Director: Michael Nichols. 2004. EE.UU. Color
Intérpretes: Julia Roberts (Anna), Jude Law (Dan), Natalie Portman (Alice), Clive Owen (Larry)

Una mirada mordaz, divertida y honesta de las relaciones modernas. Closer es la historia de cuatro extraños (Julia Roberts, Jude Law, Natalie Portman y Clive Owen), de sus encuentros casuales, de sus atracciones instantáneas y de sus traiciones ocasionales.

Closer, una mirada al lado más instintivo, hedonista y egocéntrico del ser humano. A esa faceta que dice hacer el amor cuando sólo deshace sentimientos; a esa cara que dice buscar la otra mitad y sólo encuentra fango en el sexo de la infidelidad.
Alice (Natalie Portman) es una “stripper” llegada de Nueva York a Londres; (¿llegada, dije? Noestoy usando un eufemismo, refugiada sería una mejor descripción, pues viaja, como muchos, sólo con el bagaje de su roto corazón. Al llegar Londres, un accidente cataliza su encuentro con Dan (Jude Law), un aborto de escritor que se dedica a redactar obituarios para un diario; así entonces, su primera “cita” es una delicia de perfecta semiótica al suceder en un cementerio. La casual amistad pronto fragua en plácida unión libre, que aparentemente fluye sin contratiempos hasta la aparición de Anna (Julia Roberts).
Anna es una talentosa fotógrafa con una muy sui generis profesión-adicción: Fotografiar extraños y posteriormente exhibir sus imágenes en alguna de sus exposiciones. Dan acude a su estudio para la sesión fotográfica de la portada de su nuevo libro, sin embargo un beso casual en su primer encuentro, desencadena una relación tortuosa entre ambos personajes. Ella se negará en un principio, pero terminará siendo presa de la cínica seducción de Dan, quien por azares del destino y un muy sucio chateo, generará su propia perdición, al acercar a Anna a Larry (Clive Owen), un médico con el que se completará el oscuro póker de deslealtades que habrá de rasguñar las emociones y sentimientos de los involucrados.
Hasta aquí la revelación del argumento, que es, pese a su sórdido tema, una joya de guión, desarrollando de forma magistral, una cinta de profundo contenido sexual y pervertidas aristas, sin siquiera mostrar un sólo desnudo. Lo más que veremos, es a una sensual Natalie Portman, vestida (o medio vestida) de irresistible “stripper”. -(Hey!eso les debería bastar)-.
Mike Nichols, director, demuestra una vez más que sus productos los construye con las tripas; es imposible mirarlos y no reaccionar desde el estómago. Así lo hizo también con su multipremiada miniserie de TV, “Angels in America”. De este modo, edifica una película fuerte, perfectamente estructurada, brillantemente dirigida y que denota sus orígenes como puesta en escena, al desarrollarse en pocas locaciones; y aún cuando su argumento es lineal, omite visualmente muchos acontecimientos, haciéndonos saber de su existencia únicamente a través de excelsos diálogos, incisivos como navajas, que llenan los huecos en la historia y desgarran la vida de los personajes (y seguramente de uno que otro espectador tambaleante entre la identificación y la condena).
Además del lacerante guión y la emotiva dirección, las actuaciones son tan exquisitas como brutales, haciéndonos reír indebidamente y tragar todo el veneno de la carnada, generándonos en las vísceras un desprecio real por cada uno de los protagonistas. Al final, cuando el telón cae y uno examina el comportamiento crudo y salvaje de cada individuo, es difícil señalar quién es el peor y de más baja calaña moral en este carnaval de infidelidades que no deja de seducirnos morbosamente incluso hasta en la última escena, cuando Dan regresa al panteón y nos entrega la cereza de este dulce-amargo pastel.
Una cinta fuerte y violenta emocionalmente, donde no hay héroes ni villanos, sino simples seres humanos que ceden a sus más básicos instintos. Un ejemplo de cine inteligente, una muestra de la capacidad de tocar temas grotescamente dolientes de una forma elegante y sagaz. De lo mejor del 2004. Una película para pensar, cuestionar y reflexionar más de una vez. ¿Somos realmente así de bestiales?

Closer se centra en las relaciones amorosas entre cuatro personajes: Dan (Jude Law), un aspirante a novelista que para subsistir se dedicada a redactar obituarios, Alice (Natalie Portman), una “stripper”, Anna (Julia Roberts), una fotógrafa, y Larry (Clive Owen), un dermatólogo.
El septuagenario e interesante Mike Nichols siempre ha sido un agudo observador de las relaciones de pareja, baste recordar su emblemática comedia sexual Conocimiento carnal o la adaptación del brillante drama psicológico ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee, dos títulos bastante ligados en el concepto con este Closer, un filme que adapta la galardonada obra teatral de dos actos de Patrick Marber, quien ejerce también como guionista de la película.
En ella cuatro personajes ególatras, inadaptados, poco simpáticos pero reales y humanos, establecen una conexión sujetada por ansias sentimentales y lujuriosas que manifiesta, con una perspectiva adulta bastante misántropa, cínica y acerba, la apetencia y el egoísmo de la naturaleza humana, la alienación urbana imbuida de tiesura sexual y retozo emocional, marcado en su desarrollo por la seducción, la traición, el engaño, la confianza, la manipulación y la crueldad, que derivan en la destrucción o autodestrucción sentimental.
La película, a la que a ratos se le puede achacar su raíz teatral, destaca por el excelente trato a nivel verbal de Marber, con un adecuado y aguzado trabajo en la creación de diálogos; una gran dirección de intérpretes, que provoca, junto al talento individual del cuarteto estelar, unas apreciables interpretaciones; un apto empleo fotográfico del áspero y velado escenario urbano londinense que ubica a los caracteres y al asunto en una gradación lánguida y pesimista; y un estilo narrativo enfocado a la roturación emocional de los seres humanos protagonistas, que rara vez decae en el ritmo de su exposición aunque a veces parezca un spot de perfume. Pero eso sí, de los caros.
Lo menos sobresaliente de Closer es que la existencia de estos caracteres estudiados psicológicamente por Nichols, a los que se supone neuronales, sofisticados y con ansias vitales de mayor calado, parece girar en una obsesión recargada en la entrepierna, resultando vacíos e insípidos más allá de sus desventuras de bragueta, que por otro lado se encuentran subrayadas, así como sus asuntos universales un tanto extremados y en ocasiones poco creíbles.
Algunas cintas mejores que ésta con una temática similar ya fueron estrenadas por Woody Allen hace unos años: Maridos y mujeres o Hannah y sus hermanas.
La frialdad y el egoísmo del engaño
El veterano Mike Nichols incide en su visión de la pareja con una cinta que se basa en una perspectiva bastante misántropa, cínica e implacable para hablar del amor.
Lo primero que suele destacarse cuando se habla de Closer es el regreso a la dirección cinematográfica del veterano Mike Nichols tras su exitosa etapa en televisión, con un retorno al género que tantos buenos títulos ha dado al cine: las tortuosas relaciones de pareja confinadas al drama emocional en títulos como ¿Quién teme a Virginia Wolf?, El graduado, Conocimiento carnal o Armas de mujer. Para su vuelta, Nichols ha elegido el drama teatral de Patrick Marber Closer, estrenada en Londres en 1997, y que cosechó excelentes críticas y varios premios que la encumbraron como uno de los montajes escénicos más importantes de la década.
Dan es un escritor de necrológicas que está frustrado por no haber podido ser novelista. De repente, un día entra en su vida Alice, una joven camarera que se ha ganado la vida como “stripper”, un encuentro que supondrá el descubrimiento de la musa que siempre soñó. Tiempo después de emprender un idilio con la chica, Dan coincidirá con Anna, una fotógrafa con la que mantiene esporádicas pero intensas relaciones. El destino hace que Anna, gracias a una cruel burla internauta, conozca a Larry, un rudo dermatólogo con el que acabará casándose. Es el principio de una compleja trama donde estas dos parejas padecerán una serie de encuentros y desencuentros, de uniones y rupturas, combinando en sus encrucijadas sexo, crueldad, engaños y una pasión que les arrastra, indefectiblemente, a descomponerse por culpa del adulterio. Pero más que un drama romántico, Closer es una descarnada tesis acerca de la pareja en la actualidad, de sus debilidades, del egoísmo que precede a la tentación exterior que resquebraja aquello que parece sólido y estable, pero que en realidad es una mentira más para la corrupción sentimental, para dejarse llevar a la conformidad que proporciona la siempre simulada felicidad.
Cruda crónica de los complejos dispositivos que ejercen las relaciones sentimentales sobre el ser humano, la última película de Mike Nichols constituye un tentador ejercicio de “voyeurismo” fílmico que impone al espectador a observar desde primera línea todos los juegos amorosos y un cruel asalto a la privacidad del cuarteto protagonista. Un certero retrato generacional, donde sus ambiguos personajes, neuróticos, necesitados de afecto pero a la vez adúlteros, enfocan sus miedos a la relación de pareja de un modo corrosivo, egoísta, en cierto aspecto desde una perspectiva de enfermizos idólatras de la farsa del amor estable, que se enamoran y se repudian como amantes frustrados. Una forma de pseudoamor que pierde al que lo padece y le aleja de la persona amada, en lugar de encontrarse con ella.
En su postulado sobre la pasión, el matrimonio y la posesión, Patrick Marber aporta magníficos diálogos llenos de dureza, crueles y sexualmente duros, tan directos que parece mentira que estén protagonizados por grandes estrellas convertidos en actores bajo la experta batuta de un Nichols que sabe sacar todo el éxtasis dramático de sus mejores secuencias. Una sorprendente película que supone uno de los pocos prototipos de cine adulto y veraz, que despoja a sus personajes de cualquier artificio y representa el amor, el deseo y el sexo como elementos inherentes a la intensidad y la profundidad del amor, pero que termina por convertirse en una muestra del vacío y la desesperación a las que conllevan la infidelidad, el duro pago a la traición y a los celos como parte de un individualismo que desmonta cualquier faceta romántica del sentimiento.
Un discurso lleno de cáustica agresividad que expresa sin tapujos y con dureza la confusión y el desorden emocional que el amor provoca en unos personajes que se hieren y se aman en la misma medida y con la misma facilidad. Anna, Dan, Larry y Alice son ególatras, inadaptados que establecen una conexión sometida a sus ansias sentimentales y lujuriosas, manifestadas con una perspectiva bastante misántropa, cínica e implacable, vistas con un deseo y egoísmo propias de la propia naturaleza humana, donde la alienación urbana les afecta en sus relaciones marcadas por la seducción, la felonía, la manipulación y la crueldad, derivando todo ello en una inevitable autodestrucción sentimental. Es la lógica evolución de una serie de idilios que, en su frágil equilibrio, son susceptibles de acusar los efectos de la inestabilidad afectiva. Nichols y Marber parecen querer evidenciar en todo momento que el hombre y la mujer nunca están conformes con lo que tienen, con la felicidad efímera que no saben disfrutar, como autómatas enajenados invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad y de angustia.
Así, en un principio Dan escribe necrológicas y Alice aparece en su vida. Ella le sirve de inspiración para que escriba esa novela que tanto ansiaba. Cuando conoce a Anna, Dan decide dejar a Alice, olvidando su fuente de inspiración, destrozando a una joven necesitada de afecto a la que descubriremos poseedora de una fuerte personalidad cuando ejerza de bailarina en un prostíbulo. Anna, por su parte, propone un título para la novela que acaba siendo un fracaso para el periodista, como la vida de éste, volviendo a ser un necrologista frustrado ante ambas relaciones. Y en ese desarrollo de un argumento enfocado a la crueldad y el sadismo en la pareja, de gente que es incapaz de querer pero expertos en odiar y hacer daño, la utilización del tiempo por parte de Nichols es el gran hallazgo de este excelente filme, dotado de una fascinante elegancia en el uso de sus elipsis temporales, sugiriendo que el tiempo no significa nada en absoluto en las relaciones de pareja.
El único obstáculo que impide considerar Closer como una película ciertamente redonda, colmada de lucidez, es la dificultad que se establece a la hora de encontrar una necesaria empatía entre personajes y espectadores que nunca se produce de un modo dramático. El drama pasional planteado abusa en exceso del radicalismo en ciertos factores de la conducta de los protagonistas, llevando muchas veces las situaciones al extremo, desglosando una postura maniquea en la perspectiva de sus conflictos. Y mucha culpa de ello la tiene la persistente utilización de algunos diálogos que, buscando la provocación y la realidad sexual de su contenido, resultan algo inverosímiles. Tanto, como para caer en varias ocasiones en la abstracción teórica al abordar esos continuos intercambios de pareja. Aunque bien es cierto que es necesario, ya que el sexo encuentra la forzosa importancia para definirse como único universo de las relaciones de pareja, de sus engaños, de la incomunicación y, sobre todo, de la desconfianza. Esto último puede parecer una traba en un drama romántico como es el que se propone, pero analizando la sociedad actual, donde cualquier deseo satisfecho provoca una felicidad perecedera que ambiciona nuevas experiencias, Closer simboliza muy bien ese tipo de relación, el amor de la sociedad moderna, basado, fundamentalmente, en algo tan provisorio y mundanal como son las relaciones sexuales. Al fin y al cabo, como bien se explicita dentro del filme, el ser humano sigue siendo un animal. Sólo así es posible aseverar ese instinto final de los personajes masculinos, que acaban utilizando la violencia para dejar en un mínimo espacio a sus femeninos atrapados en una situación que no desean, como reflejo de su debilidad, pero también en la honestidad de sus decisiones y acierto de las mismas.
Historia de negligentes emocionales, incapaces de querer a la persona que les ama pero capacitados para destrozarlas siguiendo el instinto natural de sus deseos, Closer alcanza sus mayores logros en la intensidad mostrada por su cuarteto de lujo, donde si bien el omnipresente Jude Law acapara el papel protagonista de idólatra, caprichoso y obsesivo, y Julia Roberts se adapta perfectamente a su papel con una contención agradecida, la grandeza interpretativa recae en los dos secundarios (que no son tales) del cuarteto amoroso; por ello, Clive Owen y Natalie Portman se llevan la mejor parte con sus perfectas y complejas composiciones. El primero dando vida a un hombre rudo e instintivo, sincero al fin y al cabo. Por su parte, Portman ofrece una dádiva interpretativa que mezcla la dulzura y la inocencia con la cognición de saber la gran oportunidad dramática que tiene entre manos. Y la joven Portman no la desaprovecha.
Closer compone un retrato urbano, perfilado en los ambientes londinenses donde se ubican los caracteres en su particular gradación sentimental, lánguida y pesimista, bajo un estilo narrativo encauzado a la decadencia emocional de los protagonistas que, aunque se excede en lo abrupto y frío de algunos de sus momentos más intensos, nunca decae en el ritmo de su despliegue de talento. En la cinta de Nichols, el amor llega bruscamente, en un accidente físico, y se va del mismo modo, pero en una esfera pasional, de desengaño, de choque con la realidad, sin conducirse por un final discursivo ni ofreciendo el tan temido mensaje moral que suelen tener este tipo de dramas en su desenlace. Todo lo contrario, Closer es un extraño “folie √≠ deux” a cuatro bandas sin duda interesante, atrevido, y, sobre todo, apasionante.

El amor nos hace frágiles; la mentira, fuertes
El reputado director de origen alemán Mike Nichols entró en el cine por la puerta grande gracias a dos sonoros éxitos de crítica y público estrenados en la década de los 60: la adaptación de la teatral ¿Quién teme a Virginia Woolf? y, sobre todo, la ya clásica El graduado, que lanzó a un entonces joven Dustin Hoffman al estrellato. Después de aquel inmejorable debut, en la carrera de este veterano realizador se han alternado títulos notables (Armas de mujer, A propósito de Henry…), que, sin embargo, no han logrado alcanzar el calibre de sus montajes iniciales, con alguna que otra mediocridad más bien poco memorable (Una jaula de grillos, Lobo…). Pero aun con todas sus ocasionales concesiones a la comercialidad, predomina en su filmografía (a las ya mencionadas, cabría añadir trabajos destacados, aunque quizás fallidos, como Postales desde el filo o Se acabó el pastel) un interés manifiesto por explorar la cara menos amable de las relaciones humanas y, más concretamente, los sentimientos, actitudes y revelaciones más primitivas que se dan en el seno de la pareja romántica, poniendo especial énfasis en los aspectos que atañen a la mentira, ya sea a través de la infidelidad, de la falsa apariencia, de la traición, del secreto vergonzoso, o de la mera ocultación de la verdad.
Se entiende así que su último proyecto, Closer, que también parte de una pieza teatral -en este caso, obra de Patrick Marber-, vuelva a incidir en ese retrato de las interacciones sentimentales modernas, mediante los encuentros y desencuentros -estables o fortuitos, amatorios o sexuales, fundados o caprichosos- que se producen, como en un círculo cerrado, entre cuatro personajes, dos hombres y dos mujeres todavía en la flor de la vida, que se conocen, se enamoran, se quieren, se engañan, se hacen daño, se separan, no se olvidan, se perdonan, y vuelta a empezar. Cuatro personajes que, cada uno a su modo -Anna (Julia Roberts), la fotógrafa depresiva que es incapaz de buscar la felicidad; Larry (Clive Owen), el mordaz médico que se autodenomina cavernícola y cuyas sentencias arrojan verdades como puños; Dan (Jude Law), el inmaduro y retorcido escritor frustrado, puro ego, egoísta, egocéntrico, ególatra; y Alice (Natalie Portman), la entregada camarera y “stripper”-, intentan hallar un imposible equilibrio entre el respeto a su voluntad y la consideración hacia el otro, entre la convivencia y la sinceridad, entre la generosa renuncia y la manipulación en beneficio propio.
Es de agradecer que, a pesar del tirón taquillero de su cartel, predispuesto en mayor medida por nombres como Julia Roberts o Jude Law, Closer corra riesgos más propios del cine independiente norteamericano con atisbos europeos -no en vano su ficción tiene lugar en el Londres contemporáneo-: la profusión de emplazamientos interiores, el incuestionable dominio de la palabra hablada por encima de la acción, un estilo narrativo sencillo y práctico, sin alardes ni intromisiones torpes para “amenizar”, y el hecho de tomarse el tiempo preciso, justo y necesario para desarrollar cada situación e ir dibujando a los personajes en cada etapa, cuando en el panorama actual se impone lo contrario, es decir, la agilidad, el ritmo vertiginoso y la precipitación; características éstas de su puesta en escena que vienen pautadas por el evidente, y evidenciado, origen teatral de la película, pero que, lejos de confeccionar un producto aburrido, parsimonioso y estirado, permiten que se vaya aposentando el relato con naturalidad, y que al espectador se le ofrezca la oportunidad de identificar en la pantalla conductas y emociones vividas, mientras trata de comprender los porqués que mueven a los protagonistas, en caso de que haya razones, y no sólo impulsos, en esto del amor y la pasión.
Probablemente, la promoción de Closer, filme que se anuncia como “una mirada mordaz, divertida y honesta de las relaciones modernas”, sea uno de sus peores enemigos, al levantar una expectación que no se corresponde con la realidad de la cinta, mucho menos incisiva, cómica y audaz de lo que se auspiciaba. Porque esta radiografía, que no deja de ser un interesante, maduro y competente acercamiento, tampoco es la prometida exhibición de descarnada lucidez -existe, pero con moderación-. A menudo, el comportamiento de los cuatro personajes se plasma incomprensible, excéntrico, voluble,sencillamente estúpido, pero reflexionando con posterioridad, tal vez no esté tan alejado de la verdad. Por otro lado, reflejar únicamente los fragmentos más decisivos para cada una de las parejas -el momento en que se enamoran, y en que entran en crisis y se rompen- ayuda a percibir mejor el cambio sufrido, aunque se pierda demasiada información por el camino.
No obstante, por encima de la anécdota, de las particularidades de estos caracteres -complejos, universales, construidos con precisión pero sin insultantes obviedades-, de sus idas y venidas, queda una inolvidable muestra de los mecanismos y resortes psicológicos que se ponen en funcionamiento ante el amor y el desamor: inseguridades, temores, dependencias, chantajes, deslealtades, venganzas, culpabilidades, juegos de seducción, complicidades, conceptos de posesión y control… Asimismo, Closer respalda un estimable estudio de los celos -celos sentimentales, pero también sexuales-, de la fragilidad que el amor otorga a nuestras vidas, del valor de la sinceridad y la necesidad, en ocasiones más oportuna, de la mentira. En este último sentido, la sorpresa que reserva su final -nada estruendoso en lo formal; pero un pequeño detalle cuya importancia obliga a replantearnos lo visto- es altamente reveladora.
En este seguimiento, a ratos economizado por la elipsis, de la evolución de los personajes, siempre vistos no como unidades, sino como mitades -aparecen como seres incompletos sin amor- de las distintas parejas que se forman, se desgajan y se vuelven a reunir, Closer dispone de una serie de escenas especialmente maravillosas, tanto por la comicidad implícita de la situación -la conversación por chat y la subsiguiente cita en el acuario, por ejemplo-, como por su capacidad para que el espectador se sienta reflejado por lo reconocible de las situaciones que se plantean -el encuentro inicial entre Alice y Dan, la sesión fotográfica en el estudio de Anna…- o por la hiriente honestidad de unos diálogos afilados, a través de los cuales los protagonistas se escupen los detalles de sus escarceos amorosos para herir al contrincante, devolverle el golpe o infligir daño para evitar sentir dolor.
Pero si el guión es un magnífico punto de partida, quizás una de las mejores bazas de este filme se encuentre en unas interpretaciones de alto nivel, que subscriben con convicción dramática y sensibilidad las tribulaciones, conflictos y emociones que arrastran a los protagonistas por esta montaña rusa que es la vida, y a las que la realización de Nichols -sin duda un excelente director de actores-, tan atenta como poco intrusiva en lo formal, da lucida amplitud. Sobresalen aquí, al margen de una cándida, pero arrebatadora y atormentada Natalie Portman -cuya peluca rosa provoca que le busquemos parentesco con la Scarlett Johansson de Lost in translation- y de un Jude Law algo más eclipsado de lo habitual, una Julia Roberts gratamente distinta de su imagen tradicional, más contenida, cuyo rostro sabe transmitir sin gastados efectismos sus interioridades, y un Clive Owen, rotundo, rudo y agradablemente desagradable, o viceversa.
Closer, es, en efecto, una aproximación sin excesivas contemplaciones a las dinámicas que unen y separan a un grupo de perdidos perdedores sentimentales, que al final terminan tomándose este asunto del amor como un juego de competición en donde la infidelidad opera como triunfo o fracaso, por más que todos se metan goles en propia portería. Y como todo cine adulto que se precie, su visionado es de los que genera tertulias posteriores.Estupendo regreso al cine de Michael Nichols.