Director: Glen Morgan. 2003. EE.UU. Color
Intérpretes: Crispin Glover (Willard Stiles), R. Lee Ermey (Frank Martin), Laura Elena Harring (Cathryn), Jackie Burroughs (Sra. Stiles), Kim McKamy (Srta. Leach), William S. Taylor (Sr. Garter), Gus Lynch (George Foxx), Laara Sadiq (Janice), David Parker (Detective Boxer), Kristen Cole (Dr. Bludworth)

A sus treinta años, la vida se ha convertido en una auténtica trampa para Willard Stiles (Crispin Glover). Perseguido por el fantasma de su padre y atado psicológicamente a su madre, con quien convive en la imponente mansión de la familia, Willard sólo tiene un contacto superficial con la vida porque es incapaz de establecer una conexión con las personas que le rodean. Sólo conserva, gracias a su padre, su trabajo de administrativo en la empresa Martin Stiles Manufacturing, condición que puso aquel antes de asociarse con Frank Martin (R. Lee Ermey) y que diariamente le recuerda a Willard aquella imposición. Pero un día Willard descubre un vínculo muy extraño: el que tiene con las ratas que viven en el sótano de su casa. De repente Willard se da cuenta de que tiene amigos, centenares de ellos. Aumenta la presión sobre Willard, se resquebrajan los cimientos de su vida y cuando una tragedia destroza su mundo los responsables deben responder ante los aterradores y voraces amigos de Willard. Detrás de una aparente calma se avecina una tormenta, una terrible tormenta que desatará la oscuridad.
Afortunadamente, este gótico y contemporáneamente maligno Flautista de Hamelin, está más cerca del Donald Kohler de Dont go in the house (titulada en España como La casa del terror), que del sicótico y pervertido Norman Bates de la muy hitchkockniana Psicosis Y digo esto porque el esquizofrénico psicópata del filme de Joseph Ellison, no era más que una caricatura burlesca, un sucio y desquiciado asesino lascivo, pretexto del “hombre-sexus” y antagonista sin recovecos ni resortes de personalidad. Es decir, que la desdoblada mente de Kohler, a diferencia de la de Bates, no respondía a gratuitos estímulos ni coartadas cinéfagas a la hora de despachar a sus víctimas, sino que el puro y simple placer de hacerlo, de asesinar, le provocaba tal éxtasis orgásmico, que es ese, precisamente, el elemento lujurioso que terminará, estrepitosamente, con su maniqueo collage de muerte y sadismo.
Y es así que este Willard Stiles se asemeja más a las impúdicas aberraciones del personaje que encarnó con frialdad monocorde Dan Grimaldi que al famosísimo hotelero que puso rostro Anthony Perkins. El tortuoso y estremecedor evangelio sodomita que acarrea este ignoto hombre-rata, apela a la incomunicación restringida, obligada u obstruida “adrede” por una madre omnipresente (magnifica primera secuencia en las escaleras, cuando escuchamos a mamá roer dentro de la mente de Willard, como si de un Dios dictador se tratara), que achaca como hilo detonador de la carencia humanista.

Desde unos impresionantes y antológicos títulos de crédito góticos, perfecto prólogo en “off”, Glen Morgan (geniecillo autor de algunos capítulos memorables de “Expediente X”, y del libreto de la espléndida Destino Final) demuestra que “remakear” no es sinónimo de copiar, y puntualiza que su buen hacer tras las cámaras no es pura casualidad. Willard, gracias a Morgan, no es un filme de terror adolescente al uso, como de alguna forma se vendió, sino un táctil y obtuso desvío hacia una mente distorsionada, en el más sangriento sentido de la palabra. Porque Morgan no quiere que su ópera prima se convierta en un cúmulo de momentos irrisorios para mayor complacencia de una público descafeinado, y es por eso que se empeña en relatar, desde lo más oscuro de sus pensamientos, un cuento de horror puro, un áspero y oscurísimo vodevil psicotrópico.
Lo mejor es la persecución, y posterior caza, de la gata.

