Director: Yoichi Sai. 2004. Japón. Color
Intérpretes: Takeshi Kitano (“Beat” Takeshi) (JoonPyong Kim), Hirofumi Arai (Masao Kim), Tomoko Tabata (Hanako Kim), J√≠¬¥ Odagiri (Takeshi Park), Kyola Suzuki (Yonghee Lee), Y√≠¬ªko Nakamura (KIyoyo Yamanashi)

Es el año 1920 y el joven Shunpei (Takeshi Kitano) es uno de los miles de coreanos que emigraron a Japón durante el periodo (19101945) en el que Corea era una colonia del imperio japonés. Shunpei se casa con una camarera, Yonhi Li (Kyoka Suzuki) también coreana, la cual había sido despedida de una fábrica tras haberse liado con el capataz y haberse quedado embarazada, con la que tiene un hijo, Masao (Hirofumi Arai), y una hija, Hanako (Chieko Tabata). Sunpei deja el hogar justo antes del comienzo de la II Guerra Mundial sólo regresando una vez terminada ésta sin que nadie sepa lo que hizo durante ese periodo. Con la ayuda de su familia y miembros de la comunidad coreana, en especial su fiel amigo Nobuyoshi (Shigemori Matsu), comienza un negocio de kamaboko (rollitos de pasta de pescado normalmente de color blanco y rosa) aunque en secreto también lleva un negocio como prestamista. Muy pronto Shunpei se convierte en un empresario de éxito y líder de la comunidad coreana gracias sobre todo a la tiránica, explotativa y extremadamente violenta manera con la que trata a su familia y a sus empleados. Un buen día un joven, Pak (Jo Odagiri), con pinta de gánster, aparece afirmando ser hijo de Shunpei, fruto de un desliz amoroso en Corea. Durante un tiempo Shunpei cobija bajo su techo a este nuevo miembro de la familia y lo aguanta hasta que Pak empieza a reclamar dinero. Ante las objeciones de Shunpei de que no tiene un duro, Pak arranca los periódicos que decoran las paredes tras los cuales se oculta una fortuna lograda estafando a sus empleados y a través de su negocio de prestamista. Este es el momento el que Shunpei decide pagar a Pak con lo que mejor sabe, a puñetazos. Cansado de su familia se muda con su amante Kiyoko (Yuko Nakamura) a una casa en la misma calle.

Chi to hone está basada en una novela, uno de los mayores bestsellers en Corea, del mismo título del escritor nacido en Osaka pero ascendencia coreana Sogiru Yan. El título forma parte de las letras de un canción coreana que dice algo así como “heredé los huesos de mi padre y la sangre de mi madre“. Su director Yoichi Sai, japonés de nacimiento pero con pasaporte surcoreano (1), aunque su origen es norcoreano, ya había dirigido otra película, (Tsuki Wa Dotchi ni Deteir -título en inglés All Under the Moon-) basada en una novela del mismo autor. Por su parte Kitano Takeshi aparecía en un largometraje por primera vez en catorce años que él mismo no dirigía. De la actuación de Takeshi ya se ha comentado que es la mejor de toda su carrera. Sai ha comentado que solo había pensado en Takeshi Kitano para interpretar el papel de Shunpei y que si no se hacía con los servicios de Takeshi para protagonizar Chi to Hone probablemente no la hubiera dirigido. Como curiosidad decir que en la novela original Sunpei mide más de dos metros. A pesar eso Takeshi, tras haber ganado unos cuantos quilos y haber hecho pesas, presenta una figura intimidadora y gracias a la violencia y el barbarismo al que recurre cada vez que tiene oportunidad se gana sobradamente el mote de bakemono (el monstruo), con el que es descrito por sus familiares y empleados.
Por supuesto Takeshi domina por completo la pantalla, no obstante el resto del reparto es impecable, particularmente Shigemori Matsu y todo el reparto femenino. De impecable también se podría tachar la ambientación, ultrarrealista hasta el último detalle, en cuanto a decorados y vestuario, lo que se agradece mucho pues un servidor ya está un poco cansado de ver producciones históricas japonesas, en especial dramas de TV, donde todo y todos aparecen inmaculadamente limpios y acicalados. Este deseo por un visión ultrarrealista de la vida, mejor dicho las desgracias, de estos emigrantes coreanos se hace aparente desde las primeras escenas. Tras la llegada de Shunpei a Japón en los años veinte del siglo pasado, la historia se traslada al final de la guerra. Para celebrar su vuelta a casa, Shunpei viola a su mujer con los niños escuchándolo todo desde el piso de arriba. No obstante esta escena de la que todo el mundo habla me pareció un poco forzada, una especie de calentamiento para lo que sigue a continuación. Mucho más brutal y aterradora es la escena en la Takeshi destroza por completo la casa de su esposa después de haber tenido una pelea con su hijo Masao. En respuesta Masao cruza la calle y se pone a destrozar la casa de su padre con un bate de béisbol. Pero a su lado Shunpei es como un terremoto.

Para muchos Chi to Hone es una de las mejores películas japonesas del año, pero cuidado, no es una película para aquellos con corazones frágiles. Sai apenas ofrece a la audiencia ningún momento de reposo. En sus más de dos horas de duración Chi to Hone es una imparable montaña rusa de violencia extrema, destrucción, sexo y avaricia, sazonada con una interminable procesión de funerales. La brutalidad mostrada en pantalla oculta un poco el enorme número de matices, sutilezas y diferentes niveles en los que se mueve el guión de este impresionante trabajo. La narración del trailer publicitario de Chi to Hone nos decía como la película es “la historia de un padre y sus hijos, de un marido y una esposa y de un hombre y una mujer”. En términos generales esto es de lo que la historia trata, un padre de familia cegado por una insaciable avaricia y lujuria (la primera palabra para su esposa y sus amantes es “nuge” -desnúdate-) que no parará ante nadie y para nadie para conseguir lo que desea. Fuerzas externas como prejuicios sociales, marginalización y racismo no aparecen tan nítidamente como uno esperaría en este tipo de dramas sociales. Sai parece restarles importancia o simplemente estos elementos son tan obvios que no hace falta ponerlos en un primer plano.

No obstante, y con referencia a la narración del trailer, uno no puede pasar por alto que Chi to Hone es la historia de una familia, pero de una familia de emigrantes coreanos en Japón, unos emigrantes que se vieron forzados a luchar por el imperio japonés durante la II Guerra Mundial, unos emigrantes con fuertes conexiones políticas norcoreanas y que apoyan al estado comunista durante la guerra civil de principios de los cincuenta y que no demuestran ningún pudor en despedir con banderitas norcoreanas a familiares que marchan como voluntarios para la luchar en la guerra. Incluso más importante, Chi to Hone es la historia de lo que representa ser una mujer coreana en Japón. Shunpei es el patriarca absoluto y quizás sus orígenes no sean importantes, Shunpei representa la avaricia, la lujuria, el poder del dinero que corrompe todo, en estado puro. Esta avaricia conlleva no solo la disolución de la familia sino que también la ruptura de la comunidad coreana. Escenas iniciales como la matanza de un cerdo ofrecen un buen ejemplo de este espíritu de comunidad que no aparecerá nunca más. Curiosamente Shunpei guarda parte de la carne del cerdo en una lata hasta que se pudre y empieza a criar larvas porque asegura que es buena para la salud y luego obliga a su amante Kiyoko a comerla cuando queda embarazada. La escena de la matanza del cerdo contrasta claramente con una escena posterior de un funeral que termina en una batalla campal.
¿Pero qué pasa con el resto de los personajes? Sus vidas cambian no solo a causa de las acciones de su padre pero de factores externos. Esto no quiere decir que Chi to Hone recurra a la explicación simplista de culpar a los japoneses por todos los problemas de la familia de Shunpei. Simplemente quiero decir que genereralizaciones como las que he hecho anteriormente sobre la avaricia, el poder del dinero y demás no son suficientes para explicar los cambios experimentados en la vida de una persona. Uno tiene que tener en cuenta las condiciones sociales, políticas y económicas del momento. Gente es encarcelada por sus actividades políticas o mueren en la guerra de Corea, la hija de Shunpei Hanako se casa con un emigrante coreano (Susumu Terajima), no mucho mejor que su padre, que la golpea constantemente (¿estamos aquí ante el modelo patriarcal coreano?). Cuando Shunpei se procura otra amante, esta vez japonesa, Yonhi Li, la esposa de Shunpei, quien ha aguantado pacientemente todas las amantes de aquél, muestra su ira a su hijo cuando le dice que no quiere que una “japonesa” se haga con la fortuna de Shunpei.
Es curioso que las únicas muestras de calor humano que Shunpei ofrece vayan dirigidas hacia Kiyoko quien tras una operación fallida de un tumor cerebral queda convertida en un vegetal. Shunpei la da de comer y la baña de una forma cariñosa, sin embargo esta situación no durará mucho.
NOTA
(1) Personas nacidas en Japón pero de origen extranjero no pueden obtener la nacionalidad japonesa y tampoco tienen el derecho a votar en elecciones. Incluso estas mismas personas cuyos antepasados (padres, abuelos e incluso bisabuelos) también han nacido en Japón son incapaces de solicitar la nacionalidad japonesa o votar en elecciones. En estos momentos se está discutiendo en el parlamento japonés modificar ciertas leyes para que japoneses de origen coreano puedan ejercer el derecho al voto.

En esta película japonesa, que narra la nada ejemplar vida de un auténtico canalla. Jyonbion Kim, emigrado desde su Corea natal, aterriza en el país del sol naciente dispuesto a violar, apalizar, explotar y… por supuesto, prosperar. Férreo practicante de los siete pecados capitales, su historia nos llega a través de los ojos de uno de sus numerosos hijos (uno de los legítimos, pues los bastardos son más bien legión).
El pasar de las décadas (inexorable e inexcusable en cualquier película río) nos remitiría al Yimou más prosopopeico, aunque el protagonismo absoluto de un personaje detestable la emparenta más con aquella rareza que nos llegó del Benelux, titulada Karakter. Compendio de muchos de los mostruitos asociales interpretados por el siempre peligroso Kitano, destaca por una desasosegante (por su crudeza e insistencia) utilización de la violencia contra la mujer, que ejerce de saco donde el varón descarga toda su frustración y mala leche. (Un apunte, un qué se yo, una duda que me ronda por la cabeza: ¿nos estará insensibilizando de verdad la espectacularización de la violencia? ¿Es normal que una parte importante del público se ría cuando violan a una mujer? ¿O quizás sea esta una demostración de que la película no logra (o no quiere, que sería todavía peor) delimitar una frontera dramática/ética?)
Cruda, algo aséptica y funcional en su realización, carente de una moraleja que aligere malas conciencias, Blood and Bones explota -a mi entender- el lado menos interesante del arquetipo interpretado habitualmente por “Beat” Takeshi. Pero nos gusta tanto verle zurrar a la gente…