PANDILLAS DE NUEVA YORK (Gangs of New York)

Película estrenada entre 2003

Director: Martin Scorsese. 2003. EE.UU. Color
Intérpretes: Leonardo Di Caprio Amsterdam Vallon), Daniel Day-Lewis (Will “El Carnicero”, Cameron Diaz (Jenny ), Jim Broadbent (William), John C. Reilly (Happy Jack), Henry Thomas (Johnny Sirocco), Liam Neeson Monk McGinn)

Entre los años 1846 y 1863, la ciudad de Nueva York sufría de los constantes conflictos entre los nativos anglosajones y los inmigrantes italianos e irlandeses. Es en este ambiente que un joven intentará vengar la muerte de su padre asesinado en manos del líder del bando de los oriundos del lugar

El prestigioso director Martin Scorsese ha tenido una notoria carrera compuesta por algunas de las mejores películas del acervo fílmico norteamericano. Pero aquellas películas que han marcado para siempre el arte cinematográfico y que se han establecido como clásicos de sus respectivos géneros, son tal sólo una fracción de la filmografía de Scorsese. Esto quiere decir, obviamente, que no todas sus películas son automáticamente brillantes. Como cualquier otra persona, Scorsese es falible, pero incluso cuando falla nunca deja de al menos ofrecer algo rescatable en sus irregulares obras.
Así, por cada joya como Uno de los nuestros, Toro salvaje o Taxi Driver, Scorsese ha dirigido también fracasos como Kundun, El año de la inocencia o New York, New York. Tal vez la razón de esto es que no siempre siente el mismo entusiasmo por sus guiones. O tal vez en su énfasis por cuidar cada detalle, a veces pierde de vista el todo. Creo que esto último es lo que ocurrió con Pandillas de Nueva York.

Esta épica película muestra las luchas étnicas, de clases y de ideologías que a fines del siglo diecinueve y principios del siglo veinte sentaron las bases de la ciudad de Nueva York y hasta cierto punto de los Estados Unidos. Por un lado es una denuncia de las miopes actitudes que en aquella época generaban gran injusticia para los inmigrantes, cuyo trabajo y empuje ayudaron a formar la sociedad norteamericana. Por otro lado, es una obvia analogía, mostrándonos que tales actitudes siguen vigentes aún en nuestros días. Tal vez los “villanos” cambiaron de nombre o de raza o de nacionalidad, pero los mismos vicios perduran, a pesar de la nueva tolerancia y de las iluminadas ideologías contemporáneas.
Para expresar estas ideas, Pandillas de Nueva York sigue la historia de Amsterdam Vallon (Leonardo DiCaprio), un joven inmigrante irlandés cuyo padre fue asesinado por Bill “El Carnicero” Cutting en una pelea callejera. Como la tragedia ocurrió cuando Amsterdam era apenas un infante, fue enviado a un orfanato y años después regresa a Nueva York para vengar la muerte de su padre. Sin embargo no quiere vengarse en un impulso de ira… prefiere acercarse poco a poco a Bill el Carnicero y hacerse de su confianza. Bill es ahora un pseudolíder comunal, rabiosamente opuesto a los inmigrantes y deseoso de proteger los valores americanos. Por eso Amsterdam no quiere sólo acabar con Bill, sino cambiar la actitud del pueblo y restaurar el justo trato para todos los habitantes de la ciudad. Así, acompañado de la guapa Jenny (Cameron Diaz), Amsterdam planea calladamente su venganza.

Desde luego las ideas que expresa Pandillas de Nueva York son loables, y hacen un incisivo y acertado comentario sobre la actual sociedad norteamericana. Pero una lección ideológica no es necesariamente la base de una buena película, especialmente cuando la narrativa es tan floja y difusa como en esta cinta. Con la excepción de Daniel Day-Lewis como Bill “El Carnicero”, el resto de los personajes se sienten huecos. Sólo están dibujados por sus más burdas características: venganza, pobreza, etnicidad. No hay realmente personalidades en la cinta, sólo arquetipos… digamos que los personajes son como piezas de ajedrez, con funciones específicas pero sin motivación ni humanidad.
En verdad lamento mucho esta situación, pues por lo general se puede contar con Scorsese para crear poderosas emociones, aunque sea rebajándose a utilizar exagerado melodrama y tragedia operírtica. Parece irreal que una cinta con tan extrema violencia como Pandillas de Nueva York carezca de impacto emocional. Sólo Bill “El Carnicero” cuenta con una febril intensidad, pero es tan fuerte que el resto del elenco sufre por no contar con papeles tan bien dibujados… o tal vez los actores no supieron llevar sus personajes a los niveles que el material requería.
Ignoro la razón, pero lamento decir que en mi opinión esta es una de las películas menos logradas de Scorsese, al menos en el terreno narrativo. Sin embargo, visualmente es lo opuesto. Los escenarios, la dirección de arte, los vestuarios y la esmeradísima atención al detalle hacen de esta una cinta épica cuya grandiosidad resalta como en pocas películas. Además, el magnífico estilo visual del director logra extraer una exótica belleza de los abyectos escenarios y de los feroces personajes.
Se ha dicho que este es el proyecto más personal de Martin Scorsese, por el cual luchó durante años para poder realizarlo según su criterio específico. ¿Será posible que a lo largo de los años haya perdido la objetividad a tal grado que no haya notado el vacío emocional de la obra? Supongo que es posible.
Hace un par de años su película Al límite, aunque repudiada por muchos, me pareció una excelente muestra de la demencial pasión de este director, que a pesar de partir de un guión algo torpe consigue resultados embriagantes, cuya fuerza y audacia logran que un público receptor ignore cualquier falla dramática. Pandillas de Nueva York es lo contrario… una cinta blanda a pesar de sus violentas imágenes y fría a pesar de las candentes ideologías de sus personajes.
Ojalá pudiera decir mejores cosas de esta película, pues realmente admiro el trabajo de Martin Scorsese. Me parece que el éxito crítico que esta cinta ha tenido en los Estados Unidos se debe únicamente al respeto que se le tiene a este gran cineasta y no a los méritos intrínsecos de Pandillas de Nueva York. Espero que su próxima película nos muestre de nuevo su tradicional entusiasmo teatral, en vez de tratar de engañarnos con sus vistosos valores de producción… después de todo, sus inicios en el cine de bajo presupuesto (bajo los auspicios de Roger Corman) debieron enseñarle que la historia lo es todo… lo demás es mera decoración.

Decir que Martin Scorsese es uno de los pocos grandes directores en actividad no es novedoso, pero tal vez necesario para equilibrar la balanza frente a quienes piensan que desde que colaboró con Armani ha dejado de ser el de antes. Si bien es cierto que ya han pasado diez años desde su última obra maestra (Buenos muchachos), hay que remarcar que la carrera de Martin no registra un solo bodrio. Todas sus películas son, al menos, interesantes. Es que estamos ante un director que controla la cámara a su antojo y nos pasea -generalmente al galope- por un mundo único con tantas influencias clásicas como marcas de estilo propias. Que este rico universo sea conocido por aquel a quien le corra cinefilia (¿cinefilina?) por las venas no significa que Scorsese se repita hasta el hartazgo, ni mucho menos. Prueba de ello es Pandillas de Nueva York, un “peliculón”
hollywoodense en el que nos lleva por rumbos nuevos, aunque con el mismo automóvil. Allí están la sangre, la violencia, la traición, la mafia, la religión y las calles, filmadas a lienzo completo y con mano frenética.
En la New York ardiente de 1860, Amsterdam (Leonardo Di Caprio) se enrola en la pandilla de los Nativos que lidera Bill “El Carnicero” (Daniel Day-Lewis, magistral), asesino de su padre y del que llega a convertirse en “mano derecha”, con secretas intenciones de venganza. En el camino conoce a Jenny (Cameron Diaz), carterista profesional y “protegida” de su nuevo jefe, de la que se enamora.
Scorsese enlaza dos historias: la de los protagonistas y la de Nueva York. La ciudad, como el país, vive en estado de ebullición. La guerra civil acumula muertes por segundo y refuerza el racismo de la población. Millones de inmigrantes desembarcan en el puerto. Una gran cantidad es reenviada al mar con destino al campo de batalla. Y el resto se divide en cientos de pandillas, representantes de la multiplicidad de minorías que conviven (y combaten) en la ciudad.
El “ojo scorsesiano” se cierra alrededor de Cinco Esquinas, un sector de Brooklyn al que va a parar el protagonista junto a tantos recién llegados. Vale la pena aclararlo, porque muchos han caído en el error de cuestionar la película por la ausencia de fábricas y obreros, como si el director postulase que la ciudad fue fundada sólo por pandillas salvajes y políticos traicioneros en busca de votos. Como siempre, a Scorsese le interesan los descarriados, los marginados, los “fuera de la ley”. Por eso ubica su cámara en ese micromundo de pobreza y delincuencia a punto de estallar. Lo que vemos es el universo de los protagonistas, un lugar aislado y ciego a los tiempos que se vienen. Y a esta lograda estrategia se debe ese final sorprendente, sobrecogedor. La sorpresa se produce mediante el escamoteo de todo lo que escapa a la inmediatez de los protagonistas, es decir, la Historia: compartimos el desconcierto y la desesperación de los personajes por haber sido llevados a acompañarlos durante todo el filme.
El gran homenaje de Pandillas de Nueva York a Un tiro en la noche (John Ford) llega distorsionado. Su mirada no abarca tanto como la de aquella obra maestra; no hay abogados, doctores, ni maestros entre los pandilleros, así como no aparece “sociedad” que no fuere la de las pandillas. Este es un mundo callejero. Y ya que estamos, no habría que dejar de mencionar el guiño de Scorsese a Eisenstein cuando la turba invade la mansión y la cámara nos pasea delante de la estatua del león rugiente. Signos (ni más ni menos) del lugar desde el que Martin nos hace vivir su película.
Políticamente, el filme es muy audaz y -pese a las diez nominaciones- no del todo oscarizable. No sólo por mostrar el lado oscuro de Nueva York, de la Guerra Civil, de los políticos y de los Estados Unidos de aquella época, sino por su visión del presente (no vi una maniobra publicitaria en el plano final de las Twin Towers). Al hacer correr el tiempo hasta nuestro siglo, la película cobra actualidad. Y el monólogo de “El Carnicero” envuelto en la bandera yanqui, diciéndole a Amsterdam y al espectador que “el miedo es lo que mantiene el orden de las cosas”, junto a las fastuosas imágenes de la masa racista enardecida y el posterior “autoataque” americano, dejan una mirada profundamente crítica.

El formato de “entretenimiento titánico” de Pandillas de Nueva York no le impidió a Scorsese lograr lo que sus admirados directores de los años ’50: que el subtexto sea más importante que la trama principal. Aprovechando todos los elementos narrativos, las posibilidades escenográficas y los efectos visuales más deslumbrantes, pero sin resignar su estilo y enfoques, Scorsese ha realizado una muy buena película. Despareja, tal vez, pero llena de ideas y secuencias monumentales. No debería menospreciársela.
En 2006 Scorsese filmó la mediocre Infiltrados y -al fin- consiguió su Oscar al mejor director.


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