ZATOICHI (ZatÍ´ichi)

Película estrenada entre 2003

Director: Takeshi Kitano. 2003. Japón. Color
Intérpretes: Beat Takeshi (Zatoichi), Tadanobu Asano (Hattori Genosuke), Michiko Ookusu (OUme), Gadarukunaru Taka (Shinkichi), Daigor√≠¬¥ Tachibana (OSei), Yuuko Daike (OKinu), Ittoku Kishibe (Ginzo)

El espadachín ciego
La mitología de cualquier cinematografía nacional bebe de sus raíces culturales y de sus héroes patrios, sean éstos reales o producto de la imaginería popular. Japón, por ende, no es la excepción y, para muestra, uno de los personajes más entrañables de la literatura del país del Sol Naciente: Zatoichi, el vagabundo masajista ciego que esconde bajo su humilde fachada a un letal espadachín justiciero.




La cinematografía nipona utilizó desde su etapa silente el exotismo de estos personajes legendarios en vistosos filmes de época, dando paso a los llamados jidaigeki (cine histórico), dramas ubicados en las diversas dinastías del antiguo imperio. Estos dieron paso a los más concretos kengeki (cine de espadas), filmes dedicados a héroes diestros en el manejo de la katana, pertenecientes por lo regular a la aristocrática clase de los samurai.
Los kengeki alcanzarían su momento climático en occidente gracias a la reputación ganada por películas de prestigiosos directores como Akira Kurosawa durante los años cincuenta y Masaki Kobayashi en los sesenta, quienes lograron que los ojos de la crítica mundial, mareada de exotismo, se posaran sobre el “nuevo género descubierto”,
Mientras esos realizadores y actores como Toshiro Mifune acaparaban la atención occidental y el kengeki pagaba su derecho de piso en diversos festivales internacionales, el pueblo japonés se decantaba más por el término popular de chambara, con el que se conoció al género dentro del país, y que deviene de la onomatopeya que hace referencia al sonido de la katana al cortar el aire… y los cuerpos rivales.
La acepción de chambara corresponde, entonces, al cine de espadachines realizado para el consumo local y que abreva sus raíces en la cultura popular antes que en el shakesperiano estilo de Kurosawa. Así, un personaje de talante meramente autóctono como Zatoichi -creado por el escritor Kan Shimozawa-, reunía las características necesarias para convertirse en un hito de la cinematografía japonesa, protagonizando veinticinco largometrajes entre 1962 y 1973, interpretado siempre por el actor Shintaru Katsu, al igual que los casi 100 episodios para televisión sobre el mismo personaje.
El mismo Katsu habría de dirigir y protagonizar en 1989 lo que se pensaba sería el último filme del espadachín ciego que, cabe mencionar, cuenta con un par de plagios
El cineasta visionario

Cuando Chieko Saito -ex bailarina exótica y hoy empresaria dueña de los derechos cinematográficos sobre la serie de Zatoichi- propuso a Takeshi Kitano realizar una nueva cinta basada en el personaje. Debió aceptar una sola condición del Director: libertad total para escribir una nueva historia olvidando lo visto hasta entonces. Kitano respetaría los rasgos básicos del personaje: ser un masajista vagabundo, ciego y maestro del sable, pero nada más. De esta forma comenzó por desmitificar una visión enraizada en el imaginario colectivo para crear un nuevo mito que se inserta a la perfección en sus constantes personales.

Takeshi Kitano se ha significado como un cineasta “puente” entre dos generaciones, mezclando narraciones clásicas con estética postmoderna. Así, temas universales como la muerte, el fracaso, el abandono y el resurgimiento se ven plasmados en pantalla por medio de construcciones pausadas, casi minimalistas en su puesta en escena y en los recursos técnicos para su elaboración: planos fijos y movimientos descriptivos de la cámara apenas necesarios para detallar una atmósfera que se convierte en asfixiante, pesada, aletargada; más como una extensión del estado de ánimo de sus personajes que como un medio ambiente.


Sin embargo, a medio camino de estas escenas estáticas y trascendentales -en el sentido espiritual, casi metafísico, del concepto- se da paso a brutales estadillos de una violencia seca, descarnada. Nunca granguiñolesca, pero sí sumamente contundente. Su Zatoichi no es la excepción y, aun así, Kitano da un paso más allá en su construcción dramática insertando agridulces pinceladas cómicas que acentúan hacia el interior de la película la inutilidad de las intenciones personales -el retardado mental empeñado en ser samurai- y hacia el exterior de ella funcionan como el punto de fuga que antecede a los emotivos duelos entre él y la banda de Ginzo, señor feudal que aterroriza el pueblo al que llega el espadachín, e incluso, en los que sostiene con Hattori, ronin mercenario que muy a su pesar sirve al miserable Ginzo.

Hattori -magistralmente interpretado por Tadanobu Asano, el sádico mafioso de mejillas rajadas en la “cult movie” Ichi the Killer- se erige no tanto como contrapunto del personaje central, sino como un “alter ego” del propio director. ¿Qué es un ronin, sino un samurai sin amo? Justamente el tipo de papel interpretado por Kitano en su faceta de actor, sólo que en su vertiente contemporánea: un yakuza sin jefe que debe sobrevivir por sus propios medios enfrentando bandos rivales. Enemigo letal, pero de catadura moral intachable. Dueño de una lealtad que evidencia primero su honor que su arma; atribulado siempre -al igual que este Hattori- por un duelo personal que le sitúa de cara con la muerte en situaciones que comprometen a sus seres amados.
Con estos caracteres temáticos, logros estéticos de perfección absoluta -el magistral montaje de sonido en la secuencia del arado de un campo-, e incluso atrevimientos propios del artista en que Takeshi Kitano se ha convertido y que demuestra con maestría en ese apoteósico epílogo final donde música, danza y reflexión filosófica se unen, Zatoichi es mucho más que una mera cinta chambara. Estamos ante una obra que parte del regusto popular para convertirse en arte personal por medio de la reestructuración de un personaje clásico llevado a los terrenos de la reinterpretación dentro de un universo individual.


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