Director: James Ivory. 2003. EE.UU.-Francia. Color
Intérpretes: Kate Hudson (Isabel Walker), Naomi Watts (Roxeanne de Persand), Leslie Caron (Suzanne de Persand), Stockard Channing (Margeeve Walker), Glenn Close (Olivia Pace), Stephen Fry (Piers Janely), Thierry Lhermitte (Edgar Cosset), Matthew Modine (Tellman), Bebe Neuwirth (Julia Manchevering), Melvil Poupaud (CharlesHenri de Persand), Sam Waterston (Chester Walker)

La película sigue las peripecias de Isabel Walker (Kate Hudson), una refinada joven californiana recién llegada a Francia para visitar a su hermana Roxeanne (Naomi Watts), que está embarazada. Roxy, una poetisa romántica, acaba de ser abandonada por el sinvergüenza de su marido, CharlesHenri de Persand (Melvil Poupaud), y parece que ambos están abogados a divorciarse. Mientras tanto, Isabel conoce el amor con un diplomático francés casado (Thierry Lhermitte), quien resulta ser el tío del próximo ex marido de Roxy. Cuando estalla el escándalo, el idealismo americano y el irrefrenable espíritu de las hermanas Walker se enfrentan a la sofisticación francesa y al porfiado racionalismo de su familia.



“¿A qué esperamos para ser felices?” dice una de las canciones que componen la entretenida banda sonora original de la película El divorcio. Se trata, sin duda, de la pregunta que más atormenta a las hermanas Walker. La mayor, poetisa ella (Naomi Watts lo suficientemente encantadora para una película de James Ivory), vive con su marido en un coqueto y amplio piso en el centro de París. Tienen una hija y se encuentran a la espera de su segundo retoño. Sin embargo, hete aquí que el veleidoso pintor que es su marido decide colgar su vida familiar por una rusa también casada (con un estadounidense interpretado por un Matthew Modine, que interpreta el que será uno de los papeles más ridículos que su agente habrá tenido el valor de ponerle sobre la mesa), y se desencadena el drama: él quiere el divorcio, pero ella no.
La menor de las hermanas Walker (Kate Hudson, así como es ella) llega desde Santa Barbara (no podía ser de otro sitio) para cuidar a su hermana mientras esté embarazada y, de paso, aprovechará para meterse en diversos líos amorosos con bohemios parisinos o maduritos interesantes. En medio de todo este embrollo, un cuadro aparecido en París procedente de la herencia familiar de los Walker. Ahora dicen que es de Georges De la Tour. Y su valor, claro, asciende hasta límites pavorosos.
Por partes: la película resulta divertida por momentos. Aunque el guión resulte desigual, con acelerones y frenazos, personajes a los que se hace a un lado por razones desconocidas (a mí tampoco me parece buen actor Jean-Marc Barr, pero su personaje debería tener mucho más peso en el filme) y no pocas escenas que más parecen de relleno que de verdadera enjundia (ocurre, en general, con casi todas en las que aparece Glenn Close, cuyo papel suponemos aumentó cuando se supo el nombre de la actriz a interpretarlo), la habilidad de Ruth Prawer Jhabvala para crear situaciones divertidas se termina imponiendo -si del éxito como comedia romántica atípica hablamos- a la trama en su conjunto. Una historia que combina también con excesiva ligereza no pocas situaciones auténticamente dramáticas -cuando no trágicas- y deliberadamente frívolas.
¿Qué logra con ello Ivory? Pues que el público nunca sepa a qué carta quedarse. La situación es, hasta cierto punto, equiparable a la que se crea con buena parte de la filmografía de los hermanos Coen: por mucho que se pongan profundos o por mucho que fuercen el dramatismo de las situaciones a las que se enfrenten sus personajes siempre termina por salir la vena sarcástica de Joel y Ethan Coen. El problema es que a James Ivory y a Ruth Prawer Jhabvala no los reconocemos precisamente por malear y deformar géneros para crear algo si no nuevo sí personal. Es por ello que El divorcio termina quedando como una película de situaciones aisladas, personajes esbozados, ritmo ora atropellado ora cansino y, sobre todo, de un grupo de reputados actores que, probablemente, supondrá la única razón para regresar alguna vez a este París de principios de siglo en el que dos californianas intentaron clavarse y desinfectarse las flechas de Cupido.