Director: Alejandro González Iñárritu. 2003. EE.UU. Color
Intérpretes: Sean Penn, Naomi Watts, Danny Huston, Carly Nahon, Claire Parks, Benicio Del Toro, Nick Nichols, Charlotte Gainsbourg, Melissa Leo.

El profesor universitario Paul Rivers (Sean Penn) y su esposa Mary (Charlotte Gainsbourg) ven cómo su relación se balancea entre la vida y la muerte. √âl está mortalmente enfermo y espera un trasplante de corazón, mientras que ella quiere concebir un hijo suyo por medio de la inseminación artificial. Olvidado su turbulento pasado, Christina Peck (Naomi Watts) tiene una vida familiar llena de esperanza y alegría: tiene a su hermana Claudia (Clea DuVall), a su marido Michael (Danny Huston) y a sus dos hijitas. De extracción social mucho más modesta, el exconvicto y ahora firme creyente Jack Jordan (Benicio Del Toro) y su mujer Marianne (Melissa Leo) luchan por sacar adelante a sus dos hijos. Un trágico accidente hace que las vidas de estas tres parejas entren en una misma órbita y obliga a Paul a afrontar su mortalidad, pone a prueba la fe de Jack, y hace que Christina se mueva para arreglar su presente y quizá su futuro. El equilibrio espiritual de cada uno de ellos puede resultar muy costoso para los demás. Pero ninguno de ellos pierde la voluntad de vivir y el instinto de apoyarse en otra persona.


Agónica, triste y difícil película la que nos ofrece el mexicano Iñárritu, que profundiza en la senda misteriosa del destino -iniciada con “Amores perros”- a partir del entrecruzamiento de la vida de tres personajes. Ahora lo hace en inglés, plenamente incorporado al cine independiente americano, aunque rodeado del mismo equipo técnico de su primera película.
Jack (Benicio del Toro) es un ex presidiario que se convirtió a la fe evangélica en la cárcel, y que ahora lucha por sacar adelante a su familia y reincorporarse a la sociedad. En otro ambiente social, Christina (Naomi Watts) es una feliz esposa cuyo mundo se derrumba cuando pierde a su familia en un accidente de tráfico. El trío lo completa Paul (Sean Penn), enfermo desahuciado que necesita un corazón, y cuyo donante será el marido de Christina, atropellado precisamente por Jack. La historia de las relaciones que se van estableciendo entre ellos es evocada por Paul desde la cama del hospital, en los últimos instantes de una existencia que se diluye, y al hilo de unos pensamientos -expresados con una voz en “off “perturbadora- en torno a la caduca y pobre felicidad, a la fragilidad de la vida y a su confusión con la muerte, sólo separadas por 21 gramos y por un aliento.
Interesantes reflexiones en torno a estas realidades universales, tratadas ambas con un marcado tono pesimista, triste e intrascendente. Culpa, castigo, redención y venganza son asimismo escrutadas en el fondo del alma de unos personajes que son reflejo de un mundo desolador. Apenas hay lugar a la esperanza ni respiro para quienes se esfuerzan inútilmente por construir unas vidas donde sepan encajar el dolor y la muerte. Son personajes frustrados que fracasan una y otra vez, para quienes la segunda oportunidad no es más que una nueva ocasión para constatar la agonía e infortunio de la vida. Ni Paul puede recomenzar su vida tras el trasplante, alejado de su mujer por la infidelidad y frente a un amor que se antoja imposible; ni Christina encuentra más que un amor que sólo viene a llenar su soledad por breves momentos -sugestiva metáfora la del corazón de su marido, ahora en el cuerpo de su nuevo amante-; ni Jack pasa de ser un bienintecionado converso de fe irracional -que acaba por rebelarse frente a su idea de un Dios vengativo- y escaso sentido de humanidad con los suyos. Buscan amor, venganza y perdón, pero no lo encuentran: su destino está escrito.
Con una factura hiperrealista, cámara nerviosa y abundantes primeros planos, busca en todo momento trasmitir una sensación de proximidad a sus personajes, a la vida angustiosa que llevan o a la muerte que les espera. Con esa opción cinematográfica, cruda y feísta en ocasiones y que puede llegar a cansar, el director logra que el espectador participe del drama y que la tensión cale hasta los huesos. La puesta en escena llena de vigor y las excelentes interpretaciones hacen el resto para mantener la atención de quien comienza sin entender nada y haciéndose mil preguntas de lo que pasa, del porqué de esa actitud, o de si esto sucedió antes o después de lo otro. Y es que la apuesta vanguardista de Iñárritu es arriesgada y valiente, porque no respeta la linealidad narrativa temporal ni espacial, y trocea las secuencias en tantas piezas que el espectador debe adoptar una actitud activa para ir recomponiendo un puzzle en el que todo encaja perfectamente al final y que nos habla de un cuidado montaje. El guión es laborioso, aunque tanta coincidencia puede resultar un poco rocambolesca y artificiosa, y algunas de las reacciones parecer insospechadas y desproporcionadas, todo en aras de redondear una historia en la que la vida acabe pareciendo tan sombría que se parezca a la muerte.
Con estos mimbres técnicos y de interpretación, Iñárritu realiza una obra de innegable y sobresaliente calidad cinematográfica. Su dirección de actores es fabulosa; Sean Penn, Naomi Watts y Benicio del Toro bordan unos papeles plenos de fuerza dramática y capacidad de empatía con el espectador.
Libertad y fatalidad, vida y muerte, amor y odio, todo confuso y a partes iguales en un mundo -el nuestro- que no distingue la felicidad del bienestar ni el amor del sentimiento. Esta es la crítica del mexicano, que ha preferido mostrar con crudeza la tragedia del modo de vida actual -del corazón del hombre, de la fragilidad de los vínculos familiares-, buscando despertar al espectador de su sueño individualista, materialista o conformista, y ponerle frente al dolor y a la muerte de los que huye. Y ello con un estilo visual atrevido y lleno de fuerza, logrando una película difícil pero muy lograda, impactante y nada complaciente, de esas que justifican el cine como arte y como vehículo de ideas.


Anatomía del dolor
Cuando en 1999 Alejandro González Iñárritu puso patas arriba el panorama cinematográfico mundial con su apabullante, directa y visceral “Amores perros”, hubo iluminados que de forma ligera e injusta quisieron emparentarle con Quentin Tarantino por “la violencia gratuita que había en sus imágenes”. Lo que Iñárritu esgrimió en su defensa, con gran acierto, fue que en su película no había nada gratuito, toda acción tenía sus consecuencias y sus personajes se veían obligados a asumirlas y afrontarlas. Apenas cuatro años después nos llega “21 gramos”, la entrada por la puerta grande de este mexicano en el mismísimo Hollywood, que no sólo demuestra bien a las claras que se encuentra en las antípodas del director de Pulp Fiction, sino que además lleva hasta sus últimas consecuencias aquella máxima que utilizaba para defenderse y confirma una personalidad fílmica capaz de rebelarse (al menos por ahora) contra los vacíos cantos de sirena de la industria.
Y es que en esta oda al dolor -físico y del alma- que traspasa la pantalla hasta inundar el corazón del patio de butacas llenándolo de escarcha como una helada invernal despiadada e imperceptible a la vista, todo es casual pero nada es gratuito, el destino juega su ruleta pero la vida cobra escrupulosa e inalterablemente todos y cada uno de los peajes adeudados, y en medio del vacío atronador de las pérdidas sufridas en el trayecto no hay escapatoria ni esperanza ante el desgarro que invade la existencia sin dejar huecos libres.
Hay mucho de “Amores perros” en este segundo trabajo. Iñárritu se llevó a la práctica totalidad de su equipo a USA (el guionista Guillermo Arriaga, el compositor Gustavo Santaolalla, el director de fotografía Rodrigo Prieto ) y eso se nota. El guión se escribió ambientado en Ciudad de México y ante la oferta hollywoodiense se trasladó a territorio norteamericano, pero manteniendo una esencia universal que lo hace sencillamente humano, sin más. Al igual que en su ópera prima, vertebra la trama en torno a un accidente de tráfico que emite una onda expansiva que prende la mecha de tres historias haciéndolas saltar por los aires, y repite la mayoría de los rasgos de su caligrafía fílmica y narrativa. Pero también hay mucho más que es nuevo, que demuestra que estamos ante un realizador en crecimiento.
Esta vez Iñárritu no se conforma con prescindir de la linealidad narrativa, sino que directamente la dinamita. Convierte sus tres historias en un colosal puzzle que plaga las dos horas de duración de la película de escenas -de apenas un minuto la más larga- presentadas sin orden cronológico, dando una vuelta de tuerca más al retorcimiento narrativo de cintas como Memento o Mulholland Drive para plasmar pincelada a pincelada un cuadro que termina por encajar con nitidez hiriente arrastrando sin piedad al espectador en su travesía. Tres historias basadas en tres personajes agonizantes, almas en pena que tienen viejos pecados que purgar (drogas, infidelidades o un pasado carcelario) y que cuando creen haber vuelto a ponerse en pie se ven aplastados por la vida, viendo cómo se van hundiendo todas sus posibles tablas de salvación -desde la fe religiosa hasta la venganza-, desangrándose entre el vacío de los ausentes y la conciencia como condena perpetua.
Tres personajes recreados a partir de trazos de guión de notable profundidad por tres composiciones prodigiosas, tres zarpazos de realidad que confirman una vez más a Sean Penn y Benicio del Toro como animales interpretativos de una especie casi extinta, y que unen a ellos a una Naomi Watts en absoluto estado de gracia, capaz de transmitir el sufrimiento de forma tan intensa como exenta de artificios y llena de verdad. Los tres evidencian una comunión con la realización de Iñárritu por momentos perfecta, su cámara en mano ya característica se desliza junto a ellos alternando sus habituales movimientos nerviosos con primeros planos tan asfixiantes como expresivos, captando en toda su riqueza silencios atronadores, miradas demoledoras y el susurro de palabras que se desgarran. No sólo “21 gramos” no da tregua al espectador, sino que compone varias escenas sencillamente memorables, como el espléndido fuera de campo a través del que se nos muestra el momento del accidente o todo el planteamiento y plasmación de la escena apasionada entre dos de los protagonistas desde sus prolegómenos, recordando la desesperación de ambos y la intensidad lograda en pantalla a una escena análoga de la reciente Monster’s Ball
(2001).
Da muestra de un cineasta sorprendentemente maduro, sereno, duro y sin concesiones, y evidencia de que estamos ante un tipo con un instinto brutal para hacer cine desde las tripas, capaz de desarrollar una anatomía del sufrimiento humano tan dolorosa como bella y poética. Y de demostrar que en sus 21 gramos caben toneladas de dolor, quintales de culpabilidad, y kilos y kilos de miedo. El peso de un alma que se nos muestra inconsolable, plena y estremecedora, y que finalmente sólo encuentra redención y paz a través de lo que paradójicamente más la atormentaba: la muerte. Esto es cine de profundo calado, del que se digiere en nuestra mente a lo largo de días y días, del que nos deja huella. Gran cine.
La segunda película del director mexicano Alejandro González Iñárritu se ha ido a Estados Unidos. Pero con el realizador de Amores perros se han ido el músico, el director de fotografía y el guionista Guillermo Arriaga. Todos ellos estaban junto al director para maquinar el brutal debut cinematográfico de González Iñárritu. De este modo, esta película granítica, tremenda y apasionante está conducida en pantalla por tres actores de la industria estadounidense, pero está revestida, ordenada, calculada y presentada desde un punto de vista que encaja resueltamente con una visión de la vida y, sobre todo, con una opinión muy clara al respecto que ya habíamos podido ver antes.
Con ello no digo que 21 gramos sea una continuación de Amores perros. Ni siquiera que traten temas similares. Es algo que está por encima de eso, y que supongo es la impronta de autor. √âsa que intuíamos a González Iñárritu cuando tomó la alternativa con su crudo debut y que confirma con su triunfo en la aventura en el país del tío Sam. Señas de identidad que pasan por una visión muy crítica de casi todas las instituciones de nuestra sociedad -política, religión, familia, justicia- y un interés por construir siempre que puede la imagen más bella e impactante posible, sin que ello signifique claudicar ante la belleza del instante y el descuido del conjunto: el montaje ocupa una parte fundamental, crucial en el cine de González Iñárritu. Su preocupación por el devenir argumental del filme queda, con ello, a salvo de toda duda.
Por partes. Como en Amores perros, la película posee una estructura temporal que puede calificarse acertadamente como arbitraria, como artística, como no lineal. Incluso, alguno la ha dado en llamar cubista. Eso sería ir demasiado lejos para describir una forma de ordenar el relato que ahonda en las posibilidades de desordenar las secuencias o parte de ellas. Se trata de una disposición musical, a la manera en que los maestros del jazz atacan en solitario el
“leit motiv” de una composición al principio de su interpretación para ir revistiéndola posteriormente de más instrumentos o variaciones. O -para los más modernos- de igual manera en que un director busca resaltar fragmentos de la composición original a remezclar mediante los recursos de que dispone con el fin de crear una nueva composición dedicada al baile o a otras lides.
En el caso de 21 gramos el montaje propuesto por González Iñárritu consigue hacer destacar aún más el de por sí extraordinario trabajo de los actores. El trío protagonista (Sean Penn, Naomi Watts y Benicio del Toro) lleva a cabo una labor memorable, pero la manera en que dispone la película sus momentos los hace todavía ganar en expresividad e intensidad. De igual manera en que el montaje propuesto por Lars Von Trier a la decepcionante Bailar en la oscuridad (2000) pretendía preñar de momentos climáticos la interpretación de la cantante islandesa Bj√∂rk a través del corte indiscriminado -y conseguía precisamente el efecto contrario al de emocionar al espectador, es decir, irritar-, con el de 21 gramos González Iñárritu actúa de gran director de la orquesta, contrapesando, compensando, llevando la mirada al paisaje cuando conviene, llevándola a los secundarios, llevándola a los grandes momentos de las interpretaciones, mimando al actor con un ritmo exacto, con una fotografía sensacional.
Ante el trabajo de dirección de intérpretes el nombre que más me venía a la cabeza mientras asistía a la proyección de la película -en versión original en inglés, porque el doblaje de esta película seguro dejará muchísimos matices en el tintero- era el de John Cassavetes. El también actor e inimitable y genial director norteamericano consiguió filmar en sus películas algunas de las escenas más terribles, convincentes y emocionantes que un director pueda ni siquiera llegar a soñar. Al igual que el director de Minnie and Moskowitz, González Iñárritu deja rienda suelta al talento de sus intérpretes, los respeta y los filma en continuidad, privilegiando una vez más la labor creativa del actor. En secuencias particularmente complicadas, la experiencia vivida por los actores puede llegar a ser equiparable a la de un momento climático sobre el escenario de un teatro abarrotado. Y Benicio del Toro arrodillado solo ante un altar pidiendo dejar de ver a sus hijos, Naomi Watts besando apasionadamente a Sean Penn y echándolo a los pocos segundos de su casa, o el propio Penn intentando disparar a Del Toro responden a la confianza depositada por el director con actuaciones sin fisuras. Perfectas.
Sin duda, una de las películas del año, 21 gramos habla de los temas ya expuestos más arriba, pero sobre todo habla de la vida, que sigue y que no se detiene para esperar a nadie, sobre el heroísmo cotidiano -aquí González Iñárritu está mucho más inspirado que en su decepcionante aportación a la obra colectiva 11”09’01 11 de septiembre-, los padres y los hijos, la educación y los desgarros del alma, que también se los encuentra.