EL BOSQUE (The Village)

Película estrenada entre 2004

Director: M. Night Shyamalan. 2004. EE.UU. Color
Intérpretes: Joaquin Phoenix (Lucius Hunt), Adrien Brody (Noah Percy), Bryce Dallas Howard (Ivy Walker), William Hurt (Edward Walker), Sigourney Weaver (Alice Hunt), Brendan Gleeson (August Nicholson), Cherry Jones (Sra. Clack), Celia Weston (Vivian), John Christopher Jones (Robert), Frank Collison (Víctor), Jayne Atkinson (Tabitha), Judy Greer (Kitty), Michael Pitt (Finton Coin)

A primer vistazo este pueblo que se remonta a finales del siglo XIX parece ser una preciosidad. Los pobladores viven en armonía en un entorno idílico. Sin embargo, esta comunidad vive con el aterrador conocimiento de que una serie de criaturas vive en el bosque que los rodea. La inocencia del pueblo se ve amenazada por las criaturas, señaladas por los moradores como “Aquellos de quienes no hablamos”. Los pobladores comparten el miedo a la malevolencia y a la fuerza que se presiente acecha afuera. Tan aterradora que nadie se atreve a aventurarse más allá del bosque. A pesar de los consejos de sus mayores, un curioso y decidido Lucius Hunt (Joaquin Phoenix) tiene el ardiente deseo de ir más allá de los límites del pueblo y hacia lo desconocido. El líder del pueblo, Edward Walker (William Hurt) le advierte a Lucius del peligro que existe en las afueras de la ciudad, y la madre de Lucius, Alice Hunt (Sigourney Weaver) le aconseja que permanezca en su hogar y se olvide de la avaricia y de los deseos que existen en el mundo de afuera. La fuerza de Lucius es igualada solamente por Ivy Walker (Bryce Dallas Howard), una hermosa, fascinante y joven mujer ciega con una inusual sabiduría que va más allá de su edad. Su naturaleza audaz y su don de percepción son algo totalmente ajenos para Lucius. Lucius y el pícaro Noah Percy (Adrien Brody), un joven retrasado, admiran a Ivy apasionadamente, a pesar de que en el corazón de ella sólo hay lugar para uno de ellos. Su devoción la lleva por un camino prohibido en donde aterradoras verdades son reveladas. La siniestra presencia de lo desconocido se convierte en un caos para el pueblo, con la valentía propia siendo lo único que los puede salvar. La tregua entre el pueblo y las criaturas está llegando a su fin.

Los monstruos innombrables
Shyamalan ofrece con El bosque un cuento moral, una de sus mejores películas con una historia de múltiples lecturas que analiza el miedo a lo desconocido y al progreso
El cine de M. Night Shyamalan se construye sobre unas sólidas bases que tienen su sentido en una estética visual y perceptiva transformada en sentimiento elevado a un nivel de frialdad y distanciamiento capaz de articular con sus imágenes un universo de contundentemente de autor, de sugestiva puesta en escena con fundamento, con un constante componente ideológico y/o teológico que, esgrimido con géneros como el “fantastique” y el cine de terror, le han descubierto como uno de los cineastas más sugerentes y visionarios del último cine de Hollywood.
Sus historias humanistas, tormentosas y a veces enfermizas, desprenden de su finalidad global un discurso reconocible que apunta al análisis de la sociedad moderna, dibujando para ello temores donde el liberalismo político, el racionalismo, la moralidad y la autocensura reflejan el pánico a lo desconocido, recurriendo en todo momento a la sugerencia visual y argumental para enjuiciar subversivamente el relativismo moderno, la falta de cánones morales, el creciente progreso y la falta de creencia en lo trascendente, más allá del ámbito terrenal. Esa máxima, unida a la ambig√ºedad, el enigmatismo naturalista y al prodigioso manejo de los mecanismos del suspense con que Shyamalan envuelve sus filmes, son el precedente de El bosque, un teorema más ideológico que argumental que recoge mucho de lo mejor de Los primeros amigos, El sexto sentido (1999) o El protegido (2000) y poco de lo peor de la laxa teología de su obra más superflua hasta el momento, Señales
(2002). En ese sentido, el cineasta de origen hindú parece haber adoptado la directriz de la alegoría narrativa para ir más allá en su discurso argumental. Así, en sus tres últimas películas ha dejado claro que los humanos son los muertos, que los superhéroes son creaciones de los más pérfidos villanos sin entrañas y que todo Apocalipsis respalda un renacimiento interior. Metáforas inigualables, diáfanas, esquemáticas y universales para transcribir un mundo desamparado que el espectador puede interpretar mediante la poética fílmica y deliberada del director.
La acción de El bosque se sitúa en un pequeño pueblo llamado Convington (Pennsylvania), aparentemente a finales del s. XIX, situado en medio de un paraje natural de increíble belleza. Un idílico entorno que contrasta poderosamente con la actitud de los lugareños, que viven atemorizados por ‘criaturas de las que no se habla’, entes demoníacos con los que mantienen un pacto de respeto, pero que limitan la vida de sus vecinos impidiéndoles salir de la alienada villa. Cuando un joven aldeano, Lucius Hunt, propone atravesar esos límites para conseguir medicinas que alivien su precaria situación médica, se producirá un cambio en la existencia de todos los habitantes del pueblo. Bajo esta a priori intrascendente propuesta que, según su director, se basa en los principios temáticos de “Cumbres borrascosas”, la novela de Emily Bront√≠¬´, y en el clásico King Kong (1931, Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper), por la ambientación de época y la atmósfera opresiva, y la amenaza impuesta que viven los nativos de la Isla de la Calavera, respectivamente, El bosque va más allá de cualquier especulación baladí de aquellos que han intentado empequeñecer el portentoso trabajo de guión y dirección de Shyamalan. Sobre el argumento, también planean turbiamente los atentados del 11S contra las Torres Gemelas de Nueva York, aunque no sea ese el camino a seguir para analizar un filme repleto de virtudes.
El bosque, fundamenta su existencia en una aldea que aboga al cada vez más extinguido valor de comunidad, que vive en perfecta armonía, sólo quebrantada por un miedo a unos seres que habitan más allá de sus fronteras y que parecen establecer el bien y el mal. El temor a lo oculto, a lo amenazante. Y eso es, en principio, la clave para seguir la historia, a los personajes circunscritos a un ambiente de paz y concordia. Pero si algo se asume con este dictamen, es que el miedo, del mismo modo, atenaza e inmoviliza, algo que se incrementa a lo largo de El bosque. Y es en su premeditada acrimonia donde Shyamalan sitúa una enfermiza parábola que se puede leer de diversas formas, en una multilectura que acaba, irremediablemente, en un concienzudo examen aislacionista y antiprogreso simbolizado en un pueblo que busca infructuosamente aislarse de la traición, la violencia, los intereses económicos y la dependencia de lo material de una sociedad que cada vez es más amenazante.
Algunos críticos americanos han querido ver en El bosque una crítica a la política de manipulación basada en el miedo y en la estafa que ha ejercido el gobierno de George W. Bush o simplemente como un panfleto prodemócrata de cara a las próximas elecciones. Justificar la mentira como vehículo para la consecución de un bien común, aun cuando exista la posibilidad de que ese bien sea una patraña, un fantasma de una mente trastornada podría apuntar a esa obsesión de un Ozymandias presidencial por unir a una comunidad infundando el miedo a costa de una amenaza que no es. Bien podría serlo. Pero no es así. Y no es así porque la intención del cineasta es conformar una historia sustentada en tres factores primordiales para entender El bosque: uno, lo que temáticamente vienen dando sus películas, que giran alrededor de decisiones éticas radicales y trascendentales; otro que apunta a que sólo el amor es el motor que mueve el mundo, que no conoce de mentiras ni de miedos y que es capaz de enfrentarse a ellos con bravura para descubrir la verdad; y, por último, la universalización de su mensaje hacia algo mucho más simple como es el miedo de la sociedad ante los misterios que encierra el progreso y sus consecuencias en el mundo. Shyamalan acepta con su consiguiente estilización simbólica que su último y apasionante filme se preste a múltiples y variadas interpretaciones.
Por ello, su última película es oportuna y comprometida, fiel al estilo de un realizador más preocupado por hacer partícipe al espectador de los sentimientos de sus personajes que de hacer verosímiles las historias fantásticas que protagonizan. De ahí que el terror se sitúe en la carga emocional en los protagonistas, mientras que en el suspense, que tan bien maneja el director de Señales, se concentra en las situaciones. Tal vez algo que se le achaque a El bosque sea la falta de concreción y de explicaciones enfáticas en pantalla sobre las respuestas que se supone que tendría que dar Shyamalan una vez puntualizado ese “giro” (in)esperado por todos, al que recurre como síntesis de la sugerencia y aquí nunca es utilizado como “efecto sorpresa”. Si bien es cierto que quedan algunas incógnitas sin aclarar dentro del pánico creado en la pequeña aldea, Shyamalan es consciente de que su público es lo suficientemente inteligente para dejarse llevar por su imaginación y extraer de la poesía y las sensaciones una historia inclasificable que injustamente promete miedo y que termina brindando una película ponderable en todos los sentidos.
El bosque es una película con tono denso, doliente, de contradicciones paradójicas, que manifiesta todo este juego de tensiones contrapuestas en su personaje principal, una ciega que sea la que pueda atravesar el bosque maldito, la que no tenga miedo a la hora de enfrentarse a las supuestas criaturas y la única que, por amor, sea capaz de traspasar los límites fronterizos. Todo llevado por el romanticismo, por el amor como único sentimiento ante un contexto frío y distante. También que el mal esté representado en un esquizoide tarado -presentado como el falso “tonto del pueblo”- que, inteligentemente, ha descubierto el gran secreto y lo utiliza con poder e intimidación sobre sus conciudadanos, provocando el caos, destruyendo la lógica de miedo impuesta por el Consejo. Un Consejo formado por hombres y mujeres que no han nacido en la aldea y vienen de fuera, donde los personajes de Hurt y Weaver son incapaces de manifestar sus sentimientos y poseen una caja negra que oculta el gran secreto que todos esconden. También lo es la contradicción de la razón de una fábula intimatoria como fruto del amor y la necesidad de aislar a los lugareños del Mal de la sociedad, fusionados en un microcosmos creado y financiado para y por una libertad que, en realidad, es una alienación egoísta. Unos miembros regidores que son capaces de dejar morir a los suyos con tal de no enfrentarse a los fantasmas sociales que les recluyeron para siempre. No se trata, por tanto, de hacer pasar miedo al espectador, sino de reflexionar sobre cómo funciona el miedo y cómo éste afecta a nuestras vidas.
Una cinta oscura y pesimista, nada autocomplaciente, que empieza con el entierro de un niño muerto por causas que, una vez sabidas, se deducen de las horribles consecuencias provinentes del experimento al que ha sido sometida la aldea. La cinta también acaba de una forma pesimista e imprevisible, pero a la vez tan realista que uno no puede más que aceptar los acontecimientos. Es ahí donde la atmósfera tiene un protagonismo especial, donde Roger Deakins, habitual de los hermanos Coen, extrae un naturalismo en la línea de John Alcott, donde abundan los cielos nublados, que provocan que el filme tenga ese éter desapacible, un aspecto frío y distante. Como importante es el recurso cromático simbolizado en la prohibición del rojo -el color de la vida y la sangre- o el amarillo -como defensa de los miedos-. Colores todos ellos que la protagonista ciega, evidentemente, no puede ver, pero sí percibir, desoyendo las órdenes cuando su corazón lo dicta. Sobresalientes son también las interpretaciones de los protagonistas Bryce Dallas Howard -(con un lanzamiento al estrellato más que sorprendente -está increíble-), la sutilidad de Joaquin Phoenix en el papel de timorato retraído, así como los siempre extraordinarios William Hurt, Sigourney Weaver y Brendan Gleeson. Sin embargo, en este apartado, no encaja la sobreactuación maniquea e inesperada de un Adrien Brody que juega tanto con los aspavientos y la mueca que termina por resultar sofocante.
Dando un paso más en su estilizada evolución fílmica y cinematográfica, Shyamalan ofrece un ejercicio de relectura estilística, siguiendo los esquemas propios del terror con ese giro sorpresivo -que aquí no es tal- que tanto proliferaban en la obra de Rod Serling y Ray Bradbury -al que se acude por la similitud de su relato “Bosque Mitago” con esta película-, constituyendo una experiencia cinematográfica absorbente. La dirección de Shyamalan, su puesta en escena emocional recubierta de sencillez y su minimalismo visual atienden de nuevo a sus restricciones en las que no existe la necesidad de mostrar, sino de sugerir con un particular y sutil pulso narrativo, ejemplificado en el “ralentí” que se produce cuando el público tiene la oportunidad de ver por primera vez a una de las criaturas. Apoyado en una prodigiosa partitura de James Newton Howard (la mejor en años), El bosque es insinuante antes que terrorífica, claustrofóbica y alegórica antes que misteriosa, y, sobre todo, es una obra llena de poesía y emotividad que deja la sensiblería a un lado para tratar con pasión una historia de amor y tragedia. Una poderosa y angustiosa película que, tras la fallida Señales, encauza la brillante trayectoria de uno de los nuevos genios del cine norteamericano.

Ensayo sobre el poder del miedo
M. Night Shyamalan ha declarado a menudo que una de sus principales inquietudes como cineasta es conseguir que sus películas tengan un efecto progresivo, en el sentido de que el espectador se sienta conmocionado por los momentos intensos que acaba de vivir justo al encenderse las luces de la sala y, con el paso de las horas y de los días, que ese efecto vaya diluyéndose en favor de una impresión algo diferente, fruto de la reflexión personal o compartida sobre las tesis que establecen sus películas, para finalmente alcanzar el objetivo último perseguido: que sus historias funcionen en posteriores visionados o incluso que perduren hasta años después de su estreno. A ese respecto, Shyamalan tiene el reto de conciliar dos requerimientos en principio tan opuestos como las decisiones que deben hacer que su película funcione como un eficaz entretenimiento a lo largo de su duración y las que consigan lo que él llama la segunda impresión del filme, que se va creando con el paso del tiempo y que provocará en el futuro el deseo en el espectador de volver sobre sus obras, aun cuando, por aquello de que uno ya conoce esos característicos finales “sorpresa” que obligan a rebobinar todo lo visto hasta entonces, nunca podrá verse la película de la misma forma o con la misma mirada que la primera vez.
Este afán suyo se traduce, si uno observa con cierto detenimiento su filmografía y no se queda en lo puramente formal, en la construcción minuciosa de una serie de elementos que transcurren por el interior del relato, siempre por debajo de la historia principal que se está desarrollando ante los ojos del espectador, pero que se instalan con enorme fuerza en la mente de éste, una especie de cargas de profundidad que a menudo son el verdadero mensaje de la película y que afloran fácilmente a poco que uno reflexione sobre ella o, aun mejor, intercambie impresiones con otros compañeros de butaca. Por supuesto, Shyamalan corre el riesgo de que el espectador, que de por sí ya está obligado a hacer cierto esfuerzo para completar por su cuenta algunos de los elementos de sus películas -algo por desgracia cada vez más infrecuente en el cine comercial de hoy-, no esté muy por la labor y menos si, como sin duda va a suceder con muchos de los espectadores de “El bosque”, abandonan la sala con un considerable y, la verdad, comprensible enfado por cuanto la película que les han vendido por una de las campañas de promoción más engañosas y falsas de los últimos tiempos no tiene nada que ver con la interesante propuesta que Shyamalan desarrolla en este perverso y sumamente incómodo cuento de hadas que invita a la reflexión.
Porque eso es El bosque, una perversa fábula que, tomando algunos de los elementos más reconocibles de ciertos cuentos populares (hay un bosque ominoso, una amenaza invisible pero muy presente en él que bien podría ser el lobo feroz, una atrevida caperucita que se la juega internándose en sus procelosos caminos y hasta un peculiar Juan Sin Miedo) y otros históricos, reconocibles iconos fundacionales de la cultura norteamericana -una comunidad de pioneros que, a finales del siglo XIX, se establece en un territorio virgen y aislado del mundo exterior para vivir allí según sus propias reglas- se apoya en su habitual andamiaje de ese efectivo cruce entre el cine fantástico y el de suspense para elaborar un ensayo bastante demoledor e inquietante sobre el terrible poder que puede llegar a tener el miedo no sólo para, convenientemente utilizado, ejercer el dominio sobre una sociedad, sino para la misma construcción de esa sociedad.
Esta lectura que sin duda hará las delicias de un Michael Moore que posiblemente la adoptará como película de cabecera para sacar jugosas comparaciones con los USA de hoy, dirigidos por George Bush y sus halcones -probablemente yendo más lejos de lo que el propio director pretende- es sólo una de las que subyacen en esa invitación a la conversación que Shyamalan establece en una película a ratos desconcertante en los que la mezcla de géneros y una ambig√ºedad cuidadosamente controlada provocan, junto a la innegable capacidad de este narrador de crear atmósferas inquietantes, una considerable perturbación en el ánimo del espectador que entre de lleno en su juego, algo que, como ya he dicho, no ocurrirá en todos los casos.
Shyamalan construye su película con unos elementos definidos desde muy pronto en la película: hay una comunidad aislada del mundo, un bosque en el que habitan unas criaturas terroríficas -”aquellos de los que no hablamos” en una más que reveladora definición- con las que hay un pacto de no agresión -”nosotros no entramos en su bosque, ellos no vienen a nuestro pueblo”-, dos colores que representan lo prohibido y lo que protege y una tensión soterrada entre los adultos que, a través de un consejo, velan por el mantenimiento de las reglas básicas de supervivencia de la comunidad y algún joven inquieto (Lucius: Joaquin Phoenix) que intuye que ese aislamiento del mundo, a la larga, va en perjuicio del futuro de todos ellos, como queda establecido en la primera secuencia de la película cuando el personaje de Brendan Gleeson entierra a su hijo pequeño, fallecido de una enfermedad simplemente porque a nadie le está permitido cruzar El bosque para ir a la ciudad a conseguir las medicinas necesarias.
Como debe ser en una película ambientada en esa época, el amor es un sentimiento del que apenas se habla y que por educación, se reprime de forma constante, lo que no impide que Shyamalan construya una hermosa y efectiva historia de amor entre Lucius e Ivy, la hija menor uno de los líderes de la comunidad (Edward: William Hurt), una formidable chica ciega que, en una espléndida interpretación por parte de la hasta ahora desconocida Bryce Dallas Howard, se convierte, gracias a su pureza e inocencia, en el verdadero corazón y motor de la historia. Resulta interesante ver cómo Shyamalan plasma la normalidad de una comunidad que tiene asumida y aceptada la convivencia continua con aquello que se esconde en los bosques que rodean el pueblo: los extraños sonidos que vienen del bosque perturban la paz social pero no impiden sus actividades diarias, los jóvenes experimentan con el miedo y los límites de la autoridad -la estupenda secuencia del juego del tocón-, cualquier hecho extraño -como los grotescos restos despellejados de varios animales que aparecen en el pueblo- es inmediatamente atribuido a la amenaza desconocida y hasta hay una línea de torres de vigilancia provistas de antorchas y campanas que avisan de las incursiones de las criaturas, lo que provoca en la población un reflejo inmediato que les lleva a ocultarse en los sótanos de sus casas. Todo ello en un “modus vivendi” tan extraño como aceptado como parte del proceso natural de las cosas.
La primera pregunta que se forma en la mente del espectador es, por supuesto, cuál es la verdadera naturaleza de esas criaturas que, como los alienígenas esquivos de Señales, al principio de la película sólo se muestran de forma casi imperceptible. Shyamalan consigue en algunas de estas secuencias momentos antológicos de tensión, como aquella en la que la ciega Ivy espera a las criaturas en la puerta de su casa con la mano extendida (la necesidad de tocar para saber) resuelta con una sorprendente maestría o la terrible escena del conflicto que se crea entre Lucius y Noah, un disminuido en sus facultades mentales que siente devoción por Ivy -ajustado Adrien Brody, a cargo tanto de los momentos de mayor hilaridad destinados a rebajar la tensión como de algunos de los momentos más desoladoramente dramáticos- cuando se hacen públicas las intenciones de Lucius y ella de casarse, en una escena rodada de forma impecable que provoca una desazón terrible en el espectador.
Shyamalan sigue con su reconocible estilo: planos fijos de larga duración, suaves pero importantes movimientos de cámara que acompañan a los personajes, una puesta en escena con el ojo siempre atento en los más mínimos detalles y un ritmo pausado de corte casi clásico que puede romper los nervios de los acostumbrados al furioso traqueteo del cine actual, pero que seduce con elegancia al espectador paciente, un magistral uso tanto de la música de James Newton Howard como del montaje de sonido y una cuidadosa creación de una atmósfera que mantiene al espectador en un estado de constante tensión. El devenir de la historia fluctúa entre el previsible choque inicial entre las posiciones más inmovilistas de los adultos y el interés por saber que demuestra ese peculiar rebelde que es Lucius, la relación entre éste e Ivy -que contiene la declaración de amor más original que este cronista ha podido ver en el cine en bastante tiempo- y la progresiva toma de conciencia de que el hasta entonces frágil equilibrio que ha mantenido esa comunidad está a punto de romperse, con insólitas consecuencias para todos.
Sin embargo, quizás en parte porque por vez primera Shyamalan huye de los ambientes más reconocibles y cercanos de sus anteriores películas y en parte porque la necesidad del director de ser fiel a sí mismo impone algunas exigencias difíciles de satisfacer, El bosque se resiente, pese a su indudable brillantez, tanto de la falta de concreción de algunos elementos de la historia poco desarrollados que siembran la duda en el espectador sobre su verdadera finalidad en la historia como de la lectura final un tanto “na√≠¬Øf” y moralmente simplista que puede extraerse de la película, una lectura que no me produjo la sensación de que encajara bien con las tenebrosas implicaciones que esconden esos mensajes subterráneos que antes mencionaba. Tal vez Shyamalan hubiera necesitado de un poco más de tiempo para desarrollar de forma más acertada algunas de las implicaciones de su fábula, pero es evidente que, por un lado, prefiere dejar parte de ese trabajo al espectador y, por otro, que la acentuada característica de cuento de su historia no implica, como a menudo sucede en esas narraciones infantiles cargadas de intenciones, que la propia película deba poseer una absoluta coherencia interna.
Lo que en cualquier caso resulta evidente es que Shyamalan sigue siendo uno de los mejores autores del cine actual, con un dominio de la puesta en escena y del proceso narrativo al alcance de muy pocos cineastas; que sus historias están, afortunadamente y mal que les pese a algunos, a años luz de la inmensa mayoría de las propuestas del mejor cine comercial americano y que, no menos importante, aunque El bosque sea una película que, por sus debilidades estructurales y argumentales, ofrezca la sensación de estar menos elaborada que alguno de sus trabajos anteriores, no deja de ser al tiempo una película compleja y arriesgada que sigue ofreciendo muestras de cierto proceso de maduración del cineasta. No está de más terminar con una reflexión necesaria: a este cronista le parece más que justificado el cabreo con el que muchos espectadores saldrán del cine, ya que pueden considerarse con toda la razón del mundo engañados por la campaña de promoción de la película, que vende un producto bien distinto a lo que El bosque es.

++++++

Esta no es una película de terror. Es una película sobre el terror.
Si algo caracteriza el trabajo del director de origen hindú (en cuanto a nacionalidad, no en cuanto a religión) es su poder de manipulación, su manejo del tempo narrativo, su insobornable capacidad para crear atmósferas sugerentes e inquietantes, ambientes cimentados en el suspense del “qué-va-a-pasar-a-continuación”; característica, esta última, que llevada al extremo ha transformado la naturaleza sorprendente que alimentaba las primeras obras de Shyalaman en una servidumbre rutinaria que alcanza su cenit en el forzado giro del final, tan predecible (pues sabemos que algo va a pasar) como dudosamente substancial y que, además, se permite la insolencia de revocar la interesante propuesta de cine de terror que sugería su prólogo.
El bosque nos habla del miedo. Del miedo como sentimiento común, irracional, primigenio e incontrolable. Del miedo como principal instrumento de manipulación y sometimiento del que se han valido todo tipo de estamentos desde el inicio de los tiempos. El miedo al dolor, a la muerte, al castigo, a la pérdida, a lo desconocido, a lo incontrolable… Y habla de amor, que además de ser algo que queda muy bonito en canciones, poemas y postales, es otro sentimiento igual de común, irracional, primigenio e incontrolable. Y otra de las grandes bazas de manipulación humana. ¿Y si ambos instintos entraran en conflicto? Pues uno vence, atenúa, o aplaca al otro irremediablemente. El resultado del duelo dependerá de cuál de los dos sea más fuerte. Me encantó que no hubiera héroe sino heroína, y que la fragilidad la llevara sólo por fuera.
Shyamalan bombardea con metáforas. La crítica a lo que somos, a lo que seremos, a la sobreprotección frente a libertad, a la manipulación y el engaño en pos de un beneficio mayor. ¿No es el querer evitar el sufrimiento, el tuyo y el de los tuyos, a costa de lo que sea, un instinto natural o animal? ¿El miedo puede llegar a bloquear/ derribar los principios éticos que se supone que lleva consigo el humano? ¿La deshumanización no nos vuelve salvajes?
No hay final sorpresa. El desarrollo es la sorpresa. El director no quería un final pirotécnico (como al parecer ansían la mayoría de espectadores), podría haber mostrado los “flashbacks” reveladores después de que Ivy atravesara el muro, pero prefirió sacrificar el efecto final para poner bajo el foco la verdadera esencia de la película. La lucha de la protagonista y la de su padre. Una que se enfrenta a sus miedos y se arriesga por amor. Y otro que se enfrenta a sus mentiras y arriesga todo lo conseguido por amor. Por amor a su hija. El sufrimiento le llevó a la mentira y el sufrimiento le saca de ella.
Incluso podría encontrarse metáfora en el manoseado y cansino “me timaron con el trailer”. ¿Y si el director hubiera pactado con los productores, a modo de El consejo, engañar al respetable por un beneficio mayor? Imaginemos:
“-Habitantes del pueblo al descubrir la mentira:¡Nos habéis engañado! ¡Esto es una farsa! No es el mundo real. Hemos perdido nuestra vida.”
“Espectadores que se sienten timados:¡Shyamalan me has engañado! ¡Esto es un pufo! No es una película de miedo. He perdido mi dinero.”
“-Miembros de El consejo: Sí, os hemos engañado pero ha sido por amor. Si hubiéramos revelado la verdad os hubierais marchado del pueblo y os habríais perdido esta vida ideal y maravillosa. Ha sido una mentira piadosa, lo hemos hecho por vuestro bien.”
“-Shyamalan: Sí, os he engañado pero ha sido por amor (al arte, a la pela, y al espectador). Si hubierais sabido que mi película en realidad es un love-story tétrico mezclado de innumerables reflexiones, no habríais entrado a la sala. Y os habríais perdido este peliculón. Ha sido una mentira piadosa, lo he hecho por vuestro bien.”.
Pero quizá lo mejor de El bosque es que admite tantas lecturas e interpretaciones como espectadores.


Subscribe to comments Responses closed, but you can trackback. |
Post Tags:

Comentarios cerados.


© Copyright 2005 Claqueta TE RECOMIENDA COCINA Y Recetas de cocina