Director: Spike Lee. 2002, EE.UU. Color
Intérpretes: Edward Norton (Monty Brogan), Philip Seymour Hoffman (Jakob Elinsky), Barry Pepper (Frank Slattery), Rosario Dawson (Naturelle Rivera), Anna Paquin (Mary D’Annunzio), Brian Cox (Padre de Monty), Paul Diomede (Simon), Tony Devon (Agente Allen)

Las horas están contadas para la libertad de Monty Brogan. Empieza la cuenta atrás: en tan sólo 24 horas, deberá ingresar en prisión, donde pasará 7 interminables años por tráfico de drogas. Habiendo sido una vez el rey de Manhattan, Monty está a punto de decir adiós a las luces de los flashes, a sus sueños de grandeza y al único tren de vida que conoce -una vida que le abrió las puertas de los clubes más exclusivos de Nueva York, pero que también lo alejó de las personas que más lo querían-. En su último día en libertad, decide poner su vida en orden con las personas importantes de su pasado; intentará volver a encontrarse con su padre (Brian Cox), que nunca ha renunciado a su hijo, y reunirse con sus dos mejores amigos de juventud, Jacob (Philip Seymour Hoffman), un tímido profesor, y Slaughtery (Barry Pepper), un brillante broker de Wall Street. Sin olvidar a su novia, Naturelle (Rosario Dawson), que puede -o no- ser la persona que lo delató a la policía. En este momento, Monty no está seguro de nada, pero el tiempo se acaba y debe tomar una decisión.

La última noche no es sólo un filme que aborda de modo magistral las segundas oportunidades, sino que plasma de un forma tan apabullante un tema como la amistad que es imposible despegarse de la veracidad, inteligencia y avidez de sus magistrales diálogos, diálogos que muestran la debilidad de cualquier persona en una situación que va más allá de lo imaginable, que nos hablan sobre miedos, frustraciones y temores gracias a la brillantez de la que hace gala.
Y tras esos miedos y toda la incertidumbre volcada en ellos, un Barry Pepper magistral, que ofrece un recital interpretativo inigualable, un Edward Norton serio, conciso, fulgurante, capaz de aplacar cualquier resquicio de duda con un solo gesto, un Seymour Hoffman antológico, que agarra su personaje, escarba con fuerza y deja momentos de una brillantez inaudita, una Rosario Dawson pletórica, que arranca todas sus emociones con una simple mueca, con un sencillo posado.
La inconmensurable realización de Spike Lee, que en escasos veinte minutos ha retratado los personajes de “La última noche” con una pericia, un trazo y una cercanía enormes, es deslumbrante por momentos, repleta de detalles de una precisión milimétrica (la secuencia repetida en los abrazos o gestos de afecto, el modo de introducirnos en el revoltijo de pensamientos de Monty, los desamparados planos en primera persona de unos protagonistas rebasados por sus propias acciones, etc…) y culminada con un final esplendoroso, que no sólo da el cierre a una última media hora espectacular, de sentimientos puros y auténtica lucidez, sino que remacha con una de esas conclusiones inigualables que, cuando creías haberlo visto todo hacen que resbale la última lágrima, esa que, como una nueva oportunidad, se desliza sobre un cauce de esperanza e ilusión.
Acto seguido, sólo queda perplejidad por saber cuántas segundas oportunidades has malgastado, y cuantas seguirás malgastando a lo largo de tu vida, porque si bien las dudas afloran en tu interior, la única duda eludible es que “La última noche” es un film franco, impresionante y de una maestría que muy pocos habrían sabido manejar. Tan pocos como aquellos que sí aprovechan las oportunidades dadas.

La mejor película de Spike Lee.
Spike Lee puede descansar tranquilo gracias a su última película, su primera y única obra maestra que, paradojas del mundillo cinematográfico, ha sido abandonada al circo de los leones sin apenas promoción y nula resonancia crítica. Si Spike Lee ya había demostrado su talento de sobra en títulos como “Fiebre salvaje”, “Malcolm X” o “Haz lo que debas”, con “La última noche”, alejado ya de toda temática exclusivamente afroamericana, compone una entrañable historia de redención, al mismo tiempo que le regala a su amada New York el más bello poema posible en estos tiempos apocalípticos en que vivimos (antológico el diálogo frente a la Zona O).
Además, para contentar a sus detractores, desaparece todo signo panfletario característico en su filmografía, y sustituye su habitual dogmatismo por un relato en el que la humanidad, y la falta de ella, resulta ser la base primordial de los personajes, y el motor de su mensaje: después de la caída, es posible levantarse. La cinta está basada en la novela original de David Benioff, y su trama, con un punto de partida aparentemente nimio, se desarrolla alrededor de las últimas 25 horas (de ahí el título original, 25th hour) de un camello antes de ser ingresado en la cárcel durante un período de siete años.
Monty Brogan está a punto de caer derrotado. Se avecina una tragedia en forma de rejas, palizas, violaciones y destrucción total de la personalidad. Por eso, acepta con resignación su culpa, y comprende que sólo queda una escapatoria posible: cambiar, curar el alma herida, y empezar a construir una nueva – linda metáfora del ll-S. Para ello, será indispensable aclarar las sospechas que apuntan a su novia como delatora, comprobar que la amistad no es un globo que se hincha (dos amigos: un asesor financiero de Wall Street (excelente Barry Pepper), y un profesor de literatura inglesa en la universidad obsesionado con una alumna), y acabar con todo pasado vinculado a la mafia, además de con las posibles repercusiones que esto pueda acarrear a su padre, propietario de un pub irlandés.

Spike Lee logra atrapar al espectador de principio a fin. No puede evitar enamorarse de su antihéroe (Edward Norton, el mejor actor de su generación, borda otro papel complejísimo), su admiración por Scorsese resalta más que nunca (precioso el homenaje que le rinde durante el monólogo frente al espejo), y sorprende la contención dramática de sus diálogos, que recuerda a Paul Thomas Anderson.
El fichaje de Rodrigo Prieto (Amores perros, 8 millas) a cargo de la fotografía eleva el filme a la escala de puro cine norteamericano. Nunca unos golpes dolieron tanto, ni un perro estorbó tan poco.