Director: Todd Haynes. 2002. EE.UU.Francia. Color
Intérpretes: Julianne Moore (Cathy Whitaker), Dennis Quaid (Frank Whitaker), Dennis Haysbert (Raymond Deagan), Patricia Clarkson (Eleonor Fine), Viola Davis (Sybil), James Rebhorn (Doctor Bowman), Celia Weston (Mona Lauder), Bette Henritze (Sra. Leacock)

Más cerca de lo que parece
“Todas las familias felices se parecen a sí mismas, cada familia desdichada lo es a su manera” Ana Karenina (Leon Tolstoi)

El melodrama ha sido uno de los géneros más injustamente castigados por la crítica a lo largo de la historia. Pese a tener sus épocas de esplendor en los años que acompañaron a las dos grandes guerras, a partir de los sesenta estas películas comenzaron el declive de su prestigio de manera progresiva, basado éste en una recepción “intelectualoide” cargada de prejuicios sobre su supuesto moralismo y sensiblería emocional. Desde luego, la televisión, con sus seriales y telenovelas de bajo presupuesto, no ha ayudado en nada al rescate de una genealogía de filmes que han acabado por vincularse casi de manera exclusiva a un público calificado injustamente de nada pretencioso -”culturalmente” hablando-, y supuestamente sólo interesado en la vivencia de las desgracias ajenas. Y es que, no nos engañemos, la crítica ha sido durante muchos años paladín exclusivo de lo raro y diferenciador, de aquello que oliese de alguna manera a nueva tendencia o, simplemente a huida clara de todo lo que tuviese un cierto regusto popular, y claro, la caída en el sentimentalismo dramático no merecía ningún tipo de valoración cualitativa o estética.
Pero parece ser que últimamente en el cine americano se intenta dar con la clave que permita rescatar del desprestigio a este género. No es para nada anecdótica a este respecto la influencia del cine japonés y europeo, siempre más dispuesto a mostrar sus emociones más intensas y menos caracterizado por remilgos y prejuicios estúpidos.
A todo esto, la última película de Todd Haynes se ha recibido con sorpresa y cierto entusiasmo. Porque, no sólo un director bien considerado por los circuitos más elitistas, con obras tan “raras” como Poison (1995) o Velvet Goldmine (1998), se ha atrevido con el género del “populacho”, sino que lo ha hecho homenajeando a uno de los directores paradigmáticos del género: Douglas Sirk. Lejos del cielo es una historia de Haynes, pero podría muy bien ser del director de origen danés. Es más que evidente la voluntad de recrear el espíritu en Tecnicolor de obras como Sólo el cielo lo sabe (1955) o Imitación a la vida (1959), y de hecho toda la película está construida en torno a la temática y el estilo que caracterizaron los grandes melodramas de los años cincuenta. Para empezar, la historia de desarrolla a finales de esta década, durante el gobierno republicano de Eisenhower, cuando la sociedad americana, y más aquella residente en zonas del sur del país, era atacada por una oleada de puritanismo y conservadurismo que trataba de dirigir las mentes y conductas de sus ciudadanos. En este contexto, Haynes ha construido un sólido guión, que narra la historia de un matrimonio ejemplar, los Whitaker, residente en una pequeña población del estado de Connecticut, que ve de pronto cómo su vida de ensueño se ve truncada por el adulterio del marido (Dennis Quaid, excelente en su papel), que deja al descubierto su homosexualidad reprimida durante muchos años. La mujer, una Julianne Moore que borda el papel como sólo ella sabe hacer -es sin duda una de las mejores actrices del cine americano actual-, se ve entonces sumida en una desesperación que pasa en primer lugar por tratar de mantener la serenidad y las apariencias, intentando superar un trauma considerado entonces como una enfermedad inconfesable para quien lo sufría. Dice Frank/Quaid: “Estoy seguro de que esto es una enfermedad, porque me hace sentir despreciable“. La Sra. Whitaker, consciente del daño y la incomprensión social que la puritana comunidad de la época sentiría hacia este “desgraciado suceso”, ahoga su impotencia en la amistad y posterior amor hacia su jardinero negro, Raymond Deagan (Dennis Haysbert), hecho aún mucho más imperdonable para un entorno caracterizado por el machismo, el racismo y el dominio de las clases burguesas sobre los más desfavorecidos. Este contexto, tan lejano y caduco para muchos, es desgraciadamente aún hoy en día demasiado cercano para otros. Quizás en los años actuales, palabras como tolerancia o igualdad se enarbolan orgullosamente como símbolos de un país cuya mentalidad gobernante se cree ejemplar para todas las conciencias. Pero está claro que una revisión de estos temas, por muy inocente que parezca, no hace más que poner sobre el tapete ciertas cuestiones que hoy en día aún están por resolver, como los prejuicios raciales o sexuales, o sin ir más lejos, el machismo encubierto bajo una aparente felicidad conyugal. El melodrama destapa una serie de carencias sociales, mucho más serias que los sucesos concretos de la historia narrada. Y el hecho de que este filme se centre en una época y lugar determinados, no evita para nada la comparación con el momento actual, en el que el retorno a unos valores totalitarios y hacia un conservadurismo basado en la intolerancia y la opresión de los más desfavorecidos se está haciendo cada vez más patente.

El filme de Haynes puede verse desde estas dos perspectivas, la que sólo lo enmarque en un momento y unos valores sociales a recordar y olvidar a partes iguales, o bien aquella que trate de enfatizar que todos estas cuestiones están aún por resolver, dejando abierto un debate que para nada debe hacerse ajeno o superficial.
La Sra. Whitaker es una víctima de esta sociedad, pero a la vez se erige como valiente heroína y luchadora, al tratar de enfrentarse a ella y anteponer su felicidad y su vida a las imposiciones de un sistema intolerante. Pero el desenlace, pesimista y desesperanzador, tanto como realista, viene a recordar que quien triunfa al fin y al cabo es siempre el más fuerte, y una mujer, por fuerte que sea, poco o nada puede hacer si se queda sola ante el sistema. Qué maravillosa está Julianne en la estación, viendo cómo su única esperanza de felicidad se pierde en la distancia, qué fuerza consigue transmitir con su expresión implorante, sólo acompañada por la excelente música de Elmer Bernstein. Y es que aquí reside uno de los grandes logros de Haynes, el de conseguir arrancar de sus personajes un drama interior que no necesita de palabras. Haynes argumenta su elección: “En el melodrama clásico los personajes se quedan extrañamente callados, no articulan lo que ven ni lo que aprenden. Solo queda un espacio a llenar con música, color o movimientos de cámara“. Y así lo muestra realmente el director, sin diálogos innecesarios ni lágrimas gratuitas, tan sólo con música e interpretación, recurso que provoca mayor empatía en el espectador, quien comprende tristemente que a menudo los héroes y los justos son vencidos, y que la felicidad se paga a veces a un precio demasiado alto como para arriesgarse a conseguirla.
Haynes recurre al estilo formal de aquellos melodramas ya clásicos, con un lenguaje que enfatiza por encima de todo la presencia del narrador-realizador, quien guía la historia con la articulación de las elipsis por encadenado, la recreación de los títulos de crédito y de los colores del Tecnicolor y una puesta en escena estudiada y artificiosa, más recordada por su influencia en las series televisivas que por sus verdaderos orígenes cinematográficos. Quizás sea este excesivo control y fidelidad al estilo lo que limite las posibilidades de la película, estancando lo que podría ser una revisión original en un mero ejercicio formal que, aunque tenga cierta gracia, no tiene nada de nuevo, pese a que esa sea su clara intención. La película, no obstante, merece especial mención, aparte de por las excelentes interpretaciones del dúo Moore/Quaid, por la fotografía de Ed Lachman que consigue recrear un ambiente perfecto y cuidadísimo al detalle, y por la música ya mencionada de Bernstein, que acompaña en todo momento las situaciones, expresando más sentimiento que los propios diálogos.
Lejos del cielo es una buena película, quizás a mi juicio demasiado ceñida a un estilo clásico y menos preocupada por reinterpretarlo, más que por imitarlo. Pero aún así, y aunque a mi gusto este estilo no pase de un mero ejercicio de forma, lo cierto es que merece ser contemplado, aunque sólo sea desde la distancia en el tiempo. De todos modos, éste análisis formal no debe impedir la reflexión en unos temas expuestos que no han de ser interpretados bajo unas condiciones sociales concretas, consideradas ajenas, sino bajo la luz de una sociedad actual que poco ha evolucionado al respecto, al menos en lo que a tolerancia y comprensión por estas cuestiones se refiere.

Es el invierno de 1957. Los Whitakers, el típico retrato de una familia de los barrios residenciales, viven en Hartford, Connecticut. Su vida cotidiana está caracterizada por la etiqueta, los eventos sociales y el deseo de seguir el ritmo de los que les rodean y a los cuales observan cuidadosamente. Cathy Whitaker (Julianne Moore) es ama de casa, esposa y madre. Frank Whitaker (Dennis Quaid) es el cabeza de familia, esposo y padre. Tienen dos hijos a punto de entrar en la adolescencia, un niño y una niña. Según se nos va presentando la historia, el mundo original de Cathy se va trasformando. Sus relaciones con el jardinero, Raymond Deagan (Dennis Haysbert), su mejor amiga, Eleanor Fine (Patricia Clarkson) y su criada Sybil (Viola Davis), reflejan los trastornos en su vida. Cathy se encuentra ante diferentes situaciones que esparcen los cotilleos por su comunidad y cambian varias vidas para siempre.
Grietas en una vida de color rosa

Lejos de su habitual estilo experimental y trasgresor, Todd Haynes vuelve la vista hacia el melodrama de los años 50, y especialmente hacia el Douglas Sirk de Sólo el cielo lo sabe y Obsesión. Es la manera elegida para conectar con el público a través de las emociones, a la vez que se cuestiona un optimismo americano que ahora es actualizado, aunque conservando toda la estética del technicolor, tan en boga en esos años y que tan bien habla de esa felicidad edulcorada.
Estamos ante una vida construida sobre las apariencias, con la única preocupación de la opinión pública, pero que no puede ocultar por mucho tiempo la falsedad que se esconde en su interior. Con sonrisa promocional, apareciendo en las portadas de las revistas de moda y de barniz filantrópico, así vive la ingenua Cathy, en un ambiente idílico, junto a una familia modélica y de posición acomodada hasta que la vida se impone, y el edificio se viene abajo porque no todo es lo que parece.

Con una fotografía que nos introduce en una época ya pasada, con un vestuario y una ambientación cuidada hasta los más pequeños detalles, y unos movimientos de cámara pausados y amables, desde el primer plano de una hojas otoñales a punto de caerse -magnífica metáfora sobre unas vidas caducas- nos da la sensación de estar ante una película rodada en los años del mismo Sirk. Pero también destaca la interpretación de una Julianne Moore que ha llegado a la madurez con el papel de una mujer dulce a quien le falta valentía y convicción para no engañarse, una mujer que prefiere mantener el disfraz antes que afrontar la realidad, más cruda y complicada que el sueño americano; por su parte, el personaje de Dennis Quaid no es tampoco fácil por su complejidad, pero Haynes sabe captar sus muestras de debilidad y egoísmo, su lucha por permanecer fiel y evitar su desviación afectiva. La apuesta explícita por lo emocional es evidente y viene reforzada por una música de Elmer Bernstein que no cesa durante toda la película, y que mantiene -un poco artificialmente- ese toque romántico y de ensoñación.
Temáticamente, también se pretender traer un aire clásico y explicitar lo que se supone que entonces debía permanecer oculto. Se eleva una voz a favor de la tolerancia y de la autenticidad, con un maridaje excesivo entre racismo y homosexualidad, y una invitación a mirar lo que hay debajo de la piel y a alejarse de posiciones hipócritas. Podría pensarse que el director no ha hecho más que imitar y homenajear a Sirk, pero eso sería injusto con quien ha sabido hablar de amor y de esperanza, de falsedad y de realidad -a la vez que conectar con el público y sus emociones- para hacer una película como las de antes pero que sirve para el espectador de ahora.

Viviendo en los 50 norteamericanos
Julianne Moore está viviendo el que probablemente sea el mejor año de toda su carrera artística y el que sin duda va a ser el de su reconocimiento a nivel mundial, no sólo como una imprescindible actriz secundaria, sino como una de las grandes compositoras de personajes de la actualidad cinematográfica, sea cual sea la extensión de éstos en líneas de guión. Esto se puede comprobar con facilidad en la imprescindible Las horas, donde crea probablemente el personaje más complicado de las tres mujeres protagonistas de la cinta, una auténtica máscara de oculta frustración capaz de derretir al espectador más duro. Pero es en esta Lejos del cielo donde Todd Haynes le brinda el personaje de más peso de toda su carrera, su auténtica plataforma de lanzamiento, como ha quedado probado con el triunfo rotundo de su interpretación en el Festival de Venecia y en varias asociaciones de críticos que la destacan como la mejor actriz del año, además de estar nominada en los Oscar. Es imposible quedarse con una de las dos mujeres que interpreta, tanto en este filme como en el de Stephen Daldry, pues son creaciones ambas de altura eminente, aunque en este caso quepa añadir a su favor el que cargue con casi todo el peso del filme sobre sus espaldas y salga de él como su mejor triunfo.
No es que el reparto que la acompaña, con un recuperado Dennis Quaid que pocas veces ha estado mejor o el gran soporte de los secundarios Dennis Haysbert y Patricia Clarkson, no realice un trabajo muy destacable o que el filme no cuente con grandes aciertos en los apartados técnicos encargados de llevar a la pantalla unos años 50 cargados de luz y color (homenajeando los melodramas de Douglas Sirk), pero dentro del buen sabor que deja esta cinta casi magnífica, lo más inolvidable es la creación de esa mujer que no comprende la sociedad de su tiempo
y que no entiende por qué no puede hablar con un negro que resulta mucho más inteligente que el común de las amistades que le rodean y por el que además comienza a senti