Director: Pedro Almodóvar. 2002. España. Color
Intérpretes: Javier Cámara (Benigno Martín), Darío Grandinetti (Marco Zuluaga), Leonor Watling (Alicia), Rosario Flores (Lydia González) Geraldine Chaplin (Katerina Bilova), Mariola Fuentes (Rosa), Adolfo Fernández (Niño de Valencia), Roberto Álvarez (el médico)

El telón de rosas color salmón y grandes flecos dorados que cubre el escenario, se abre para ver un espectáculo de Pina Bausch, Cafe M√ºller. Entre los espectadores, dos hombres están sentados juntos por casualidad, no se conocen. Son Benigno (un joven enfermero) y Marco (un escritor de cuarenta y pocos años). En el escenario, completamente lleno de sillas y mesas de madera, dos mujeres con los ojos cerrados y los brazos extendidos se mueven al compás de “The Fairy Queen” de Henry Purcell. La pieza provoca tal emoción que Marco rompe a llorar. Benigno puede ver el brillo de las lágrimas de su casual compañero, en la oscuridad del patio de butacas. Le gustaría decirle que a él también le emociona el espectáculo, pero no se atreve. Meses más tarde, los dos hombres vuelven a encontrarse en la Clínica “El Bosque”, una clínica privada donde Benigno trabaja. Lydia, la novia de Marco, torera de profesión, ha sufrido una cogida y está en coma. Benigno justamente se ocupa del cuidado de otra mujer en coma, Alicia, una joven estudiante de ballet. Cuando Marco pasa junto a la puerta de la habitación de Alicia, Benigno no duda en abordarlo… Es el inicio de una intensa amistad… tan lineal como una montaña rusa. Durante el tiempo suspendido entre las paredes de la clínica, la vida de los cuatro personajes fluye en todas las direcciones, pasado, presente y futuro, arrastrando a los cuatro a un destino insospechado.

Acusado de “sólo” retratar con maestría el universo femenino, Almodóvar entrega el protagonismo a dos hombres heridos ante sus amores en estado de coma, y vuelve a bucear en los sentimientos de forma sutil y emocionante, gracias a un guión pleno de una intensidad “in crescendo” -su mayor mérito- que acaba por desarmar al espectador. Dirigida por la mano experta y singular de uno de los mejores realizadores actuales del mundo, el filme volvió a conquistar corazones y taquillas de medio planeta. En otras palabras: otro melodrama magistral.



Acusado de “sólo” retratar con maestría el universo femenino, Almodóvar entrega el protagonismo a dos hombres heridos ante sus amores en estado de coma, y vuelve a bucear en los sentimientos de forma sutil y emocionante, gracias a un guión pleno de una intensidad “in crescendo” su mayor mérito que acaba por desarmar al espectador. Dirigida por la mano experta y singular de uno de los mejores realizadores del mundo, el filme volvió a conquistar corazones y taquillas de medio planeta. En otras palabras: otro melodrama magistral.
En el amor no hay nada más frustrante que el dejar palabras pendientes. La falta de comunicación sea voluntaria o por descuido convierte a la incertidumbre en el peor de los infiernos. Almodóvar lo sabe, como bien lo sabe cualquier persona que haya estado enamorada, y así lo demuestra en esta película, cuyo título se erige como una máxima de supervivencia en las lides de pareja.


La falta de comunicación entre la torera Lydia y su pareja, también matador de toros, la sume en un deseo de muerte que busca encontrar en cada faena. Marco, un periodista que pretende hacer un reportaje sobre ella se hace presente en su vida cuando Lydia roza el borde del abismo. Por azares del destino comienza una relación entre ambos, que para ella no es más que un escape, una forma de ocultar sus miedos y su desolación. √âl así lo intuye, sin embargo deja que las cosas sigan su camino. Pero es inminente que la verdad debe salir a flote, y cuando ese momento llega, un desafortunado accidente en el ruedo les arranca la posibilidad de hablar y escuchar. El daño es irreversible, Lydia respira, pero ya nunca más podrá vivir. Una charla quedó pendiente, la carga de conciencia pesa demasiado sobre él.
En el hospital donde la atienden, Marco conoce a Benigno, un enfermero que ha dedicado cuatro años de su vida a cuidar a Alicia, una bella bailarina de la que se enamoró antes del accidente que la lleva a compartir el destino trágico de Lydia. Entre ambos hombres surge una amistad que los hermana en la desgracia, aunque los puntos de vista de cada uno difieren entre sí.
Benigno insiste en tratar a Alicia con delicadeza, con suavidad y ternura, tres cosas que él jamás recibió de ella, quien apenas lo conoció. Eso no importa al enfermero, porque quien ama de verdad entrega sin esperar nada a cambio. Mientras, Marco ni siquiera se atreve a mirar a Lydia, para él, su cuerpo inerte se convierte en la materialización de su culpa. Ahí está, sin decir una sola palabra frente a ella, esperando vanamente que obre un milagro. Benigno solamente le puede dar un consejo: Hable con ella.

Benigno sublima su amor de distintas maneras, pero siempre dirigiéndose a Alicia como si fuera a recibir respuesta, Marco sólo atina a darle la espalda a Lydia. Sabe que ella iba a terminar su relación, pero al no permitir que lo dijera, pensaba que podía evitarlo. Ahora, los labios de ella jamás lo dirán, y sin embargo, ya la ha perdido.
Derrama lágrimas que en nada alivian su pena, de alguna forma se siente responsable de lo que pasó, pero ya ni siquiera tiene el derecho de permanecer a su lado. Su verdadero amor, su antiguo novio, ha vuelto para estar con ella, estrechar sus manos y hablarle, deseando con el corazón que Lydia escuche. Así permanecerá, a su lado hasta los últimos días. Marco está de más.
Las formas para demostrar el amor son tantas y tan grandes como la fuerza que los mueva, y la fuerza de Benigno no conoce límites. El buen enfermero incapaz hasta de vivir para sí mismo, un pobre joven dependiente primero de su madre y después de Alicia, extensión de la figura materna, como se demuestra en la secuencia onírico/cinematográfica del Amante Menguante, que más que una fantasía sexual, se trata del freudiano retorno al útero materno todo protector, renueva los rituales de su amor a cada día y así se lo demostrará a su amada, aun cuando el mundo esté en su contra.
Un acto criminal ante la sociedad es la más pura muestra de amor para Benigno y se convierte en la sustancia de vida para Alicia. Un frenesí desesperado que a él lo condena, a ella la salva. Alicia ha despertado, sin conciencia de lo que ha sucedido a su alrededor y sin saber nada de su verdugo y paradójico salvador. Benigno, al suponer que murió, sabe que su misión en este mundo ha terminado y lo único que queda es despedirse de su buen amigo Marco.
Decide dejar atrás su dolor de la única forma en que logrará hacerlo desaparecer por siempre. Sabe que le entregó a Alicia su vida y su corazón, eso lo deja en paz. Después de la huida sin retorno, el cuadro de esta historia se ha cerrado, pero el círculo del amor, en perpetuo movimiento, siempre brinda nuevas oportunidades.

Filme muy galardonado, recibió -entre muchos- el Premio Oscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood a Mejor Guión Original, 2003.


Tras su paso triunfal por el Festival de Cannes, los Goya, los Oscar y una campaña de promoción de casi un año, todo ello a propósito de Todo sobre mi madre, Pedro Almodóvar ha acudido puntualmente a su cita bianual con una película que resulta algo contradictoria, confusa, pero que tiene el gran valor de resultar una muy buena película pese a sus errores, de no ser devorada por las expectativas.
Hable con ella contiene lo mejor del cine de Almodóvar, supone un paso adelante en su filmografía, una evolución en su estilo a la vez que respira sus mejores y más características esencias. El primer gran cambio viene dado por el protagonismo indiscutible de dos hombres: Marcos y Benigno, periodista y enfermero, que tendrán un encuentro tan casual como mágico en el hospital que guarda en punto muerto las vidas de dos mujeres importantes en sus vidas. Es esta situación al límite la excusa que utiliza Almodóvar para desarrollar un argumento que no puede ser explicado para que resulte atractivo, porque basa su gran personalidad y poder de fascinación en que derriba las barreras de la lógica, borra la frontera entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo reprobable, convierte una trama inenarrable en un filme brillante. Con su gran sensibilidad y su profundo carisma, el director manchego ha conseguido, en este sentido, con Hable con ella su obra más sutil, sensible y madura. Explora en los terrenos más brillantes del cine europeo para ofrecer un estudio de los personajes absolutamente demoledor y vertebra una gran tragedia para descenderla hacia lo mundano, lo habitual, sin tremendismos.
Contextualiza con escrupulosidad un relato próximo, en el que se nos describen seres tan minuciosamente que habrá que revisar todos nuestros valores, leyes y creencias para luego evaluar los acontecimientos que se desarrollan a lo largo de la película. Y así, Almodóvar hace, casi por primera vez, una película que irá creciendo en la mente del espectador con el paso de los días tras la proyección.

Este efecto es debido, con toda seguridad, a que poco a poco van cayendo al fondo del olvido sus errores para elevar sus grandes cualidades. Porque en su alabada dirección de actores sigue siendo una constante la introducción de un actor de pésimas cualidades dramáticas. Tras Liberto Rabal en Carne trémula y Penélope Cruz en Todo sobre mi madre, Almodóvar vuelve a sorprender con la elección de Rosario Flores para uno de los papeles de Hable con ella, eso sí, el menos profundo de los cuatro protagonistas. Nada que ver con la impresionante presencia de Leonor Watling, que a pesar de sus escasas líneas de diálogo enamora desde la referencia y el silencio, la plausible transformación interpretativa de Javier Cámara, de ductilidad inconmensurable, y el aplomo de Darío Grandinetti, contrapunto al mundo ilusorio y emotivo de Benigno. Ellos saben plasmar con sus trabajos la inmensa complejidad del guión escrito con mano maestra por Almodóvar y que está plagado de reflexiones memorables, filosofía que se desgrana en cada secuencia y que forma una de las historias de amor, pese a lo enfermizo, más hermosas vistas en la pantalla.
Esa gran belleza temática es perfectamente correspondida con un campo en el que Almodóvar sí ha alcanzado su punto álgido con esta película: el técnico. Pese a que reincide en el abuso de los saltos en el tiempo, en Hable con ella introduce la cámara como un narrador nostálgico y emotivo, de una poderosa capacidad de expresión que nos desnuda los personajes, nos arranca la lágrima y convierte la cinta en una primorosa coreografía, en una pieza casi musical. Para ello, Almodóvar ha contado con la inestimable colaboración de Alberto Iglesias, que ha compuesto una sensible banda sonora de gran potencial dramático, y la escuela Pina Bausch, que abre y cierra la película a modo de telón con su trabajo escénico. Asimismo, su virguería visual es especialmente expuesta en una pequeña joya incluida en Hable con ella, el gran sueño del director de imbuirse en el cine mudo cristalizado en “El amante menguante”, siete minutos protagonizados por Paz Vega y Fele Martínez que resultan absolutamente deliciosos mientras sirven de elipsis al punto de inflexión argumental de la película.
Pese a la truculencia de la trama, Almodóvar se resiste a abandonar el humor que siempre le ha caracterizado, ese genuino retrato de la España más cañí dirigido sin ánimo de esperpento, sino con sumo cariño, que en esta película ofrece momentos antológicos, chispeantes, que agilizan un ritmo un poco renqueante al principio pero que al final adquiere una intensidad abrumadora. Y así, combinando todas las facetas de su complejo cinematográfico, Almodóvar ha conseguido una imperfecta obra maestra, un filme de extraordinario virtuosismo, que apunta y acierta justamente en el centro del corazón.

Situada cronológicamente tras su apoteosis internacional y planetario (aunque con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) saboreó con delectación las mieles del éxito, cumpliendo de sobra la cuota que su glorificado Warhol reservaba para cada persona), Hable con ella era esperada con proverbial maledicencia -en España esto se nos da pero que muy bien- como la película que haría caer el mito, el punto y aparte tras su éxtasis, “!Peeeeeeeeeedro!”, recitado de vírgenes, pechitos rampantes y malagueño simpaticoide mediante.
Pero ocurrió que el coloso no se vino abajo. Antes al contrario: Hable con ella fue el aldabonazo definitivo, mucho más allá de premios, distinciones y tacañerías varias. En ella Pedro salía triunfante de la endemoniada película “después de”, temido hito que se supone doblemente importante para un artista tan aficionado a que se hable de él. Después de tocar el techo, cuando los espontáneos se arremolinaban en los balcones para ver el cráter que haría su oronda persona al chocar contra el asfalto (“este país siempre ha estado dividido en dos (…): por una parte los envidiosos y por otra los intolerantes”), Pedro Almodóvar rodó su mejor película hasta la fecha.
En Hable con ella demuestra que es un yonqui del riesgo, las curvas cerradas y los semáforos traspasados sin atender a su color encarnado; empeñado sin descanso en convencerse a sí mismo de algo, empecinado en superar su estilo -importante corsé que revienta constreñido por sus propias limitaciones en Kika (1993)- y ganarse una más que merecida libertad. Que su cine, en suma, es consustancial al exceso, que sus personajes increíbles se trocan verosímiles por obra y gracia de su mirada. Esta es una característica quizás apuntada en alguna de sus películas anteriores, pero que no alcanza verdadera altura poética hasta esta nueva etapa emprendida de ocho años a esta parte. Un lapso de tiempo en el que ha tomado conciencia de su oficio y lo defiende con las armas del mismo: pasión, sí, pero transmitida con virtuosismo.

Si a alguien que todavía no hubiese visto la película le contase de manera telegráfica la trama de la misma, creería irremisiblemente que le estoy tomando el pelo. Aunque después de Todo sobre mi madre (1999), quedó claro que Pedro es capaz de trocar esa sensación de incredulidad, ridículo y algo de verg√ºenza ajena en genuina emoción.
A la altura, pues, de la Cecilia Roth de esta última estaría el Javier Cámara de Hable con ella. Enfermero prisionero de su dedicación, mártir vocacional, alma sensible y algo reprimida, “voyeur” de vidas ajenas que renunció tiempo atrás a vivir la propia. Misionero sin nadie a quién alfabetizar, vaga cargado de ambig√ºedad por las dependencias de un hospital impoluto, aséptico lugar donde aparcar a los no vivos hasta que dejen de alterar el electroencefalograma.
El bonachón e introvertido Benigno cometerá uno de los delitos más detestables que imaginarse pueda (violar a una mujer inerme), transformando con todo este acto atroz en un sublime sacrificio de amor; entrega compleja, recriminable, alocada, tan ingenua como punible. ¿Cómo se las apaña Almodóvar para que la partida de Gollums que pueblan sus filmes nos acaben resultando entrañables, dignos de conmiseración? Todavía no conozco el secreto. Para este caso en concreto, resumía su quehacer con lacónicas palabras: “mezclo algunos hechos sacados de crónicas periodísticas con el recuerdo personal de un gran amor”.
De hecho, escuchándole hablar de cine -demostrando, siempre que tiene la menor ocasión, su incuestionable cultura cinéfila: Pasolini, Visconti, Antonioni, Truffaut, Godard o Bergman-, de sí mismo o de sus personajes, me sigue causando cierto repelús esa manía suya de supeditarse a… lo que la mayoría espera oír de él. Como tantos otros directores, parece que se divierta tomándonos el pelo, haciendo chistes privados reídos -!por la cuenta que les trae!- por su siempre resplandeciente casting. Es consciente de que él forma parte inseparable del producto. Y cree saber venderse bien. ¿Acaso se equivoca?
Sensaciones encontradas. Me sincero conmigo mismo: cuánto más pienso en Hable con ella más rocambolesca me parece, aunque subraye y encuentre muy acertadas las acotaciones de otros críticos. “Hable con ella se concentra en la comunicación entre los sexos y, más inquietantemente, en las consecuencias del fracaso de la comunicación”.
¿Qué puede ver una torera en el periodista argentino incorporado por Darío Grandinetti? Algo nos dice que esa relación no prosperaría de ninguna de las maneras, como la de Benigno con Alicia. (En el mundo de ahí fuera, quiero decir, a mil millas de la ficción cinematográfica). Amores imposibles donde, para variar, son los hombres los que aguardan en vano. “Almodóvar habla de dos parejas heterosexuales (…) pero a la vez anormales. Es que las dos mujeres están como muertas, y los dos hombres se comportarán a lo largo de la trama con el estereotipo que la sociedad hace de las mujeres: se mostrarán desbordados por los sentimientos, llorarán a moco tendido, serán solidarios en la desgracia”.
En los últimos filmes de nuestro director más clásico -no debemos confundir el “modernismo” pretendidamente rompedora de sus tramas con la deliciosa carga formal con que las cuenta- se multiplican los personajes y sus formas surrealistas de interrelación; sin llegar nunca a ser corales, el baile de media docena de personajes disputándose amores y recuerdos termina, tras carambolas a tres bandas, en empates o tablas, sin ningún claro vencedor.
La gran paradoja consiste en que los personajes de Almodóvar acostumbran a lograr sus objetivos, saciando en mayor o menor grado sus apetitos animales. Efectivamente: se acuestan con sus idolatrados espejos, consuman venganzas transformistas, se encuentran a sí mismos o se liberan de compañeros/as mediocres.
Y como le ocurre a Benigno, el trayecto resulta estéril. Aquello que se ama queda inmediatamente destruido una vez que se posee. Bien porque esta acción no sea comprendida por una sociedad ajena a los matices o porque la efímera belleza quede aplastada, marchitada, deshojada tras el apretujón de la pasión. “Las leyes condenan al que ama”. El enfermero ya tiene sus dos alas y abandona este mundo de una honrosa sobredosis, purificador chute con el que esperaba reunirse con Alicia, compartir catatonia, inconsciencia… paz.
Almodóvar es un protector de especies en vías de extinción, un naturalista aficionado a coleccionar las flores del mal.