DOGVILLE
Director: Lars von Trier. 2003. G.B.-Holanda-Dinamarca-Suecia-Francia-Noruega-Alemania-Finlandia-EE.UU. Color
Intérpretes: Nicole Kidman, Harriet Andersson, Lauren Bacall, Jean-Marc Barr, Paul Bettany, Blair Brown, James Caan, Patricia Clarkson, Jeremy Davies, Ben Gazzara

La hermosa fugitiva Grace llega a la aislada localidad de Dogville huyendo de una banda de “gangsters”. Persuadidos por las palabras de Tom, que se ha erigido en portavoz de la pequeña comunidad, sus integrantes se avienen a ocultarla, mientras Grace, en justa correspondencia, acepta trabajar para ellos. Sin embargo, cuando Dogville sea sometido a una intensa vigilancia policial para dar con la fugitiva, sus habitantes exigirán un acuerdo más favorable, que les compense del peligro que corren al darle cobijo. Grace aprenderá, de un modo brutal, que en este lugar la bondad es algo muy relativo. Pero ella guarda un secreto que no quiere desvelar…


La opinión de Lars von Trier

“Me inspiraron dos cosas a la hora de escribir Dogville. Cuando estuve en Cannes con Bailar en la oscuridad, unos periodistas me criticaron por haber hecho una película que transcurría en EE.UU. sin haber pisado nunca el suelo de ese país. El comentario me irritó. Que yo recuerde, ninguno de los que rodaron Casablanca había puesto el pie allí. Me pareció injusto y entonces decidí hacer más películas acerca de EE.UU. Eso fue lo primero.
Luego, tuve la ocasión de oír “Jenny la pirata”, una canción de la “Ópera de perra gorda” de Bertolt Brecht. Es una canción muy fuerte y el tema de la venganza me gustó.
Había que encontrar un lugar aislado para rodar la película, los hechos descritos por “Jenny la pirata” transcurren en un pueblo recóndito. Decidí ubicar Dogville en las Montañas Rocosas porque, al no haber ido nunca, me parecen fantásticas. ¿Qué montañas no son “rocosas”? ¿Quizá éstas lo sean mucho más? Parece un nombre sacado de un cuento de hadas. También decidí que la historia tendría lugar durante la crisis del 29, la atmósfera me pareció adecuada.
Me sentía inspirado por las fotos en blanco y negro realizadas por el gobierno americano en la época, pero nunca me vino a la mente hacer una película en blanco y negro. Equivale a colocar un filtro entre uno y el público, una forma de estilización. Cuando se realiza una película que ya tiene algo muy extraño −el hecho de que el pueblo esté dibujado en el suelo−, el resto debe ser de lo más normal. Si hay demasiados elementos chocantes, el público se alejará de la película. Es importante no abordar demasiadas cosas a la vez para que la gente no huya. Además, cuando se experimenta, no hay que cambiar más que un elemento cada vez.
Me dijeron que haría pensar en Our Town (1940, Sam Wood) a los estadounidenses. Durante el rodaje, alguien me dejó la obra de teatro de Thornton Wilder, pero no vi ninguna similitud. No quiero decir con eso que no me inspiré en nada. Todo lo contrario. Por ejemplo, en las obras de teatro hechas para televisión en los años 70, sobre todo en “Nicholas Nickelby” de la Shakespeare Company. Un montaje muy estilizado en el que participaba el público, todas esas cosas que se hacían en los 70. Pero todavía hoy aguanta. Coger una obra de teatro y situarla en otro ambiente era algo que se hacía mucho cuando era joven. A veces era muy abstracto. No estoy loco por el teatro, pero me apetece verlo en televisión o en cine.
Hasta cierto punto también me he inspirado en Bertolt Brecht y en su estilo teatral, simple y despojado. Mi teoría es que se olvida muy pronto que no hay casas, lo que permite inventar el pueblo y también concentrarse más en los personajes. No hay casas que distraigan y, al cabo de un rato, el espectador ya no las echa en falta porque sabe que no habrá.
¿Qué puedo contestar si alguien dice que no es cine? Quizá tenga razón. Pero tampoco es el anticine. Cuando empecé, hacía películas muy cinematográficas. Pero ahora, es demasiado fácil. Basta con comprar un ordenador para hacer cine, para que haya batallas en plena montaña, para tener un dragón. Basta con apretar un botón. Kubrick hacía películas cinematográficas cuando esperaba dos meses a que la luz adecuada se reflejara en la espalda de Barry Lindon cabalgando hacia la cámara. Me parecía magnífico. Pero si sólo se espera dos segundos para que un niño con un ordenador pueda solucionarlo… Será otra forma de arte, no lo dudo, pero no me interesa. Ya no veo los ejércitos en la montaña, sino al adolescente detrás del ordenador diciendo: “Ahora lo arreglamos, añadiremos unas sombras y rebajaremos los colores”. Queda muy bien, pero no emociona y me siento manipulado.
Será porque envejezco. Seguro que de joven, las imágenes de síntesis me habrían parecido fantásticas. Pero ahora, con la edad, me he vuelto testarudo y vuelvo a los viejos valores, las viejas virtudes. Basta con ser lo bastante testarudo para que cualquier cosa tenga una estética. Hay un límite en la belleza de las imágenes en una película. Si son demasiado bellas, me dan ganas de vomitar, es como si viera un truco de prestidigitación. Es fascinante ver a un mago trabajar con simples monedas, pero si mueve la Torre Eiffel me deja frío.

Dogville transcurre en EE.UU., pero un EE.UU. visto por mí. No me he cortado pensando qué debería investigar. No se trata de una película científica ni histórica. Es una película de emociones. Sí, se habla de EE.UU., pero también puede ser cualquier pueblo del mundo.
Escribí el guión en danés y le pedí al traductor que intentara mantener un poco el idioma danés, que no fuera una traducción perfecta. Supongo que será mi lado kafkiano, me gusta conservar mi visión de extranjero. Me gustaría mucho ver una película sobre Dinamarca hecha por un extranjero, un americano o un japonés, por ejemplo. Esa persona reflejaría lo que Dinamarca representa para alguien que nunca ha ido. En mis películas “americanas” reflejo la información que me llega y los sentimientos que me inspira. Ya sé que no es real porque nunca he ido (aunque sé más acerca de EE.UU. que los que rodaron Casablanca acerca de Casablanca). También sé que un japonés que hiciera una película sobre Dinamarca no dispondría de la misma información ya que el 90% de los programas de televisión en Dinamarca son producciones norteamericanas. Tendría que investigar y me parece que el resultado sería interesante.
Y también está la crítica. Cuando era joven, nos manifestábamos contra el Banco Mundial y la guerra del Vietnam, tirábamos piedras contra las embajadas. Bueno, contra una embajada, más bien. Ahora ya no tiro piedras, me limito a reírme de ellos.
De niño, aprendí que si se era fuerte, también había que ser justo y bondadoso, pero eso no se ve en EE.UU. Me gustan los americanos que conozco individualmente, son la imagen de un país que no conozco pero que siento. No creo que los americanos sean peores que los demás, pero tampoco me parecen mejores que los habitantes de los Estados “canallas” a los que se refiere Bush. Creo que la gente es más o menos la misma en todas partes. ¿Qué puedo decir de EE.UU.? El poder corrompe, es un hecho. Volveré a decirlo, son tan poderosos que puedo permitirme el lujo de tomarles el pelo. ¿Qué puedo hacer a EE.UU.?
La idea que hay detrás del trato que los habitantes del pueblo infligen a Grace es que es peligroso presentarse ante los demás a modo de regalo. El poder que la gente tiene sobre un individuo corrompe. Hay límites. Los habitantes del pueblo no tenían problemas hasta la llegada de Grace, al igual que EE.UU. sería un país maravilloso si sólo hubiera millonarios jugando al golf. Sería una sociedad magnífica, pacifista, pero, por lo que he oído, no es el caso. Por desgracia, es un país con muchos perdedores.
Cuando invento un personaje, escojo a alguien que conozco y le coloco en otro contexto. Los habitantes de Dogville son todos daneses, existen. Luego, me cojo a mí mismo y me reparto entre dos o tres personajes que llevan el peso de la historia, en este caso, Grace y Tom. Puedo defender a cualquiera de mis personajes, pero Grace y Tom son los que más me corresponden hasta cierto punto.
¿Significa eso que me veo en Tom? Sí. A menudo la gente empieza teniendo muy buenas intenciones, sobre todo los artistas, pero, con el tiempo, al hacerse cada vez más importantes, su causa pasa a un segundo plano. No es muy agradable ni muy halagüeño, pero es verdad. Se esfuerza mucho, pero la chica nunca es suya. Más aún, es el único que no se acuesta con ella.
Grace no es una heroína, es un ser humano. Tiene buenas intenciones, pero es un ser humano. Quizá dé la impresión de martirizar a las mujeres, pero mis personajes no son sólo mujeres, también son partes de mí mismo. Es muy interesante trabajar con mujeres, me encarnan muy bien. Me describen muy bien y me siento en la misma onda que ellas.
Algunas personas creen que no quiero a las mujeres, pero es totalmente falso. Más bien tengo problemas con los hombres. Pasa lo mismo con los ciervos. El viejo macho de enorme cornamenta tiene a todas las hembras a su alrededor mientras se esfuerza en apartar a los machos jóvenes. Todos intentan mearle encima para marcar el territorio. No sé por qué pero, en mi pequeño círculo, todos tienen derecho a mearme encima. Las mujeres no son así. Pero si uno consigue superarlo, la relación con los hombres es fantástica.
Nicole dijo que quería trabajar conmigo y escribí el papel de Grace para ella o, más bien, biografía para la imagen que tenía de ella. Descubrí que era una actriz muy buena. Es interesante escoger a alguien que ha interpretado personajes más bien fríos y dejar que haga otra cosa. También me intrigaba colocar a una estrella de Hollywood en una película como ésta. Quizá atraiga a un público que no vendría normalmente. Eso sí, siempre y cuando no les asuste saber que sólo hay actores en un suelo negro.
Trabajo mejor con actores que confían en mí, pero no es fácil conseguirlo. Quizá porque no tengo confianza en mí mismo, ¿quién sabe? Nicole confió en mí desde el primer momento, me pareció genial. Paul Bettany también, pero es un hombre y me fue más difícil. Es muy buen actor. Me tienta volver a trabajar con actores que ya conozco, pero también es divertido trabajar con gente nueva.
Siempre tuve ganas de trabajar con Ben Gazzara. La directora de reparto sugirió a Lauren Bacall y la escogí por su talento, no por quién es. James Caan es un actor formidable. Se le asocia fácilmente a un mafioso desde su papel en El Padrino, pero es ante todo un gran actor.
Dogville es una película. Me satisface la forma, el contenido y los actores. Ya sé que no es muy “enrollado”, pero me enorgullezco de no ser tan viejo mentalmente como me siento físicamente”.

Dura radiografía de la condición humana
Con expectación se esperan siempre las películas del danés Lars von Trier (Rompiendo las olas), uno de los fundadores del movimiento “Dogma’95″ y uno de los pocos artistas creadores que quedan, capaz tanto de arrastrar incondicionales de fans como de generar el escepticismo y la sospecha de críticos y público. A nadie deja indiferente, y cada nueva película supone un paso más en su intención de romper con los moldes establecidos, de provocar y espolear al público, de rastrear nuevos caminos del lenguaje cinematográfico.
Si en su anterior película (Bailar en la oscuridad) buscó la colaboración de la cantante Björk en lo que acabó siendo un rodaje difícil, en esta ocasión se ha rodeado nada menos que de Nicole Kidman, la actriz estrella del momento, y de Lauren Bacall, una leyenda del cine. Primera película de su nueva trilogía, en que busca ahondar en el conocimiento de la naturaleza humana, en la bondad y en la maldad de las acciones del individuo, en el orgullo, la cobardía, los celos, la lujuria y en el sentido de culpa que pesa como una losa sobre la conciencia de sus protagonistas.
Grace es una bella e ingenua joven que, perseguida por una patrulla de gángsteres, llega a Dogville, un pueblo perdido en lo profundo de los Estados Unidos. Allí, Tom, joven ilustrado y portavoz del pueblo, se ofrece a esconderla a cambio de una contrapartida: hacer pequeños servicios a cada uno de los vecinos, para así ganarse su confianza. Con el tiempo, la búsqueda de la policía y las exigencias de trabajo se endurecen, hasta convertirse en esclava, ser humillada o violada por sus habitantes, excepción hecha de Tom, que vive enamorado de ella. Sin embargo, Grace sufre estoicamente todas las adversidades porque Dogville le ha enseñado mucho de la vida, y guarda una carta en la manga.
Lars von Trier no es alguien complaciente con la industria. En esta ocasión, su puesta en escena bebe del teatro de Bertold Brecht e introduce la figura de un narrador omnisciente que va conduciendo el relato, a la vez que distanciando al espectador de la historia para que pueda reflexionar partiendo de lo que ve. Estructurada en un prólogo y nueve capítulos, y con un solo escenario en que las casas se reducen a una línea pintada en el suelo que delimita unas paredes y unas puertas inexistentes, el director busca la complicidad del espectador, para que con su imaginación construya el entorno en que se mueven los actores.
Ante esta opción artística, cada personaje adquiere un carácter arquetípico, significando unas ideas o más bien unas inclinaciones morales que les definen. Toda la película se convierte, en el fondo, en un cuento moral con sentido alegórico, que bucea en la condición humana y en su conciencia para acabar percibiendo la tenue y frágil línea que separa la bondad y la maldad, el amor desinteresado y la utilización de las personas para fines propios. Como es habitual en el director danés, sus acercamientos al hombre gustan de llevar los sentimientos hasta el extremo y lo irracional, con un amor –siempre de una mujer– impregnado de sentido del sacrificio hasta el holocausto o una inocencia que raya en la estupidez, sentimientos todos que atribuye a Grace en esta ocasión. Movimientos de péndulo desde la compasión hasta la más terrible cólera, desde la tolerancia y la necesidad de “recibir” y acoger solidariamente hasta la explotación y degradación de la persona. Todas las posibilidades de regeneración del alma humana, y también todas las debilidades y maldades a que puede llegar. Y todo para hablar de manera inmediata –y no sin cierta ironía y humor– de ese gran país que ya retrató en su anterior película, y por la cual algún crítico le objetó el hablar de los Estados Unidos sin haberlo pisado nunca. Pero la visión de Lars von Trier no se queda en el marco geográfico ni en el temporal: ha hecho una película universal, que funciona con elementos abstractos e invisibles, pero reales porque están ahí, en el interior de cada persona.
Estéticamente, estamos ante todo un brillante trabajo de luz y sonido, de música y de escenografía minimalista con un claro carácter teatral, pero que no deja de lado unos recursos cinematográficos que utiliza con maestría: abundantes primeros planos, uso de barridos y de la cámara móvil, o travellings cenitales para hablar del alunizaje con el que el espectador se aproxima al mundo de Dogville, que no es otro que su propio mundo interior.
Con esta película, Lars von Trier logra una nueva obra maestra, aclamada en Cannes por la crítica aunque no obtuviera galardón alguno, y también en la Seminci en la que sirvió para levantar el telón en su última edición. Su extenso metraje –tres horas de duración– y su sentido abstracto y simbólico no impiden disfrutar de esta nueva radiografía del alma humana, yendo de la mano de una joven princesa que un día descubrió la cruda realidad y la mezquindad que puede alojarse en lo profundo del hombre.

Dogville no deja indiferente a nadie. Leyendo las críticas observo que o es una obra maestra para el ochenta por cien o una basura para el veinte restante. No hay posturas intermedias. A mí personalmente me parece buena. Buenas interpretaciones de Kidman, Bettany, Bacall, Caan o el mismo Von Trier. ¿Razones? Bueno… a mí no me importa el tema a tratar o si escasean los decorados o los efectos especiales. A mí me gustan las historias y esta es de las buenas.
Cuando terminé de verla me acordé de Troya, de Ulises, Elena, Aquiles y toda esos “elementos”. Grace me pareció el Caballo de Troya que llega a Dogville. Después de su paso nada sería ya igual. Supongo que en los EE.UU. les habrá sentado como una patada en los huevos porque presiento que muchos se sentirán identificados no con las personas claro, −je, je…− sino con el pueblecito…
La doble moral cristiana es tratada por Trier de manera salvaje. Las violaciones físicas y espirituales a las que es sometida Grace y la forma de plasmarlas me parecen excelentes. La primera vez que Grace es asaltada y continuando la acción se pasa a una panorámica y se ve cómo la fuerzan en la parte superior derecha de la pantalla es, simplemente, magistral. Guiño-homenaje a Tarantino?
Por otro lado, los habitantes de Dogville me recuerdan a los de Solo ante el peligro en el que el bueno de Cooper las pasó canutas para salvar el pellejo.
El que se supone novio de la Kidman en Dogville es uno de los sujetos más peligrosos e infames que he tenido el gusto de conocer en el mundo del cine. Imágenes y reacciones perversas en su fondo, sanas y agradables en la forma y siempre apuntando hacia la misma diana, la jovencita buenorra, malhechora y desdichada. El final operístico me pareció notable, en especial la escena en la que aparece el bebé de tres meses. Jus, jus… qué bueno…
Excelente propuesta. Un guión magistral. ¿Decorados? después de unos minutos, se van olvidando…
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