ENTRE COPAS (Sideways)
Director: Alexander Payne. 2004. EE.UU. Color
Intérpretes: Paul Giamatti (Miles Raymond), Thomas Haden Church (Jack Lopate), Sandra Oh (Stephanie), Virginia Madsen (Maya), Marylouise Burke (Madre de Miles), Jessica Hecht (Victoria), Missy Doty (Cammi), Alysia Reiner (Christine), Shaké Toukhmanian (Sra. Erganian), Duke Moosekian (Mike Erganian), Peter Dennis (Leslie Brough)

Dos viejos amigos se embarcan en un viaje por carretera probando vinos… sólo para cambiar de rumbo vertiginosamente y entrar en una irónica exploración de las vicisitudes del amor y la amistad, de la repudiable persistencia de la soledad y de la imperecedera guerra entre el Pinot y el Cabernet. Los contratiempos empiezan cuando Miles, un divorciado traumatizado con su experiencia sentimental, al que le gustaría ser novelista y que presenta una fijación por el vino, decide agasajar a Jack, su colega de la universidad y actor fracasado, con un viaje festivo a los viñedos del bucólico valle de Santa Ynez… la semana antes de que Jack contraiga matrimonio. Los dos no podrían formar una pareja más extraña: Jack es un seductor demasiado sexual; Miles es un desgraciado aprensivo. Jack está buscando degustar su ultimo bocado de libertad; Miles solo pretende paladear la perfección en una botella. Jack se conforma con un Merlot barato; Miles se muere por el elusivo y perfecto Pinot. De hecho, la única cosa que parecen tener en común es la misma excitante mezcla de ambiciones fallidas y juventud marchita. En cualquier caso, cuando emprenden ruta por la costa, Miles y Jack pronto se van a ver ahogados en el vino y en las mujeres. Jack se enamora como un chiquillo de una experta vinícola local de vino y amenaza con cancelar su boda. Miles tiene su propio encuentro romántico con una camarera que es toda una experta en caldos. Ambos se tambalean de una forma peligrosa y cómica hacia la crisis de la mediana edad. Ahora, la boda se aproxima, y con ella la certeza de que Miles y Jack no van a volver a Los Angeles sanos y salvos y sin haber sufrido cambios… si es que al final terminan por regresar.

Mientras veía Entre copas, un filme, por de pronto, bastante más que notable, pero nunca antológico −características extensibles, en realidad, al resto de la filmografía de Alexander Payne−, no pude evitar que una malévola sonrisa asomara a mis labios. No creo que fuera la intención de su autor, ni mucho menos, compensar todas esas décadas, todavía no superadas, en las que el cine ha sido ávido reflejo y plataforma de toda la misoginia y el machismo más recalcitrantes. Pero, sin proponérselo, le ha salido una película llena de argumentos para detestar el género masculino por completo: mientras que sus dos varones protagonistas aglutinan todas las manías, defectos y debilidades adjudicados por antonomasia al hombre −cada uno exhibe su particular versión de toda la inmadurez, la falta de responsabilidad y la cobardía de que son capaces−, ellas son las únicas que salen bien paradas de este nuevo asalto en la eterna guerra de sexos al ser presentadas como mujeres honestas, inteligentes, sensibles y valientes. Sin embargo, no era ése el motivo de mi particular regodeo… bueno, un poco sí. Lo que realmente me hacía gracia era observar cómo la crítica −tradicional dominio masculino, igual que el cine−, lejos de reparar acerca de esta circunstancia −debe de ser que tienen muy asumida la autodisculpa−, reconocía entre las virtudes de esta cinta la posibilidad de identificación que ofrecen sus personajes. No sé cuál de las dos cosas resulta más preocupante…
Volviendo a cuestiones puramente cinematográficas, Entre copas narra los avatares de dos amigos, Miles y Jack, que ante el inminente matrimonio del segundo, deciden despedir su soltería celebrando un viaje por el valle vinícola de Santa Ynez, en California. Pero mientras que Miles, un experto sibarita del vino, se plantea disfrutar de unas vacaciones entregadas a su afición enológica, a Jack únicamente le interesa “descorchar” una última mujer antes de iniciar su vida de casado. Su casual encuentro con Stephanie y Maya, dos amigas empleadas en el sector, provocará que sus perspectivas se tambaleen.
El último aclamado trabajo de Alexander Payne podría ser reducido a una versión adulta, y por tanto más serena, desencantada y compleja, de las comedias adolescentes que encuentran en Viaje de pirados, American Pie o 2 colgaos muy fumaos, algunos populares representantes, así como, desde luego, de todas esas cintas satélite de Despedida de soltero. Pero a diferencia de los jóvenes protagonistas de este grupo, cuyos únicos intereses en la vida se reducen a emborracharse (o colocarse) y alejarse a polvos, o sea, pasos agigantados de la virginidad, el dúo de Entre copas son selectos bebedores curtidos en las relaciones de pareja que aspiran, según el caso, a mitigar la soledad o a permitirse un último capricho antes de ingresar en las filas del matrimonio. Apropiándose, pues, de la estructura clásica de toda una película de colegas, el atento guión coescrito por Jim Taylor, según una novela de Rex Pickett, se apoya en la confrontación de dos personalidades opuestas para ir dirimiendo una serie de situaciones oportunas que no sólo pongan de relevancia sus distintas posturas vitales, sino en definitiva el alcance de su fracaso existencial; porque si hay algo que une a estos dos cuarentones, más allá de esa situación de crisis que revela una juventud ya superada y el sinsabor de los sueños sin realizar, es su natural incapacidad para ser felices, que cada uno toreará como mejor pueda o sepa, ya sea desde el autoengaño o la autocompasión. Así, por un lado tenemos a Jack (Thomas Haden Church), un actor de bajos vuelos, abiertamente irresponsable, juerguista e inmaduro, que ha hecho de la mentira y la seducción su moneda de cambio; y por otro, a Miles (Paul Giamatti), un novelista frustrado, pesimista e inseguro, que no ha logrado superar todavía su divorcio, mostrando muchos recelos a la hora de iniciar una nueva relación, y que se dejará empujar dentro de la espiral de embustes de su amigo. Ambos encontrarán el contrapunto perfecto en dos mujeres sólidas y experimentadas poco dispuestas a aguantar su infantilismo: Stephanie (Sandra Oh), madre soltera y experta vinícola, y Maya (Virginia Madsen), una camarera con inquietudes que también ha atravesado una dolorosa separación, respectivamente, con las que vivirán sendos romances condenados a fallar por la falta de juicio de Jack y el depresivo ánimo de Miles.

Entre copas es una película que se ajusta con naturalidad a las expresiones de la vida, y cuya aparente sencillez le permite ir sacando a la luz, sin grandes aspavientos, una serie de asuntos mucho más trascendentales y profundos de lo que se antoja a primera vista: cuestiones como la amistad, el amor, la soledad, el fracaso profesional y emocional, la responsabilidad o la madurez, que encuentran en su sentido del humor tragicómico el tono de amargura y melancolía perfecto para su enfoque crepuscular. Se trata, en definitiva, de una comedia dramática de personajes y situaciones que se recibe con agrado por su sensible inteligencia y autenticidad, siempre abierta a la complicidad y reconocimiento del espectador en sus aspectos más universales. Sin embargo, ese discurso llano y cercano, apenas interrumpido por la eventual inclusión de algunos apuntes surrealistas como el accidente de coche, termina jugando en su contra, convirtiendo el filme en una experiencia estimable, pero discreta, con notables altibajos de ritmo y que nunca alcanza el entusiasmo, salvo en momentos puntuales como esa memorable escena en la que Maya le explica a Miles por qué le gusta tanto el vino, conduciendo a muchos espectadores a preguntarse cómo un producto tan normalito ha sido recompensado con tal profusión de halagos y premios, entre los que se cuenta ese Oscar al Mejor Guión Adaptado. La respuesta quizás se deba a la dificultad de encontrar hoy en día un largometraje como éste, bien escrito y mejor interpretado, que hable con sinceridad y denote lucidez. Porque a las bondades de esta historia se suma la réplica precisa de un reducido reparto en estado de gracia, que ha sabido sacar de la sombra a estupendos intérpretes que habían sido encasillados o relegados a un tercer plano, como Paul Giamatti −cuya magnífica actuación en American Splendor
(2003) también en cartelera, merecía mayor reconocimiento del que obtuvo−, Virginia Madsen, Thomas Haden Church o Sandra Oh, la esposa del director. No cabe duda que la mejor construcción de los personajes de Giamatti y Madsen, y de su relación, permite a ambos un estupendo lucimiento, pero Haden Church, en ese papel de actor de segunda que parece replicar su verdadera trayectoria profesional, y Sandra Oh no desmerecen en absoluto la oportunidad y están a la altura.
Alexander Payne ha sido un hábil observador de las miserias humanas y del patetismo existencial, que ha reflejado en títulos que van desde la disparatada Citizen Ruth (1996) hasta la incisiva Election (1999) y la agridulce A propósito de Schmidt
(2002). Sus películas siempre se han mantenido a medio camino entre la comedia y el drama, aunque no siempre en justo equilibrio, y, del mismo modo, ha logrado ganarse la consideración de la crítica y el público a la vez. Entre copas no deja de ser una repetición de esa misma fórmula, y aunque resulte funcional, cada vez se recibe como algo menos novedoso en el panorama. Además, sus balanceos corren el peligro de caer en el terreno de las medias tintas, de manera que a pesar de contar con la moderada aprobación de la mayoría, no terminen de satisfacer a nadie por completo. Aunque no se pueden levantar importantes reproches contra Entre copas, personalmente eché de menos algo más de audacia que la rescatara de la mediocridad, y no la contaría entre los mejores trabajos de Payne, proponiendo, en cambio, la crítica mordaz de Election o el mayor aplomo de A propósito de Schmidt.

Otra película “independiente” que se cuela en las retinas de los aficionados al séptimo arte gracias, entre otras copas, al impulso de sus nominaciones al Oscar. Entiendo que haya personas a las que no les guste este filme. Es una historia de vida normal y corriente, y a los que les flipe La Venganza de los Sith (2005)) o la tetralogía de El Señor de los Anillos, no les recomiendo que la vean. Se aburrirán.
Él es, supongo, la razón por la que algunos piensan que Entre copas es una comedia. Para mí no lo es. Tampoco un drama. Es una cámara que sigue, persigue y acuna a unos personajes del montón, y no con tantos problemas como alguien quiere hacernos creer. Es decir, una película independiente donde prima el guión y las interpretaciones sobre la fotografía, el montaje y la música. Cine sencillo, a lo Eastwood, que aunque a ratos peque de cierta lentitud, es el mejor cine que hoy se hace.
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Ésta es una de esas pequeñas joyas que a uno le pillan desprevenido y que por ello le acaba cogiendo más cariño. No esperaba mucho de ella (la etiqueta de “independiente”, me parece tan comercial como cualquier otra), pero desde el primer momento se reconoce el magnetismo de una historia real, tan pequeña y a la vez tan grande como la vida de cualquier hijo de vecino.
La película gira en torno a un guión fino y lúcido. La música acompaña agradablemente y quita “hierro” y trascendencia a la trama, recordándonos que no es una historia en la que se decide el destino del mundo, sino un fragmento en la vida de dos viejos amigos, diferentes pero entrañables cada uno a su manera.
El único pero es que ciertos diálogos se estiran demasiado cuando la escena ya ha transmitido todo lo que necesitaba transmitir. Sin embargo esto no hace a la película aburrida, ya que siempre quedan ganas de conocer más a los dos entrañables personajes principales, a los que acabamos comprendiendo y con los que se establece una cierta complicidad durante el desarrollo de la trama.
Una película para disfrutar con tranquilidad, siempre es un placer conocer gente como Jack y Miles… en mi opinión, es película del tipo agradecida”.
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