Director: Clint Eastwood. 2003. EE.UU. Color
Intérpretes: Sean Penn (Jimmy Markum), Tim Robbins (Dave Boyle), Kevin Bacon (Sean Devine), Laurence Fishburne (Whitey Powers), Marcia Gay Harden (Celeste Boyle), Laura Linney (Annabeth Markum), Kevin Chapman (Val Savage), Thomas Guiry (Brendan Harris), Emmy Rossum (Katie Markum)

Cuando Jimmy Markum (Sean Penn), Dave Boyle (Tim Robbins) y Sean Devine (Kevin Bacon) eran niños que crecían juntos en un peligroso distrito de Boston, pasaban los días jugando al béisbol en la calle al igual que lo hacían muchos otros niños en el barrio obrero de East Buckingham donde vivían. No sucedía nada importante en su barrio. Hasta que Dave se vio obligado a tomar un rumbo que cambiaría las vidas de todos ellos para siempre. Veinticinco años más tarde, los tres se vuelven a encontrar por otro acontecimiento de gran trascendencia: el asesinato de la hija de 19 años de Jimmy. A Sean, que se ha hecho policía, le asignan el caso y junto a su compañero (Laurence Fishburne) recibe el encargo de desenredar este crimen aparentemente sin sentido. También tienen que estar muy pendientes de Jimmy, ansioso por encontrar al asesino de su hija. Dave, relacionado con el crimen por una serie de circunstancias, se ve obligado a enfrentarse a los demonios de su propio pasado; demonios que amenazan con destruir su matrimonio y cualquier esperanza que pueda tener para el futuro. A medida que la investigación se estrecha alrededor de estos tres amigos, se desarrolla un inquietante relato que trata de la amistad, la familia y la inocencia perdida demasiado prematuramente.

No es por casualidad que el que se ha erigido como uno de los grandes iconos del cine por su dilatada carrera como actor lleve el mismo camino aunque con diferente escala en sus facetas como productor y director.
Atrás quedan películas como Sin perdón, Un mundo perfecto o Los puentes de Madison en los que su sexto sentido al elegir argumento y protagonistas quedó probado. Ahora nos deleita con un thriller que ahonda en la novela de Dennis Lehane y que como el propio Eastwood aseguraba no le hizo más que lanzarse a hacer la película tras la lectura de la citada novela.
La historia la interpretan Sean Penn, Tim Robbins y Kevin Bacon en la zona de Boston donde el Rio Mystic baña las nobles casas de las familias que despiertan con un terrible suceso. Antes de llegar al citado suceso que centra la película recordar a tres jóvenes Bacon, Penn y Robbins jugando en las aceras de sus barrios inocentemente, como cualquier niño de su edad, hasta que un coche para y se lleva a Dave (Robbins), el cual nunca superará el trauma de lo sucedido a partir de ese suceso en ese coche. Años después los tres se vuelven a encontrar tras este hecho que les alejó y les enfrió su amistad; cada uno en un rol diferente ante una causa insólita, el asesinato de la hija de Jimmy (Penn).
Lo que podría parecer un papel para lucimiento del citado Penn se prolonga a una soberbia interpretación de Tim Robbins (Dave) que desenfunda todo tipo de gestos autistas, de doble personalidad dando luz a un personaje que no es más que lo que se puede observar, lejos de muchas especulaciones. El padre de la víctima, Seann Penn encarna las ansias de verdad, el dolor y la impotencia; aquel personaje que en su día tantas alegrías le dio en una cárcel en su faceta interpretativa se recrudece y llega a parecer que pierde la noción de la realidad, ayudado por falsos indicios. Kevin Bacon, el tercero en discordia, asume su papel de policía del caso además de conocer a ambos personajes, intenta dar sentido a un papel que simplemente encauza los dos principales (sin negarle su parte en la historia y en el insólito desenlace).
Uno de los grandes títulos del año, con dos grandes interpretaciones, una historia que da de sí, bien enfocada y un final que. . en fin, eso que cada uno lo enjuicie. Con el tiempo que empezamos a sufrir, mejor invertir ocio en algo que nos dé vueltas en la cabeza unas horas lluviosas.

Ya tocaba, ya. Después de algunos años y varias películas que no se pueden calificar sino de menores si las situamos en su ámbito propio (el de la filmografía de un autor capaz de maravillas del calibre de Bird o Los puentes de Madison, consagrado como maestro absoluto aun cuando sólo fuera por una obra de las dimensiones míticas de Sin perdón), se esperaba con expectación el último producto de esta rara avis, este hombre capaz de descolocar al “etiquetador” más conspicuo a base de conjugar como pocos (quizá como ninguno) la condición de estrella icónica (en el país de las estrellas… y las barras) y de creador insobornable e íntegro. Hablamos, cómo no, de Clint Eastwood.
Y la espera no ha sido en vano, vaya que no. Mystic River es una película tremenda, excepcional, todo un ejercicio de magisterio cinematográfico a la altura de las más grandes piezas que este noble arte -al que algunos se empeñan en colocar en un inexplicado séptimo lugar- haya podido dar hasta la fecha. Y no sólo por sus innegables calidades técnicas y narrativas, sino, sobre todo y muy especialmente, porque, como toda gran obra -que de tal se precie- tiene que hacer, nos ofrece mucho, muchísimo más que una historia: un retrato de la condición humana verdaderamente demoledor, tripas fuera y a ras de entrañas, en el que podemos apreciar con toda claridad (nada reñida con la complejidad que el empeño requiere) todo aquello que nos define y nos dota de nuestra condición.

Ahí están la desorientación, la pérdida, el dolor, el estrechamiento de las perspectivas vitales a golpe de circunstancia. Y, por encima de todo ello, sobrevolándolo y marcándolo estrechamente, un personaje tan imperceptible como implacable: el tiempo, ese destructor que, con su mero paso, hace su trabajo de demolición de forma metódica y sistemática, exhibiendo impúdicamente su capacidad disolutoria, marcando las pautas y determinando las circunstancias de las gentes que pueblan el devenir argumental de filme. Al respecto, sobrecoge la constatación, que constantemente se nos recuerda e ilustra, de que los tres amigos de la infancia ya no son amigos, y no es eso así por ningún episodio concreto (que sí que ha ocurrido), sino porque el tiempo ha pasado…
Aun así, no estamos ante una película de situación, o de tesis, sino ante una historia con un recorrido argumental provisto de un material de enorme calado, con situaciones de un dramatismo al límite, desde el punto y la hora en que los dos sucesos que apuntalan la historia se pueden catalogar como paradigmas del dolor supremo: ¿cabe algo más duro que los abusos sexuales a un menor, o que la pérdida de una hija en la flor de la vida como fruto de una muerte violenta? Probablemente no. Y con ese material, el que ofrece la novela de Dennis Lehane, podría haber surgido un guión sangrante y lacrimógeno, una película despeñada por los precipicios del drama desbarrado. Peligro cierto y evidente, pero magistralmente conjurado por la unión de dos genios aplicados a la tarea: un guionista de grandes capacidades (Brian Helgeland) y un director cuya sobriedad y maestría quedan en esta película más allá de cualquier duda razonable (Clint Eastwood).

Brilla el trabajo de elaboración del guión de un hombre de la solvencia de Brian Helgeland (ya hizo un auténtico “tour de force” en L.A. Confidential), que cuaja una verdadera filigrana, una tarea de orfebre consagrado a la alquimia de amalgamar drama y suspense de una manera natural y fluida, pese a contar con material tan denso y tenso (y no son densidad y tensión elementos que falten en la película). Lo hace respetando los cánones más estrictos de la narración convencional y de estructura clásica (desde el salto temporal, de la infancia a la edad adulta, en una elipsis que nos remite a referentes bien conocidos -√ârase una vez en América de Sergio Leone o la más reciente Sleepers de Barry Levinson (también ahí estaba Kevin Bacon dando vida a otro Sean..)-, hasta su desarrollo lineal, o su sorprendente y brillante resolución final, con un montaje en paralelo perfectamente trabado). Y lo hace, también, dando un peso importante a lo que no vemos, tanto si sabemos de ello por lo que cuentan los personajes (es el caso de Marita, la primera mujer de Jimmy Markum, una influencia poderosa en su proceso de socialización, de imbricación en la comunidad), como si no lo sabemos (el íter de los protagonistas desde su infancia hasta su edad adulta, cómo llegaron a ser lo que hoy son: esta incógnita sólo se nos desvela en el caso de Jimmy, de cuya vida y andanzas tenemos nutrida cuenta, pero no en cuanto a Dave Boyle y Sean Devine, cuya trayectoria vital hasta el punto en que arranca el episodio central de la trama permanece en la más absoluta de las oscuridades -en el caso de este último, se extiende hasta sus circunstancias presentes, todo un enigma-): esa ignorancia, lejos de privarnos de claves, dota al filme de una mayor complejidad, una mayor sutileza, y nos permite ahondar en el mismo a la búsqueda de esas claves que el autor no ha querido revelarnos.

En cuanto al trabajo del maestro Eastwood, es de auténtico sombrerazo; preciso y precioso, y desprovisto de cualquier alarde efectista, utiliza y exprime, hasta su última gota, los elementos con los que juega: una trama sólida y brillante, sobre la que ya se hizo suficiente comentario; un entorno físico enormemente apropiado (ese Boston tan ordenado, tan europeo, con su sol en sordina, como envuelto en plástico traslúcido, y la consecuente luz mortecina, captada de manera sublime), que se convierte, ya no en una localización o un terreno de juego, sino en un personaje más; y el formidable talento interpretativo de su cuadro de actores y actrices.
Entre los protagonistas, casi huelga dedicar mayores comentarios a dos hombres tan contrastados como Sean Penn y Tim Robbins: angustia, sufrimiento, rabia o desorientación cobran categoría casi alegórica cuando se ven encarnados en sus rostros, en sus movimientos. Pero el que constituye una (gratísima) sorpresa es el tercero en discordia, ese Kevin Bacon al que le toca, posiblemente, “bailar con la fea”: su personaje, ese detective Sean Devine de traza fría e indolente, bastante hierático y poco expresivo, y que es, de los tres, el que se ve sometido a las tensiones emocionales menos potentes, tiene bastantes menos opciones para el lucimiento, y, aun así, este antaño “enfant terrible” siempre prometedor y al borde de su explosión definitiva, consigue dotarle de un verismo y una consistencia muy respetables, a base de miradas sutiles, rictus poco perceptibles y movimientos pausados y medidos. Decir que no desmerece en lo más mínimo respecto a sus dos compañeros creo que ya supone un elogio suficientemente expresivo de hasta dónde llegan sus prestaciones a las órdenes de Eastwood.
Pero no son ellos los únicos que rayan a gran altura, ¿qué decir de ellas? El contrapunto perfecto a la tarea de sus compañeros de reparto, tanto Laura Linney -con un papel bastante limitado en cuanto a presencia física, que no en cuanto a importancia- como Marcia Gay Harden -imponente: el reflejo de la angustia y el miedo en su rostro, casi siempre presentes, alcanza un nivel de calidad altísimo-, las dos “falsas secundarias”, se destapan como dos actrices de capacidad portentosa para encarnar unos personajes difíciles, en los que es mucho más fácil evaporarse que descollar. Complétese el cuadro con la presencia de un bloque de secundarios tan completo como adecuado, en el cual sobresale un discreto y eficiente Laurence Fishburne, y ya tendremos una explicación completa a cómo poner en pie, con bastante más que la mera solvencia, una historia densa hasta la espesura y desasosegante hasta la angustia sin que la densidad y el desasosiego nos impidan vernos engullidos y subyugados por sus meandros y recovecos, tan logrados, tan sustanciosos.
Mystic River
nos ofrece, como la gran película que es, con una riqueza y una complejidad fuera de lo común, una ración de cine del mejor, de cine de muchísimos quilates: ése que te reconcilia con el sano hábito de ver películas y te devuelve el orgullo de pertenecer a la cofradía de la sala oscura -esa misma sobre cuya pertenencia empiezas a cavilar cuando te encuentras con muchos de los productos que se exhiben en ellas-. Y, sobre todo, te devuelve un hálito de esperanza, y la constatación de que ese mismo Hollywood que manufactura a todo trapo bodrios execrables con los que atiborra los cines de medio mundo, haciendo ostentación de una desvergonzada prepotencia -la que le confiere su dominio comercial, omnímodo e incontestable-, también da cobijo, no se sabe muy bien si en su trastienda o en sus entresijos perdidos, a todos estos monstruos (Eastwood, Penn, Robins…). Paradojas e incoherencias, como la vida misma…
La inevitable fuerza de la fatalidad
Hay raras ocasiones en las que comenzar a escribir una crítica sobre una película se convierte en un suplicio porque uno es perfectamente consciente de que necesitaría al menos tres veces el espacio habitual para hacer justicia a la rica complejidad y a lo mucho que hay que analizar de una de las mejores películas del año, tanto en el plano puramente formal como en la elaborada construcción de los personajes o la pesimista metáfora de la sociedad americana que Mystic River propone. Por otra parte, uno escribe líneas con la constante sensación de que, diga lo que diga, tampoco conseguirá transmitir con la precisión que sin duda se merece las múltiples sensaciones que provoca la última película de Clint Eastwood, un director que ha alcanzado algo muy parecido a la plenitud creativa, pareja a su otra gran obra maestra, Sin Perdón, con esta terrible y estremecedora película.
A lo largo de su ya extensa filmografía y muy especialmente a través de los títulos realizados en la década de los noventa, Eastwood ha conseguido dotar a sus películas de una serie de elementos perfectamente reconocibles, unas casi invisibles pero perceptibles líneas que entrelazan unas películas con otras y permiten que todas ellas dialoguen entre sí y con el espectador con una especie de música interior que escapa a toda definición, pero que, como variaciones de esas piezas de jazz o blues que tanto gustan al realizador, consiguen que el espectador asista fascinado a una continua demostración de algo de lo que presumen demasiados directores y que en realidad sólo unos pocos poseen: una autoría y estilo propios inconfundibles.
Mystic River, como tantas otras obras de Eastwood, parte de una novela, en este caso un best seller de Dennis Lehane, adaptado con brillantez por Brian Helgeland que ha sabido estructurar dicha obra en un guión de enorme complejidad que consigue reflejar las muchas lecturas que pueden hacerse de la misma, algo a lo que Eastwood contribuye con una puesta en escena sutil, elaborada e igualmente compleja que le permite desarrollar todo su potencial dramático y metafórico. Mystic River es, entre otras muchas cosas, una película que nos habla principalmente de la pérdida de la inocencia y de la imposibilidad de evitar al destino, de cómo un hecho violento acaecido veinte años atrás marca indeleblemente las vidas de tres personajes y de aquellos que les rodean hasta tal punto que pese al tiempo transcurrido y el deseo por parte de todos ellos de continuar con sus vidas, la fatalidad alcanza de nuevo con su larga mano las vidas de todos y, como en una tragedia griega contemporánea, vuelve a unir sus destinos en una cruel historia de violencia y sufrimiento.
Tres niños de una barriada obrera de Boston matan el tiempo en la calle y, en uno de esos actos propios de la infancia, escriben sobre el cemento fresco de una acera sus nombres. Cuando el tercero de ellos, Dave, comienza a escribir el suyo, un coche aparece y dos hombres, que se identifican como policías, se llevan a Dave dentro del coche porque, cruel destino, es el único que vive algo alejado de aquella calle. La metáfora del nombre incompleto de Dave en el cemento adquiere todo su terrible significado cuando asistimos con horror a la experiencia traumática del rapto y la posterior violación de Dave, una agresión que trunca la amistad de los tres chicos y cuyas consecuencias se van a extender desde el pasado hasta el presente, veinte años después. Dave ha sobrevivido a aquella experiencia, está casado y es padre de un niño al que adora y protege. El personaje, interpretado en una composición sobrecogedora por Tim Robbins, es no obstante un ser atormentado por el miedo, que se siente mucho más cómodo en la oscuridad y la soledad de la noche que a la luz del día. En una inteligente lectura del personaje, Eastwood visualiza cómo por un lado el personaje se ve a sí mismo fragmentado en dos, incapaz de conciliar su yo actual con el de ese niño que no pudo escapar de sus captores y al que ve como alguien lejano, distinto a él mismo. Como si fuera el portador de una enfermedad incurable, Dave se ve a sí mismo como uno de esos vampiros que mira en el televisor, como una bestia contaminada y marcada, enferma. Dave sabe que puede perder el control, que nunca conseguirá huir del todo de lo que le atormenta pues está dentro, unido a él y que lo único que puede hacer es convivir con el miedo que tiene de sí mismo. Cuando una noche llega a su casa, envuelto en sangre, confuso y asustado, sabemos que ha cruzado la línea.
Jimmy, un magistral Sean Penn que hace aquí una de sus interpretaciones más ricas y llenas de matices que se le han visto, ha caminado por senderos distintos. Antiguo delincuente que ha pasado por la cárcel y poseedor de un pasado violento y oscuro, se ha redimido de su anterior vida gracias a su hija Katie, a la que tuvo que criar cuando su madre falleció mientras él estaba en la cárcel y a su mujer Annabeth, que le ha dado dos hijas más. Ahora lleva una tienda de comestibles y, como el personaje de Eastwood en Sin Perdón, ha renunciado a la violencia y dejado atrás su antigua vida mientras ve a su familia crecer. Su hija Katie es su mayor tesoro, pues por ella enderezó su vida al salir de la cárcel, viudo y obligado a convivir con una hija que era lo único que le quedaba y con la que mantiene una relación de complicidad que se pone de manifiesto cuando ella le visita en la tienda antes de salir una noche de marcha y en los reproches que Annabeth le hace sobre su favoritismo respecto a sus otras dos hijas pequeñas. Eastwood construye magníficamente el mecanismo dramático de la tragedia: durante toda la primera hora de la película, uno puede sentir el peso sombrío de que algo terrible va a suceder, se anticipa a los hechos que ocurren con la determinación de lo inevitable. Cuando Katie aparece asesinada a la mañana siguiente, el dolor y la furia que invaden al desesperado personaje de Jimmy es tal que uno puede sentir en toda su intensidad el peso de la tragedia que acaba de desencadenarse y que alcanzará a todos y cada uno de los personajes de la película.
“¿Qué le digo a Jimmy? ¿Que Dios tenía una deuda pendiente y que se le ha cobrado?” El autor de esta frase tan elocuente es Sean, un sobrio Kevin Bacon, tercer vértice del triángulo perfecto que Eastwood construye. Sean es el tercer chico que jugaba en aquella calle, ahora convertido en detective de homicidios abandonado por su esposa al que el destino convierte, junto a su compañero Whitey (Lawrence Fishburne, un necesario contrapunto a los tres protagonistas de la historia, el único que observa “desde fuera”, como el espectador, la complejidad de la situación) en el encargado de llevar a cabo la investigación del asesinato de la hija de su antiguo amigo. Eastwood ya tiene todos los elementos en juego y comienza entonces a desarrollar lentamente el alma de la película. Con la excusa de la investigación policial, ahonda de manera exquisita en los recovecos de la compleja personalidad de todos y cada uno de sus personajes. Junto a los tres protagonistas coloca a dos maravillosas actrices, esenciales para la película. Celeste (Marcia Gay Harden) es la prima de Annabeth, la mujer de Jimmy, y está casada con Dave. Sabe que su marido le miente, que algo terrible sucedió aquella noche pero, como le sucede al propio Dave, es incapaz de afrontar sus propios temores y vive en un constante desconsuelo, destrozada por la culpabilidad y atrapada por la desconfianza que siente hacia Dave. Annabeth (una estupenda Laura Linney), por su parte, mantiene una lealtad absoluta hacia Jimmy y se mueve siempre en un segundo plano hasta el final de la película, siendo su contribución a la obra tan demoledora como imprescindible
El dispositivo secuencial de Mystic River camina parejo a la introspección que Eastwood hace de sus personajes. Según avanza la película comprendemos más y más las motivaciones y el alma de cada uno de ellos. Y nos parece lógico que, llevado por su desesperación, Jimmy reasuma su ira incontrolable y su antiguo pasado en su búsqueda de la venganza (como le sucedía, una vez más, al protagonista de Sin Perdón) mientras que Sean se sitúe entre sus dos antiguos amigos y se niegue a admitir las evidencias que apuntan a Dave y éste se hunda más y más en sí mismo, perdido entre sus recuerdos de la tragedia que marcó su vida y la incapacidad de asumir los hechos recientes. El poder de sugerencia de la vigorosa puesta en escena de Eastwood es tal que uno absorbe los hechos uno tras otro como una esponja, sin asumir del todo la complejidad de los mismos hasta que se reflexiona sobre ellos. Un buen ejemplo de ello es la secuencia en el balcón durante el funeral de Katie en el que Dave y Jimmy son encuadrados en el plano con un suave contrapicado y según Jimmy comienza a abrirse a su amigo de infancia y a asumir la irreparable pérdida que para él supone la muerte de Katie, Eastwood se acerca más y más a ambos, de tal forma que uno entra de lleno tanto en el enorme dolor de un Sean Penn espléndido como en la comprensión que Dave siente hacia su dolor. Es sólo un ejemplo, pero hay cientos más (el plano de Jimmy y Sean ya adultos, viendo alejarse de nuevo en la misma calle el coche que veinte años antes se llevó al verdadero Dave de sus vidas) en una película que cuida de forma especial su ambientación de tal forma que uno entra hasta el fondo de esas vidas y esa historia sin apenas notarlo pero sin pausa.
Eastwood juega constantemente con esos dos recursos narrativos: grandes planos generales en tomas aéreas sobre el barrio, el enorme río que cruza la ciudad de Boston (“El río que lava y entierra nuestros pecados”) o los espacios cerrados de tal forma que podamos obtener una continua visión del conjunto mientras el director toma distancia con los hechos y, a la vez, acercamientos suaves y elegantes a los rostros de los actores cuando quiere que sintamos lo que ellos sienten, cuando quiere que comprendamos sus motivaciones y nos acerquemos más y más a su interior. Por supuesto, Clint filma con su aliento clásico habitual, se toma su tiempo para desarrollar pacientemente la historia de ese pequeño microcosmos que tiene entre las manos y demuestra una maestría en el encuadre y el montaje (mérito de Joel Cox, su colaborador habitual) que permite que lo que en realidad menos interesa a Eastwood, que es la resolución de la trama criminal de la película, camine parejo a los gritos de angustia de esos personajes atrapados en un destino, en una fatalidad que, como les sucedía a los protagonistas de las tragedias griegas, apenas pueden controlar.
El pesimismo que invade toda la película es tal que resulta inevitable no hacer una lectura de Mystic River como certera imagen de una sociedad que, como hacen los personajes de la película, esconde y entierra sus pecados donde nadie pueda verlos, con las terribles consecuencias que ello conlleva. Una sociedad carcomida por la violencia que sin duda ha ayudado a construirla, una violencia que no agota sus efectos en los hechos puntuales que suceden en su momento sino que extiende sus ramificaciones a lo largo del espacio y el tiempo, atrapando por igual en su espesa e inevitable telaraña tanto a los que ejercen esa violencia como a los que son víctimas de ella. Esa metáfora cobra toda su fuerza en la secuencia final de la película, ambientada con certera precisión en las celebraciones del cuatro de julio, que conmemora los orígenes de la nación y que reúne a todos los protagonistas de la película en una contundente y escalofriante consecuencia que va desde el silencio cómplice que oculta que siempre quedan cosas pendientes de resolver y sacar a la luz, al aislamiento y soledad de uno de los personajes contrapuesto a la reafirmación del apoyo familiar como manera de encubrir los hechos y evitar que el cáncer salga a la luz y, sobre todo, el rostro de un niño tan perdido en medio de esas celebraciones y con un futuro tan incierto como el que se abría ante esos tres personajes veinte años atrás.

Si bien Sin Perdón, Un Mundo Perfecto o Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal ya reflexionaban sobre la violencia como recurrente forma de encubrir los defectos de una sociedad y su falta de castigo como un mal necesario para asegurar la convivencia y la persistencia de la misma Mystic River lleva aún un paso más adelante esa acertada disección, levantando acta de forma tan lúcida como descarnada de los males que la corroen por dentro como un cáncer. Tratar de poner solución a esos males usando las mismas viejas y corrompidas armas no lleva sino a una perpetua repetición de los mismos errores en un proceso cíclico que parece no tener fin.
Dentro de su infinita negrura, Eastwood ha construido una película luminosa, consiguiendo extraer grandeza de una historia que se sustenta en los entresijos de dos actos de extrema violencia -la violación de un niño y el asesinato de una adolescente- que el realizador trata con sutileza e infinito respeto, sin hurgar ni por un segundo en la sordidez de los mismos y fijando su atención en las consecuencias que deparan, como los círculos concéntricos que se extienden de una piedra arrojada al agua y que no dejan de crecer aun cuando ya no podemos percibirlos. Resulta casi increíble comprobar la sintonía que hay entre la sórdida, durísima historia que se nos cuenta y la casi impecable factura visual con la que se representa en la pantalla, apoyada con un maravilloso trabajo de unos actores (todos, sin excepciones) en perpetuo estado de gracia que se hunden en el abismo de sus personajes y nos los presentan en toda su complejidad, mostrando a las claras sus infinitas debilidades, tan propias, parece decir el director, de la condición humana.
Si Mystic River, indiscutible obra maestra personalísima de un autor en su mejor momento, (posiblemente el último de los grandes directores clásicos del cine que nos quedan hoy en día) no es lo mejor que hasta ahora nos ha ofrecido este 2003, ha puesto el listón endiabladamente alto para cualquier obra posterior que aspire a esa condición, pues esto es Cine con mayúsculas, cine de gran alcance que toca con facilidad el alma del espectador, poseído por un raro aliento a la vez profundamente trágico y poético que tiene en sus múltiples y complejas lecturas el sello de la grandeza que se reserva a las películas destinadas a ser obras clave de este arte.







