LOS LUNES AL SOL
Director: Fernando León de Aranoa. 2002. España-Francia-Italia. Color
Intérpretes: Javier Bardem, Luis Tosar, José Ángel Egido, Nieve de Medina, Enrique Villén, Celso Bugallo, Joaquín Climent

Una ciudad al norte, costera, dividida por una ría de aguas verdes y oleaginosas. Muchos hombres y mujeres dejaron atrás el campo o el mar para ir a trabajar a las fábricas, a las refinerías, al astillero. Pero después llegó la reconversión industrial. En el bar de Rico se reúnen un grupo de amigos, conversan en las horas muertas, se juegan sus esperanzas en la máquina… en el bar se mezclan los recuerdos y los proyectos, se comparten las frustraciones y las esperanzas. Como un fantasma, el cierre del astillero planea sobre ellos. En su calendario todos los días son festivos, pero en todos hay motivo para la desesperación. Ésta es la historia de los que viven la vida en domingo, de los que pasan los lunes al sol. Y parado significa estar sin empleo. Pero en algunos países de Latinoamérica, parado también significa de pie.

Tras el cierre de un astillero, sus trabajadores acabarán en el paro. Ese grupo de hombres se reunirá en el bar de Rico, en donde conversarán sobre sus problemas y expectativas de futuro.
Las películas de contenido social suelen contar casi siempre con el reconocimiento y aplauso crítico, en su mayoría personajes aclimatados en falsas y aburridas posturas intelectualoides, panzas bien cultivadas, espaldas cubiertas y maneras vitales aburguesadas, contrastadas en la oscuridad temporal de una sala con imágenes de desabrido corte naturalista y ajuste ácido y burlón, agitadoras de conciencias desligadas en su naturaleza de cuna pudiente a la causa y personajes retratados, no en su esquematismo ideológico de hipócrita asimilación por su desapego, que nace de una dualidad entre conservadurismo existencial y lógica preocupación de cimiento contemplativo.
Al margen de ello, lo cierto es que Los lunes al sol es una película muy buena, por la plasmación realista en múltiples facetas del difícil contexto humano del parado, con sus angustias, miedos, ansias e inquietudes pero también con sus parajes de esperanza y humor embebido de acrimonia.
Todo ello sería en vano si el tacto empleado por León de Aranoa en su expresión cinematográfica no consiguiera trasladar con talento su diatriba sobre el difícil problema del trabajo, cimiento principal del desarrollo del ser humano, coartado muchas veces por políticas despreocupadas y desnutridas en intereses sociales.
Si cayese en los errores acostumbrados en este tipo de filmes (naufragando en el mero panfleto ideológico, esquematismo general, etc.), su fuerza discursiva perdería eficacia y valor, pero el dominio del retrato coral resulta admirable, las acciones, diálogos y personajes se alimentan de experiencias encontradas en el mundo real, sin el despliegue de ínfulas artificiales, maniobras tramposas, situaciones efectistas o caracteres recargados.
Es una exposición sencilla, sincera y honesta, plena de intensidad y emoción, una estampa de trascendencia vital notablemente interpretada.

Al margen del tratamiento cinematográfico de León de Aranoa, siempre fresco y con un cuidadoso uso del encuadre del que Barrio y Familia eran finos ejemplos, el director madrileño nos ofrece otro agitador calidoscopio de conciencias judeocristianas con la relación familiar como telón de fondo nuevamente. Ahora con el problema del paro como protagonista. Sin alharacas del tipo Full Monty,
Los lunes al sol nos muestra las caras más amargas del paro forzoso a partir de una relativa edad.
León de Aranoa dibuja las múltiples “opciones” que le queda al mayor de 40 años: utilizar el dinero del despido para invertir en negocios de dudosa rentabilidad, arrastrarse por las oficinas del INEM y por las empresas pidiendo trabajo, tirarse a la bebida o malvivir, o trabajar en empleos inferiores.
Sin embargo creo que el tema central vuelve a ser la familia. Si en Familia el tratamiento era demoledor desmontando relaciones sociales, sexuales y los respectivos roles judeocristianos entre los diferentes parentescos, Barrio resultaba un catálogo de relaciones reales y complejas entre adolescentes y sus familias.
En Los lunes al sol una situación límite como es la falta de empleo puede llevarte a la degradación de la relación de pareja, llevando incluso al suicidio o al complejo de inferioridad frente a tu pareja, en definitiva a la desesperación por el abandono de ésta.
Las mujeres de los parados no aparecen en cuatro de los cinco protagonistas de la película, y la que aparece, finalmente se queda con uno de los protagonistas por compasión: la familia aparece o fragmentada o inexistente. Amor y Paro difícil matrimonio.

Gusten cada vez más, o gusten cada vez menos –porque ésa suele ser la tendencia–, los cineastas dedicados a retratar una determinada sección de las relaciones sociales y laborales, de las angustias de la convivencia, mantienen habitualmente una coherencia interna en su obra que ocasionalmente se torna envilecimiento de contenidos por las formas (la prepotencia y alienación de Ken Loach) y que en otras logra sublimar la fórmula a tal punto que, pese a parecer que nos encontramos siempre ante la misma película, resultan siempre películas compactas, complejas, estimulantes, que llenan (lo digo por Mike Leigh).
Sin embargo, en ninguna de estas posibilidades se encuadra el cine de Fernando León de Aranoa, experimentado guionista y (para variar) encumbrado prematuramente como director tras el éxito de público conseguido con Barrio (1998) que, todavía a estas alturas, es su trabajo más redondo. Las películas de León de Aranoa, limitadas como se encuentran las aptitudes como director del autor de Caminantes (2001) o la interesante Familia (1996), parecen navegar en un estado intermedio entre la placidez con que se contemplan y la rutina con que logra la adhesión del público gracias a las bondades del tono –la idea, exitosa, es compaginar “mensaje político” (palabras bastante descargadas de significado en los últimos tiempos) con los códigos narrativos del género cómico– y, en este caso, con la extraordinaria labor de los actores (Javier Bardem y Luis Tosar, por fin actores españoles en un estado de forma fenomenal).
No obstante, las altas aspiraciones sociales del cine de Fernando León de Aranoa se encuentran –me temo– a la altura de las aspiraciones culturales, sociales e intelectuales (y todas mezcladas) de su propio público. De esta manera, no se puede evitar que la hipotética carga de demagogia que achacarán al filme los sectores más conservadores se encuentre más en los ojos del que mira que en la propia película. Podemos remitirnos a los hechos. Los lunes al sol se presentó en la sección oficial a concurso del Festival de cine de San Sebastián y, en la concurridísima rueda de prensa posterior al pase oficial de la misma, no pocos acreditados hacían públicas sus dudas −ostensiblemente contrariados– acerca del hecho de que los personajes (ni las excelentes actuaciones les convencían) retratados en el filme pudieran tener equivalentes en la vida real, en la sociedad española de la economía emergente. El productor Elías Querejeta no daba crédito a lo que le preguntaban.
Evidentemente, no había en esa edición del festival ningún despedido de una empresa naval ejerciendo las labores de crítico especializado que pudiera dar fe de lo que Querejeta, y la película Los lunes al sol, quieren testimoniar. Es decir, que la España de la economía emergente –afirmación rutinaria que se mantiene a pesar de que los correspondientes ministros de economía corrijan su pronóstico de IPC anual cada mes– quizá se logre gracias a apretar siempre un poco más el cinturón del que no tiene cinturón, quizá se logre aprovechando la necesidad de unos inmigrantes que –como dice un personaje de la película– vienen a trabajar a España y consiguen trabajo –y que no están dispuestos a embarcarse en cruzadas sindicalistas o reivindicativas–, quizá se logre facilitando los despidos, quizá se logre desinformando a la masa social –la misma que ve la tele, vota al Partido Popular y al que se le recortan derechos “de tercera generación”–, quizá se logre favoreciendo que las empresas puedan hacer uso de mano de obra no barata sino gratuita. Querejeta no podía mostrar nada de esto a esos periodistas incrédulos, que viven una existencia asegurada (incluso van al festival de cine de San Sebastián a ver películas cobrando), que dilapidan su existencia creyendo a pies juntillas su crédito dudando de la realidad y persiguiendo los paraísos artificiales –drogas, cineclubes, fetichismo, diseño, viajes instantáneos, gastronomía, moda, clases de alemán o plataformas digitales de televisión– que alguien sujeta desde el palo, mordisqueando el fragmento de zanahoria que interesa que mordamos. Georges Pérec ya escribió “Las cosas” hace algunos años y, sin embargo, algunos todavía no la hemos leído, o no la hemos comprendido. O, lo que es peor, nos parece arte, el mismo arte de Los lunes al sol.
Y la rabia de este discurso, el enfado que provoca sentir las risas de los espectadores de Todo o nada (2002,
Mike Leigh) sólo corrobora el éxito de una mayoría que nos lleva en una espiral –sí, de silencio– hacia el “progreso”, hacia la anulación de los individuos y hacia la esclerotización de pensamientos, esquemas sociales o el concepto de progreso (que ahora es, exclusivamente, económico, y no es el de usted ni el mío). Y la rabia de Los lunes al sol, la validez del discurso se acaba en cuanto se abandona la sala. Magro resultado: que sólo la decepción de los resentidos que no logramos reírnos ante determinadas situaciones de Los lunes al sol o de Full Monty, sea la que continúe. Porque estaba allí antes de entrar en la sala.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.



Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario