. El tratamiento del color, la fotografía esplendorosa, la brillantez de las coreografías (no en vano ideadas por Fosse) cubren las exigencias de los integristas del musical y en pantalla grande, con buen sonido, alcanzan dimensiones de sobrecogimiento. La sombra de Fosse, aun siendo tan sólo su silueta, sigue sien-do un buen árbol al que arrimarse, e incluso las interpretaciones “extracinema-tográficas”, a saber, vocales y coreográficas, de Renée Zellweger y de Catherine Zeta-Jones, que no de un Richard Gere algo envarado y hasta ridículo, sorprenden muy gratamente.


A pesar de los premios recibidos, Zellweger pierde la carrera contra Zeta-Jones por un menor poder de fascinación ante las cámaras, por una menor seguridad ante unos papeles que requerían mayor conocimiento del cuerpo, por una falta de carisma y, lo que a algunos sorprenderá más, ante una mayor afectación de su interiorización del personaje. Temperamental, versátil y seductora, la galesa y morena Zeta-Jones roba la película a la rubia y enclenque norteamericana presentando al espectador, con naturalidad y desenfado, su mejor trabajo hasta la fecha. Confirma con su arrolladora aparición en Chicago que está hecha de esa pasta que, de ser bien explotada, puede ofrecer grandes momentos al cine americano y convertirla en la gran estrella fe-menina que la industria busca. No es tanto la complejidad de su interpretación como su saber estar en la pantalla lo que hace que sea, sin duda alguna, lo más estimulante del plantel de actores que se completa con un excelente elenco de secundarios donde destacan John C. Reilly y la rapera Queen Latifah.

Así, con el dilema de cuánto debemos pedir a esta película, de si desmerece ante las expectativas o cumple con sus ambiciones iniciales, resulta prudente describir Chicago como un filme satisfactorio, pero no imprescindible; dinámico, pero no vibrante; correcto .pero jamás genial; conflictivo en esa acumulación de errores y de aciertos, pero con indudable atractivo en ese envoltorio que lo eleva a producción de esmerado lujo.

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