Director: Marc Forster. 2002. EE.UU. Color
Intérpretes: Billy Bob Thornton (Hank Grotowski), Halle Berry (Leticia Musgrove), Peter Boyle (Buck Grotowski), Heath Ledger (Sonny Grotowski), Sean “Puffy” Combs (Lawrence Musgrove), Mos Def (Ryrus Cooper), Coronji Calhoun (Tyrell Musgrove)

Hank (Billy Bob Thornton) es un ultraconservador y racista empleado del corredor de la muerte, intransigente y violento con su hijo, que empezará a ver las cosas de otra manera cuando conozca a una mujer de color que acaba de perder a su marido en la silla eléctrica.




La soledad y el sufrimiento al que conlleva el estado de ánimo adusto, afligido e inconsolable han sido recursos enraizados a lo largo de la tradición del melodrama. Monster’s ball abraza ambos estados en un drama racial en el que los protagonistas son presentados como animales heridos, personas que soportan el desconsuelo de un carácter problemático y una vida rodeada de miseria que acaban encontrando el desahogo en el amor instintivo. Marc Forster proviene del ámbito menos “glamouroso” de la industria norteamericana, del espíritu rebelde e independiente que tanto empieza a escasear en Hollywood. Sus anteriores cintas Loungers y Everything put togheter tienen en común con su tercera y admirable película el albedrío que muchas veces da el realizar cine con escaso capital. Por ello Monster’s ball determina la grandeza casual de las pequeñas producciones que, sin dinero y rodada pocos días, reúnen en su interior un alma fílmica, la legítima grandeza del cine. Esta pequeña joya cuenta la historia de Leticia (Halle Berry), una mujer afroamericana que, después de ver cómo su marido es ejecutado en la silla eléctrica, tiene que enfrentarse a una orden de desahucio y al mantenimiento de su hijo obeso. En su camino se encontrará con Hank (Billy Bob Thornton), un lánguido funcionario de prisiones amargado por la tradición racista de su familia y el suicidio de su hijo. Con estos ingredientes, los guionistas Milo Addica y Will Rokos han hilvanado una hermosa historia despojada de cualquier fondo moralista o intencionalmente sensiblero para escarbar con crudeza en los sentimientos más profundos de sus desolados personajes. Monster’s ball indaga, casi de forma suicida y sin rémoras melodramáticas, en el sentimiento de culpa, en el dolor que no se exterioriza y en la redención vital de unas vidas marcadas por la tragedia y la necesidad.
El aislamiento emocional de la pareja protagonista es la constante de esta futura obra maestra que interpela en las más lóbregas y equívocas emociones que determinan nuestros actos y marcan, sin quererlo, nuestro destino. Mediante un meritorio y rotundo guión en el que cada retazo se muestra directamente, sin recurrir a complicaciones narrativas ni caer en ningún instante en la fatalidad de sus subtramas, Forster sublima con su diáfana mirada el drama humano, siguiendo los patrones de Addica y Rokos a la hora de afrontar la difícil fragmentación descarnada de la evolución argumental, centrándose en la reacción instintiva ante la vida, en la providencia inesperada, en las segundas oportunidades que dejan aflorar la emoción interna, el alma desnuda de seres que padecen las trágicas muertes que les rodean. Monster’s ball no es una historia de amor típica de encuentros románticos y afectos sentimentaloides, sino que se embarca en un arduo romance de una pareja angustiada y abatida que intenta olvidar el pesimismo de su existencia dejándose llevar por el momento, por la reacción, conscientes ambos de su enorme vulnerabilidad. Bajo los designios del melodrama sosegado y gradual, la obra de Forster está apuntillada por hermosos momentos de esperanza desalentadora, de una evolución emocional aplastante, sólo moderada por una inhabitual y espinosa distancia.
Otro de los ejes que sustentan el interés de esta nueva ejemplificación de cine “indie” es la dura temática que sobrelleva el racismo generacional, utilizado como punto de apoyo para expresar el odio traumático, aquél que hace débil al personaje de Hank y carcome su propia familia, abanderado por un padre déspota y fanático y un hijo débil y asustadizo. Será el drama el que rompa las barreras raciales entre Hank y Leticia, encontrándose en el momento más amargo de sus vidas, cuando toquen fondo y opten por abordar su existencia de un modo básico, sin ningún tipo de condicionamiento. Siguiendo el drama, con agrura y honestidad, Monster’s ball es una película que punza el sentimiento de un espectador entregado a la contundente fábula de pérdida y liberación, de una carestía sentimental en la que sobresale la brutal y comentada secuencia de sexo desalentado y redentor que esconde bajo su justificación la verdadera clave de la película. Un desconsolador viaje al corazón de la América Sureña, llena de arcaísmos raciales que son mostrados en esta estupenda obra mediante un recorrido por la burocracia carcelaria, deteniéndose en la náusea del corredor de la muerte (atroz ese plano en el que el encargado de probar las correas de la silla es también negro).
La grandeza de Monster’s ball reside, pues, en su impresionante profundización sentimental, buscando siempre una sinceridad atroz, dura y sin lugar para el idealismo. Porque el filme de Forster supone una progresión interior, una resurrección sentimental narrada virtuosamente, en la que cada mirada, cada pequeño gesto, sin caer jamás en el exceso, dejan poder observar como pocas veces en una gran pantalla la amargura y el pesar. Lo más destacado, sin duda alguna, lo que hace que la película conmueva e inquiete, son las asombrosas creaciones interpretativas de todos sus protagonistas. No sólo la soberbia labor llevada a cabo por una portentosa Halle Berry que otorga al cine moderno una de sus más intensas y meritorias interpretaciones, sino por las meticulosas composiciones de los excelentes Billy Bob Thornton, Peter Boyle y Heath Ledger. Sincera, dura y distante, pero a la vez enternecedora, Monster’s ball es una oda al amor, a la necesidad de afecto, encontrando su hondura en una complejidad pocas veces vista en una película que contiene, en su secuencia final, uno de los momentos más emotivos de la historia del cine. Un hermoso final en el que las palabras sobran y el silencio se hace tan trascendental como su simple maestría.

La película trata de la inusual relación romántica entre un ex policía del sur de los Estados Unidos y una mesera de raza negra. Ambos personajes han sufrido grandes pérdidas personales, y lo que comienza como una mera necesidad de contacto humano, va progresando lentamente, hasta toparse con los esperados obstáculos de diferencia racial, social y demás.
Aunque Monster’s ball dista mucho de ser original, tiene suficiente intensidad en su argumento y en su ejecución para sobrepasar a la mayor parte de los pomposos dramas que año tras año acaparan Oscars y demás premios. Su honesto guión es ferozmente crudo y no deja a la imaginación ninguna de las bajas emociones que forman parte de la experiencia humana. La fotografía, en unas ocasiones bordeando en lo documental y en otras haciendo uso de sutiles pero efectivos malabares, subraya apropiadamente los hechos que presenciamos… muestra dinamismo cuando hace falta para completar la escena, pero se mantiene al margen cuando debe. Gran trabajo de dirección y de cinematografía.
Y hablando de dirección: los actores, todos ellos extraordinarios, se mantienen hábilmente en la línea entre el barato melodrama telenovelesco y la honestidad de emociones, logrando un ensamble de gran fuerza, muy convincente y enormemente satisfactorio. Aunque mucho se ha alabado la actuación de Halle Berry (alabanzas definitivamente merecidas), el elenco completo brilla en sus respectivos papeles. Billy Bob Thornton parece regodearse interpretando gente humilde y testaruda, pero hay que reconocer que aunque se haya encasillado en ello, es ciertamente un experto. EAT Ledger, contra su imagen de galán tiene un gran desempeño a pesar de sus pocas escenas. Con unos cuantos diálogos y actitudes se las arregla para retratar vivamente a su personaje, demasiado débil y sensible para el entorno que el destino le asignó. Y Peter Boyle… no puedo decir nada que no se haya dicho ya. Uno de los subestimados titanes de la actuación contemporánea, tan realista y creíble que resulta incómodo verlo en el muy ingrato papel del padre del ex policía.
Con frecuencia vemos cintas que buscan tener un elenco de estrellas… es más raro ver una película con un elenco de actores. Y aunque éste es el punto más fuerte de Monster’s ball, no es de ninguna manera su única gracia. El guión, la fotografía y sobre todo la desgarradora honestidad de su narrativa la hacen -en mi opinión- una de las mejores películas del año, y auténticamente merecedora de los laureles que ha recibido y que recibirá.