EL MAQUINISTA (The Machinist)

Película estrenada entre 2003

Director: Brad Andferson. 2003. España-EE.UU. Color

Intérpretes: Christian Bale (Trevor Reznik), Jennifer Jason Leigh (Stevie), Aitana Sánchez-Gijón (Marie), John Sharian (Ivan), Michael Ironside (Miller), Lawrence Gilliard, Jr. (Jackson), Reg E. Cathey (Jones), Anna Massey (Sra. Shike)


Trevor Reznik (Christian Bale), operario de una máquina en una factorí­a, no puede dormir. Pero no se trata de un insomnio común. Trevor no duerme desde hace un año. La fatiga le ha comportado un horrible deterioro de su condición fí­sica y su salud mental. Repelidos por su aspecto fí­sico, sus compañeros de trabajo primero le evitan, y después se volverán contra él cuando uno de ellos pierde un brazo en un incidente en el que Trevor se ve involucrado. Se ha convertido en una carga para sí­ mismo y los demás, y quieren echarle. Atormentado por la culpa, la vergüenza de Trevor se transforma en sospecha, y después en paranoia, cuando parece que sus compañeros conspiran para conseguir que sea despedido, o algo peor. Primero encuentra crí­pticas notas que alguien ha dejado en su apartamento. Seguidamente, se le dice que el misterioso compañero también involucrado en el accidente no existe. ¿Son todos estos misterios parte de un plan para hacer que Trevor se vuelva loco? ¿O es la fatiga lo que le está haciendo perder la razón? Con la firme determinación de encontrar una respuesta, Trevor investiga los extraños sucesos que están convirtiendo su mundo en una pesadilla. Pero cuanto más descubra, menos querrá saber.




Aterrador viaje a los infiernos de un hombre atormentado

Brad Anderson consigue el mejor filme de la Fantastic Factory con un drama a modo de “thriller” en el que destaca la soberbia interpretación de Christian Bale.


No es extraño que la novela de Fedor Dostoievski “El idiota” sea uno de los referentes visuales que aparecen en pantalla como expiación de Trevor Reznik, el protagonista de la última pelí­cula de Brad Anderson. Ya en
Session 9 (2001, Brad Anderson) los protagonistas eran ví­ctimas del pasado, de una culpa sin mitigar que acaba, literalmente, con ellos. La novela del escritor ruso inicia su narración con un personaje mesiánico, concebido por el autor como el paradigma del hombre bueno, el prí­ncipe Mishkin que, a pesar de irradiar sinceridad, compasión y humildad, se veí­a derrotado finalmente por sus propios odios en su cara más oscura. Un paradigma de culpabilidad, de la recuperación del pasado para enmendar los errores; en definitiva, la enmienda de los pecados. En un marco tan alejado como limí­trofe a esa sensación de caer en la desgracia siendo un ser apocado y aparentemente inofensivo con un pasado oscuro se circunscribe El Maquinista, la que es, hasta el momento, la producción más lograda de la Fantastic Factory de Julio Fernández.

La angustiosa cinta de Anderson relata la insufrible vida de Trevor Reznik, un fresador de una oscura fábrica que vive sumido en la realidad más asfixiante, y se consume en una enfermiza delgadez unida a un desmedido insomnio que dura un año entero. Su existencia ha pasado a ser una auténtica pesadilla. Un dí­a, Trevor conoce a Iván, un misterioso hombre que llega a la fábrica, de envenenado ambiente por un desafortunado accidente culpa de Trevor. Sus únicas ví­as de escape son la prostituta Stevie (Jennifer Jason Leigh) y la camarera Marie (Aitana Sánchez-Gijón), que pronto se verán afectadas por el extraño mundo que rodea a Reznik. Por si esto fuera poco, alguien deja una nota en el frigorí­fico de su casa con un siniestro juego de “el ahorcado” para resolverlo. Con esta propuesta, “El maquinista” se presenta como una pelí­cula aparentemente lenta y angustiosa que, mediante su oscuro fondo y desarrollo, se convierte en una desoladora pesadilla. Es precisamente ese ritmo agónico la mayor de las bazas de un filme incómodo, que contagia al espectador su desequilibrio emocional en un lánguido ambiente a través de los ojos de su protagonista, que observa atónito cómo su vida se transforma en una alucinación, en pura paranoia, en un vací­o existencial que lo va anulando poco a poco.

En este manido juego de disfuncionalidad mental es donde el riesgo del filme de Anderson tiene sus mejores atractivos, ya que a pesar de que las posibilidades de este tipo de narración están casi agotadas, dado el gran número de pelí­culas contemporáneas que han ofrecido una y otra vez esa temática de memoria quebrada e imposible diferenciación de la realidad y la ficción, el experimento de imaginerí­a de El maquinista ennoblece sus propósitos al dibujar un drama introspectivo que brinda un fascinante contraste. Por un lado, una historia naturalista, ajustada a la realidad de un drama visible, de un hombre que pierde la capacidad de recordar el pasado y, como consecuencia, de vivir aturdido y desorientado, sin un presente sosegado en el que las dudas y el terror se han apoderado de su dí­a a dí­a. Por el otro, es una lóbrega alegorí­a sobre el recuerdo, su valor y lo catastrófico que puede llegar a resultar perderlo, terreno donde se inscribe el género fantástico, en esa tendencia genérica donde no se diferencia la dualidad entre real y lo imaginado. Por supuesto, es en este ámbito donde Trevor empezará a cuestionarse si lo que le rodea es auténtico o sólo forma parte de una imaginación trastornada por la falta de sueño. La dignidad con que aborda el género El Maquinista se encuentra, posiblemente, en ese análisis especulativo sobre la locura, forjada en el lugar en el que se unen la verdad y la invención, allí­ donde nacen las decisiones, en un espacio de la mente que sirve como escondite a los pecados, allí­ donde se encuentra la respuesta de esta sugerente pelí­cula.

Es la última cinta de Brad Anderson un interesante thriller psicológico a modo de drama que sustenta el interés de su trama en extraños elementos alegóricos: ya sea la reiterada bifurcación, un contexto que se reitera una y otra vez con caminos (metafóricos o reales) que divergen hacia la salvación, hacia la luz de la verdad y hacia el caos, y donde Trevor siempre elige la oscuridad, como también lo es la duplicidad de caracteres, no sólo en el propio Reznik o en su mundo dividido en la fantasí­a y lo terrenal, sino en la opción de protección y redención con los personajes femeninos, uno existente (la prostituta que está enamorada de él) y otro un tanto difuso (la camarera Marie, a medio camino entre el deseo y el recuerdo maternal). Rasgos que apuntalan la humanización de un muerto viviente que asiste intranquilo a su extenuación por unos motivos que se intuyen, pero se desconocen. Por eso, el retrato de las alucinaciones, los episodios de “déjí  vu”, los recuerdos defectuosos y un profético viaje en una atracción del pasaje del terror, van aportando pequeños jeroglí­ficos en un filme que sabe ocultar hasta el final lo sencillo de su misterio.

Aunque tal vez éste sea el escollo que se le podrí­a achacar a El Maquinista: la utilización de este fácil recurso
de “factor sorpresa” en su última parte
(que empieza a ser el cáncer del cine fantástico contemporáneo). En esta historia todo se presupone desde su inicio, llevando al espectador por incógnitas bien encubiertas para consumar las convenientes explicaciones en una conclusión de inocencia disculpable, donde abunda la trascendencia inocente e idealismo sin pretensiones. Además, es de agradecer la ausencia de cualquier sinapismo tí­pico del género, donde solamente esa explicación (que no giro) final se hace necesaria, filtrada perfectamente tras un sólido entramado donde todo se va revelando gradualmente, sin prisas y bien construido, dejando que el espectador vaya descubriendo la trama en un asfixiante viaje a los infiernos de un hombre carcomido por la culpa y el aturdimiento vital. Por tanto, la sorpresa no sirve como coartada, ni supone un instrumento que pretenda descubrir con asombro la clave de la historia. Es admirable así­, que la intención del guionista Scott Alan Kosar haya sido la de explorar una continua sensación de asfixia, esa sensación de sentirse vigilado, perseguido y no conocer sus motivos, en hacer creí­ble la mortuoria pesadumbre de Trevor.

Un aspecto que sublima Brad Anderson con su portentosa capacidad para la imagen, utilizándola para transportar al espectador a una atmósfera claustrofóbica, magní­ficamente diseñada para proyectar un deficiente estado mental. El diseño de producción destaca especialmente si tenemos en cuenta que El Maquinista sigue siendo una pelí­cula realizada con dinero español, que no tiene nada que envidiar a las grandes producciones yanquis. A ello contribuye una espléndida fotografí­a de Xavier Giménez, premiada en Sitges, y la música de ese genio de la partitura que es Roque Baños, un compositor que ha llevado su talento a unos extremos jamás explorados por ningún músico nacional. Esa importancia de la atmósfera va encontrando su efecto lentamente, sin asfixiar, jugando y formulando con un sentido del miedo, que emerge contrapuesto con el resto en un simbólico y memorable viaje a la pesadilla de un hombre que ya no sabe distinguir lo real de lo ficticio, utilizando la imagen y su efecto plástico para imbuir al espectador de la sensación de angustia que provocan las reacciones de ese individuo en perpetuo estado de desconfianza.

Obviamente, en todo este “tour de force” climático, estético y argumental, el poder de la interpretación es el elemento más destacado de El Maquinista, ya que Christian Bale no sólo ha logrado una de las más asombrosas recreaciones fí­sicas de la historia del cine al perder 28 kilos de peso para asemejarse a un desnutrido y esquelético fresador, transfigurado en escalofriante saco de huesos que se pasea por cada una de las escenas de la pelí­cula, sino que la composición del personaje está fuera de todo calificativo ponderativo, brindando una escalofriante interpretación llena de matices psí­quicos, lo que hace que no se entienda que la mejor actuación en muchos años no esté nominada ni a los Goya ni a los Globos de Oro (algo que ratifica la imbecilidad y partidismo de estos premios). Y Anderson tiene que ver en este logro como director, ya que Jennifer Jason Leigh y Aitana SánchezGijón, pese a sus breves papeles, consiguen darle una excelente réplica a la cadavérica presencia de un admirable Bale.

El Maquinista se destapa así­ como filme de terror obsesivo, un drama en el fondo, que hace pensar que Brad Anderson está en camino de ser un maestro en ciernes, dado su manejo de un suspense tan í­ntegro como despiadado, exento de la intencionalidad comercial de los grandes estudios, demostrando su erudición a la hora de no caer en lo fácil y saber prolongar la tensión durante mucho más tiempo sin caer en el formulismo. Una consistente historia de culpas y penitencias, adecuadamente encubierta entre su aparente aspecto de pelí­cula de género fantástico, pero en realidad concedida con un plausible realismo de frialdad y causticidad turbadores.



Trevor Reznik (Christian Bale) lleva un año sin dormir. En las madrugadas, mientras el resto del mundo sueña, el fantasmal Trevor visita a su prostituta favorita, Stevie (Jennifer Jason Leigh), y le resta importancia a su estado diciéndole que de insomnio nadie se ha muerto. Trevor alterna estas visitas con otras a la cafeterí­a del aeropuerto, donde es atendido noche a noche por la agradable mesera del lugar, Marie (Aitana Sánchez-Gijón). Durante el dí­a Trevor se desempeña como maquinista y es precisamente en el trabajo, cuando su extrema delgadez y consiguiente fatiga ya se han vuelto tema de conversación entre sus compañeros, que un accidente despierta en él un sentimiento de culpa que lo lleva a cuestionarse la realidad que lo rodea.

Sin duda lo que más llama la atención de esta producción española hablada en inglés, que ya se ha destacado por su participación en festivales, es el extremo al que llegó Christian Bale, el próximo intérprete de Batman, para alcanzar el peso de su personaje. Un Trevor Reznik que fácilmente puede describirse como un egresado de Dachau, con el estómago literalmente pegado al espinazo y los huesos claramente visibles a través de la piel, pero que además oculta una serie de traumas, culpas y recuerdos que lo conducen irremediablemente a la locura, convirtiéndose en el vehí­culo perfecto para que Bale demuestre lo buen actor que es. Más allá del sacrificio que representa bajar 30 kilos para interpretar a este personaje, el trabajo de Bale es encomiable porque es absolutamente creí­ble desde el primer momento. A diferencia de una Charlize Theron, cuya transformación fí­sica en Monster (2003, Patty Jenkins) era poco más que una artimaña para ganar un Oscar, Christian Bale tiene siempre en mente la construcción de una persona cuyo fí­sico famélico es sólo la manifestación más clara de un tormento que ni él mismo acierta a comprender.


Las comparaciones con otros personajes atrapados en infiernos similares, como El quimérico inquilino (1976, Roman Polanski), el justiciero amnésico de Memento (2000, Christopher Nolan) o el infortunado paciente aquejado por el Largo sueño (2003,
Higuchinsky), son más que obvias, pero muy útiles para ubicar a este Trevor Reznik que se debate entre una imaginación febril, fantasí­as culposas, una vida cotidiana que de tan gris ya se ha vuelto irreal y una relación esquiva y equí­voca con dos mujeres que representan el arquetipo de ánima que, según Jung, representan el lado femenino de todo hombre. Por un lado la prostituta Stevie es el contacto humano más cercano que le queda a Trevor, mediante el cual tiene acceso al sexo y a la intimidad que está disponible siempre en el lecho de esta mujer pública. Por el otro la mesera representa otro aspecto del ánima, el que corresponde a la madre, al hogar que Trevor nunca tuvo pero que ocasionalmente encuentra en ella. En el fondo, ambas mujeres son una misma, como podemos ver cuando el protagonista empieza a sentirse cómodo con ellas, adquiriendo una relación más completa con ambas, que es justo cuando la personalidad de una y otra empiezan a fusionarse, adquiriendo los rasgos de su opuesto y confundiendo aun más a nuestro desesperado protagonista.

Siguiendo los pasos de Jung es fácil encontrar otros arquetipos en El Maquinista. El más fácil de identificar es la Sombra, que en términos culturales se presenta bajo el signo del bufón (trickster, en inglés), el personaje que acompaña al protagonista/héroe y que le va dando pistas para resolver los enigmas que se le presentan en el camino. En este caso está claro que la sombra de Trevor es Iván, un tipo corpulento, calvo, con una mano reconstruida quirúrgicamente y que aparece, siempre en situaciones imprevistas, para ofrecer ayuda a Trevor bajo la forma de acertijos. Para Jung la sombra es el arquetipo que representa aspectos de la personalidad del individuo que éste se niega a reconocer en sí­ mismo. En el caso de Trevor se trata de una peligrosa amoralidad, oculta bajo la guisa de un comportamiento demasiado amistoso y una despreocupación que contrasta con la tensión permanente de Trevor, afectado por su perpetuo estado de duermevela al grado de estallar en cualquier momento, llegando incluso a enfrentarse con sus amigos y parejas potenciales. En este caso particular la Sombra se ha vuelto más tangible que su contraparte objetiva, aun cuando los colaboradores y amigos de Trevor no compartan la capacidad de verlo.


Esta interpretación de El Maquinista, que algunos considerarán demasiado rebuscada, podrí­a extenderse hasta incluir todos los elementos que conforman esta fábula tortuosa, angustiosa y al mismo tiempo naturalista, de una sobriedad desarmante que evita a toda costa los efectos especiales para acentuar su discurso. Al intentar enriquecer el discurso fí­lmico con el de otras disciplinas, en este caso la psicologí­a, es muy fácil interpretar cada elemento de la narración de manera por demás abusiva para hacerlo encajar en las teorí­as que se desean ilustrar. En el caso de Jung, los arquetipos son lo bastante vagos para apropiarse de ellos a la hora de discutir el calvario de Trevor Reznik sin forzar demasiado el sí­mil. De cualquier forma esta interpretación, en la que toda la trama de la pelí­cula se reduce a una lucha interna por parte del protagonista para aceptar un hecho terrible de su pasado, es aceptable porque en ningún momento se nos ofrece un punto de vista que no sea el del personaje principal. Desde la primera secuencia, que nos muestra a un desencajado Trevor intentando deshacerse de un cadáver, para pasar por corte directo a su departamento, donde lo vemos lavándose obsesivamente las manos, cual una versión masculinizada de Lady Macbeth, todo lo que aparece en pantalla está tomado directamente de la estragada psique de este hombre, que a lo largo de toda la cinta se balance precariamente entre la locura y lo poco que le queda de salud mental.

Como siempre, el recurso de tomar prestadas definiciones y herramientas de la psicologí­a, o de cualquier otra disciplina, no debe entenderse como el único camino posible para interpretar un trabajo fí­lmico, mucho menos cuando presenta la riqueza temática y la impecable hechura de El Maquinista. Se trata tan sólo de una de tantas ví­as de acceso a una obra que tiene muchas aristas, todas ellas sujetas a los prejuicios e intereses de cada espectador… siempre y cuando estén dispuestos a especular sobre lo que están viendo en pantalla, algo que probablemente será imposible para el gran público, acostumbrado a recibir todo pelado y en la boca siempre que entra en una sala cinematográfica. Ellos se lo pierden.


 


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