Director: Michael Mann. 2004. EE.UU. Color
Intérpretes: Tom Cruise, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mark Ruffalo, Peter Berg
Empezó como una noche cualquiera. Max (Jamie Foxx) lleva 12 años detrás del volante de su taxi y está curado de espantos. Las caras pasan por el retrovisor; la gente y los lugares entran y salen de su vida… hasta una noche. Durante esa noche, en la ciudad de Los Ángeles, Max se encuentra de repente obligado a realizar una carrera teniendo por pasajero a un asesino a sueldo (Tom Cruise)… en pleno trabajo.

La sorpresa en el cine es una cualidad similar al chispazo de un genio. Porque dicen que todo está inventado. Y creo que no es así. Esta película tiene siempre la grata coincidencia de sorprenderme, porque no logro adivinar qué ocurrirá después. Porque el montaje (lineal o no), no interviene para despistarme. Porque la música no me distrae sino que me envuelve. Y los actores logran que me crea su interpretación y el director hasta consigue caerme bien. Porque se lo trabaja

Y en Collateral, aún reconociendo que no inventa nada… me sorprende. Sobre el cienciólogo se pueden decir muchas cosas, pero no se le puede negar que las canas y el plan malote le sientan bien. Jamie Foxx quizá no llega a dar ese callo que sí dan tanto Cruise como Mann, pero no desentona. La atmósfera hipnótica que impregna toda la obra me sorprende. Observo un tanto sorprendido cómo suceden las escenas, fueras de campo, primeros planos que son oro, panóramicas, “travellings”… con una maestría que me deja perplejo. Y pienso que este tipo no es el que ha realizado obras como El dilema o Alí Y continúo viéndola hasta el convencional, pero elegante final que tampoco me esperaba, y me gusta. Y consigue que no me importe la pueril casualidad que reúne al trío los minutos finales porque sabiendo que hace trampa, consigue causarme tensión sobre lo obvio, y eso en mi mundo es un absurdo improbable. Y el tío lo consigue. Y me sorprende. Y me levanto del asiento, habiendo pasado un muy buen rato de cine.

Si tuviera que citar ejemplos en los que un lenguaje cinematográfico actual -no me gustaría describir como moderno-, permiten la introducción de sus elementos visuales en el conjunto de una película finalmente clásica, creo que Collateral (2004, Michael Mann)- podría ser un firme candidato para ello. Se trata de una interesantísima aportación al cine policiaco, con notables ecos del polar francés y una alta carga existencial, incluso metafísica, en el que la importancia del destino es esencial, y en donde incluso se relativiza -con una nada solapada ironía- sobre cuáles son las mayores consecuencias que giran en torno a la violencia.
Es probable que nada de ello sea nuevo en el mundo del cine. Quizás incluso conceptos de esta índole se hayan plasmado con mayor hondura dramática o conceptual. Pero ello en modo alguno invalida lo logrado en esta película, que el aficionado contempla con un cierto recelo inicial ante sus primeros fotogramas. Por fortuna, estas reticencias quedan en una simple alarma y sentimos como con apenas unos pocos planos se nos describe el comportamiento y la psicología de uno de los protagonistas, Max (Jaime Foxx). Se trata de un taxista diestro en su oficio, al que ha dedicado los últimos doce años de su existencia, que se encuentra en el fondo lleno de frustraciones al tener albergados una serie de objetivos que realmente sabe que nunca llevará a cabo. Este acoge una joven cliente de aparentes altaneros modos, con la que apuesta incluso un determinado recorrido en taxi para ver que ahorra tiempo en el mismo. Será precisamente este encuentro -ella es una fiscal de considerable personalidad; Annie (Jada Pinkett Smith)- el que determinará una atracción soterrada -la clienta finalmente le deja su número de teléfono-. Pero el destino hará su primera afinidad con Max y Annie. Tras un plano en el que esta se entrecruza con Vincent (Tom Cruise), este será el próximo cliente del taxi de Max. Pronto se establecerá una casi íntima relación entre cliente y conductor, basada en buena medida en la carismática personalidad del apuesto y seguro cliente. Este le propondrá estar a su servicio durante toda una noche, a cambio de una sustanciosa paga en dólares. El taxista opone que va en contra de las normas, pero finalmente accede a la petición. Será por supuesto el principio de un descenso a los infiernos que durará una noche en, pero quizá al propio tiempo un reencuentro con aquellos anhelos que ha ido forjando en su vida y hasta el momento no ha llegado a cumplir -él sabe que el devenir de su vida le impedirá alcanzarlos-. La mefistofélica personalidad de Vincent muy pronto se adentra en Max, reflejando en él esa aura de éxito, seguridad y disfrute de la vida que de forma inmediata hará mella en el taxista, estableciéndose una complicidad entre ambos personajes.
Pero lo que no sabe Max es que su carismático nuevo cliente es un asesino profesional que ha sido contratado esa misma noche para ejecutar cinco testigos de una acusación sobre tráfico de drogas. Vincent está en esos momentos cumpliendo con su cometido con toda la profesionalidad, el laconismo y la experiencia de que hace gala, y para ello el taxista es el elegido como portador del mensaje de muerte en la noche y en la gran ciudad. Nos encontramos en un Los Angeles casi fantasmal, inhumano, frío y totalmente despojado de humanidad. Desde el Taxi Driver (1976, Martin Scorsese) no se encontraba en las pantallas una visión tan infernal en su aparente cotidianeidad nocturna, de una urbe, refugio en sus noches de enfermos, delincuentes y pervertidos.
En este entorno, que en todo momento potencian Dion Beebe y Paul Cameron con una sensacional fotografía en unos momentos lívida, en otros espectral, pero siempre al servicio de las intenciones de Michael Mann, se desarrolla este siempre interesante Collateral, en el que al atractivo de su propuesta argumental se une esa capacidad de reflexión a la que antes aludía. El peso del destino, la frustración, la falsedad en la dinámica del éxito o la mediocridad, la bajeza en suma de una sociedad aparentemente moderna pero en el fondo más deshumanizada que nunca. Toda una valiosa serie de disgresiones que se centran en la excelente confrontación de personajes que encarnan con verdadera inspiración Jaime Foxx y un Tom Cruise en la que es una de las mejores interpretaciones de su carrera. Con un cabello blanquecino que potencia la fuerza del personaje, acentuando un sutil sentido del humor en su relación con Max y dosificando los elementos de violencia que rodean a su personaje, el Vincent que encarna Cruise queda como uno de los más valiosos retratos que ha legado el cine policiaco en los últimos años.
Y a tono con esas cualidades, Collateral está llena de grandes momentos cinematográficos. Desde la secuencia que se establece con el viejo propietario del local de jazz -que con una frase de Vincent varía la amabilidad del momento y le proporciona un aura terrorífica-, la visita de Max y Vincent al hospital a visitar a la vieja madre del primero, la persecución final del asesino a Ann en las oficinas de la fiscalía -rodada de forma asombrosa en plano general y con luz blanca; una forma insólita y muy noble de provocar el suspense-, o la propia secuencia final de persecución por parte de Vincent y la forma de morir de este -que nos remite a títulos tan emblemáticos como El silencio de un hombre (1967, Jean-Pierre Melville)-, son algunos de los ejemplos más brillantes de una película pródiga en ellos.
En cualquier caso, hay determinados elementos que me impiden apreciar una redondez de su resultado. Desde la inútil presencia del personaje que encarna con su habitual blandura Mark Ruffalo -cada día este intérprete me parece más soso y repetitivo-, el recurso a secuencias tan recurrentes como aquella en la que el taxista acude al contacto con el mafioso que ha contratado a Vincent para eliminar a los testigos -lo que da paso a una socorrida e inútil “performance” por parte de Javier Bardem-, o la propia secuencia que se desarrolla en una discoteca para eliminar uno de los últimos testigos que restan del encargo. Son lunares en un conjunto sólido y que, bajo mi punto de vista, de haberse pulido en mayor medida, hubieran dado como resultado un auténtico clásico. Creo que el balance final quizá no sea totalmente logrado, pero indudablemente es valioso.
