Director: Gus Van Sant. 2003. EE.UU.
Intérpretes: Alex Frost (Alex), Eric Duelen (Eric), John Robinson (John McFarland), Elias McConnell (Elias), Jordan Taylor (Jordan), Carrie Finklea (Carrie), Nicole George (Nicole), Brittany Mountain (Brittany), Alicia Miles (Acadia), Kristen Hicks (Michelle), Jason Seitz (Nate)

Es un bonito día de otoño. Elias, camino de clase, convence a una pareja de roqueros para hacerles unas fotos. Nate, termina su entrenamiento de fútbol y queda con su novia Carrie para comer. John deja las llaves del coche de su padre en la conserjería del instituto para que las recoja su hermano. En la cafetería Brittany, Jordan y Nicole cotillean y critican a sus madres. Michelle va corriendo a la biblioteca mientras que Eli saca fotos a John en el vestíbulo. John sale del instituto y se dirige a los jardines junto a Alex y Eric. Parece un día cualquiera pero no lo es. Elephant nos sumerge en las vidas de varios alumnos de un instituto americano. Un día cualquiera con sus clases, el fútbol, los cotilleos y las relaciones sociales. El filme nos muestra las idas y venidas de los personajes desde un punto de vista que nos permite verlos tal y como son. Para cada alumno que conocemos, el instituto es una experiencia diferente: estimulante, traumática, solitaria, dura, agradable.
En un principio, el elefante de tan curioso título parece hacer referencia a que el tamaño de dicho animal puede ocultarnos la verdad. Pero esa no es exactamente la idea, sino que significa que la violencia es un hecho tan fácil de ignorar como un elefante en el salón.


Como ya hiciera Michael Moore en Bowling for Columbine, Gus Van Sant vuelve sobre la tragedia del instituto americano tristemente célebre tras la matanza perpetrada por dos de sus alumnos. Si la primera hacía hincapié en el sinsentido de la política armamentística del gobierno y en la facilidad con la que cualquiera puede disponer de un rifle, ahora se nos ofrece una nueva óptica, más centrada en las causas que pudieron empujar a esos jóvenes a tan salvaje acción.
Para ello, Van Sant se extiende en los prolegómenos de la masacre, con una cámara que sigue a los protagonistas -asesinos y asesinados- a través de los pasillos y aulas del centro educativo, con largos planos secuencia de impecable factura. Como si se tratase de una película coral, nos va presentando a unos adolescentes que viven aislados y perdidos en un mundo que se les presenta como una selva en que la única diversión es comprar un arma por internet -entregada a domicilio por un repartidor de encargos- y buscar nuevas sensaciones al planear su venganza sobre quienes les han humillado. Son personas pudientes, entresacadas de la más pura cotidianeidad americana, con sus problemas de adaptación en una sociedad que no les ha ofrecido ninguna muestra de afectividad -llama la atención la ausencia de lazos familiares o su fugaz presentación en un entorno de borrachera o de indiferencia y tosquedad-; tampoco la educación recibida en las escuelas parece formar un espíritu ejemplar en unos jóvenes que se conforman con relaciones frívolas, cuando no responden a actitudes egocéntricas o acomplejadas.
Los personajes no están especialmente trabajados, pero basta con unos ligeros brochazos para generar el clima descrito y explicar -que no justificar- el porqué de sus reacciones. Desde los primeros planos, la figura del futuro asesino surge con mayor dramatismo que el resto, causando pavor la escena en que el espectador, gracias a un inteligente empleo del sonido, se percata de la tensión interior que sufre su fina sensibilidad humillada, acallada por una voluntad de hierro que tarde o temprano tendrá que estallar; igualmente destaca la magnífica escena en que se libera tocando el Para Elisa de Beethoven mientras su compañero de aventura se entrena con un juego de ordenador.
Su puesta en escena la sitúa no sólo en el cine de ficción sino también en el documental, pues no en vano nació como tal. Se le ha criticado su excesiva asepsia y frialdad, pero lo que Van Sant pretende y consigue es que la mirada del espectador se pose sobre esas almas vacías de ideales y de cariño -o llenas de humillaciones y con una vida mal orientada-, y reflexione acerca de la sociedad que estamos construyendo. Lo hace sirviéndose de un montaje perfecto, con un mismo suceso visto desde distintos ángulos, según la cámara siga a uno u otro personaje; una música que llega a lo más profundo; y una fotografía que aísla a los protagonistas en su mundo, pues anula la profundidad de campo con desenfoques o utiliza el gran angular para potenciar la sensación de vacío existencial -un inmenso gimnasio o una sala de estar con un tresillo actúan de metáforas de unas vidas en soledad- y de una sociedad donde la vida no parece tener mucho más sentido que el del mero disfrute, o donde el máximo ideal se sitúa en experimentar nuevas sensaciones conseguidas a través de la mera posesión material.
Con todo, estamos ante una película muy bien construida, realista y ponderada, que no se regodea en la tragedia ni alberga el aire combativo de la de Moore. Sin duda, merecedora de la Palma de Oro de Cannes 2003 a la mejor película y el premio al mejor director, aunque dicho galardón bien podría habérselo llevado igualmente Dogville (Lars von Trier) o Mystic River (Clint Eastwood), cintas también con temáticas en torno a la violencia. Da que pensar sobre la juventud que estamos forjando, más que sobre el inquietante acontecimiento que en sí retrata.



La nueva aventura de Gus Van Sant bajo el velo del cine independiente americano, “Elephant”, tras títulos rendidos a la comercialidad sana como El indomable Will Hunting y Descubriendo a Forrester o proyectos inexplicables como Psicosis, ha sido celebrada, laureada y aupada como la recuperación del pulso duro y comprometido que le granjeó su envidiable reputación en la industria. Porque el autor de Mi Idaho privado, aunque arrastra indudables guiños de trampa demagógica, construye con Elephant un vigoroso, impactante y poético relato pseudodocumental de la matanza en el Instituto de Columbine en Estados Unidos. Van Sant se nutre de algunas ideas brillantes y de tópicos expertamente seleccionados para crear la captación de un ambiente claustrofóbico y lleno de tensión que moldea secuencia a secuencia, personaje a personaje, una frágil burbuja que revela, tras sus paredes de irisado jabón, la proyección distorsionada pero aplicable de nuestras miserias sociales presentes que serán el germen de unos augurios, por su insolidaridad y su individualismo, aún más oscuros, y que explotará dramáticamente en forma de genocidio. Pero, a sabiendas de que desde el primer minuto el grueso de la trama es conocida por el espectador, Van Sant se burla de la obviedad en su inteligente puzzle narrativo y consigue abarcar cada arruga de ese gran elefante llamado agresividad atiborrando de suspense lo que es, en apariencia, un costumbrismo amable.
l director convierte un instituto de secundaria en los minutos previos a una masacre en un escenario ideal para poner en relieve toda la crueldad agazapada en el american
way of life, y, sin llegar a juzgar ni justificar los hechos, sí que diseña a su gusto lo que para él (y he ahí la gran ruptura con el género documental) podría haber sido el caldo de cultivo para culminar con un asesinato múltiple como consecuencia relativamente lógica, como expresión más radical de lo que se fragua en la base de nuestra sociedad acomodada. Y si bien las libertades que se toma Van Sant pueden ser acusadas de tramposas por la sensibilización que existe en torno al tema que tan brillantemente se abordó en el documental Bowling for Columbine de Michael Moore, hay que bascular lo que suman a la película en eficacia, en potencial dramático y en capacidad incisiva, y, sobre todo, no olvidar que, pese a que borra sin disimulo los límites entre el documental y la ficción, Elephant, aunque ofrezca unos hechos falseados, es enteramente realista, plasma situaciones y personajes enormemente reconocibles y juega con elementos que, por desgracia, a nadie resultan extraños. Por ello, se puede otorgar a los mecanismos manipuladores de Van Sant la categoría de válidos ante los deslumbrantes resultados de su captación angustiosa y desasosegante del ambiente previo al caos, de un sostenimiento continuo del clímax durante los ochenta minutos que dura la cinta y que incluso gozan de una mayor fuerza en los antecedentes que en el catártico acto criminal, espeluznante por otro lado. Así, con su estética naturalista, con su uso sin abuso del plano secuencia y con la selección de un elenco de acertadísima normalidad, embadurna de cercanía la tragedia, nos ofrece su aroma y su sabor, y, lo más importante, consigue que lo reconozcamos como vividos en nuestras propias carnes.